Relato 84 - Et erit lux
La invocación se realizó tal y como se venía haciendo en forma milenaria, siempre con el mismo nefasto resultado. Un ser desagradable ante los ojos cansinos de dioses atemporales cobraba forma entre destellos eléctricos y un complicado menjunje de materia orgánica que la cosa asimilaba en su absurdo ingreso a nuestro cosmos.
Los Antiguos lo reprobaban con el gesto de rechazo más indigno: la indiferencia.
A pesar de su precoz existencia el monstruo llevaba en su genética las huellas de un destino fatal que lo devolvería al viejo horror ontológico luego de haber causado estragos entre sus razas y otras entelequias. Cuando la criatura se viese reflejada ante un espejo, creería haber encontrado la consciencia de su propio existir. Más la ilusión de saberse vivo sería fútil y ni por asomo llegaría a abarcar los nobles confines del inmemorial saber universal. Allí es donde el juego se pone realmente interesante y las divinidades juegan dados en cataclismos, masacres o aberraciones que atentan contra aquello que los mortales llaman moral. También se debaten en descomunales pujas capaces de destruir universos y crear nuevas realidades, unas más demenciales que otras, en un abrir y cerrar de ojos que para los seres vivos, suelen durar eones.
El repugnante ente tomaba forma primaria. Acaso la más noble de sus fisonomías, breve y concisa, que el tiempo degeneraría en aquello que los falsos alquimistas han denominado evolución. Descomunal error conceptual que consiste en atribuir valores positivos a un desarrollo que tan sólo deforma hasta la decrepitud la perfección inicial.
Moléculas y partículas en un mundo infinitesimal ofrecen un espectáculo dantesco que harían vomitar a cualquiera. El vértigo y el azar son la no ley de la que nacen todas las cosas. Cobrar aunque sea una mínima noción de ese proceso, destruiría sin miramientos cualquier construcción epistemológica por más profunda y elaborada que parezca.
Un conglomerado de vísceras, cartílagos, flujos y jugos repulsivos son el caldo en que se cocina tan ruin presencia. El espacio atemporal ya no es su hábitat, sino una suerte de espeso líquido donde cobra materialidad la bestia, que es la miasma que lo nutren en su futura pestilencia. Allí adquirirá la forma primera en que la aberración existencial verá la luz, dotándose de carnes y de pieles que cubrirán su verdadero ser, del que renegarán toda su existencia. Allí engordarán como ganado directo al matadero y la analogía es más que eso, porque tal será su devenir.
Un verdugo burocrático y cansino oficiará de monje iniciático y pronunciará los viejos protocolos de rigor: “Los felicito. Es un varón” o “Vaya, que hermosa niña”. Los padres sonreirán y se prodigaran ternura ante el extraño visitante, que bien podría devorarles sus almas mientras duermen la cansina y feliz paternidad.
Mantillas inocentes con simpáticos animalillos y dormitorios color pastel, simularán brevemente el horror metafísico de saberse vivos.
Existe un peligro inminente y sin embargo ignorado en este largo ritual. Aquel ser desconoce las costumbres, los modales y es tan sólo su contextura endeble la que libra a familiares y conocidos de su iracunda voracidad. Sin embargo ejercen un vampirismo espiritual inabarcable que exige y demanda devoción y una esclavitud incondicional que conformará la más nefasta de las cualidades humanas: el ego.
Las risotadas y burlas de seres primigenios y eternos sacudirán las conciencias de los mundos ante esa broma cruel que es el nacimiento.
La más estúpida de las bestias, como un tumor cerebral, adquirirá conocimientos sin saber que ellos serán su perdición. Los dioses se ofenderán cada vez que algún sacrílego asevere que esas entidades bípedas y despreciables están hechas a su imagen y semejanza. Cada tanto, enviarán algún cruel titán mensajero para eliminar la plaga de este y otros universos. Nosotros, consideraremos horrendos a aquellos que surgen de las aguas con su magnífica estampa dignas de las más elevadas leyendas que los humanos vivirán como historias de horror inenarrables. Sus almas se solidificarán hasta volverse endebles esculturas de fango polvoriento ante la menor intuición de que en el espacio existen seres majestuosos capaces de borrar toda la historia ante el más ínfimo contacto con su inconmensurable aliento ¡Ni hablar del descomunal tronar de sus negrísimas alas que han desatado vendavales eternos!
Omnívoros y caníbales, la humanidad estaría condenada a su propia destrucción si no fuera por un viejo capricho de los dioses más perversos, que decidieron que el alfa y omega de todo lo que es, existe y ha existido, se cierre en un círculo eterno.
Nacimos para ser testigos de algo que no vemos. Cruel ceguera que no es oscura, sino tan blanca que encandila y enloquece de dolor haciéndonos sentir que todos los fuegos son hielo.
Los escribas de una raza condenada escriben banales historias que entidades siderales hojean con aburrimiento. Más siguen revisando nuestro triste prontuario que nos envía al cadalso de antemano, tan solo a la espera de un momento. Pues saben que habrá un instante en algún lugar y bajo condiciones que aún desconocemos, que un ser vivo de nuestra especie u otra raza consciente, en cualquier confín de la Creación tal y como conocemos, que no es la primera ni será la última, desentrañará la charada.
Aunque ocurra en un futuro en que siquiera queden nuestros huesos, o suceda el día de mañana… alguien inventará formas inconcebibles y desafiará los límites obtusos de la geometría euclidiana. Comprenderá la absurda noción de los viajes en el tiempo fuera del plano de las conciencias y al librarse de la esclavitud de los relojes y sus muertos, de calendarios y disparatados acontecimientos y luego de sucumbir al miedo, con la mente enferma y la mirada perdida en la nada, que en realidad abarca todo, imaginará nuevamente a los dioses primigenios, las tinieblas originarias de las que nunca hemos salido, y creyéndose piadoso ordenará al principio de los tiempos:
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¡Hágase la luz!
Y la rueda de la locura y la sinrazón volvió a girar.
Si alguien sabe algo de este arcano secreto, es esa extraña raza milenaria que los poseedores de saberes ancestrales, conocen como los Pineales. Peculiares sujetos que vienen de otras tierras y lo que es más probable y pavoroso, de otras realidades.
El Mar de la Locura es extremadamente peligroso. Sus aguas son oscuras, las olas despedazan y están infestadas de entidades diabólicas en forma de remolinos. Artistas, marginales y criminales se jactan de haberse sumergido en ellas y salir indemnes. Son actos de valía sin sentido, la extensión del Océano de la Demencia se pierde en el infinito y los mortales que logran mojar sus pies en las orillas, apenas sobreviven y no sin daño grave.
Solamente los Pineales pueden atravesar sus rutas en los pesados navíos de la consciencia, construidos de huesos milenarios, impulsado por vientos ancestrales y timoneados por almas desgarradas. El precio de tal viaje es entregar sus mentes a la Bruja de los Tiempos, que practica sorprendentes incisiones en humanos que a primera vista parecen resultar normales, como si tal condición existiera. Mucho antes que modernas medicinas descubrieran las facultades de la glándula pituitaria donde habita el Tercer Ojo o el asiento de Dios, tal como la llamó Descartes, ancianos sacerdotes, con paciencia y con pericia manipularon el centro del cerebro, para abrirse paso a nuevas dimensiones. Así nació esta raza de seres milenarios que poco recuerdan de tiempos en que tuvieron humanidades.
Cuando desembarcan y llegan a la civilización, los Pineales suelen confundirse entre la gente pero aunque lo intenten jamás podrán transitar las mismas calles que el resto de la masa humana, si bien sus andares resulten similares y simulen moverse en el mismo plano.
Pero allí donde el vulgo ve caminos despejados y horizontes claros, los Pineales son capaces de distinguir criaturas de formas imposibles, senderos ramificados que se entrelazan en laberintos sin salida o colores y sonidos que nuestros sentidos son incapaces de percibir
No se trata de seres enajenados, ni por asomo, sino que viven en un estado de hiperrealidad, donde los saberes se disparan exponencialmente y sus conciencias son tan vastas, que relegan al resto de la humanidad a las cavernas de las que erróneamente creen que salieron.
Cubren sus figuras con túnicas y capuchas, no sin motivo. La intensa actividad espiritual consume sus cuerpos deformándolos hasta el horror y mirarlos a la cara es casi un suicidio. Cualquier orate puede perderse para siempre al intentar escudriñar el sentido de aquellas miradas impertérritas. Son vainas rancias parasitadas por la incesante voracidad de un hipotálamo sobrestimulado. Otro estigma característico de los Pineales es una profunda cicatriz que llevan en su frente producto de un inmutable rito milenario.
Los Monjes Oscuros y los Alienistas, practican incisiones similares en el lóbulo frontal que resultan indistinguibles para el ojo no entrenado. Pero mientras los hombres de ciencia practican crueles lobotomías para erradicar la locura, los Místicos lo hacen para liberar la sinrazón. Sostienen que liberados de las sólidas ataduras de la cordura podrán llegar a Dios, sin saber que en el camino, titanes primigenios de ojos hastiados por contemplar la eternidad, pulverizarán toda forma consciente de existencia, incluyendo la de los Pineales.
Esa información está en manos de este pueblo ancestral pero no la comparten con sus seguidores, fanáticos obnubilados que jamás aceptarían la verdad. Es que en los siglos ha existido sido siempre una constante: unos sufren por ser ciegos y otros por haber visto demasiado.
Sé que esta visión de la existencia puede llenaros de espanto, pero he aquí un secreto que puede alivianar vuestros males. El terror no es la criatura que habita en el castillo, sino la mansión en sí misma. El pánico son esas paredes grises y angulosas, sus puertas mal aceitadas, la pesada humedad que nos asfixia, el repiqueteo en la fría loza y no es la cercana presencia del monstruo lo que nos hiela la sangre, sino ese mismo denso entorno metafísico que rodea sus jadeos.
Abrir la imaginación y entrenar los espíritus es la noble tarea de cualquier guerrero. No les vaya a ocurrir como al pobre Rufus Wainstein, un sujeto escueto y racional. Sostenía que el mundo era una combinatoria de símbolos y signos y en definitiva nada era real, salvo en una psiquis condenada de antemano. Por eso, en su carácter de contador de la Abadía de Montesano, no dudó en recitar el viejo conjuro intercalado entre balances y anales del histórico lugar, otrora sede de un feudo ya olvidado.
El pasatiempo le valió la vida y algo peor. Porque al instante accedió a un ancestral universo que al principio consideró irreal. Allí algoritmos perversos jugueteaban con números macabros estableciendo una matriz fuera de la lógica humana. Hacer foco en la nueva realidad no fue un alivio. Al contrario. Formas borrosas adquirieron contornos precisos y aberrantes. Dioses sin moral, titanes de diseños abismales y alimañas que ninguna divinidad piadosa hubiera permitido, cohabitaban en un caos anterior a la conciencia.
Rufus espantado tomó un espejo de bolsillo y contempló su rostro en procura de una humanidad perdida, de encontrar la familiaridad de estar con uno mismo. Fue el último de sus fatídicos errores. Porque esos ojos no eran suyos y ya estaban poseídos por las inequívocas señales de la demencia y sin incisión alguna fue miembro de los Pineales.
Los monjes encontraron al contador en irreversible estado catatónico. Rufus pudo constatar en carne propia que sus elucubraciones eran ciertas y que todo lo que es, está teñido por el piadoso manto de la razón. Porque la realidad primigenia, es infinitamente mucho más insoportable. Y recuerden bien su nombre porque tras largos años de desvaríos en un derruido hospicio, fue el quien halló las palabras en los abismos de su mente y pronunció con la altivez de un dios enloquecido: “et erix lux”
Es decir y repito nuevamente: “Hágase la luz”… porque el universo entero, es el alucinado sueño de un pobre viejo demente.