Relato 48 - ¿TIENES DIENTES CÓMO YO?

 

En una aldea perdida del sur de España, en una época en que todo faltaba y de todo se carecía; donde lo único que sobraba era hambre, miseria y enfermedad, vivían Gregorio y Sebastián; dos hermanos de una misma numerosa familia, humilde y trabajadora que cada día se levantaban a la salida del sol a trabajar en el campo y volvían a casa ya entrada la noche, después de haber mojado el gaznate en la taberna de Foro, donde se reunían a la caída del sol para ahogar sus penas en vino peleón y aguardiente.

Gregorio y Sebastián vivían en la parte del pueblo conocida por todos como «Las cuevas», una zona apartada, a la salida de la localidad, donde vivían los que aún eran más pobres si cabía.

De regreso del arduo trabajo diario, su camino habitual era dejar el pueblo atrás y a través de una angosta vereda llegar a su humilde vivienda viéndose obligados a pasar cada noche ante el cementerio. Una verja de hierro oxidada y desvencijada con algunos restos de pintura en sus viejos barrotes, que hacían adivinar que hasta para el cementerio eran malos tiempos, abría paso a una larga hilera de cipreses que como fieles guardianes custodiaban a quienes descansaban bajo tierra en tumbas y nichos. A Sebastián, el menor de los hermanos, se le erizaba el vello de la nuca cada vez que tenía que pasar ante el camposanto. Siempre aligeraba el paso agarrado a la roída jarapa de su hermano; tenía pavor por pasar por tan tétrico lugar, lo que provocaba la risa y burla de su hermano mayor.

Una noche tomando el último chato de vino en la taberna, antes de regresar a su cueva, los hermanos oyeron como uno de sus convecinos contaba que se rumoreaba por el pueblo que habían visto por los alrededores del cementerio a un macho cabrío. Pancracio, el sepulturero, tomó la palabra y aseguraba haberlo visto en varias ocasiones resguardado entre las tumbas. Le describía con una larga y retorcida cornamenta, con cuerpo de cabra y cara de persona. Aseguraba que era el mismísimo lucifer que había venido desde lo más profundo del infierno a llevase el alma de quien se atreviese a mirarle a los ojos. Sebastián los escuchaba muerto de miedo sin siquiera imaginar lo que su hermano, sentado a su lado, estaba maquinando.

Aquella noche la única luz que les permitía ver donde colocaban los pies por la estrecha vereda de vuelta a casa, procedía de la luna que como testigo mudo contemplaba como los hermanos se acercaban al cementerio. Un temblor incontrolable en manos y piernas y unas gotas de sudor frío resbalaron por la espalda de Sebastián al atisbar a lo lejos las copas de los cipreses que rodeaban el camposanto. La imagen del macho cabrío se dibujó en su mente de inmediato. Al pasar ante la destartalada cancela de hierro, aceleró el paso como hacía a diario, pero en esta ocasión su hermano le detuvo en seco. Sin comprender nada, le observó con los ojos desencajados por el terror. No daba crédito a lo que su hermano le estaba proponiendo; «entrar al cementerio, buscar a la cabra, llevársela a casa, matarla y asegurarse comida para los próximos días para toda la familia».

  • ¡Estás loco! Es el diablo -le gritó Sebastián intentando que su hermano entrase en razón-. Ya has oído al sepulturero, mata a quien es capaz de mirarle a los ojos, para luego llevarle al infierno.

  • ¡Baj! Tonterías. Esos son chascarrillos de viejos borrachos -se mofó Gregorio, quitándole importancia al que creía un bulo-. Hace unos días oí al Casimiro, el hermano de Roque, decir que se le había extraviado una cabra. Seguro que se trata de la misma. Nosotros la llevamos a casa y podremos comer carne fresca...

  • ¡No podemos! -interrumpió Sebastián temblándole la voz-. Me muero de miedo.

  • Y yo de hambre -gritó su hermano empezando a enfadarse por la cobardía de Sebastián-. Estoy harto de pasar hambre, de no tener más que un chusco de pan y un trozo de tocino rancio que llevarme a la boca. Estoy cansado de esta vida que nos ha tocado vivir. Por eso no voy a desaprovechar la oportunidad de comer un buen trozo de carne que la providencia nos está regalando. Si no eres lo suficientemente hombre como para acompañarme vete a casa y dile a madre que vaya preparando una buena lumbre para cuando llegue con la comida.

Sebastián rogaba a su hermano que no lo hiciese, que era una locura que traería serias consecuencias fatídicas. Intentó convencerle que huir de aquel lugar y olvidarse del animal era la mejor opción, pero todo su esfuerzo fue en vano. Gregorio estaba decidido a no dejar pasar la oportunidad de disfrutar de una buena comilona. En la cabeza de Sebastián rebotaba una y otra vez la imagen de ese macho cabrío que te llevaba a los infiernos si tenías la mala fortuna de cruzar tu mirada con la suya. Impotente, aterrado y temblando como un azogado, vio como su hermano se colaba por la desvencijada puerta de hierro del cementerio perdiéndose entre las sombras con las que jugaba la luna entre las tumbas.

Pasado un tiempo que Sebastián sería incapaz de calcular, el silencio de la noche lo rompió un grito humano que le heló la sangre. Era la voz de Gregorio, su hermano. Estaba seguro. Se armó del valor que le había faltado para acompañar a su hermano en la aventura y corrió a socorrerle. Se coló en el cementerio gritando su nombre; «¡Gregorio!» «¡Hermano!» «¿Dónde estás?» «¡Gregorio!» Sorteó tumbas, y nada. Husmeó en nichos vacíos, y nada. Buscó dentro de la pequeña capilla situada en el centro del camposanto con igual resultado. Nada. Exhausto y sin aliento por la carrera, llamó desesperado a la puerta de la casa del sepulturero sin obtener respuesta alguna. Era imposible, que hubiese sucedido lo que su mente le escupía sin piedad, Gregorio había desaparecido. Le era imposible dar con él. Gregorio se había marchado para siempre y si era real la historia que contaban en la taberna, en esos momentos estaría en el mismísimo infierno. Jamás se encontró su cuerpo, ni vivo, ni muerto.

La desaparición del joven fue muy comentada por todos los habitantes del pueblo y alrededores. Pasaron los años y aún se seguía hablando en la comarca de la desaparición del joven. Había opiniones para todos los gustos; Unos aseguraban que Gregorio se había marchado del pueblo buscando una mejor vida; otros comentaban que le habían visto en el pueblo vecino pidiendo limosna para conseguir un trozo de pan. Cada uno daba su veredicto, pero solo una persona sabía la verdad, Pancracio, el sepulturero. Aquella noche agazapado tras el cristal de la ventana de su casa pudo ver lo que realmente le sucedió al pobre de Gregorio. Sebastián continuó con su vida, convencido de que su hermano descansaba en el infierno. Continuó yendo a la taberna al final del día para no perder la costumbre de ahogar sus penas en vino barato. Pancracio, el sepulturero, guardaba un secreto que le quemaba el alma por no haber ayudado en aquel momento al chico y una noche, escudado con su sempiterno chato de aguardiente, se sentó junto a Sebastián con la intención de descargar su alma y comenzó su relato; «El joven se movía entre las tumbas con cautela buscando la cabra que pensaba extraviada. El hambre le hacía moverse ávido entre las tumbas buscando su presa. A lo lejos divisó la silueta del animal recortada sobre una de las lápidas por el foco de la luna. Se acercó con prudencia a ella y por culpa de un mal movimiento un ruido inoportuno hizo que el animal se asustara y se perdió entre las tumbas. Gregorio corrió tras ella. Cuando nuevamente se hizo el silencio, se acercó con parsimonia a la cabra y ahora sí, con un movimiento certero, consiguió agarrar al animal sin que a este le diese tiempo a defenderse. Juntó sus patas dos a dos y se colocó al bicho alrededor de cuello sujetando sus pezuñas. Satisfecho por el trabajo bien hecho, pretendía dirigirse a casa con su botín con la única compañía del ulular de las lechuzas, cuando le pareció oír un susurro. Se detuvo en seco temiendo ser descubierto y acusado de robo. Escuchó unos segundos, y el silencio lo volvió a envolver todo, por lo que pensando que no era nada más que su imaginación le había jugado una mala pasada, continuó su camino. Antes de llegar a la cancela de hierro oyó una voz extraña y rugosa cerca de él. Parecía provenir de las entrañas de la tierra y salir de la garganta del mismísimo lucifer. El miedo le paralizó. Miró a uno y otro lado, pero no había nadie. Estaba solo. Él era el único habitante vivo de aquel cementerio. La voz volvió a resonar ahora más fuerte y directa. Solo necesito un instante para darse cuenta de donde provenía. Necesito más tiempo para llegar a creérselo. Lo que le estaba sucediendo era imposible. Gregorio, como a cámara lenta, giró la cabeza encontrándose de frente con la cara humana del macho cabrío que con una maléfica sonrisa le preguntó: ¿Tú tienes dientes como yo?»

 

 

 

 

 

 

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