Relato 87 – Pasión sin límites

Pasión sin límites

 

Desde hace meses mantengo un juego donde sólo se cruzan miradas y algún piropo con un compañero de trabajo, él es nuevo en la cuidad. Dejó Tacuarembó al terminar una relación de muchos años, me contó Alfredo que la fecha de casamiento debió ser cancelada por la repentina muerte del padre de la joven quien ostentaba una salud de hierro. Volvieron por una nueva fecha, ella solicitó el dieciocho mas no estaba disponible, aceptó el veinte. El diecinueve la chica se quitó la vida. Al día siguiente partió a Brasil donde trabajaba doble turno en una cementera y dedicaba los fines de semana levantando casas para personas de las favelas como voluntario. Pasaron casi siete meses cuando un dudoso accidente dejó dos muertos en la cementera entonces decidió irse. El destino: la selva amazónica cerca ya de Venezuela lugar en el que permaneció seis meses contribuyendo con la preservación de la maltratada selva hasta desatarse un incendio trágico. Se colgó de un árbol añejo, ya no podía soportar sentir la respiración de la muerte en su cuello. Lo descolgaron los indígenas a quienes tanto había ayudado. Llegado este punto pensé seriamente alejarme, dejar las cosas tal cual estaban, es un tipo ingenioso, inteligente, gentil y de sonrisa enorme, encantadora, definitivamente la muerte se mantenía muy cercana. De la Amazonia volvió a nuestro país, se instaló en la capital donde no se le hizo difícil entrar a trabajar dado su currículo. Su mirada tímida salía unos ojos de un negro profundo cual pozo olvidado. Imposible no sumergirse y perderse en esos ojos que te gritan a la cara mil secretos muy bien guardados, entonces, empieza como a picar una curiosidad morbosa y corrosiva, cuanto más deseaba alejarme crecía proporcionalmente el deseo de saber, de meterme en el pozo insondable y negro de sus ojos para descubrir quién sabe qué. Cuando mi cabeza tocaba la almohada no cerraba los ojos porqué todo mi campo visual (sin verlo) era invadido por sus hondos ojos negros. Hacía calor, decidí no complicar mis pensamientos con un hombre del cual no conocía nada bueno, aunque lo sabido no era salido de su boca, era funesto, quizás sólo muy mala suerte, de cualquier forma era precautorio mantener distancia. Por la hora, el timbre del teléfono me alarmó: -Hola – hubieron unos segundos de silencio incrementando mi estado, disipado por completo al oír la voz de Osvaldo, mi ex novio aburrido me invitaba a salir. Acepté. Llegó cuando cerraba la canilla de la ducha, envuelta en toalla le abrí mientras le preguntaba irónica cómo se le había ocurrido llamarme. –Estoy mal. Me dejó María. Necesito mimos y un hombro donde llorar-. Me miró con picardía. –Dale, ponete linda que te llevo al boliche del Parque Rodó-. Me esperó en la sala, me vestí rápido y nos fuimos. Al entrar fuimos al fondo por la vista que ofrece y la mesa en que nos sentábamos estaba ocupada. Me sobresalté al punto de que Osvaldo me tomó del brazo mirándome sin entender, se levantó al verme, cortésmente saludó a Osvaldo y nos invitó a su mesa: -Si no soy inoportuno- sus palabras cayeron pesadas sobre mí, sus ojos clavados en los míos taladrando mi cerebro. –Mmm- Osvaldo incómodo se movió como recordando que seguía allí. Mi compañero de trabajo se dirigió a él: -Un placer conocerte, somos compañeros de trabajo… ¿qué te une a ella?- Osvaldo y yo quedamos perplejos, nunca nadie se ha presentado de esa manera. –Somos amigos- Osvaldo con gentileza me alejó la silla con el ademán me invitó a tomar asiento. -¿En qué área te desempeñas? La arquitectura es simple pero hermosa-, la respuesta me sorprendió: -Sí, lo sé. Muchas personas piensan así, como vos, se dedican a la ingeniería por considerarla superior. Estudié para ser tan buen arquitecto como mi madre, veremos si lo logro.- En ese momento no soporté y pregunté cómo sabía la profesión de Osvaldo. –Me lo habrás comentado o lo habré oído de algún compañero.- -¡No! No es imposible.- Osvaldo me dijo que me estaba alterando sin motivos aunque en él se notaba mucha intriga e incomodidad. –Creo que sobro aquí les deseo una hermosa velada.- Al levantarse sacó su billetera y dejó el dinero como para un banquete, Osvaldo se levantó al tiempo que tomaba los billetes con brutalidad, tomaba la mano de mi compañero y ponía con pasión el manojo le cerraba los dedos mientras lo miraba con rudeza. Agradecí el gesto, -no es necesario en lo absoluto, no hay nada que pagar.- tomó mis manos con extrema dulzura, con una confianza que no teníamos y las besó suavemente, su mirada penetrante, inquisidora, no era nada suave. Reaccioné sacando de las suyas mis manos, tomé el dinero y lo coloqué en el bolsillo superior de su blazer. Sin más se retiró. Osvaldo quedó impactado, dijo no tener energías que no sería una buena compañía que necesitaba aire y cosas de ese estilo. Condujo sin decir una palabra, lo invité a pasar que aún podíamos pasar un rato agradable, incluso íntimo. –Gracias.- Bajó, me abrió la puerta del auto y se marchó. Me sentí perdida. La llave giró mas no pude abrir. Una mano en mi hombro. Un segundo después dos manos me alzaron sin esfuerzo, mis pies perdieron contacta con el suelo mi corazón se detuvo, volteó mi cuerpo uno de sus brazos me sostuvo rodeando mi cintura, su mano libre tomó mi nuca acercó mi cara a la suya. Desperté en mi cama. Sentí pánico. Él entraba a mi habitación con su característica, me senté cual niña pequeña temblorosa. La voz grave, más masculina que siempre me dijo no entender mi actitud, un ‘soy yo’ debería tranquilizarme. Se sentó, colocó la bandeja con “tu desayuno cotidiano” a mi lado, besó mi frente, se dirigió nuevamente a la cocina hasta donde lo seguí. –No preparé el café tan fuerte como acostumbras, qué tonto.- Se acercó sin que pudiera moverme, su mirada me poseía y aterraba. -¿Tal vez estás pensando en Osvaldo? ¿Es él quien ocupa esa cabecita? Si fuera el caso… me molestaría mucho-, sonrió, apretó mi cuerpo al suyo, quise gritar quise moverme, pelear de alguna forma, bajé la mirada y mis fuerzas volvieron, hubo más inquietud en mí, moví mis piernas pero él volvió a tomar mi nuca firme hasta dejar sus ojos frente a los míos. Volvió la parálisis general. Me sentí sumergida en el pozo de sus ojos y tuve la certeza de que mis pensamientos eran leídos. –Sí. No hay lugar para secretos aquí.- Al ver mi pánico dijo que era el chico con quien intercambiaba miradas solapadas, que todo estaba más que bien mientras estuviéramos juntos, besó mi frente y se puso a cocinar. Me dirigí al dormitorio, tranqué la puerta, corrí al celular y le marqué a Osvaldo. Sonó. Sonó, mas no hubo respuesta. Se movió el picaporte. Volvió a girar y la puerta se abrió, volví a arrollarme como una pequeña niña indefensa temblorosa ante su mirada fija. Se acercó veloz,  me arrebató el celular, fue a las llamadas, tomó mi rostro con una mueca de rabia incontenible, comencé a llorar pues dolía, dolía la carne y dolía el miedo, mientras sus pupilas permanecieran clavadas en las mías mis capacidades dejaban de existir, provoca esto, el mayor de los miedos creo. Sin apartar sus ojos de los míos empezó a estrujar el celular, oí los pedazos caer mientras las lágrimas caían a raudales.  Acercó sus labios a los míos sin la más mínima oposición de mi parte, no podía oponerme a nada, me besó con una mezcla de locura frenética y odio. Sin soltar mi rostro me dijo que Osvaldo no sería un estorbo entre nosotros, todo mi interior tembló mi afuera, rígido cual piedra. Me prometió una vida segura en todos los sentidos, no volvería a trabajar pues mi único deseo sería estar a su lado. Desperté en una habitación hermosa e iluminada, dos lados eran completamente de vidrio dejando a la vista una hermosa playa con aguas cristalinas. Solitaria. Muy solitaria. Todo indicaba que me encontraba en un lugar alto, un segundo piso o algo así. El horizonte se veía lejano, el mar cortando un cielo azul de ensueño, las arenas blancas resplandecientes bajo el sol del otoño se veían alucinantes, todo lo expuesto era un placer. Me volví a acostar, tomé entonces la verdadera dimensión de la cama, cabrían cuatro personas holgadamente, oí su voz tarareando  Queen. –Mi belle au bois dormant ha abierto sus esmeraldas. ¿Has descansado bien? Fueron muchas las horas de sueño, comenzaba a preocuparme. Tu desayuno tan rutinario está aquí.- Quise hablar, preguntar dónde y porqué me encontraba en ese lugar, mis preguntas nonatas fueron respondidas. –Ayer, estabas nerviosa, muy ansiosa. Decidí hacer algo para bajar esos niveles de stress, pienso que este paraíso calma a cualquiera, no, no te preocupes, hablé con Alfredo, entendió la situación, se comprometió a solucionarlo, entre él y Ernesto harán tu trabajo el tiempo necesario.- Me instó a desayunar, preguntó si el café era lo suficientemente fuerte, asentí con la cabeza, sonrió, sugirió que lo disfrutara mientras él tomaba una ducha. Tomé el café lo más rápido posible, no encontré mi ropa, nada, ninguna prenda, abrí el placard desbordante de prendas femeninas, no mi talla, no mi estilo, no mis colores, demasiado femeninas,  busqué en otras puertas donde su vestuario era completo, reconocí algunas de esas prendas. Tomé ropa deportiva, zapatillas número 43, me dirigí a la puerta, no pude abrirla, fui hacia la ventana, al abrirse un aire helado mi hizo retroceder, miré y debía ser un tercer piso, la cerré. Permanecí inmóvil durante unos minutos. Salió del baño apenas envuelto en una toalla que no cubría mucho, el vapor se desprendía de su piel, sin lugar a dudas todo un Adonis, un hombre hermoso de quien me costó apartar la mirada. –Es muy estimulante ver a tu mujer con tu ropa por las mañanas, te ves linda, no salgas así con la finalidad de conquistar a nadie.- Se vistió con calma, una vez calzado me pidió opinión sobre cómo se veía con su traje nuevo, desfiló frente a mí, esperó, repitió su pedido, bajé la cabeza, actitud incorrecta. Con completo desprecio levantó mi cuerpo y lo arrojó a la cama. Con una agilidad felina estuvo sobre mí, tomó mi rostro de la misma forma: el pulgar presionando un pómulo la palma de su mano por debajo de mi mentón y el resto de los dedos apretadísimos en el otro pómulo, entonces enfrentó nuestros ojos y traté de evitarlo. -¿Tengo que hacer esto a cada rato? Ahora soy tu amo, espero lo entiendas, me molesta repetir, me enfurece la desobediencia, ah, no me gusta verte llorar, no lo hagas.- Sin soltar mi cara dejó de oprimirla, la presión dio paso a la ternura, metió sus manos bajo la ropa con suavidad estremecedora, las movía lento, muy lento, sus labios rozaban mis mejillas húmedas, susurró algo sobre la inutilidad del llanto y deslizó su lengua en la oreja, descendió por el cuello, sus manos estaban en mis pechos, allí permanecieron hasta que noté sus lágrimas calientes rodar en mi piel, notó mi rigidez, rápidamente se levantó arregló su ropa y se marchó. Pasaron unos segundos antes de salir de mi estupor. Levanté los pedazos del celular sin entender el destrozo causado en el aparato con una mano, el miedo volvió a ocupar todo mi cuerpo. La puerta de la habitación estaba abierta, el pasillo lucía un Picasso, un Rembrandt y un retrato de una hermosa joven el cual observé extasiada por varios segundos. Luego una puerta a cada lado, ambas cerradas con llave, una tercera sin trancar era un dormitorio amplio, luminoso de paredes rosas y lila claro, un retrato de importantes dimensiones de la misma joven del pasillo era lo primero que se veía al entrar, el baño también rosa y lila así como el vestidor donde colgaba un bellísimo vestido de novia con velo zapatos adecuados al vestido y un gran ramo compuesto de flores rosas y lilas. Salí, cerré la puerta mientras mis temores y desconciertos sólo iban en aumento. Otra puerta. Una habitación color salmón con las mismas características que la anterior, la pintura de la muchacha, el vestido de novia… No toqué ninguna otra puerta. No encontraba la principal, busqué un reloj, un teléfono, algo. Abrí un ventanal para sufrir un ataque de vértigo (no sé si existe mas lo tuve) al mirar hacia abajo, probé con varias y el mismo resultado. Me dejé caer en un completo desconsuelo, lloré sin saber qué hacer, no tenía los medios ni a quién pedir auxilio, él se aseguró de ello. Las lágrimas eran una cortina nublando mi visión, creí ver un anormal en la pared, limpié mi cara, me encaminé hacia allí y sí, en efecto había un desnivel, toqué, golpeé en diferentes lugares sin creer las dimensiones de la locura y los estragos que ésta pudiera causar en el cerebro humano. ¡La puerta estaba impecablemente camuflada! Sobre una elegante mesita al lado estaban el pestillo (bien raro por cierto) camuflado en un adorno. ¡Brutal! Me apresuré a buscar dónde iba, al abrir la puerta un aire fresco, casi frío me acarició. Bajé la escalera con una felicidad inaudita la mañana soleada invitaba a gozarla, en la playa el movimiento suave del mar me conminó a salir, y salí. Comencé caminando y apuré la marcha, sin notarlo estaba corriendo. Comencé a transpirar aunque cada vez disfrutaba más la carrera contra misma. Las piernas pidieron pausa, me detuve, sequé el sudor de mi frente notando lo alejada que me encontraba de la casa, de hecho no la veía por lo que mi alegría sólo podía crecer. Continué trotando pues las piernas exigían descanso. Oí un motor, un enredo de posibilidades me asaltó. ¿Si era él? ¿Si fuera un extraño? La segunda opción fantaseó un instante, sólo un instante. Frenó, abrió la puerta de acompañante, subí sin mirarlo. No dijo nada. Al llegar, se apeó, corrió para abrirme la puerta, me tendió la mano y cual caballero inglés haló mi mano tiernamente. Pasó su brazo por mi cintura invitándome a caminar. Entramos a la casa. La delicadeza se esfumó, la mirada se tornó hosca, vi pequeños destellos en los ojos otrora profundos y encantadores. Su cuerpo presionó el mío contra la pared y buscó mi mirada escondida. Fue necesaria la agresiva toma de mi rostro, al encontrarse nuestros ojos hubo un largo silencio en los que quise morir. –No. Aún no. No te apresures.- Tembló todo mi ser. Me ordenó ir a la habitación, y esperarlo bajo las mantas desnuda. Obedecí. No podía soportar el temblor, no podía soportar más, pensé en desafiarlo, sería mejor la muerte. Al entrar con dos copas, sonriente se dispone a contarme a qué había salido, lo oía perfectamente, sabía que lo oía sin el movimiento de su boca, estiró una copa hacia mí para brindar por nuestro matrimonio siempre con la boca cerrada, -Sí, ma tri mo nio.- Se dirigió al baño, escuché el agua cayendo mientras él tarareaba. ¿De qué color sería la próxima habitación? ¡Mí habitación con retrato y todo! Me dirigí al baño dispuesta a todo, la puerta entreabierta dejaba salir un olor desconocido, la curiosidad no le hizo caso al sentido común, no había terminado de abrir cuando un alarido indomable escapó de las profundidades de mis entrañas. Supongo que volví a desmayarme, al despertar tenía a mi lado al compañero de trabajo de ojos y sonrisa cautivadores. Quise incorporarme, pasó su brazo por debajo de mi espalda, se sentó detrás de mí, me abrazó y permanecimos largo rato hasta volver a oír su voz en mi cabeza: -Estas haciendo un drama donde no lo hay. ¿No te agrada estar así? Esto momento es mágico, esto es la felicidad para mí, lo único que quiero es que sientas lo mismo.- Obviamente no fue preciso responder, otra vez su voz:- No estás ‘secuestrada’, estabas perdida, tu vida era como “El día de la marmota”, tu droga café extra fuerte, el trabajo y tu acción extraordinaria consolar a Osvaldo cuando ese idiota te necesitaba. Antes de que lo preguntes él está muerto,-al estremecerse mi cuerpo apretó un poquito los brazos y besó mi cuello- un infarto al ver mi verdadero rostro.- Volví a llorar, mis lágrimas en su piel lo enfadó, giró y ambos quedamos en forma horizontal, él sobre mí. -¿Lloras por un hombre que te usaba cuando su noviecita de turno le daba la muy merecida patada?!- Esta vez habló a través de su boca, me exigió una respuesta rápida y sincera pues estaba harto de leerme. –No. Lloro por estar con un monstruo.- Bajó la cabeza, su cara quedó pegada a mi cuello. Se mantuvo en dicha posición unos cuantos minutos. Me miró como un niño avergonzado de alguna travesura, sonrió luciendo unos dientes bellísimos, comenzó a quitarse la ropa, se metió bajo la manta y me hizo el amor, sí, fue lo más suave que tocó mi piel, sus manos eran plumas paseando por mi cuerpo, su boca me regaló en susurros los más románticos poemas y el placer fue supremo, desconocido, infinito, en mi cabeza no cabía nada pues el éxtasis durmió mis neuronas, gemí, grité, aullé de placer. Extasiada, temblando de placer me dormí mientras él me abrazaba. Me llamó despacio, al verlo no encontré el negro azabache en sus ojos, eran de un celeste turbulento, me pidió perdón pero lo debía hacer, volvió a mirarme apoderándose de mi voluntad, me abrió literalmente el pecho con unos dedos largos finos y afilados, miré mi corazón latiendo, en su pecho comenzó a hacerse una especie de boca de la que salió un apéndice con el cual ‘lamió’ mi cara, mi cuello, mis hombros desde donde fue hacia mi frente, lento, siempre lento se deslizó por la córnea del ojo izquierdo lo sentí hurgando en mi cabeza, no sentía dolor sino un molesto cosquilleo, con un movimiento rápido sacó el ojo del lugar y se aseguró de que lo viera. Cierta paz me invadió pues iba  a morir ese día, eso definitivamente era mejor a esta vida. Puso el ojo con cuidado excesivo sobre mi corazón, apoyó sus ‘manos’ sobre mis hombros haciendo presión lo que provocó un desgarro mayor en mi pecho, ardía mucho, una uña en punta cortó cual trincheta alrededor de mis labios y con el cuidado anterior lo colocó sobre el corazón que ahora latía más veloz. La misma mano bajó hasta mi sexo donde trabajó para volver con mi clítoris y ponerlo en la cavidad de su pecho donde se encastraba a la perfección. Habló para despedirse, dijo que nos encontraríamos en el infierno, que me levantaría un altar en la sala, extrajo mi ojo derecho, sentí fuego, algo envolvió mi corazón y se fue estrechando, estrechando…..         

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