Relato 79 - Una gota de sangre
Policarpo salió del carro y se devolvió para cerrar el portón manualmente, pues el mecanismo de cierre automático se había averiado y el técnico no llegaría sino en un par de días; luego regresó al auto por su portafolios. Había sido un día de reuniones con fulano y con zutano, que si los permisos de la alcaldía, los estudios del terreno, que si esto, que si aquello... En fin, había sido un viernes bastante complicado y solo pensaba en bañarse, comer y dormir hasta las diez de la mañana del sábado. Pero cuando abrió la puerta halló apagadas las luces internas de la casa; se quedó parado en la entrada y desde allí llamó a Sofía, su doméstica. Nadie le respondió. Volvió a llamar. Silencio. Le extrañó la situación; ella debía estar en la casa y, en caso contrario, las luces tenían que estar encendidas. Hablaría con ella apenas la encontrara.
Prendió la luz de la sala de estar y observó todo con detenimiento: el sofá-cama negro de cuero sintético, al fondo; la estantería de madera con libros, suvenires y algunas fotografías, al lado del mueble; la pequeña mesa de madera con superficie de vidrio, de seis sillas, casi en el centro del recinto; la rinconera, también de vidrio, donde tenía los retratos de sus padres, ya fallecidos, y el de su novia, a poca distancia de la mesa. Todo estaba donde debía, y en orden; con esa confirmación suspiró aliviado y avanzó dos pasos cortos aún sin dejar de percibir cierta atmósfera extraña e inquietante ¿O seré yo? Repitió la solicitud. A lo mejor está en uno de los cuartos. Silencio.
Siguió hasta llegar a la mesa y colocó el portafolios encima de ella; cuando pretendió continuar hacia la cocina, descubrió una gota roja sobre el cristal; la detalló ¿Será sangre? Pensó en tocarla con el índice derecho y olerla... Desistió de la idea. Llamó de nuevo a la mujer del servicio y ahora sí caminó, despacio, hacia la cocina, y prevenido, por si hacía falta. Tampoco recibió respuesta. Chequeó en los alrededores en busca de algo con lo cual pudiera dar un golpe lo suficientemente fuerte como para matar o dejar inconsciente a cualquiera que tuviera la desventura de acercársele: no ubicó nada.
¡Sofía! ¿Qué se habrá hecho esa mujer?
Llegó a la cocina, prendió el foco, indagó: en la cerámica del piso, cerca del lavaplatos, divisó dos gotas de color rojo, una a escasos diez centímetros de la otra. Coño, ¿será sangre? Sacó el celular, buscó el número telefónico de Sofía y lo marcó. El dispositivo repicó una vez tras otra sin hallar receptor; Policarpo interrumpió la llamada y a los pocos segundos insistió por segunda ocasión mientras salía de la cocina y marchaba en dirección a la recámara principal. Al pasar frente al baño creyó oír un ruido que provenía de su interior; colgó, colocó su oreja izquierda en la puerta, la abrió cuidadosamente y encendió la luz: vacío. Qué raro, juraría que oí algo. Cerró la puerta y otra vez le telefoneó a Sofía; justo cuando lo hizo vino nuevamente el ruido desde el sanitario. Quitó el móvil de su oreja derecha y empujó la puerta despacio; tenía una sensación incómoda en su cuerpo, aunque no sabía si era el cansancio o el miedo ¿miedo? Sí, de pronto un poco; sin embargo no había nada a qué temerle, no, es solo que... Activó el bombillo. Allí estaba el ruido, un tanto leve pero continuo; lo siguió lentamente hasta el rincón donde estaba el bidé. De ahí venía, de debajo del paño de manos blanco dentro del recipiente. Se desvió hacia la ducha, cogió el haragán y con él apartó la tela: era el celular de Sofía.
Policarpo retomó la compostura, se secó el sudor, canceló la llamada y alzó el móvil de Sofía. En el táctil advirtió los restos de lo que parecía una gota. Seguro es sangre. Retornó el dispositivo a su antiguo lugar y salió rápido del baño ¿Por qué Sofía habría dejado el celular? ¿Y en el bidé? Qué extraño. ¿Qué debía hacer? Miró el teléfono suyo, ¿debía llamar a la policía? No, para qué; se darán un postín para llegar aquí. Coño de la madre Sofía, dónde te metiste. Buscó el número local de la mujer y llamó:
¡Aló! Sintió que hizo mucho escándalo y habló más bajo:
¿Aló? Buenas noches señora, soy Policarpo. ¿Se encuentra Sofía? No, tranquila señora, todo está bien; ella sí llegó aquí, es que la mandé a hacer un mandado y, como el lugar queda cerca de su casa, pensé que se había desviado para allá. Gracias, que pase buenas noches.
Colgó. Le dio vueltas al asunto varias veces: las gotas de sangre… Sí, seguro era sangre; el celular en el lavabo, la ausencia de Sofía... Escuchó un alboroto en el cuarto principal –algún objeto de metal había caído en el piso de forma precipitada– ¿Lo habrán dejado caer? La duda lo hizo retroceder hasta la puerta de la sala, aunque no, no se iría: Esta es mi casa.
Permaneció de pie cerca de la puerta, no se marcharía, sin embargo tampoco sabía qué hacer allí adentro. El tono de llamada entrante del celular lo sacó de sus cavilaciones y con apremio, nervios y un poco de torpeza, lo contestó, otra vez en voz baja. No obstante, no recibió sino un vacío interrumpido brevemente por una respiración nasal, pausada y profunda como respuesta. Aguardó varios segundos y cortó.
Avanzó lentamente hasta la cocina, agarró un cuchillo y lo soltó de inmediato. Quizá no sea necesario. Centró su atención en la espera de otro golpe para…No hubo repetición. Asió el metal, lo oteó ¿Seré capaz de usarlo? Se dirigió a su dormitorio, sujetó la manija de la cerradura y empujó la puerta suavemente para que no hiciera ningún chirrido; quiso llamar, preguntar quién andaba por allí… Prefirió no hacerlo, era delatar su presencia y no, él deseaba entrar por sorpresa, por eso tampoco prendió la luz.
Asomó la cabeza hacia el interior de la alcoba: no avistó a nadie, aunque sí se percató de la claridad que salía por la rendija inferior de la puerta del tocador. Volteó y terminó de introducir su cuerpo en la habitación; no pediría ayuda, él mismo se encargaría de resolver el asunto. Aceleró un poco más la marcha en punta de pie; al llegar al sanitario pegó la oreja izquierda a la estructura de PVC y no escuchó absolutamente nada. Tomó el pomo con una cautela que jamás creyó poseer y lo giró lentamente con la mano siniestra mientras la derecha apretaba con mucha más fuerza el mango del cuchillo; justo en ese instante sintió el peso de los dedos que se posaron en su hombro diestro. Permaneció inmóvil, sin reacción ni pensamientos: su cuerpo despojado de todo lo demás; pero tras varios segundos de desconexión, cerró los ojos, estiró su brazo hábil, giró el cuchillo y lo introdujo en aquel organismo extraño.
Cuando por fin abrió los ojos, se adelantó un par de pasos, dio media vuelta y observó el cuerpo tirado en el suelo con el metal fijo en el abdomen. Corrió hasta el interruptor y prendió el bombillo: no había ni cadáver ni sangre. ¿Qué pasó aquí? Ubicó su vista en la rendija inferior de la puerta y notó que la claridad de antes ya no estaba; quiso apagar el foco para asegurarse de que, en efecto, así era, no obstante, cuando estiró la mano derecha hacia el pulsador, dejó caer el cuchillo.
Algo no está bien. Contempló el metal, su mano. Otra vez el cuchillo, la mano. ¿Cómo había terminado en su mano si estaba junto al cuerp…? Con apremio revisó debajo de la cama, dentro del closet; abrió la puerta del baño. Sí, la luz se apa...
¿Qué busca señor Poli? Le preguntó Sofía apenas ingresó al cuarto.
Él cerró la puerta y reparó a la dama con dudas, con miedo, con...
¿Desde cuándo estás aquí?
Desde esta mañana, señor. Respondió ella sin atender el rostro vago y descontextualizado de su jefe y recogió algo del piso.
Policarpo volvió a fijarse en la rendija inferior de la puerta del baño de su alcoba: seguía oscuro. No quiso comentarle acerca de su arribo. Ella no podía haber estado allí desde la mañana. ¿Le estaba mintiendo de manera tan cínica?
¿Qué es eso que llevas en la mano?
Ah el cuchillo que recogí del piso.
¿El cuchillo? Exploró su mano derecha. Juraría que lo recogí. ¿Está limpio?
Sí, ¿por qué? Disculpe, lo dejé cuando entré a limpiá.
Eso es imposible, el cuchillo lo metí yo... ¿o no?
¿Qué dice señor?
¿Yo? No, nada.
Cuando Sofía se retiró de la habitación, él entró al sanitario y se paró frente al espejo ¿Qué me sucede? Se pasó las manos por el rostro, se golpeó levemente ambas mejillas al mismo tiempo y pensó en el cuerpo que había apuñalado ¿Cómo era posible que desapareciera? ¿Lo imaginó? ¿Y Sofía, también era una ilusión? Apagó la luz y salió rápido del tocador con la intención de buscar a la doméstica, no obstante, se detuvo al pasar al lado de la cama ¿Yo prendí la luz del baño o ya estaba encendida? Se regresó y se aseguró de colocar su dedo en el interruptor, abrir la puerta de la ducha y nuevamente situar su índice diestro en el pulsador del dispositivo. Caminó hasta llegar a la entrada de la cocina, chequeó el piso por los alrededores del lavaplatos: allí estaban las gotas. Se movió hasta la mesa de la sala: en ella aún permanecían el portafolio y la gota.
¿Qué carajos pasa aquí? ¡Sofía! Si esto es una broma, no me está gustando en lo más mínimo.
Nadie le respondió. Dejó ir su vista por los recovecos de la casa y al enfocar la pieza principal notó que la luz estaba apagada. Se tapó la boca y miró la puerta de la sala. Esto no está pasando. Escuchó el ruido en su cuarto –algún objeto de metal chocaba nuevamente con el piso– y su vista retomó la puerta. Tenía deseos de llorar, aunque también de dar un grito y correr a cualquier lugar apartado donde todo fuera tranquilo, monótono; donde no sintiera esa presión inusitada en el intercostal izquierdo, esa que en el instante menos esperado le mordía la garganta y las vértebras. Pero sonó el celular. Extrajo el móvil de su bolsillo con rapidez, sin embargo no contestó la llamada, el “número desconocido” que denunciaba la pantalla lo detuvo. Le bajó el volumen al tono hasta dejarlo en modo Reunión; no lo respondería, así el equipo le estremeciera el cuerpo entero, no contestaría. El celular dejó de vibrar y él lo regresó al bolsillo; cuando alejaba la mano, otra vez, apareció la vibración. Apagaría el teléfono, no permitiría que ningún imbécil lo fastidiara; lo sacó y vio el “Sofía Carolina” en el táctil ¿Sofía?
¿Dónde estás Sofía? Preguntó en voz muy baja. Una vez más encontró el vacío y la respiración nasal, lenta y entrecortada al otro lado; caminó despacio hasta el bidé y retornó a la sala.
¿Quién eres desgraciado? Ya sé que no eres Sofía.
Aguardó durante algunos segundos ¿Y si realmente era Sofía? Qué importa. La respiración y el vacío continuaron hasta que Policarpo decidió colgar. Se trasladó a la cocina con reserva y empuñó un cuchillo. Este es el cuchillo que agarré antes. Lo examinó con detenimiento. Sí, es el único que tengo con filo y… ¿Y Sofía? Yo lo tomé y ¿Sí llegó? Dejó a un lado las cavilaciones y se dirigió a su habitación; empujó la puerta y asomó la cabeza: despejado. Terminó de entrar y fue directo al baño. ¿Qué pasa aquí? La luz estaba encendida. Sujetó el pomo, lo giró con lentitud y… no, debía revisar, seguramente ahora…: no llegó nadie. Qué raro. Volvió a asir el agarrador; cuando abrió la puerta salió un gato blanco de manchas negras que, de un salto, aterrizó en el centro de la cama. Policarpo precisó al animal con odio desde el suelo, con deseos de vengar el terror que acababa de sentir, esas ganas de… Respiró, tragó saliva y se reincorporó para revisar el interior del sanitario: seguía vacío, solo… ¿Qué es lo que cae en el piso? Indagó debajo de la cama, cerca y dentro del closet y no encontró ningún objeto metálico. Atisbó al felino en el colchón lamiéndose las patas delanteras
¿Qué haces tú aquí? ¿Por dónde entraste?
Lo sacó de la cama y posteriormente de la habitación, pero cuando lo buscó para correrlo de la casa no lo encontró ni en la cocina ni en la sala, revisó las ventanas y ambas estaban cerradas. El deseo de correr y las ganas de llorar se agigantaron, no era posible que eso le ocurriera a él, a mí que… La luz se fue. Policarpo se quedó detenido casi en medio de la sala, a la defensiva, esperando el ataque que seguramente vendría tras el corte eléctrico. Transcurrieron varios segundos y ni siquiera hubo un rumor; aun así, no se atrevía a moverse. Tal vez lo mejor es quedarme aquí y esperar, aguardar a que… Notó que la luz de su cuarto se encendió y fue hasta el interruptor de la sala, lo presionó en repetidas ocasiones. ¿Será que se quemaron los bombillos?
Cuando se acercaba a la mesa escuchó un ruido proveniente de la pieza principal ¿otra vez?, aunque ahora más suave, como amortiguado por un tapete o alfombra. No se movería de la sala, ya lo había decidido, no volvería a entrar a su habitación sino en la mañana. Pasaría la noche en el sofá-cama. Firme en esa decisión, apartó una silla de la mesa y se sentó; en cuanto lo hizo, oteó la puerta del segundo cuarto y recordó que todavía no lo había abierto; y ya no lo revisaría, no le interesaba hacerlo. Se mantuvo allí, en silencio, con la vista fija en la puerta de madera de su recámara. Y nuevamente vino el golpe. No, no me moveré. Resurgió el sonido, una y otra vez, una y otra vez, una y otra...
¡Coño qué quieres! Gritó sin pensarlo, sin importarle si había alguien más dentro de la casa.
El sonido cesó inmediatamente; pero transcurridos escasos segundos reapareció, primero suave, después intenso, suave, intenso, suave... Policarpo no pudo seguir resistiendo, abandonó la silla con violencia; ahora, más que temor, sentía irá. Caminó con premura hasta su alcoba y de una patada fuerte y segura abrió la puerta, sin embargo no continuó la marcha, sino que permaneció fijo en la entrada, observando, sintiendo su respiración acelerada, muy acelerada, y detallando al gato negro en su cama.
Maldito gato. Con rapidez se quitó el zapato izquierdo y se lo arrojó al animal con mucha agresividad, para que así asimilara lo que él pensaba acerca de su presencia. El calzado impactó justo el rostro del félido y lo dejó inmóvil en el colchón, sin siquiera darle tiempo de cerrar los ojos.
Policarpo divisó al digitígrado desde la distancia; la respiración aún seguía allí, alta, entrecortada, confusa entre el miedo, la rabia, la impotencia y ahora el arrepentimiento. Avanzó hasta el baño, lo revisó una vez más con precaución y con la sospecha de que en él había algo; salió de allí con el propósito de lanzar al invasor hacia la avenida, lo cogió por una de la patas delanteras y lo levantó, no obstante cuando situó sus ojos en la entrada de la habitación, la penumbra le trazó el rostro de su novia. Sonrió con alivio porque por fin tenía compañía, pero la sensación desapareció al recordar el peso del mamífero muerto en su mano derecha y el zapato en la cama. Ella era veterinaria, ya se imaginaba el drama que vendría en los segundos sucesivos. Sin embargo, ella no le dijo absolutamente nada, solo le dio la espalda y se retiró; él dejó caer al felino en el piso y corrió tras ella llamándola con su acostumbrado "Cielo".
La discusión se produjo en la oscuridad de la cocina; ella lo catalogó de insensible, de inhumano, de error, de hombre no adecuado para ella y salió apresurada de la casa sin importarle si tropezaba y sin dejarlo hablar. Policarpo la persiguió hasta la salida para aclararle el suceso, para explicarle y… Ella lo frenó con un No quiero hablar contigo. Le cerró la puerta de la reja en la cara y se marchó. Él retornó al interior de la casa confundido, herido y cargado de expresiones que quería soltar antes de que lo consumieran; las luces estaban encendidas, mas él no se fijó en ese detalle, solo deseaba encontrar el modo de desahogarse, de demostrarle a ella que lo que había visto era falso, que no pertenecía a él sino a un hecho aislado producto de las circunstancias. Sacó el móvil y marcó el número de su novia, de pronto ella no lo atendería, aun así debía intentarlo para sentirse un poco mejor sabiendo que lo había tratado, al menos. Ella contestó la llamada:
Perdóname mi vida, no sé qué me sucedió. Hoy he tenido un día muy complicado y... Se quedó callado y revisó el número para cerciorarse de que, en efecto, su novia se encontraba al otro lado. Sí, estaba correcto, el "Mi cielo" en la pantalla despejaba las dudas.
Cielo, te hablo de lo que ocurrió ahorita. ¿Cómo que no nos hemos visto desde esta mañana si yo acabo de hablar contigo hace unos minutos?
Tiró el teléfono en la mesa. Ahora sí asimiló la claridad y no supo qué hacer, las manos se pasearon con ansiedad por el cabello y la nuca en un intento frustrado de borrarlo todo. Sus ojos deambularon por los alrededores y seguidamente corrió al cuarto principal, indagó por todo el espacio: no estaba el félido ni su zapato ¿Zapato? Lo tenía puesto. Retrocedió incrédulo y perturbado hasta chocar con la pared de la otra recámara. Se dejó caer en el piso ¿Qué era todo aquello? ¿Había enloquecido? Comenzó a golpear la pared con la parte posterior de su cabeza cuando reincidió el ruido; empezó a llorar y a patalear en el piso con la idea de ignorar aquello que una y otra vez entraba a sus oídos y se ramificaba por todos sus nervios y sus músculos. Se tranquilizó, se secó las lágrimas y la nariz: no tenía por qué llorar. Sí, tenía miedo, y mucho, pero no había necesidad de caer tan bajo. No. Se lo repitió varias veces hasta sentir que ya se lo había creído. Se levantó, el ruido continuaba, a veces seco, tanto que el eco le retumbaba en los tímpanos, y otras era suave, amortiguado, y salía de la pieza con modorra.
Primero buscaría el cuchillo, posteriormente... ¿Dónde... en qué lugar lo había dejado? Fue hasta el mesón y agarró el cuchillo largo tipo cierra. Este también sirve. Lo apretó fuerte con la mano derecha, aspiró profundo en varias ocasiones para ocultar el moco que amenazaba con escaparse y se pasó el índice izquierdo por la nariz. Entraría al recinto y de una vez acabaría con ese maldito ruido. Estaba decidido, mas cuando cruzó el umbral de la cocina se quedó estático: la puerta de la pieza estaba cerrada. Vaciló al dar un nuevo paso; quizá era más recomendable huir, como siempre hacía cuando las cosas se le complicaban... No, hoy no. En esta oportunidad no escaparía, no después de haber concretado algo con Rosbely, su novia, y de haber encontrado un sitio cómodo donde establecerse; está vez lucharía.
Dio un segundo paso. El sudor en las axilas comenzaba a incomodarlo, la saliva le pesaba y el pie izquierdo ya sentía el frío de la cerámica ¿Y el zapato? Volvió a detenerse, avistó su entorno: no estaba el calzado por ningún lado. ¿Qué era real y qué no? Presionó la punta del cuchillo en la palma de su mano zurda. Yo soy real. Chequeó su pie siniestro y recordó el instante en el cual se quitó el zapato y se lo arrojó al gato que estaba cerca de la puerta del baño. No, estaba en mi cama ¿La cama? Sí, seguramente. Dio el tercer paso, el cuarto, el quinto, No, el animal estaba en la puerta del baño y yo... No, malditasea. No importa, al coño de la madre con eso.
Llegó a la alcoba, tomó el agarrador de la cerradura e intentó abrir. Tiene seguro. Recogió el brazo y lanzó la vista hacia el portafolios, regresaría a buscar las llaves, pero antes... Estiró la extremidad izquierda y lo intentó nuevamente: la cerradura cedió y la puerta se abrió poco a poco sin necesidad de que Policarpo la empujara. Allí seguía el ruido, él lo rastreó pero fue imposible ubicarle un punto de origen, sin embargo presentía que provenía del tocador y se ampliaba infinitamente en la habitación. Se aferró al cuchillo. Estaba dispuesto, mataría si fuera necesario, una y otra vez si hacía falta.
No obstante, alguien ingresó a la vivienda; Policarpo miró hacia atrás y descubrió a Sofía. Ella se frenó y fijó sus ojos en el cuerpo que la observaba por encima del hombro con un cuchillo en la mano y usando un solo zapato. Ella le sonrió un poco nerviosa.
¿Qué pasa señor Policarpo?
Él terminó de girar su cuerpo, la ojeó muy detenidamente en silencio y sin ninguna expresión, después fue hasta la puerta de la cocina y detalló la cerámica cerca del lavaplatos.
Nada, no pasa nada.
Policarpo caminó hacia la mesa de la sala y ella avanzó hacia la cocina; cuando se cruzaron, él sujetó a Sofía por el brazo izquierdo, le acarició el rostro y captó sus ojos fijamente. Ella se dejó hacer sin proferir una sola palabra, seria.
¿Qué ocurre señor? Preguntó luego de un instante y sin la más leve alteración en su ánimo.
No, nada, disculpa. Respondió y continuó su trayecto. Pensé que te habías ido.
No señor, estaba en casa de la vecina de enfrente que me pidió el favor de que la ayudara a prendé una aspiradora que había comprao.
Cuando salgas, por favor deja las luces encendidas, tú sabes cómo están las cosas ahorita.
Yo las dejé prendías cuando salí.
Colocó el cuchillo en la mesa. Tampoco hay sangre. ¿Lo había imaginado todo? Debe ser el agotamiento. Levantó su portafolios y se trasladó a su cuarto; cuando ingresó, divisó el cuerpo tirado en el piso con el metal en el abdomen, el gato negro muerto en la cama junto al… Soltó el maletín y se devolvió rápido a la sala a buscar el cuchillo; en su transitó de regreso al dormitorio se detuvo justo en la entrada de la cocina, el arma blanca cayó al piso mientras su cerebro procesaba lo que aprehendían sus ojos: la sangre en la cerámica y la ausencia de Sofía ¿Sofía?.