Relato 76 - Ella tenía razón

Respira. Respira. Más despacio. Respira. No pares. Respira.

No corras. ¡Abre los ojos o te vas a matar ¡

Bien, no corras y respira más despacio. Tranquilo, sales de esta.

¿Por qué no la creí?

 No pares. Sigue avanzando, ¡abre los ojos ¡

Esta vez ella tenía razón. No pares, no corras.

            Empezó a calmarse y a andar más despacio, se llevó las manos a la cara y notó un líquido viscoso y tibio, aun sabiendo que era sangre, una sangre propia que brotaba de los arañazos que las ramas bajas le habían ido infringiendo en su alocada carrera, tal vez alguna gota de la sangre de Cristina y seguro que estaba manchado de la sangre de… eso, se miró las manos sin ver nada. La luna estaba casi llena pero su luz con conseguía penetrar a través de aquellos frondosos árboles. Buscó un claro donde poder ver algo. Más calmado, pero con las imágenes de los recientes acontecimientos repiqueteando en su cabeza, intentó abrirse paso entre los árboles tanteando sus troncos con las manos extendidas. Sabía que, aunque mirase atrás no vería nada dentro de la densa oscuridad que parecía blindar el bosque, pero tampoco tenía el valor suficiente para hacerlo. Ya no corría peligro, eso lo sabía, pese a ello el miedo tiraba de él alejándolo lo más posible de aquel horroroso lugar que pese a su belleza exterior, jamás podría borrar de su cabeza. Por fin llegó a una pequeña explanada, agotado, aterrado, derrotado, miró al cielo, una nube gris pasaba en ese momento por delante de una luna azul brillante, sin llegar a taparla del todo. Aturdido y aliviado se apoyó contra un árbol y se dejó caer notando como la áspera corteza le arañaba superficialmente la espalda. Poco le importaba ya, miró sus manos y como un niño abandonado dejó que un torrente de lágrimas le limpiasen la cara y el alma.

           

 

            En el despacho del inspector Cárdigan una luz cálida iluminaba la estancia dándole cierto aire acogedor, sobre su escritorio dos pilas de papeles con múltiples informes de casos abiertos y cerrados, era una persona concienzuda que volvía a revisar los casos incluso una vez cerrados. Tras haber leído la declaración un par de veces, se levantó, fue a por un café bien cargado y volvió a empezar la lectura, que más parecía un cuento de terror que una declaración de los hechos.

            A mediados de abril propuse a Cristina hacer una de “nuestras escapadas románticas”, aclaro que llamábamos así a nuestras excursiones a sitios abandonados. Llevábamos un par de años practicando el Urbex, no éramos de los más intrépidos, pero si podíamos, pernoctábamos en el lugar elegido, tras haber paseado por él y haber sacado algunas fotos. La propuesta encantó a mi novia que enseguida se puso a buscar un sitio idóneo, lejano, olvidado. Ella era muy buena buscando en internet y con la tecnología en general. Enseguida encontró un montón de sitios a los que ir, seleccionó diez, imprimió las fotos y una noche me las dejó para que eligiera sin darme más datos del sitio. Esa misma noche ya empezamos a notar cosas raras. Yo dejé las fotos sobre la mesa del comedor y cuando me levanté una de las fotos estaba en el suelo, no le di mayor importancia, de hecho, fue el sitio que elegí para ir. La noche siguiente, Cristina me dijo que había notado algo extraño en el ordenador, no le presté mucha atención porque paso bastante de la tecnología, pero era algo así como que se le estaba repitiendo una alerta de privacidad. Tampoco le dimos importancia. Pasaron varios días sin incidentes reseñables, pero, una noche mientras cenábamos oímos un zumbido que venía de nuestra habitación, era un sonido electrónico que erizaba el vello, registramos la habitación, ubicamos el sonido cerca de su mesilla, pero al no encontrar nada que lo provocara lo atribuimos a algún electrodoméstico del vecino. Desde aquella noche y siempre en torno a las diez de la noche empezaba la vibración, terminé por hablar con el vecino que negó la máxima y el zumbido no cesó. Cristina descansaba mal y cada vez estaba más irritada y nerviosa, me contó que notaba la mirada constante de alguien. Yo restaba importancia al asunto, la taché de paranoica, pero la semilla del temor empezó a crecer en mí también.

            Un mes después de haber acordado el sitio para nuestra excursión, ocurrió algo que de verdad me asustó pero que no quise contar a Cristina por no alterarla más. Ese día yo estaba teletrabajando de forma excepcional, sobre las tres de la tarde oí perfectamente cómo alguien intentaba abrir la puerta de mi casa, esperé unos segundos, el ruido se repitió, me levanté, miré por la mirilla y no vi a nadie, abrí la puerta enfadado y un poco amedrentado, no había nadie. Cuando Cristina volvió de trabajar me contó que en el ordenador de su empresa le aparecía el mismo aviso que en el de casa. Claro que no nos planteamos denunciar ¿para decir qué? Empezamos a consolarnos con nuestra especial escapada pero obviamente la situación se estaba tensando. Ella cada vez dormía menos. Llegó a contarme que alguien nos estaba acosando, yo con argumentos lógicos rebatía su paranoia. Contábamos los días que nos quedaban para el viaje, salir de nuestras rutinas donde parecíamos estar atrapados con un acosador del que yo renegaba, pero en el que empezaba a creer. Cuando las cortinas de la habitación eran mecidas por la brisa imaginaba a alguien tras ellas, cuando al vecino de arriba se le caía algo al suelo ambos nos mirábamos esperando que una presencia extraña se materializara ante nosotros. En medio de esta exacerbada situación, contactó con Cristina un antiguo amigo del colegio con el que había tenido bastante confianza, pero del que no había tenido noticias desde hacía mucho tiempo. No soy celoso. Sus citas, cada vez más frecuentes, parecían relajarla. Le contó sus sospechas, le habló con detalle de lo que había planeado para nuestro viaje, información que no había compartido conmigo. Ella recuperó el ánimo y perdió algo de miedo, yo en cambio andaba un poco desconcertado, es como si me hubiese pasado el testigo de la angustia.

            Llegó el esperado día, antes de que hubiese amanecido ya habíamos puesto rumbo al norte. Fuimos charlando y cantando. Todo iba genial hasta que ella empezó a mirar por el retrovisor con demasiada frecuencia. Le pregunté qué pasaba y todos los miedos de los meses anteriores volvieron a envolvernos.

            . - Alguien nos está siguiendo.

            Vomité en el coche y sobre ella toda mi tensión acumulada, gritándola e insultándola, llamándola loca, paranoica y todo lo que yo sentía que era yo mismo. Casi impasible, ella sólo dejó caer alguna lágrima y deceleró, me preguntó si dábamos la vuelta, y yo en mi obcecación negué. Cuando recuperé la compostura y sintiéndome como una mierda miré por el retrovisor, ni un solo coche. La miré a ella de nuevo que permanecía callada e inalterable. Me miró un segundo y me dijo:

            . - Sé que no me crees, pero esto nos va a pasar factura.

            Volví a sentirme irritado. Cerré la boca yo también durante las tres horas quedaban para llegar a nuestro destino.

            Aun faltaban unas horas para que anocheciera cuando dejamos el coche en un camino de cabras. Cristina salió de su letargo y empezó a comportarse como era ella habitualmente. Sacó las mochilas y un torrente de instrucciones salió de su boca. No tardamos en encontrar el palacete asturiano abandonado. En ella crecía el entusiasmo, pero yo estaba alerta. ¡Mierda!  ¿me había pasado su paranoia?  Anduvimos, al menos una hora, por un bosquecillo oscuro, espeso y tenebroso. Mi temor crecía a la vez que el entusiasmo de ella. En varias ocasiones escuché un crujir ramas tras de mí, pero ya estaba cansado de tanta histeria, y aprovechando el cambio de actitud de Cristina me dejé llevar por él.

            Sin aviso previo el bosque se rompe y una imponente construcción de principios del siglo pasado y estilo indiano aparece ante mis ojos. Un escalofrío recorre mi espalda, sorpresa, placer y miedo. Cristina y yo aceleramos el paso, llegamos a la puerta de entrada. Entreabierta, empujamos un pelín más para entrar con las mochilas sin problemas y una bandada de palomas con su característico zureo nos sobrevuela haciendo que nuestra entrada sea mágica. Nos dejamos envolver por el olor a polvo, antigüedad, misterio… según franqueamos la entrada ambos oímos a nuestra espalda los pasos, miramos al unísono hacia el bosque, cruzamos miradas y nos reímos soltando toda la tensión. Despacio, empezamos a investigar en la planta baja, reservando la solemne escalera como el ansiado postre de una buena cena. Va anocheciendo y las sombras se alargan distorsionando los pocos enseres que quedan dentro del edificio, cruje el suelo que pisamos, fotografiamos todas las estancias, de repente un ruido fuera de lo habitual. Decidimos que era el momento de encarar las escaleras antes de que un guardés nos eche del lugar. Aquí empezó mi pesadilla, la de verdad. No creo en fantasmas, pero en el instante en que pisábamos el primer peldaño una sombra apareció de la nada, cuchillo en mano, y asestó una puñalada larga, profunda y calculada en la espalda de Cristina, en ese momento quise creer en ellos. Mi instante de duda dio lugar a que el tipo aquel, o lo que fuera, asestase la segunda puñalada en la base del cuello de mi chica. Me abalancé sobre él, pero me esquivó sin movérsele un pelo y corrió hacia la deshabitada cocina. La noche caía y yo cada vez veía menos, intenté concentrarme en los sonidos y a tientas buscaba a ese hijo de puta. Él me encontró a mí antes, sólo lo sé porque recibí un contundente golpe en el hombro izquierdo, lo que me hizo saltar hacia atrás y ponerme de espaldas a la pared esperando el golpe de gracia, no sucedió. Pude oír sus pasos corriendo de una estancia a otra. Sin importarme una mierda volví a buscar a Cristina, no me hizo falta ningún test para saber que ya estaba muerta. Aquí empezó mi tormento, pero también mi desaforada ira. Me quedé un buen rato en silencio intentando detectar su presencia, y lo conseguí, vaya si lo conseguí. Volví a la cocina, a oscuras ya, busqué algo que hiciera daño, no fue difícil, un atizador de hoguera. Me quedé muy quieto, contenía la respiración todo lo que podía y soltaba el aire muy despacio para hacer el menor ruido posible. Me pareció que él tardaba mucho en moverse, pero al final lo hizo, se movía de nuevo, vagaba, me pareció oír unas palabras destinadas a los oídos muertos de Cristina. Yo sólo esperaba a que él se acercara, y lo hizo. Contuve la respiración, alcé el atizador con ambas manos y sí, tuve la suerte de acertarle en pleno cráneo. No pude evitar mirar mi obra, un cuerpo que se convulsionaba con los últimos estertores, era repugnante y a la vez atrayente. No sé el tiempo que estuve mirando sin ver, sus ojos perdieron la vida, y en el instante en el que supe que había matado a la bestia me entró un terror infernal que me hizo correr con los ojos cerrados a través del bosque.

 

            Cárdigan pensó que aquella declaración estaba demasiado bien hilvanada, el misterio justo en el momento justo. No le convencía. Supo que este caso sería uno de los que ocuparían el montón de “volver a revisar”.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

 

 

 

 

 

Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

También en redes sociales :)