Relato 73 - Anfitriones de la verdad
Anfitriones de la Verdad
La posada estaba a las afueras del pueblo, rodeada por una arboleda, en el centro de la extensa finca. Anochecía cuando llegamos; la verja que rodeaba el recinto estaba cerrada con candado y no hallamos ningún tipo de timbre que comunicara con el interior. Se divisaba sólo una luz bajo la puerta de lo que parecía un garaje contiguo a la casa y nos sorprendió que no hubiese ninguna más. Supusimos que los demás huéspedes estarían en la parte opuesta de la fachada y decidimos rodearla antes de tocar el claxon o ponernos a vociferar. Nuestro viaje se había adelantado y no deberíamos haber llegado hasta la mañana siguiente. No lo comunicamos previamente porque supusimos que al dueño le daría igual. Era un lugar aislado y como nos refirió siempre había habitaciones libres.
Comprobamos que por el otro lado tampoco había indicios de que en la casa hubiera gente. La oscuridad cubría todas las ventanas, algunas abiertas de par en par pese a la fría niebla que iba cayendo en picado. Volvimos a la entrada para intentar que nos atendieran. El teléfono no tenía cobertura, tampoco acceso a la Red. Ya nos previno el propietario de este inconveniente habitual. Allí no funcionaban las telecomunicaciones con regularidad; los postes estaban en malas condiciones y sólo en las inmediaciones del pueblo la señal era medianamente aceptable. Cuando contratamos la estancia casi no nos entendimos. Concretamos la fecha, el precio y la conversación se entrecortó varias veces, oíamos voces entremezcladas, frecuentes interferencias que sonaban como gritos desgarrados. Estuvimos de acuerdo en que unos días sin móvil y sin Internet resultarían terapéuticos, aunque en ese momento preciso nos hubiera resuelto el problema de la entrada.
Silbé con determinación, primero ligeramente y después con una intensidad y longitud pronunciadas. La luz que se colaba bajo la puerta desapareció. Esperamos un momento. Después repetí la misma secuencia tres veces más. Finalmente opté por tocar la bocina aún pudiendo importunar a quienes estuvieran allí. Llegamos a pensar que nos habíamos equivocado de sitio y que al apagar la línea de luz nos indicaban que nos fuésemos. Nos disgustó el contratiempo, pero no podíamos hacer nada así que dispusimos volver a la carretera y tomar rumbo al pueblo. A punto de arrancar una sombra sigilosa apareció tras los barrotes y sin dirigirnos la palabra abrió el candado y las enormes puertas.
- O es sordomudo o falto de educación, mascullé antes de bajar la ventanilla y saludarle. Sólo nos indicó con el brazo hacia donde ir y cerró de nuevo sin mostrar ninguna cortesía. Después desapareció dejándonos bastante desconcertados.
Eran casi las once cuando aparcamos frente al porche. La puerta estaba entornada y curiosamente tampoco había timbre para llamar. Sacamos las maletas y entramos. Hacía más frío que afuera. Allí no había nadie. Pulsamos el interruptor para orientarnos; ninguna lámpara se encendió. Pensamos que se trataba de un apagón. Preguntamos si había alguien, pero no obtuvimos ninguna respuesta. Quizás se celebraba alguna fiesta y se había ido todo el mundo. En el medio rural se suelen organizar festejos y romerías para salir de la monotonía. Si no se nos esperaba, lógicamente, podía existir esa posibilidad. Esperamos allí un rato y a las doce, decidimos movernos por nuestra cuenta. La linterna del teléfono nos sirvió para orientarnos y revisar el correo de confirmación de la reserva; teníamos asignada la habitación número dos, así que subimos las escaleras hasta encontrarla.
Era la única que estaba abierta. Parecía acogedora. Tenía una cama amplia con una colcha florida en tonos pastel. Las paredes en blanco y unas butacas de terciopelo con cojines del mismo estampado. Un solo cuadro en la pared, un rótulo en tinta negra con las palabras: “Anfitriones de la Verdad “. No supimos cómo interpretarlo, nos pareció peculiar e incluso bromeé al respecto sugiriendo que tal vez fuera una consigna o una leyenda.
Nos llamó la atención un objeto que no tenía sentido en el dormitorio, un enorme tornillo de banco fijado en la mesita de noche. Comimos las provisiones que nos habían sobrado del viaje y nos acostamos rodeados de oscuridad, silencio y frío.
Antes de que amaneciera oímos al otro lado de la puerta unas pisadas plomizas, se detuvieron tras ella. Escuchamos atentamente sin decir nada. Quien fuera se quedó ahí petrificado. Nos quedamos inmóviles, callados, esperando que entrara o se marchara. El sueño se apoderó de nosotros y la duda se hizo invisible.
Ya de día salimos de la habitación para buscar el cuarto de baño. La alcoba de al lado estaba abierta y comprobamos que era absolutamente idéntica. La misma decoración, la misma disposición, el cartel y la herramienta anclada en el mismo sitio. Era muy raro. Supusimos que tendría alguna explicación que descubriríamos llegado el momento.
El dueño, Gregorio, nos recibió sonriente. Era un hombre corpulento, con aspecto bonachón. Le referimos lo acaecido la víspera y expresamos nuestra intriga por el hombre anónimo que nos facilitó el acceso, por la ausencia de personas y por la falta de electricidad. También nos excusamos por habernos acomodado sin permiso aduciendo que el cansancio del viaje nos impulsó al tomar la iniciativa.
Nos comentó que una avería en el tendido eléctrico había dejado la fonda sin luz. Se había ocupado de realizar el traslado de los demás huéspedes la noche anterior. Su hermano gemelo Rómulo tenía un generador en el cobertizo e intentaba ponerlo en marcha cuando llegamos. Fue quien nos abrió. Era un tanto arisco y poco comunicativo. Según dijo cada uno tenía sus funciones y sus horarios por lo que no coincidían ni discutían. Nos dio la impresión de que no se llevaban bien. Nosotros, sin embargo, también hermanos gemelos, estábamos muy unidos y siempre de acuerdo. Pasaríamos allí otra noche, podíamos adaptarnos.
Gregorio nos dijo que si la habitación no nos gustaba podíamos escoger cualquier otra, aunque recalcó que eran todas iguales. Nos preparó un desayuno frugal y nos señaló en un mapa los lugares cercanos que tenían interés turístico. El coche no arrancó. El piloto indicaba una avería, pero no supimos precisar a qué se debía. Era la primera vez que se averiaba.
Caminamos por la carretera por si pasaba alguien que nos acercara para poder comunicar el incidente y localizar algún taller mecánico.
El calor era asfixiante. Ni una casa, ni un alma. Preferimos finalmente regresar, refrescarnos y pedirle a Gregorio que nos acercara. No estaba allí.
Entramos en la cocina atraídos por un denso olor a guiso. De una perola gigantesca manaba aquel aroma potente y enigmático. El hambre y la curiosidad me impulsaron a levantar la tapa …
Me despertó el dolor brutal al sentir mis manos aplastadas entre las mordazas de hierro. Grité aterrado, con desesperación.
Rómulo giraba la manivela del tornillo de banco sin piedad. Estaba en la cama completamente desnudo mientras aquel gigante loco me destrozaba los huesos. Tronzó mis pies, mis tobillos, mis rodillas, mis codos. Abría el instrumento con ímpetu, agarrando mis vértebras y ejerciendo la mayor presión, produciendo graves traumatismos, con metódica y diabólica destreza. Perdí el conocimiento varias veces, pero la intensidad del dolor me devolvía a la realidad, obligándome a sufrir sin tregua ni escapatoria aquella terrorífica vivencia.
Los crujidos salvajes de aquel acto descarnado siguen en mi mente. Estaba absolutamente indefenso cuando me zarandeó hasta atrapar mi cráneo. No podía llorar más, ni suplicar, estaba conmocionado, roto y convencido de que iba a morir víctima de aquella atrocidad.
El primer rayo de sol hizo un milagro. El rostro del monstruo que me estaba masacrando cambió de pronto. La expresión de brutalidad y sadismo desapareció y sus gruñidos derivaron en la cálida voz de Gregorio. Su gesto iracundo se transformó en apiadado, manifestando por mí, gran aflicción.
Me dijo que el solsticio me había salvado la vida. Le preocupaba mi estado y aseguró que me salvaría. Aflojó la manivela y liberó mi cabeza de las férreas mandíbulas que abollaban mis sienes. Mientras cargaba mi cuerpo desguazado me contó que lo ocurrido tenia una explicación.
Había encolerizado a su hermano como todos los demás. Mi conducta engañosa había sido el detonante; si hubiese dicho la verdad nada de aquello habría sucedido. Mentí en la fecha de llegada y al decir que éramos dos, porque no había nadie conmigo. Esas mentiras habían provocado la ira del justiciero que me había impuesto el merecido castigo. Para colmo me puse a husmear en la cocina. Destapé la cacerola descubriendo como hervían los restos del último mentiroso.
Ellos, como señalaban los carteles, eran anfitriones de la verdad, esa era la directriz.
Rómulo torturaba a cuantos la quebrantaban, quebrándoles, haciendo que la agonía aplastara su falsedad, imponiendo esa penitencia de pies a cabeza, miembro a miembro, hasta acabar reventados por el sufrimiento, hasta fenecer deformes por su conducta fraudulenta, deshonesta e inmoral.
Después los despedazaba en el cobertizo y cocía sus lenguas, sus sesos, sus engaños, convencido de que en la ebullición se producía la purificación.
Luego con el ritual de su ingesta conseguía que siguieran verdaderamente hospedados allí.
Envuelto en la colcha de flores me cargó en forma de fardo y me metió con mis enseres en mi coche. Lo remolcó hasta el pueblo y lo dejó frente al ambulatorio.
Me han sometido a múltiples operaciones. Me han soldado prótesis en todas las extremidades y aún tengo daños severos en el ochenta por ciento del esqueleto. Cada día me despierto al amanecer y resucito.
Esta historia está por terminar. Mi hermano, cuyas cenizas estaban conmigo en aquel viaje, sigue a mi lado. Nunca mentí al decir que me acompañaba.
Cuando detuvieron a Gregorio Rómulo, cerraron múltiples casos de desapariciones sin resolver. Fue declarado culpable de reiterados homicidios, profanación de cadáveres y canibalismo. Tras su examen psicológico, diagnosticado de un trastorno bipolar esquizoide con delirios psicóticos, se determinó que sus crímenes fueron realizados bajo enajenación mental por lo que fue ingresado en una institución especializada, donde hasta la fecha está siendo un paciente ejemplar. Durante el día colabora en todas las tareas, es amable y comunicativo. Por las noches debido al insomnio crónico que padece, no respondiendo a ningún tratamiento sedante, han decidido, tras valorar cuánto le tranquiliza y determinar qué no entraña ningún riesgo, que se le permita dibujar.
A todos, médicos, empleados e internos, les está pintando el mismo cuadro para sus habitaciones. Un cartel, un rótulo en tinta negra: una consigna, una leyenda. La directriz.