Relato 72 - Heisenberg, 1927
El ambientador de la cocina dio un soplido para llamar la atención, pero el soplido acabó ahogado por las risas de Philip Howard y Annie, su hija de nueve años. Reían con fuerza mientras desayunaban debido a las bromas que intercambiaban. Laura, esposa y madre, sonreía y disfrutaba del afable espectáculo al tiempo que tomaba un café y miraba su móvil. La luz solar templaba la mañana y los pájaros canturreaban con alegría en el jardín.
Poco después de que Annie se despidiera y saliera corriendo a coger el autobús escolar, Laura le contó a su marido el terrible titular que había leído un rato antes. «Es horrible, Philip… Han encontrado el cuerpo sin vida de Andrew Smith… ¡Andy! Suicidio, dicen. Igual que tu otro colega, Sam, hace dos semanas. ¡Y los habías visitado hace poco! ¿Es que el mundo se está volviendo loco o qué? Qué desgracia… Lo siento muchísimo, cariño, muchísimo», dijo Laura mientras abrazaba a su marido, que en aquel preciso momento se sumergía en sus recuerdos.
Los rostros de Andy y Sam volvieron a su cabeza. Al igual que él, habían sido dos astrónomos con una trayectoria científica sobresaliente a sus espaldas. Los tres habían sido buenos amigos en la facultad, habían sufrido juntos los rigores de una tesis doctoral y, con el tiempo, tras acumular experiencia, proyectos, descubrimientos y publicaciones, habían pasado a liderar grupos de investigación en diferentes lugares del mundo.
Sin embargo, la memoria de Philip no se detuvo en ellos. Sus pensamientos fueron atraídos por la inexorable fuerza del recuerdo más estremecedor de su vida: una vez más, revivió la duda que se convirtió en certeza cuando detectó, temeroso, la súbita desaparición de la estrella que había estado vigilando durante años, en su juventud.
Aquel sobrecogedor momento había sucedido tan solo cuatro meses atrás. No la desaparición estelar en sí, sino percatarse de ello; la desaparición había tenido lugar varios años antes, según había podido comprobar en los mapas cartografiados del cielo nocturno. El evento ocupaba su mente casi todo el tiempo y provocaba que se le erizara la piel demasiadas veces cada día.
Para él, aquella había sido la primera prueba de una teoría que nunca se había atrevido a comentar con nadie, una teoría que siempre había descartado publicar porque no deseaba causar polémicas. Recibió con estupor el golpe que aquella evidencia le provocó, una evidencia que confirmaba un extraño resultado que había brotado de los cálculos realizados durante su doctorado.
Cualquiera se habría alegrado por haber comprobado un resultado tan llamativo e insólito como el apagón repentino de una estrella. Es más, habría corrido a publicarlo junto con las presuntas conclusiones tan trascendentales y estremecedoras que derivaban de ello. ¡La gloria, el reconocimiento, la fama! Todo ello y más habría estado al alcance de su mano.
«¿Para qué? ¿Para qué ser recordado durante un breve lapso como el descubridor del apocalipsis?», se había preguntado y reprochado muchas veces Philip, consciente de que lo más probable era acabar malparado porque todo el mundo buscaría responsables; él no dudaba ni un momento de que el primero de la lista podría ser él. No podía evitar imaginar su rostro, su cuerpo, después de un linchamiento o una lapidación. Se veía ensangrentado, con los dientes y la boca destrozados, los huesos triturados, el cráneo aplastado. Y se imaginaba consciente, vivo aún, agonizante.
A pesar de todo, en no pocas ocasiones había tenido la tentación de contarlo todo, pero siempre había concluido que era inútil: el evento era tan absolutamente inevitable como inconcebible le parecía cualquier intento para detenerlo.
De igual manera, estaba convencido de que la desaparición de determinadas estrellas del firmamento no pasaría desapercibida para otros astrónomos. Además, aunque jamás llegasen a imaginar la causa subyacente, el descubrimiento les parecería de tal trascendencia que se lanzarían a publicar sus observaciones aportando únicamente teorías especulativas sobre el origen del fenómeno.
Sabía que el descubrimiento sería tan notable que traería bajo el brazo el Premio Nobel para quien lo viera primero y diera cualquier explicación plausible. Entonces vendrían entrevistas, reportajes, reconocimiento, salir en los medios, ¡incluso convertirse en una estrella mediática!
«Sería un sinsentido… Una completa pérdida de tiempo», se decía a sí mismo cuando pensaba en tales posibilidades.
«No, no lo haré… Anunciar un hallazgo semejante implicará la alarma a escala planetaria y conllevará todo tipo de acciones drásticas, estúpidas y surrealistas por parte de una cantidad incalculable de gente y de muchas naciones. No, jamás lo haré, está decidido», se repetía cada día.
Tenía la honda convicción de que el caos global llegaría sin remedio, como una imparable avalancha que se adelantaría al cataclismo final. Para él estaba muy claro que provocar el caos mundial por anticipado sobraba, de ninguna manera deseaba ser parte de algo así.
Lo que Philip quería, lo único que deseaba, era disfrutar de su familia el tiempo que le restaba por vivir, y sabía de sobra que eso no sería posible si el mundo conocía la verdad que custodiaba en su interior.
La verdad era el horror.
La verdad era la aniquilación completa.
Y todo acabaría en septiembre de ese mismo año, 2127. Quedaban dos meses.
Dentro de lo malo, le alegraba que fuera en ese mes porque así habría tiempo para hacer realidad las vacaciones que su familia llevaba años soñando y que habían terminado de organizar unos días atrás. A Laura le había parecido que el gasto iba a ser excesivo, pero Philip había logrado convencerla de que, si no se lanzaban, jamás harían tal viaje. «Jamás, en el sentido más amplio, completo y perfecto de dicha palabra, porque volveremos a casa dos días antes de…», había pensado él cuando lo habló con ella.
La mente de Philip volvió a fijarse en el año en el que vivían. «Un año muy apropiado», reflexionó, casi divertido, debido a que era el bicentenario del descubrimiento del principio de incertidumbre de Heisenberg. También le hacía gracia que el año no tuviera ninguna relevancia numérica destacable, ni que estuviese recogida por ninguna tradición, ni tampoco que fuese parte de profecía alguna.
Todo eso le divertía porque de nada servía lamentarse por la falta de previsión de los colegas profesionales que le precedieron dos siglos atrás. Tenía claro que, aunque hubiese sido él mismo el que hubiera realizado la primera observación directa de un agujero negro en el lejano 2019, jamás habría imaginado, ni siquiera sospechado remotamente, las relaciones físicas y cuánticas que acarrearían tan nefastas consecuencias.
De igual forma, aunque hubiese sido el mayor astrónomo en tiempos de Heisenberg o en cualquier época posterior, nunca se le habría pasado por la cabeza el evento en curso.
«Ni a mí ni a nadie», se lamentaba cada día, consciente del destino que se abalanzaba, furioso, contra el planeta Tierra. La cuenta atrás calculada por Philip otorgaba seis meses desde que constató el desvanecimiento de la estrella, ni un día más. Con obsesión, repasaba y rehacía los cálculos a diario en busca de errores. Sin embargo, nunca encontraba fallo alguno en los cálculos de los que podía extraer la fecha para la violenta culminación del episodio cósmico que pondría fin a la humanidad.
Werner Heisenberg ya lo enunció en 1927: «Es imposible medir algo sin interferir con ello debido a la incertidumbre asociada tanto a su velocidad como a su posición, por lo que el observador afecta a la medida y a ese algo que es medido».
Philip sabía de sobra que esa definición era muy poco rigurosa, aunque servía para que los profanos entendieran de refilón el concepto concebido por el brillante físico, padre de la mecánica cuántica, premio nobel por ello y descubridor inconsciente de la razón de la cercana destrucción del sistema solar y de alguna estrella más, algo que solo Philip sabía que estaba sucediendo.
Con todo lo anterior rebotando en el interior de su cabeza, salió del mundo de sus recuerdos al escuchar un breve y casi inaudible soplido del ambientador, situado sobre la nevera. Pensó que aquel dispositivo había soplado desde el interior de su alma acusándole con amargura y rencor de ser egoísta por no contar lo que sabía.
Otro sonido, esta vez el de un mensaje entrante en su ordenador, detuvo el abrazo de consuelo entre Laura y su marido. Él agradeció el calor y, sin más dilación, encaminó sus pies al despacho que tenía al fondo del pasillo de casa. Laura volvió a sorprenderse de la gran entereza de su marido; lejos de derrumbarse por una nueva pérdida, no mostraba signos evidentes de pena. «La tristeza la lleva por dentro, el pobre», pensó ella, sintiendo lástima por él.
El mensaje había llegado a la bandeja de entrada de la cuenta del Journal of Amazing Astronomy, la revista más prestigiosa dentro del campo de la astronomía, de la que Philip era el editor jefe.
Se trataba de su colega Matthew, eminente astrónomo y buen amigo suyo. Acababa de enviarle un artículo para que fuera publicado de manera urgente. El título le dejó un nudo en la garganta, sintió un profundo abatimiento y, resignado, leyó el borrador.
El contenido le era muy familiar y se sorprendió al comprobar que el trabajo era mejor que los que le habían enviado Sam y Andy por separado, varias semanas atrás.
Matthew exponía las observaciones de la desaparición de diversas estrellas y especulaba con posibles causas y consecuencias. Para Philip era claro que su colega intuía la importancia y el riesgo de lo que había escrito, y se había esmerado con el lenguaje para que fuera entendido por cualquiera. Philip también había pensado a menudo en cómo podría explicar el asunto a la gente de a pie. De entre las diferentes opciones que tenía en la cabeza, la que más le satisfacía era la del despertar: el estudio de un agujero negro por parte de un ser humano a través de herramientas de observación altera las propiedades de dicho objeto cósmico y tal interacción provoca su despertar. «Una explicación tan fácil de asimilar y tan falta de inocencia…», murmuró; temblaba cada vez que pensaba en ella.
Los cálculos de Matthew, repletos de fórmulas físicas y desarrollos matemáticos, se acercaban a lo que Philip sabía, y aunque el trabajo no profundizaba mucho, dejaba entrever la misma conclusión espeluznante: la mera observación de un agujero negro provoca, presuntamente, la atracción de este último hacia el observador mediante complejos modelos interferenciales de interacción cuántica derivados del principio de incertidumbre de Heisenberg.
Estupefacto, sintiendo cómo su vello se erizaba, Philip acabó la lectura y supo que su colega había dado en la diana mucho más cerca del centro que Andy y Sam. Por fortuna, Matthew no se había atrevido a aventurar en su texto las consecuencias que todo aquello traería a la Tierra, y tampoco hacía mención alguna a las múltiples observaciones posteriores de otros agujeros negros y lo que implicaba, aunque parecía claro que había mucho más en la cabeza de Matthew que lo que había plasmado por escrito. Es más, Philip estaba convencido de que su colega, su amigo, poseía más datos, más información, y creía firmemente que ya tendría preparadas las comunicaciones públicas sobre sus hallazgos. «Seguro que está impaciente, esperando el visto bueno a su trabajo por parte de la revista para darles salida», razonó Philip.
Con presteza y eficiencia, consultó un archivo encriptado en el que había recopilado toda la información personal posible sobre muchos astrónomos, astrofísicos e investigadores de campos afines. «Divorciado, sin hijos, piso pequeño, ninguna foto personal con pareja ni mascota… Esto facilita las cosas, no será tan complicado como las anteriores veces…», meditó.
En menos de cinco minutos había respondido a Matthew mostrándole gran interés y exponiendo que deseaba hablarlo en persona, oportunidad que podrían tener a finales de esa misma semana debido a que Philip, casualmente, tenía un viaje planeado al observatorio de su colega. Esto último era mentira, por supuesto: Philip estaba terminando de comprar los billetes de avión en ese preciso momento.
También mintió a su mujer cuando le contó que había olvidado comentarle que tenía un viaje al día siguiente, aunque eso no era algo inusual debido a su trabajo. Le dijo que sería un viaje exprés, tres días únicamente. Cuando se lo contó, pudo sentir desaprobación y reproche en el soplido del ambientador de la cocina, cuyo aroma se instaló en su paladar y presionó la mentira contra su garganta.
Una vez que terminó de organizar los detalles del viaje, Philip repasó en su mente el trabajo de Matthew y tuvo una revelación: se veía capaz de explicar la paradoja de Fermi mediante el enfoque adecuado de todo lo que sabía. Tan solo debía sentarse a escribirlo.
«¡Cualquiera que lo publicase sería increíblemente famoso! No pasaría desapercibida la explicación a la aparente contradicción entre la inmensa cantidad de civilizaciones que podrían poblar el cosmos y la falta de evidencias de su presencia: a cualquier civilización tecnológica le llevaría tan solo unas décadas o siglos desarrollar los equipos apropiados que permitiesen observar un agujero negro y, por tanto, despertarle. Como consecuencia indirecta del principio de incertidumbre de Heisenberg, el agujero negro se abalanzará sobre el planeta o la estrella del observador. El proceso conllevaba una aceleración constante que provocaría el impacto a una velocidad cercana a la de la luz. El resultado final es incuestionable: el completo asolamiento del sistema estelar habitado», elucubraba Philip, inmerso en su pensamientos; sentía una extraña mezcla de emoción y abatimiento.
Algunos detalles aún no estaban claros del todo para él. Por ejemplo, dudaba de si el impacto sería con el planeta del observador o con la estrella alrededor de la cual orbita, aunque sabía que, en la práctica, daba igual conocer la respuesta o no; la catástrofe estaba asegurada.
Antes de sus aciagos descubrimientos, Philip siempre había sido muy consciente de que, tarde o temprano, perdería a algunos de sus seres queridos. También había considerado la posibilidad de que su familia le podría perder a él por cualquier circunstancia. «Es ley de vida», había pensado en numerosas ocasiones; siempre había aceptado con buen talante el transcurso natural de la evolución humana.
Ahora, sin embargo, las reglas del juego estaban rotas, y Philip conocía qué día acabaría todo. Para él, no era un secreto insondable la fecha de su propia muerte y la de su familia, igual que la de amigos y enemigos, conocidos y desconocidos, ricos y pobres, famosos e irrelevantes. En definitiva, de todo ser viviente del sistema solar. Cómo se vive con eso en la cabeza, solo Philip lo sabía. Se divertía, al menos, con un pensamiento: el día del fin comprobaría si existe un dios. «Menuda sorpresa si fuera una diosa —reía en su interior— o un variopinto grupo de divinidades». A pesar de todo, no se dejaba influir por posibilidades vaporosas y su fuerte carácter racional le decía que todo eso eran vanas esperanzas; esperaba estar equivocado, por supuesto, aunque el precio supusiera abrazar cualquier fe que se mostrase como la única y verdadera.
Nunca había sido creyente y no esperaba que eso fuera a cambiar. En su interior afrontaba, en soledad, el relativamente cercano final de todo y de todos. «Para qué voy a permitir que todos mueran aterrorizados, para qué…», se repetía una y otra vez cuando la oportunidad de contar lo que sabía le asaltaba desde los rincones más oscuros. «No importará si me estoy equivocando por no informar a nadie de todo esto, pues nadie quedará para juzgarme», reflexionaba a menudo. Deseaba equivocarse y que una deidad suprema omnipotente le hiciera arder toda la eternidad por guardarse lo que sabía. Lo deseaba con todas sus fuerzas porque, así, quizás habría una oportunidad de salvación. Pero algo le decía que no ocurriría ningún milagro; para él, creer en lo improbable era de necios.
Una y otra vez llegaba a la misma conclusión. «El silencio es la mejor opción; la ignorancia de la gente, su mejor baza. Al menos, que vivan sus vidas con normalidad hasta el último momento. Después, nada tendrá importancia», había pensado infinidad de veces mientras observaba a su mujer o sonreía a su hija. «Estrangular a varios de mis viejos amigos y que parezca suicidio es un precio insignificante para que Annie siga sonriendo en los días que le quedan de vida», se había dicho a sí mismo en incontables ocasiones, en especial mientras repartía besos, abrazos y cosquillas a su familia. «Si la gente sabe lo que va a ocurrir dentro de dos meses, dejará de sonreír», solía pensar con frecuencia. «Y así acabará todo para nosotros. Rápido, probablemente indoloro. ¿Cuántas civilizaciones han sufrido lo mismo antes que nosotros? Cientos, miles, puede que millones. Y las que quedan… Qué incautos hemos sido…», cavilaba Philip, impotente, acariciando una reciente fotografía familiar que adornaba su escritorio.
La humanidad no poseía la capacidad para detener ni desviar un agujero negro, y mucho menos si se desplazaba a una velocidad tan colosal. Tampoco era posible huir porque todo el sistema solar estaba condenado y aún no existían los medios tecnológicos para sobrevivir en naves interestelares lanzadas al abismo cósmico. De hecho, ni las siete colonias lunares ni las dos de Marte tendrían más oportunidades que las gentes del planeta azul. Con suerte se salvaría alguna sonda que ya hurgaba el espacio profundo desde décadas atrás. «Pobre legado el nuestro», se lamentaba con enorme tristeza.
A Philip le podía resultar muy fácil reprochar a la humanidad haber sido tan incompetente en multitud de facetas, en lugar de haber destinado recursos a la ciencia y a la tecnología. Pero sabía muy bien que no servía de nada, y ya era tarde. Demasiado tarde.
«Tras la hecatombe no quedarán ni los escombros», meditaba Philip, el único ser humano que sabía que el primero de los muchos agujeros negros observados desde la Tierra durante los últimos doscientos ocho años se aproximaba al sistema solar, proveniente de las profundidades del espacio. Pensó, con acierto, que los últimos granitos del reloj de arena terrestre estaban terminando de caer.
Existían dos cuestiones que le irritaban, tanto a él como a su espíritu científico. Una era desconocer si los demás agujeros negros igualmente observados se habían arrojado también hacia la Tierra. Si no era así, podría significar que cierto mecanismo inteligente está detrás de todo. Aunque, en el fondo, sabía que no importaba porque no iba a quedar nada tras la llegada del primero.
Lo otro que le molestaba, y mucho, era el hecho de que la naturaleza del universo no tolerase la curiosidad y condenara a una existencia efímera a las civilizaciones tecnológicas capaces de mirar más allá de donde habían nacido. «Es como comparar las civilizaciones como la nuestra con células cancerígenas. Los agujeros negros serían los esfuerzos del organismo o de cualquier terapia médica para eliminarlas o evitar su propagación», llegó a pensar Philip en más de una ocasión.
También se lamentaba por el hecho de que nadie hubiese comprendido antes el funcionamiento de la propia existencia, aunque a esas alturas era absurdo pensar en ello. Ni siquiera valía la pena sentir rabia ni aflicción por la aparente crueldad del universo, y tales reflexiones se quedaban en meras distracciones que, al menos, le permitían pensar en algo diferente al horror.
Cuatro días después regresó de su viaje. Todo había salido bien para Philip, sin contratiempos, según lo previsto. Sabía que, en unos pocos días, Laura le haría saber un titular luctuoso sobre Matthew. Él echaría de menos a su amigo, eso era cierto, pero Matthew ya no hablaría, ya no continuaría la investigación ni existiría la posibilidad de que publicase sobre el asunto.
La desesperación, la amistad, la empatía… Le resultó fácil dejar todo eso de lado en esta tercera ocasión, como si el concepto de remordimientos no tuviera cabida en su alma. Sabía muy bien que sería igual en futuras ocasiones, si es que llegaba alguna más. Para Philip era mejor así; lo único que le quedaba era disfrutar la normalidad hasta el final junto a su familia. Eso era lo único que contaba de verdad; no tenía precio para él.
A la mañana siguiente, Philip y su hija Annie reían bajo la divertida mirada de Laura; estaban enfrascados en su habitual batalla dialéctica de bromas y chascarrillos durante el desayuno. Fuera estaba soleado, los pájaros cantaban y ya quedaba menos para unas inolvidables vacaciones en familia. A grandes rasgos, no era un día muy diferente a cualquiera de los días de los cuatro mil quinientos millones de años anteriores de existencia terrestre. Todo eso quedaría truncado en un breve lapso, en un suspiro en la escala temporal del universo.
Philip acabó haciendo cosquillas a su hija y esta se defendió atacando las manos de su padre, que reaccionó con dolor. Annie se percató y se preocupó, Laura captó que algo inusual sucedía.
—No pasa nada. Es que ayer me pillé la mano tontamente al cerrar el compartimento de equipajes del avión —explicó él con absoluta normalidad y media sonrisa en la cara.
La familia de Philip estalló en carcajadas imaginándose la escena. Él, sin borrar su leve sonrisa, no dejaba de abrir y cerrar las manos. A pesar de haber usado guantes de cuero, sentía un dolor terrible en sus dedos debido a la fuerza extrema que empleó para estrangular a Matthew con una soga.
Como las veces anteriores, había esperado la oportunidad de acercarse a él por detrás mientras permanecía sentado. Después, resultaba fácil y rápido rodear el cuello con la cuerda. De hecho, había entrenado muchas veces a escondidas con un melón colocado sobre una taza cilíndrica. Primero realizaba un sencillo movimiento con su mano izquierda, con la que trazaba un círculo completo en el sentido de las agujas del reloj al tiempo que mantenía inmóvil su mano derecha. A continuación, llevaba a cabo una técnica simple de estrangulamiento, incluso había calculado los vectores de la maniobra. Su fuerza bruta era más que suficiente para finalizarla con éxito.
Con extraordinaria claridad, había sentido cómo la vida de su amigo escapaba de su cuerpo con un último estertor agonizante, el último aliento de su existencia.
Una vez más, se detuvo a observar los ojos desorbitados del cadáver, hinchados e inyectados en sangre. En opinión de Philip, aquella mirada combinaba de forma soberbia sorpresa, pánico y horror.
—No me mires así, Matthew… Solo te he hecho perder unas pocas semanas más que a todos los demás —dijo Philip, plantado frente al cuerpo exánime—. No te confundas, no estoy pidiéndote perdón, amigo; no lo merezco. Además, dentro de poco nos encontraremos y podrás arreglar cuentas conmigo, si es que hay algo más allá. Eso sí, si no hay nada después, todo dará igual, así que no hagas caso de mis palabras.
Como punto final, limpió su rastro y montó una escena que simulaba un suicidio, un ahorcamiento, con la soga atada a una viga visible de la cocina; cada vez lo hacía mejor.
—¿Sabes? Me disculparía contigo por hacer creer a todo el mundo que eres un suicida —dijo antes de salir del hogar de Matthew, su mirada muerta le contemplaba—, pero a nadie le importará dentro de unas semanas. Hasta siempre. O hasta pronto.
Los recientes recuerdos de Philip se quedaron encallados en la penetrante y vacía mirada de Matthew, aunque no lograron borrar la leve sonrisa que ofrecía a Laura y Annie, que continuaban partiéndose de risa.
De repente, el ambientador sopló con timidez y solo Philip se percató. «No ha sido timidez, sino miedo. Miedo al oscuro leviatán que se cierne sobre nosotros. Miedo a la colosal fuerza que desgarrará, destripará y engullirá la Tierra con nosotros sobre ella», pensó mientras se dejaba contagiar por las risas.