Relato 90 - El infierno
Para Virgilio, la mejor parte del día era el final, antes de dormirse, cuando leía en la cama un par de páginas de cualquier novela, y el principio, poco antes del amanecer, mientras iba tomando conciencia de quién era y de dónde estaba.
Después del desayuno la cuenta atrás para salir de casa se hacía patente. Ahí empezaban a moverse las mariposas de su estómago (y quizás a mezclarse con ácido estomacal; no le extrañaría tener una úlcera). De modo que intentaba alargar lo máximo posible los cereales azucarados sumergidos en leche. Después de las primeras cucharadas siempre encontraba algo amargo en su sabor. No era debido a los cereales, por supuesto.
Ese día en particular estrenaba corbata. Por lo demás era un día idéntico a los demás (y estrenar corbata no le hacía ninguna ilusión especial). Se ajustó el nudo una segunda vez en el espejo mientras bajaba por el ascensor. Parezco un vampiro, pero a pesar de las ojeras y los ojos inyectados en sangre no soy uno, se dijo, me reflejo. Algo es algo.
Salió del ascensor. Era como dejar el seno materno, poner el primer pie fuera de la zona de confort. En fin, había que afrontar la realidad quisieras o no.
En la calle no había demasiado movimiento. Lo habría donde iba, en el corazón de la ciudad. Hacía fresco. Sin embargo se desvanecería en cuestión de minutos, a medida que la mañana avanzase. Unos pájaros picoteaban algo al lado de un arbolillo raquítico plantado en un oasis circular de tierra de un metro de diámetro. Tristes pájaros de ciudad.
Como era habitual, hubo algún amago de incidente en el metro, nada importante. Todos estaban tan somnolientos como él y no querían pelea aún. Estaban confusos y cabreados. Y quién no lo estaba. Mientras viajaba miró su reflejo en el cristal de una de las dos puertas de salida del vagón, rodeado de un tosco marco de goma negra: un hombre en sombras agarrado a una manija situada un poco por encima de su cabeza. El fondo negro del túnel incrementaba el tamaño de sus ojeras hasta convertirlas en dramáticos pozos, pero suponía que en realidad no tenía ese aspecto –o que duraría poco. Las líneas cinéticas horizontales dibujadas por el tren en movimiento en la noche perpetua subterránea parecían transferidas de un manga japonés a una película americana. Una película americana muy alejada de la realidad. A veces parecía que vivían en Matrix o en cualquier otro mundo ficticio y no en un mundo verdaderamente real, seguro y fiable.
Salió en Callao y se encontró con toda una Gran Vía delante. Como la rana que no se da cuenta de que la sauna se ha ido transformando en una olla en ebullición hasta que es demasiado tarde, se encontró de repente con que cada alma que caminaba por esas calles estaba ya despierta y al acecho. Por su parte no se quedaba atrás. Él se había sacudido el sueño de encima por completo en algún punto indeterminado del trayecto y se sintió en condiciones de enfrentarse a lo que le pusieran por delante.
Un hombre con traje y corbata similares a los suyos, pero con un cuello grueso y áspero que salía cincuenta centímetros por encima de la camisa y unos dientes afilados, entre los que destacaban cuatro colmillos largos y retorcidos, se le quedó mirando, mientras los demás caminaban sin detenerse. Unos pocos se giraron, porque éste le retó con una especie de ladrido gutural emitido por un sapo, y él no pudo hacer otra cosa que responder. El hombre del cuello largo le dio un empujón en el hombro con una mano más o menos humana pero acabada en forma de garra, y él se echó hacia atrás. Más que nada para tomar impulso. Sacó la espada disimulada bajo la chaqueta y respondió al ataque con notable velocidad. La escaramuza fue corta y violenta. El tipo tenía aguante y paró un par de golpes, antes de que Virgilio le acertase de lleno. Se quedó en el suelo como un idiota, expulsando un espeso líquido verde oscuro por la tripa y espuma por la boca, mientras veía con ojos vidriosos los pies de la gente ir y venir aprisa, sin detenerse.
Sangre llama a sangre, y los había que no podían aguantarse y necesitaban hacer una pausa antes de llegar al trabajo. Delante de él se plantó una mujer. Estaba delante de una tienda con un rótulo que rezaba Zara. No llegó a ver la cara de la mujer. Iba vestida como la típica mujer de negocios, de traje gris con falda y chaqueta, con un collar que aparentaba ser caro y un buen reloj en la muñeca. Llevaba la chaqueta abierta y la camisa blanca lo bastante abierta como para ver sus dos ojos encolerizados, que miraban desde su pecho sustituyendo a los pezones. No llegó a atacar, pero dejaba traslucir tanto odio que le hizo pensar “vete al infierno, puta”, a él, que generalmente no era mal hablado.
Habría que haber dicho antes que era lunes.
La mujer de los ojos fijos, de un precioso color castaño, no atacó. Se quedó donde estaba, con las piernas clavadas como columnas en el suelo, ligeramente abiertas, tensando la tela gris de su falda. De detrás de ella, a izquierda y derecha, un grupo de individuos salieron a por él, propulsados como vómito caliente a través de la garganta. Estaban claramente molestos con Virgilio. No había necesidad de más explicaciones. Suspiró y se puso en posición defensiva. Cada uno tenía sus peculiaridades. Desde luego, era el paraíso de la inclusión. Había un tío medio desnudo con tentáculos en lugar de brazos –y dos o tres tentáculos por cada brazo, no menos-, que no sabía muy bien cómo controlarlos y le hizo el trabajo sucio, moviéndolos como aspas de molino, a lo loco, en una dirección y otra, entorpeciendo los ataques de sus semejantes. Entre eso y su espada, saltaron miembros y sangre como si estuvieran dentro de un robot de cocina. Era como un ballet moderno.
Siempre acababa llegando al trabajo con alguna mancha en el traje, era algo que ya había dejado por imposible. La corbata nueva ya tenía manchas de distintos colores. Por experiencia sabía que unos saldrían y otros no.
Había también una especie de niño mezclado con escarabajo, negro brillante, con un par de apéndices de color lechoso en la cabeza, que le dio un poco de pena. Pero no estaba para contemplaciones, qué narices. Una tía que parecía un lagarto, o lagarta, se quedó sin brazo izquierdo por la acción de su espada, en un mandoble que también seccionó un par de extremidades más de los incautos que estaban cerca. Pero la tipa cumplía lo que prometía su aspecto, y en cuestión de segundos un nuevo brazo había sustituido al que yacía en el suelo. Virgilio supuso que esa noche la mujer se tendría que hartar a comer para recuperarse del esfuerzo que debía suponer la regeneración. Había otro tipo que parecía normal, si se obviaban los dos ojos telescópicos que tenía, estilo caracol. Virgilio pudo haberlos cortado, pero le daba cosa, tanto los ojos en sí, algo repulsivo, tan lejos del resto del cuerpo, como dejar al pobre tipo sin vista. Ese igual no tenía forma de regenerarse. Se preguntó si llevaría algún tipo de caparazón bajo las ropas.
La gente siempre quería pelea, pero para muchos quizá era demasiado precipitado, demasiado pronto para un día que sería larguísimo. Las cosas parecieron serenarse un poco a partir de ahí. Virgilio paró a un adolescente casi normal y limpió la sangre multicolor de su espada en su camiseta. Que le jodieran. El chaval no hizo nada, se quedó parado como un pasmarote. Bien por él. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Pudo recorrer un tramo considerable sin incidentes. Ya casi estaba en su lugar de destino. Todo estaba en orden. Las baldosas de la acera eran grises. Los comercios empezaban a abrir. El cielo era azul, matizado por la polución (todos esos feos corpúsculos flotando en el aire hasta que un buen día se introducían en tus pulmones). Era el infierno. Y el infierno eran los otros, que venían hacia él. Una marea informe de individuos que acababan de salir en tromba de otra boca del metro. Un descontrolado rebaño sin pastor que los guiase.
Con toda la precaución de la que fue capaz, se metió entre ellos, avanzando como un rompehielos. Eran demasiados como para intentar nada. Sentía el sudor brotando por los poros de su frente. La mayor parte de ellos le ignoraron. Unos pocos giraron sus cabezas hacia él. Un minuto después respiraba aliviado. El gentío se estaba dispersando y no había habido incidentes. Dejó las apreturas y la tensión atrás y se metió por una calle transversal, donde estaba la empresa en la que trabajaba.
Una mujer salió del portal. De repente le atacó con una lengua desproporcionadamente larga. La enroscó en su cuello como si se tratase de un látigo. Sí, la lengua daba varias vueltas alrededor de su cuello y le tenía bien agarrado, pero había un fallo: la presión no era asfixiante. Virgilio era capaz de aguantarla y al mismo tiempo hacer alguna otra cosa. La pobre vio demasiado tarde la espada que Virgilio llevaba en su mano derecha, apuntando al suelo.
Se adecentó un poco en los servicios antes de sentarse en su puesto de trabajo. Ya estaban casi todos esos bastardos allí, pero él no llegaba tarde. Ocho horas. Ocho horas (que podrían estirarse hasta convertirse en nueve o diez, en virtud de una mala interpretación de las teorías de Einstein) soportando esa sorda presión sin nada que le hiciese presagiar un futuro mejor, ni a corto ni a largo plazo. Lasciate ogni speranza, o voi que entrate. Encima en la pantalla del ordenador podía ver todo el tiempo la imagen reflejada de compañeros y superiores. El técnico administrativo, que parecía el primo gordo de Jabba-el-Hutt, se dejaba ver más de lo deseable –que era nada. De vez en cuando veía el repulsivo reflejo del subdirector, hablando con algún subalterno meapilas, con esas dos barbas absurdas que le salían de las mejillas, como si fuese una carpa tamaño kingsize.
Y el tonto de Siricio, volando cada dos por tres por la oficina. Planeando, porque ese no había volado en su vida. Se creería Batman, pero parecía más bien un esmirriado Mickey Mouse con alas negras saliéndole de los sobacos. Virgilio se reiría cuando rompiese alguna placa del falso techo y tuviera que rendir cuentas ante el Gran Jefe.
No tenía muy claro si podía sacar algo útil de ese día, o al menos algo placentero. Había una chica. Había llegado a la oficina hacía poco. Su aspecto era agradable. Joven y tierna, estaba cubierta de un pelaje corto blanco o color crema, y tenía dos protuberancias, dos pequeños cuernos, que asomaban un poco en la parte alta de su cabeza, parecidos a los de una cabra pequeña. No indicaban nada demoníaco, más bien al contrario. El rostro, limpio, juvenil, no tenía vello. ¿Tendría pezuñas? No le desagradaría. Si las tenía, su calzado las ocultaba muy bien. Le miraba como un corderito cuando pensaba que Virgilio no se daba cuenta, pero era torpe. La veía en la infausta pantalla reflectante del ordenador, y la veía mirándole tan solo con mirar de reojo. Mientras tomaba un café solo en un vaso de plástico junto a la máquina mantuvo una conversación con ella. La cosa podía llevar a alguna parte, pero uno ya no se podía fiar de nadie ni de nada. Depositar tu confianza en alguien suponía arriesgarse a acabar con un indefinido malestar a la altura del pecho y lágrimas, si es que tu cabeza disponía de conductos lagrimales.
El tiempo hizo lo único que sabe hacer, que es avanzar, y llegó la bendita hora de salida. Se despidió de esos engendros con los que estaba obligado a convivir un tercio de su vida (o más, le aterraba hacer cuentas) y salió. Le esperaba la noche y las luces de la ciudad. Flotaba en el aire ese olor frágil y tristemente hermoso de la noche temprana.
En el corto recorrido que le llevaba de vuelta a las entrañas de la tierra, se tuvo que pelear con otros dos personajes. Afortunadamente podía comer en la cafetería de la empresa, donde los ánimos estaban más calmados, y se evitaba una ración de violencia en mitad del día. Pero tocaba recorrer el camino una vez más, ahora a la inversa, y allí le esperaba el inevitable duelo de las siete y cinco.
Era un gilipollas. Se había dejado la espada en el paragüero. Esperaba que, por lo menos, nadie se la birlase. Al día siguiente le tocaría hablar con la encargada a primera hora.
Virgilio no sabía kárate, pero repartía ostias como panes, y es lo que se dedicó a hacer. En una furia centrífuga, dejó las huellas de su zapato en un monstruito que parecía una cebolla mezclada con algún tipo de mamífero. Al otro, de poca estatura, le rompió el cuello. Su boca, vertical en lugar de horizontal, se quedó con una perpetua expresión de asombro.
Virgilio no lo reconocería fácilmente, pero a veces sentía cierto orgullo de su forma de ser y de su porte, y disfrutó un poco con el duelo. Se vio a sí mismo en un escaparate plantándole el pie en la boca al gordo, y se gustó. Hay cosas aparentemente sin importancia que pasan desapercibidas, pero tienen un valor estético que ciertas personas con gusto saben apreciar. Un pie acabado en buen zapato negro, lustroso, que sale de la pernera de un pantalón con un fuerte pero estilizado tobillo, es algo que puede resultar muy sensual.
El retorno a casa, en cambio, fue todo lo largo y pesado que podía ser. Ya desde la entrada todo estaba abarrotado. Gente por todas partes. De todo tipo. Aunque al final daba igual. Eran todos lo mismo. Una mujer en los sesenta le miró altiva detrás de sus gafas como una condesa en la ópera. Se distinguía de los otros en que tenía algo raro en lugar del pelo, como esos muñecos que sacaban plastilina a presión por agujeros en la cabeza. No era una medusa, era otra cosa, no sabría decir qué. Igual podía haber medido cinco metros y escupir fuego, daba lo mismo.
Tras una espera de unos minutos, que se hacen eternos cuando uno está deseando descansar, llegó el vagón de metro y se abrieron las puertas. Consiguió sentarse, porque el vagón casi se vació, si bien se llenó enseguida. Era la última prueba antes del descanso. Intentó no ser demasiado pesimista.
No quería llevar móvil (¿para hablar con un tipo extraño de esos?), ni le apetecía cerrar los ojos, de forma que tuvo que mirar, sobre todo, lo que tenía enfrente, y un poco lo que tenía a los lados.
Lo que tenía enfrente era un tipo gordo, seboso, completamente desnudo, con unas tetas y una panza descomunales, agarrado con una mano a una de las barras verticales. Desprendía un calor asfixiante. Virgilio miraba en su dirección y tenía que mirarle a él por narices. No tenía cabeza, pero en cambio tenía una diminuta carita en lo que correspondería a la cabeza del pene. No quiso fijarse en los detalles. Le pareció que esa cabeza tenía la mirada perdida en el infinito, pero le horrorizaba que de repente se le ocurriese entablar una conversación.
De vez en cuando miraba a una mujer que estaba de espaldas a unos cinco metros, al fondo del vagón. Estaba de pie y tenía un espléndido cuerpo. Esta también estaba desnuda. Esa moda de no llevar ropa a veces daba ganas de vomitar y a veces hacía que la vista se pudiese regocijar un poco. La mujer tenía unas desagradables laceraciones simétricas, que podían ser branquias o heridas, o cualquier cosa, desde el nacimiento de los omoplatos hacia arriba, y una caballera salvaje, bastante extraña pero, de alguna forma, atractiva. Casi parecía estar viva. Cuando miraba en esa dirección, Virgilio no podía desviar la mirada de la parte baja de su cuerpo. Eso le distrajo hasta que el tren hizo un alto en su estación. Se despidió mentalmente de la criatura sin llegar a ver su cara. Igual se perdía una exótica belleza. Quién sabe. Igual era un horror de los que hacen echar las papas. Ya no lo sabría nunca.
Llegó al piso y tuvo un poco de tiempo para sí mismo. Se puso un chándal y zapatillas de andar por casa. Cenó algo ligero y se dio una ducha larga y muy caliente. Zapeó por todos los canales disponibles en la televisión, por tres veces, y se fue a la cama. Tenía una novela empezada, pero se había quedado atascado en un capítulo en el que no pasaba nada. Lo dejó en la mesilla de noche tras leer un par de párrafos.
Apagó la luz e intentó no pensar en los incidentes del día. La mente era una hija de puta por no dejarte desconectar cuando lo necesitabas. Las escenas del día se le aparecían delante del telón oscuro de la imaginación. Hizo un esfuerzo por apartarlas. Otra cosa: ¿por qué las horas de sueño no se podían vivir como las horas de vigilia? Pasaban tan rápido que a veces parecía que no te acababas de dormir cuando ya estabas despierto y era el día siguiente. Después de la crueldad de las eternas horas diurnas era un despilfarro borrar de la memoria el transcurrir de ese tiempo, imprescindible para aguantar un día más. Eran horas que no se vivían, y, por tanto, se tiraban al cubo de la basura. Era inaceptable.
Y con este pensamiento se durmió.