Relato 58 - La característica evolutiva

                                     La característica evolutiva

 

           José Amaral tomó la palabra; en la oscuridad de la alta meseta y al fuego de la hoguera que el pequeño grupo había fraguado aquella noche, solo se observaba con severa dicotomía, la luz resplandeciente de manera débil en sus ojos claros, y más allá, las sombras danzando caprichosas a sus espaldas hasta mezclarse con el negro total justo sobre el límite de la visión. El jefe del equipo, agazapado entre unas mantas térmicas mismas que utilizaba a menudo en ese tipo de excursiones, se refirió de la siguiente manera.

       —Estas tierras guardan secretos, los cuales un hombre no debiera tratar de resolver, enigmas que, por su propia seguridad, convendría mejor no desvelar, sobre todo si no se está acostumbrado a viajar por estos parajes tan sombríos y meridionales. Pero vamos, el instinto es acucioso, nuestro cerebro ya sea por la inevitable necesidad de canalizar su energía neurótica, o simplemente por vencer el aburrimiento, tiene la innata cualidad de desvariar a su antojo y dejarse llevar sin entrar en el eterno conflicto humano de la moralidad, de la conducta correcta frente a los demás; esto último suena a disparate, sin duda, pero es tan real como el esfuerzo ejecutado por nosotros sus portadores por no dejarle en tal albedrio, o al menos de quienes aseguramos contarnos entre los cuerdos.

         En efecto, nos encontramos en territorio de criaturas extrañas, y no me refiero a los leones y las hienas merodeando en la oscuridad, estas no infunden en mi mayor recelo que el necesario para descansar con mi arma colgada al pecho, sin embargo, la criatura de la cual les contaré, hace que mis nervios palpiten en exabruptos con solo recordar algunas vagas imágenes llegadas a mí en forma de relatos, de parte de quien fuera expedicionario y conociera esta zona como las líneas de su propia mano, hablo del mismísimo Charlton Rice.

           Al señor Rice le había traído un asunto no muy distinto del nuestro, y se encontraba -al igual a nosotros en este momento- en las tierras altas de Tanzania para realizar una expedición científica. Básicamente estaba trabajando en una investigación sobre el desarrollo genético en los antiguos “homos” y su impacto en la evolución de los humanos, se proponía llegar al génesis de nuestra civilización, desenmarañar el misterio del "salto adelante" dado por nuestra raza hace poco más de cuarenta mil años; y ¿qué mejor sitio para formular las más desconcertantes hipótesis, que la misma cuna del homo sapiens?... la Garganta de Olduvai.

          Llegaron según me relató, hasta la propia boca de la garganta, sobrepasando todo el extenso cañón y los amenazadores riscos y barrancos que le adornan; alcanzando ya el término de su viaje no habían sufrido una sola baja entre sus hombres, sin embargo, la primera noche en la garganta todo cambió. Rice no dice recordar mucho, no al menos de manera lucida. Lo registrado en su memoria y mantenido en firme, no han sido sino flashes de sucesos, los cuales –según me dijo-, ha vivido como en sueños.

       Esa noche en su campamento mientras dormía, le pareció escuchar una musicalidad suave tamborileando en su inconsciente y a la vez, como gritos desgarradores cundían el ambiente a su alrededor; él empero, no despertaba de su entumecido sueño. De repente, sintió el peso de una criatura sobre su vientre y supuso que la más conocida de las pesadillas le abordaba en ese momento, e hizo lo que cualquiera en su lugar hubiera hecho frente a una parálisis del sueño; luchó por despertar y por vencer a al monstruo incorpóreo el cual, en su delirio, sentía yacer sobre él. Una respiración seca y maloliente le sacó de su irrealidad, abriendo las cuencas en medio de una oscuridad casi total, palpó como una especie de gran simio forcejeaba para no dejarle escapar.

        Todos sus hombres perecieron, y, sin embargo, Charlton Rice pudo huir –nunca me dijo en detalle cómo- lo que si me indicó fue como montó en uno de los caballos tiradores de cargas, cabalgando toda la noche hasta llegar a un campamento ingles a treinta millas del desgraciado sitio.

          —Pero bueno muchachos –dijo Amaral al notar las caras de terror de sus hombres — Esta historia me la relató el señor Rice cuando ya amalgamaba más de ochenta años, y su cordura no era lo más destacable en él para dicha época. Cuentan a pesar de ello, que las autoridades tanzanas dieron por hecho que, en el asunto sobre la desaparición de la comitiva de Mr Rice, había ocurrido por obra de dos leones come hombres muy famosos en aquella época. Siendo así, daremos por sentado que la historia del expedicionario no fue sino, solo una patraña de su ya cansado cerebro —terminó.

            Al decir esto, el jefe tomó su pipa y dio dos fuertes bocanadas al fragante tabaco, mientras se recostaba al parecer, despreocupado y mirando hacia el cielo. Luis Bartomeu le había estado escuchando casi sin respirar, el mismo no pudo dejar de notar, sin embargo, una leve turbación y un intenso extravío en su mirada, este hecho le motivaría muy pronto a acercársele.

        El cielo de la noche estaba despejado, y debido a que en lo alto brillaba apenas tenue un cachito de luna muy menguado, dejaba apreciarse la iridiscencia estelar colmando el negro fondo de la bóveda del orbe. Un camino diseminado de pequeñas candelillas brillosas resplandecía portentoso, como artistas primarios en un majestuoso escenario desfilaban las principales constelaciones. Escorpio con la luz poderosa de Antares como voz cantante y Sagitario a su lado, lucían imponentes en el meridional cielo sureño, mientras muy al oeste casi a punto de perderse en el horizonte, Osa mayor resplandecía despidiéndose. Un viento suave y delicioso soplaba desde el este, mientras los sonidos de la naturaleza salvaje envolvían al campamento, como un capullo envuelve a su durmiente. Casi todos los hombres estaban diseminados ya sobre sus tiendas de acampar, sin embargo, José Amaral seguía allí recostado con la mirada disipada hacia aquel deslumbrante espectáculo estelar. Bartomeu que no le había dejado de observar desde su último discurso, pensó por un instante que quizá estaría al igual a él, reconociendo constelaciones, no obstante, ocurría algo en su mirada, lo cual le desconcertaba. No pudiendo más con tantas interrogantes se acercó y le dijo:

         —Señor, ¿qué le refirió el extinto Charlton sobre esa tal criatura?, ¿es que acaso no existe más carne en su historia inconclusa?  

          —Hijo —contestó él — vete a dormir, mañana nos espera un viaje extenuante.

        —jefe, no me lo tome a mal, pero llevo horas observándole con detenimiento y sé, o al menos puedo notar que algo le intriga, ¿acaso la historia relatada por usted, tiene acciones en el asunto?

El hombre le compartió una mirada lacónica mientras daba una fuerte subida al ahora prácticamente extinto, tabaco de su pipa.

      —Bien Bartomeu, ¿al parecer no me dejará en paz, hasta no haber satisfecho su curiosidad, cierto?

      —Cierto señor, sabe qué tan testarudo soy, usted mismo ha dicho, es una de mis principales características, una muy buena según su apreciación. Aunque bueno, también usted mismo sentenció alguna vez, como olvidarlo “A veces lo que muchos pudiéramos creer como una virtud, puede también de manera paradójica, ser motivo de nuestra caída más severa”.

        —En ese caso, pondremos las cosas en sus correspondientes lugares, según el orden de seriedad y credulidad que le toque —continuó Amaral — usted lo sabe muy bien, no soy un hombre supersticioso, y tomando esto en cuenta, la historieta contada hace unos instantes, no inspiraría más que burla de parte de un científico aventurero como yo. Aunque, algo de aquí y de allá, teorías conspirativas, al parecer, podrían fundamentarse con el hallazgo contado por Mr Rice, y me inquietan un poco.

        —¿A qué se refiere señor? dígame la verdad, sáqueme de esta zozobra se lo suplico —inquirió Bartomeu.

        —Luis, usted es antropólogo como yo, a pesar de ello, el abismo separador entre nosotros en este conocimiento es tal, como lo es la diferencia de años en ejercicio en que le aventajo a su juventud afanosa. Aun sabiendo esto, estoy seguro que usted entenderá lo que le contaré a continuación.

         El joven asintió con la cabeza mientras sus párpados se abrían y cerraban continuamente dando serios atisbos de un nerviosismo punzante.

        —Si bien dije, Charlton nunca me comentó como habría escapado de esos simios, porque debo decir, eran varios; correspondo confesarle a usted; les he mentido, no solo me contó ese detalle, además de eso, me develó algo que hasta el día de hoy el solo pensarlo me destroza los nervios. De manera textual este fue más o menos su relató. "Cuando yacía debajo de la criatura, se apareció uno de mis hombres, el mismo vació su escopeta sobre el animal, cuando me puse en pie para correr con él, un bulto oscuro y enorme cayó sobre su humanidad, gritó con amargura y su rostro era una súplica hecha un lienzo, no le pude ayudar. Yo me encontraba armado, pero lo juro, no tuve el valor para asistirle y le dejé. Caminaba sin rumbo como un poseso y en mis segundos de lucidez, trataba de localizar visualmente al resto mis hombres; no obstante, ya no había nadie allí, unos quejidos lejanos se confundían con sonidos de arrastre los cuales venían de muchas direcciones, en ese momento me pareció  ver a otro de mis muchachos a escasos metros de mi posición, llevando una tea en una de sus manos, la habría encendido en medio de la locura del ataque al campamento, pues la lumbre de nuestra fogata, al parecer, tenía horas de estar extinta a juzgar por las cenizas que atestiguaban tal hecho. Le llamé, no recuerdo cómo le nombré en ese instante pues no tenía idea de cuál de ellos sería, el hombre se volteó con lentitud y la luz de la antorcha golpeó de súbito su rostro, dejando ver la cara de un monstruoso ser, adornando un cuerpo muy similar al humano. Un portentoso cráneo, muy achatado en su frente, huidiza prácticamente, la casi ausencia del mentón, una enorme nariz con fosas nasales amenazantes, y una dentadura protuberante alineada de forma macabra hacia afuera, completaban el prototipo de tan atroz y terrorífica aparición. 

        Me miró con profundidad, su mirada salvaje guardaba sin embargo algo, un dejo de humanidad; una sensación incapaz de ser explicada con simples palabras.

Mis piernas se hicieron de piedra y mi cerebro funcionaba como en cámara lenta, me parece estar viendo al monstruo frente a mí, con sus ojos perdidos en mi alma atormentada. De repente dio vuelta y se perdió por la arboleda circundante, yo aproveché cuando el letargo me abandonaba y como un ángel en mi camino, tropecé con uno de los caballos en ese instante..."

        —Muy bien ahora que escuchó toda la historia ¿Puede comprender el impacto de esta versión?

       —En primera instancia sí, doctor —asintió Bartomeu — no obstante, confieso no vislumbrarlo en su total magnitud.

        —¿Noooo? ¿Le parece poco el encuentro con un animal simiesco dotado de capacidades humanas tan avanzadas cómo las de manejar el fuego, caminar erguido y reaccionar…? 

     —Pues si jefe, -cortó Bartomeu sin dejarle acabar- en efecto, es algo fuera de cualquier entendimiento, pero dígame, ¿cuál es su hipótesis al respecto? porque sé muy bien, tiene una.

        —Hijo, no me atrevo a declarar nada con certeza, aunque, hay una enorme posibilidad de que estemos hablando de una especie "homo" evolucionada a partir de nuestra misma rama genealógica, o quizá sean Homo Ergaster o Neanderthal ¿quién diablos sabe? Escondidos de los ojos del mundo, en la lentitud de su evolución por miles de años. Este podría ser el descubrimiento que por fin nos arroje una luz sobre el salto adelante, el cual nos dé con exactitud la característica que hizo al humano, después de millones de años sin rastros de aparente evolución, progresar en unos cuantos miles, a velocidad estratosférica; el big bang de nuestra raza, la explosión de nuestra inteligencia... No obstante, hace ya cerca de dos décadas escuché esta historia, y en dicho momento hacía más de treinta años se habían sucedido los hechos; sentenciado esto, las posibilidades de que haya sido real son muy bajas y más aún de que de ser cierto, todavía estén en la Garganta de Olduvai.

        —Interesante señor, muy interesante. Pero cuénteme ¿según Charlton cual es esa peculiaridad impulsadora de la evolución? sospecho le habría comentado al respecto también.

       —Claro, lo hizo muchacho, mañana te contaré los pormenores de ese tema, ahora a dormir, pronto llegaremos si todo sale como lo hemos planeado, a la boca misma de la garganta. Ah y una cosa más, no dejes que estas historietas te roben ni la paz, ni el sueño. -se despidió levantándose y dirigiéndose a su tienda.

        Bartomeu despertó cubierto en sudor, por la transparencia de su tienda podía notar como el pedacito de luna ya no estaba en el cielo, y solo la refracción de algunas estrellas lograba colarse con timidez por la piel de su guarida, no había más luz allá afuera. De repente le pareció escuchar unas pisadas suaves sobre el terreno, se quedó muy tranquilo tratando de aguzar el oído para percibir el mínimo sonido o vibración; encontrándose en dicha posición le invadió una suave melodía, un melancólico ritmo se apoderaba con lentitud de sus nervios y parecía sentir como le adormilaba por nueva vez. El joven reaccionó de un tirón, y con un fuerte salto salió de su refugio, al incorporarse su entorno era una revolución. Las tiendas destrozadas se mezclaban con los alaridos de dolor profesados por hombres en doquier, y con los rugidos satánicos de bestias inmateriales. Ninguno era visible y a pesar de ello, conforme se escuchaba, no estarían a más de cien metros de distancia y al parecer, en todas las direcciones circundantes. Logró ver una figura corriendo, era Elias Rosabal, un gran simio humanoide (casi sin pelaje) le seguía muy de cerca y en el justo momento que el joven les miró, el animal se le abalanzaba por la espalda al pobre infeliz, destrozando su cabeza con una maza y luego arrancando de su cuello la viva carne de una feroz mordida. El hombre pudo notar perplejo, como en su otra mano mientras tanto, la bestia sostenía una antorcha con total naturalidad.  

         Retrocedió con el alma horrorizada, los vellos enderezados de todo su cuerpo marcaban el camino de la huida, corrió desesperado con dirección a los riscos, en realidad no recordaba lo severo de su posición, la noche lóbrega no dejaba ver más allá de sus propias manos, pero poco importaba, aquello era correr o morir de manera atroz. No podía ser de otro modo y lo inevitable sucedió, en la locura de su escape cayó ladera abajo por un peñasco de mediano tamaño, la inconciencia le abordó antes de finalizar su caída. 

         Cuando recobró la razón ya el sol lo iluminaba todo de nuevo, no obstante, no se lograba divisar debido a la profundidad y a lo estrecho del cañón en el cual se encontraba. Su ropa hecha girones le sangraba en varios puntos, aun así, no tenía ninguna fractura, solo algunas fuertes contusiones en las costillas y las piernas laceradas. Se puso en pie con mucho dolor y emprendió camino, estaba desorientado, repasaba las locuras de la noche y aun se interpelaba si todo en realidad habría sucedido, o si más bien había sido una loca pesadilla.

         Caminaba lenta pero de manera decidida, y a la vez, pensaba en todo lo acontecido, recordaba fragmentos de la historia de Amaral la noche anterior, y trataba de montar su propia hipótesis de lo que allí estaba ocurriendo, en esto se ocupaba mientras avanzaba por la pendiente del risco buscando una salida, de pronto ante sus ojos pudo ver la gran garganta, estaba en los niveles superiores a su posición, una extensa meseta descollaba esplendorosa, y  más abajo desviando el curso en la dirección contraria, su vía de escape. Una saliente de roca delimitaba el camino de regreso, ese giro era su salvación. Decidido como estaba continuó sin perder de vista su anhelado puesto. Justo cuando estaba a punto de llegar al sitio señalado por el mismo como la primera zona segura, algo en lo alto en dirección hacia la garganta atrajo su atención, una enorme cueva se abría ante sus ojos. 

       —¿Sería acaso posible? —se dijo — Es esta la gruta más buscada por cualquier antropólogo o afín en el mundo entero. Él sabía muy bien de que hablaba, había recorrido hasta el cansancio los pergaminos y tipografías dejados en libros por el Dr. Charlton Rice, ese de hecho era uno de los objetivos de su misión, hasta el momento fallida.

        —¿Qué podría suceder si iba a echar un vistazo y luego se marchaba de allí? Tenía en sus manos el secreto de la evolución humana, casi podía palparle con sus manos, menos de medio kilómetro le separa de entrar en la historia, de inscribir su nombre junto al de Darwin.

       —No, no debo ir —recapacitó consternado por su testarudez impulsiva — me encuentro en una posición reprochable, mi estado físico no es el mejor y, a pesar de ello, bastarán tan solo unos metros y estaré a salvo de esos engendros. Debo continuar mi camino y dar el parte de lo sucedido a las autoridades. Aún me falta mucho recorrido y no quisiera que la noche me tomara entre estos riscos inmundos. Resuelto en abandonar aquella empresa, continuó con su camino primario; sin embargo, llegando al borde de la saliente echó una última ojeada hacia la caverna, sus ojos se abrieron de manera sobrenatural mientras sus pupilas se contraían en esfuerzos opuestos, enfocó fijamente y no le quedó lugar para dudas, una luz centelleaba desde dentro del lugar. Aquello le hizo olvidarse de sus temores y envalentonado por su ya conocida y necia obstinación, se dirigió hacia la cueva.

        —Solo echaré un vistazo y luego me marcharé, tendré muchísimo cuidado, serán solo un par de minutos y después estaré de nuevo en camino —se decía, mientras con rapidez engullía la distancia que le separaba de su nuevo destino —.

         Al llegar a la entrada sus ojos no lograban atisbar poco, o casi nada, a un metro dentro de esta. Instantes después, su vista se fue acostumbrando a la oscuridad e ingresó de forma lenta y cuidadosa, lo primero que encontró era el objeto de su última atracción, un casco al parecer español de la época medieval, conservado en esplendidas condiciones y refulgente contra la luz del inflamado sol; delimitado eso sí, de manera caprichosa en una secuencia, al parecer dominada por las formas irregulares del marco de la entrada, dando en intermitencias, luz y oscuridad a partes iguales y justo en la posición de la baratija, por un lado y del sol del momento, por el otro. Esto atrajo más dudas sobre las ya contenidas en su desequilibrada cabeza, ¿Sería posible que esa cosa fuese un señuelo dejado a propósito? Se adentró un poco más hasta poder divisar un pequeño montículo justo en frente y que recortaba como una pared el ingreso en este sitio; el mismo en conjunto con los oscurecidos parapetos internos del lugar, formaba una gran mole negruzca y amenazadora, más allá no era posible ver absolutamente nada. 

         —¡Dios mío!, —exclamó para sus adentros en apenas un suspiro, aún no se atrevía a soltar una palabra al viento — mientras corroboraba que la gran pila artificial, no eran más que restos y despojos de víctimas y al parecer, un alto porcentaje de estos huesos pertenecían a humanos. Paralizado por el terror observó sin poder contar los cráneos apostados unos sobre otros, mientras detestables zumbidos le matraqueaban en las sienes, respiraba con suavidad a pesar de su agitación, y, sin embargo, los latidos intensificados de su desgraciado corazón, le reventaban como explosivos en su cabeza.

         Recobrando de nuevo la cordura, alzó la vista; sobre el túmulo en la pared más cercana podían observarse unas filigranas esbozadas de manera bastante torpe, con dibujos inentendibles, figuras desaliñadas se fundían en imágenes sin sentido, una especie de escritura simbólica sin duda. En medio de toda esa locura divagadora, Bartomeu recordó a Charlton y también a Amaral, se interpeló una vez más, cual podría ser la particularidad que había hecho a los humanos desarrollarse evolutivamente de manera acelerada desde un punto de la historia que al parecer no tenía ningún sentido, y si dicha respuesta podría ser descifrada con los elementos con que contaba en ese momento. El cerebro y la cavidad craneal, -pensó irritado observando la alta pila- según los huesos encontrados, tenían sus respectivas medidas desde hacía al menos doscientos mil años atrás, aunque no existe evidencia de que en esa misma época haya habido uso de herramientas sofisticadas por parte del hombre prehistórico, y mucho menos utilización del arte.

        Todo confluía ahora en la garganta de Olduvai, todo le indicaba a Bartomeu que solo tenía un camino posible, un único detonante pudo ser capaz de acelerar la evolución. No era una cuestión genética, esto lo sabía o lo suponía de antemano, la evidencia no daba lugar a equivocaciones. Lo pensó con extrema vaguedad primero, conjeturó por espacio de largos minutos, y luego esbozó de forma mental. —El arte es, claro está, muy posterior al salto adelante, el desarrollo de instrumentos y herramientas especializadas, igual. La música que escuché por la noche,  —y no pudo contener un escalofrió intenso al recordar lo apremiante de su entorno — esa misma conocida y manejada tan bien por estas bestias, sin duda producida por una especie de instrumento de viento, mismo que me adormiló -situación la cual aún no logro entender- también vino después de dicho punto inflexivo, al igual la escritura —observaba con fino detalle los jeroglíficos en la pared, y a la vez paralizaba su respiración aguzando el oído pues creía escuchar pisadas, se tranquilizaba y continuaba —. El uso del fuego y la tendencia carnívora son muy anteriores, más estos no hicieron que hubiese cambios significativos en cien mil años -miraba con programación autómata hacia sus costados y una de cada tres veces asomaba sobre su hombro, o se volteaba azorado y de golpe con ojos de turbación-. Reflexionó otra vez y llegó a la conclusión de que la única manera en que la evolución podía precipitarse a tal escala fue transmitiendo el conocimiento de generación en generación y a la vez, agregando más conocimientos conforme pasaban las descendencias, esto podía ser posible por medio de escritos, sin embargo, los mismos no coincidían con el momento histórico del gran cambio. Solo hay una característica humana que puede haber hecho a todas las demás desarrollarse como un efecto dominó, y que, a la vez, haya sido prácticamente imposible de registrar y de rastrear con exactitud en los metadatos de la historia. Con esto no me queda duda, —pensó — ya se podría marchar, su lugar en los anales humanos estaba asegurado, había dado con la solución. La idea recorrió una y otra vez las estrías neuronales en su cabeza, buscando un hueco en la teoría, hasta fundirse y solidificarse en el hipocampo de su lóbulo temporal; tomando forma no tardó en deslizarse hasta sus cuerdas vocales, y estallando en un resoplido fugaz expresó… —¡El lenguaje!... —se estremeció pues esta última idea salió de su boca, resonando con un fuerte eco en medio de la oscura cueva. 

        ¡Ah ironías de la vida! Su descubrimiento y su ruina. Tardaba en perderse el eco de su voz y un gruñido desolador le respondía desde los adentros en la opacidad; más allá del túmulo, una voz hueca a caballo entre la bestia y el hombre resoplaba un “haka lun rainooo” al momento que, a sus espaldas, y en dirección a la salida se reproducían respondiendo a aquel llamado decenas de desgraciados y bestiales chillidos, mientras sombras humanoides oscurecían el límite de la luz en la boca de la gruta.

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