Relato 32 - El extraño sobre las olas
El silencio de la noche era apenas interrumpido por el crujido de la madera. Cada caricia de las olas del mar, la espuma brillando fosforescente al deslizarse sobre la superficie pintada de rojo, mecía el viejo bote. Los dos hombres en su interior perpetuaban el vacío acústico del espacio abovedado lleno de estrellas donde una luna nueva, oculta bajo el manto nocturno, rasgaba la misma esencia del infinito encima de sus cabezas.
En sus manos sostenían sendas cañas de pescar. Sus anzuelos, ocultos en las profundidades del océano, esperaban la llegada de alguna elusiva criatura marina que pusiera comida en sus mesas por varios días. A lo lejos, el perfil en gris oscuro de la costa, unas pocas luces parpadeantes la única señal de civilización.
Jorge se acomodó en su tabla para poder estirar la mano sin riesgo de caer. Tanteó en la oscuridad hasta que encontró la lata que buscaba. Con habilidad fruto de la experiencia, la abrió y un sonido sibilante se escapó con las pocas gotas de cerveza que permitió desaparecieran con las corrientes de aire. Se la llevó a los labios y tomó un largo sorbo, antes de pasarle el cilindro a su compañero. No tuvo que preguntarle si quería o perder tiempo esperando su respuesta. Jorge extendió la mano y Manuel recogió el objeto. Repitieron el movimiento varias veces, hasta que vaciaron su contenido. Jorge la sacudió un par de veces y, percatándose que no quedaba una gota de cerveza en su interior, eructó y tiró la lata al mar.
Metió la mano en la hielera y removió los pequeños cubos a medio derretir. El agua fría empezó a provocarle dolor y tuvo que sacarla un rato antes de sumergirla una vez más. Después de casi un minuto, tuvo que fijar la caña de pescar entre las piernas y girar el tronco para alzar la caja en peso.
¿Ya se acabaron? dijo en voz baja. ¿Cuántas llevamos?
Tres.
Jorge hizo un cálculo rápido en su cabeza y suspiró cansado.
¿Qué hora es?
Manuel giró la muñeca para ver su reloj. Las manecillas emitían un tenue brillo que le permitió ver su posición en la esfera de vidrio.
Las diez de la noche.
Ya es tarde y no ha picado nada. Mejor regresamos.
Manuel asintió y empezó a recoger la cuerda. El aire se empezaba a cargar de humedad, un olor que sugería una tormenta en las próximas horas. Siempre podían salir nuevamente en la mañana, pero ninguno de los dos quería estar en ese bote, a kilómetros de la costa, cuando el mar se picara. Una ola en el momento justo y en el ángulo correcto los dejaría flotando en el océano, a merced de las profundidades y de los monstruos marinos.
Jorge guardó los aparejos en el suelo y estiró la mano para tomar su remo. Manuel, en el asiento trasero, una tabla pintada en azul que atravesaba la lancha de un lado al otro, se inclinó hacia atrás para tomar el suyo. La luna había desaparecido detrás de una cortina de negras nubes, por lo que sus únicos puntos de referencia eran los faroles del puerto, pequeños destellos amarillentos que se balanceaban a lo lejos. Enterraron los remos en las frías aguas del océano Atlántico y se enfilaron en dirección de las luces.
El sonido de un trueno lejano los hizo acelerar el ritmo. Dos más resonaron, antes de que un destello encendiera el cielo por encima de sus cabezas. Cuando la oscuridad regresó, los faroles habían desaparecido del horizonte.
¡Lo que nos faltaba! gruñó Manuel.
Calma respondió Jorge. Mantengamos el ritmo, con el viento a nuestras espaldas. Llegaremos pronto.
Manuel no contestó. El consejo era apropiado, pero ambos sabían lo rápido que podían cambiar las condiciones circundantes. Ya los brazos le dolían y un incipiente dolor en el lado izquierdo de su pecho empezó a incomodarlo.
Un nuevo centelleo rasgó el cielo. Por un instante, un manto gris cubrió el firmamento. Un lienzo contaminado con irregulares manchas negras que parecían deslizarse hacia el infinito. Las líneas de la costa a igual distancia que antes. Estelas algodonosas de burbujas bailaban a su alrededor, subiendo y bajando con las olas y el viento.
En la proa, una silueta acuclillada los estudiaba con atención.
Tanto Jorge como Manuel gritaron a la vez y se empujaron con los talones para atrás, acomodándose como pudieron en la popa, sus remos por delante. Lanzas improvisadas preparadas para defenderse de un enemigo que no comprendían como podía estar allí.
El extraño sacudió la cabeza de lado a lado, como un maestro decepcionado de la actitud de sus alumnos. Se sentó y bajó los pies, apoyándolos sobre la suave madera. Jorge se percató que iba descalzo. Manuel, de las largas uñas que decoraban la punta de cada dedo. Ambos, de la sonrisa carnosa sobre una piel pálida. Las puntas de dos pequeños colmillos apenas asomándose por debajo de los labios.
¿De verdad piensan que esos palos me detendrán?
Los dos hombres trataron de empujarse más todavía, en un esfuerzo sobrehumano de fusionarse con las tablas del casco. Jorge pensó en saltar del bote, pero estaban demasiado lejos de la orilla. Además, el extraño había llegado allí volando por encima de las olas o caminando sobre las aguas. En cualquiera de los dos casos, el mar no sería un obstáculo para él.
Manuel empezó a rezar en voz alta. Jorge repitió el cántico. El extraño siguió sonriendo y después de unos segundos se les unió en la letanía. Al ver lo que hacía, sus voces se fueron apagando hasta que solo persistió la de la sombra.
¿Por qué se detuvieron? Hacíamos buen equipo.
¿Qué quiere? se atrevió a preguntar Jorge.
Los remos salieron volando y sus cuerpos quedaron flotando a varios centímetros del suelo de la barca. El extraño se desplazó con tal velocidad que solo sintieron una corriente de aire fría golpear sus rostros antes de que un par de manos se apretaran alrededor de sus cuellos, las puntas de las uñas rascando sus nucas o mandíbulas.
¿Qué quiero? gritó el extraño. Un rugido animal cargado de la húmeda cadencia de la saliva y el hambre. Quiero comer. Ustedes no son los mejores especímenes de su raza, pero tienen suficiente sangre como para satisfacer mi deseo.
Sus cuerpos golpearon el suelo. La espalda de Manuel quebró la tabla de madera azul, astillas enterrándose en su piel y brazos. A pesar de eso, no sintió el dolor. Su mente estaba tratando de comprender qué ocurría y no le encontraba lógica a la situación. Era imposible. Una pesadilla de la que no podía esperar para despertar.
El extraño volvía a estar acuclillado en la proa, sus dedos entrecruzados, sus antebrazos apoyados sobre las rodillas.
Por suerte para ustedes, no tengo tanta hambre. Puedo sentir su miedo y eso es como un aperitivo. Hagamos algo. Con uno de ustedes tengo. Los dejo elegir.
¿Qué? preguntó Manuel. Jorge no pudo siquiera articular, su boca entreabierta, congelada en un rictus de incertidumbre.
De tantos humanos tenía que elegir dos duros de oído o entendimiento murmuró antes de hablar en un tono lento y pausado. La sangre de uno de ustedes me servirá de sustento esta noche. Al otro lo dejaré ir. Me da igual quien sea, con tal de que sea rápido. Tienen dos minutos.
El extraño se cruzó de piernas y guardó silencio. Los dos amigos no podían separar los ojos de la figura oculta en las sombras, hasta que vieron como su cabeza se movía de izquierda a derecha. A Manuel le recordó el péndulo de los viejos relojes de pared de la casa de su tía Lupe. Seguiría así, sin parar, hasta cumplirse el tiempo. Cuando llegara el momento, su boca se abriría y esos largos colmillos se enterrarían en su cuello.
Siempre se consideró una persona sensata, pero su mente no podía rechazar lo obvio, por imposible que pareciera. Un vampiro. Un maldito vampiro esperaba a solo unos metros, sus ojos clavados en ellos. El vaivén de su cabeza marcando el correr de los segundos.
Jorge fue el primero en romper el hechizo.
Yo soy más joven. Tengo más años de vida.
Un nuevo destello quebró la oscuridad reinante. Las olas empezaban a llegar con más fuerza, más seguidas. El bote se alzaba y descendía con el golpear del mar contra la madera, la cual crujía como un animal mal herido. El viento arreciaba, sus cabellos batiéndose con cada ráfaga. En el fugaz segundo de iluminación, el vampiro cerró los ojos, como si la intensa luz le molestara.
¿De qué hablas? preguntó Manuel, más sorprendido que dolido por el comentario. Jorge era su cuñado, su compañero de cientos de aventuras desde la adolescencia, unidos por una hermana que debía estar esperando en casa al lado de su esposa. Estarían viendo una novela o quejándose de los vagos de sus maridos que no llegaban, pero en el fondo preocupadas por la tormenta que arreciaba con cada segundo.
Además dijo Jorge señalándole con el dedo, pero mirando al extrañotodo esto es su culpa. Yo quería quedarme en casa. De no ser por él, estaría al lado de mi mujer, preparándome para dormir. En lugar de eso, me arrastró hasta aquí para tomar y perder el tiempo.
No exageres dijo mirando al vampiro, que seguía estudiando el intercambio de palabras con una sonrisa pícara. No es un ángel ni un enviado de Dios. Es un demonio chupasangre. No lo convencerás con ese argumento. No le interesa si eres un santo o un pecador. Para él eres comida. Igual que yo.
Manuel se olvidó de su cuñado para dirigirse al extraño.
No piensas dejarnos libres, ¿verdad? Eres como un gato jugando con un ratón. Nos dejas escapar un poco, solo para halarnos de vuelta.
El vampiro torció la boca, molesto.
Creo que voy a empezar contigo. No me divertía tanto en meses, desde mi última comida. Un pescador, igual que tú. Demasiado inteligente para su propio bien.
La marea los había ido alejando de la entrada del río, donde la seguridad del puerto los esperaba. Los faroles seguían apagados, pero pequeñas luces se deslizaban por la orilla. No le extrañaría que una de ellas fuera su esposa, tratando de encontrarlos inútilmente entre las crestas de agua y espuma amarillenta que se depositaban sobre la arena.
Un nuevo relámpago, más poderoso que todos los anteriores, se extendió por el cielo. Una línea de luz que desgarró la negrura, ramificándose hasta golpear en algún punto detrás de unas montañas que perfilaban el litoral a su derecha. El vampiro reaccionó como Manuel esperaba, quien llevaba minutos rezando porque un relámpago le diera los segundos de vida necesarios para hacer algo.
Apenas el cielo se pintó de gris oscuro se lanzó sobre el extraño. No tenía un plan o siquiera un concepto. Tan solo sabía que no quería morir y, a pesar de las palabras del traicionero de su cuñado, que estaba dispuesto a sacrificarlo con tal de salvar el pellejo, tampoco quería que él muriera. Su hermana era demasiado joven para convertirse en viuda.
En algún lugar leyó que la sal servía para espantar a los malos espíritus. Si lograba sorprenderlo y lanzarlo al agua, tal vez tendrían una oportunidad.
Jorge se quedó estupefacto al ver a Manuel tirarse contra el extraño. Su amigo nunca había sido valiente u osado, pero su rostro se marcó con líneas de determinación. Como en una película en cámara lenta, lo vio empujarse con los pies, las manos extendidas como un halcón cayendo sobre su presa.
Su cuerpo pasó de largo, atrapando jirones de aire. Sus ojos se abrieron como platos al verse volando fuera de la borda. En medio del movimiento, una garra se materializó y lo atrapó por el cuello. El vampiro, de pie en el canto del bote, lo detuvo y alzó en peso. Su rostro quedó a centímetros del suyo.
Pude presentir tus planes desde el momento en que germinaron en tu pequeña cabeza. La luz brillante me encandila, aunque no es suficiente como para incapacitarme. Lo que demoran mis ojos en acostumbrarse es una milésima parte de lo que te toma ejecutar una acción de este tipo.
Pegó su nariz a su cuello. Aspiró con fuerza y exhaló aliviado.
El miedo. Eso era lo que quería. Así estás perfecto.
Una ola los embistió por la popa y los alzó. El cuerpo de Jorge se fue para adelante, rodando por el suelo y quedando a los pies del extraño, golpeándose la cara con el asiento que aun resistía el ataque. Lo escuchó reír como un poseso antes de proferir un sonido de succión. Un retumbo macabro y obsceno que se le metió en la piel. Giró lo mejor que pudo. Con el rabillo del ojo presenció los colmillos enterrarse en el cuello de su cuñado. El vampiro mantenía el equilibrio sin apenas moverse de su sitio, el cuerpo de Manuel firme entre sus dedos. Las uñas enterradas, riachuelos de sangre deslizándose de las pequeñas laceraciones. Ninguna de ellas comparable a la cascada de color rojo que manchaba la camisa de su amigo y que se extendía como un lago sobre su pecho.
Después seguiría él. No le cabía la más mínima duda. Pensó en su esposa y en lo mucho que le gustaría estar a su lado. Le prometió a la primera deidad que lo estuviera escuchando que nunca más haría algo así. Soportarla a ella era mejor que sentir el beso de ese demonio.
Se arrastró y se acercó a la proa. Logró pasar y asomar la cabeza por encima de las aguas. El viento embestía el bote en ramalazos cortantes, cargados de agua de mar. Su única oportunidad era saltar. Caer en el agua y jugársela con las olas y la tormenta que aun no llegaba en todo su esplendor. Después sería demasiado tarde, ya fuera por la fuerza de un océano embravecido o por el vampiro que seguía alimentándose de Manuel.
Se aferró al borde, listo para dejarse caer, cuando una silueta en las aguas lo detuvo en seco. El terror al extraño superado por algo más atávico y real en su mente.
Dos tiburones surcaron las aguas. La aleta dorsal de uno de ellos rompió la rugosa uniformidad de la superficie y desapareció debajo del bote.
Eso es imposible pensó incapaz de moverse. Los conocimientos de toda una vida en el mar aflorando a su consciente. Los tiburones pueden percibir las tormentas. Se alejan y se esconden en las profundidades.
Sin embargo, allí estaban. A pesar de todo, sabía que no estaba loco. Dos tiburones se movieron en la cercanía del bote. Como para demostrarle que no alucinaba, uno de ellos resurgió y asomó su aleta, nadando plácidamente por el costado izquierdo hasta perderse en la oscuridad.
Fue en ese momento en que se percató que la mano de Manuel estaba al lado de su cara. El ver esos dedos llenos de sangre, inmóvil, fue como recibir una descarga eléctrica. Se empujó y, en el movimiento, casi se cae. La mano estaba unida al resto del cuerpo que, tirado de lado, le daba la espalda.
El extraño no sonreía ni le prestaba atención. Era como si no existiera. Se había bajado del borde y, con los pies plantados en el piso, giraba sobre los talones. El viento rugía a su alrededor, truenos resonando a lo lejos. Sus colmillos llenos de sangre estaban expuestos. Un animal rabioso que percibe una amenaza, sin estar seguro de dónde proviene el peligro.
Jorge se acomodó contra el asiento de proa, el filo enterrándose en su espalda. Toda su atención enfocada en el extraño, que se comportaba como si tuviera miedo de alguien o algo.
El vampiro era un ente sacado de sus pesadillas, capaz de matarlo con un chasquido de sus dedos. ¿A qué le podría tener miedo?
Una nueva ola los levantó, poniendo el bote en un ángulo de 45 grados. El interior se llenaba de agua con rapidez. A ese paso, en pocos minutos se hundiría por el peso y sería su fin. Cuando regresaron a su posición original, un golpe que sacudió su columna y lo hizo morderse el carrillo, un nuevo relámpago se manifestó a espaldas del extraño. En la popa, en una posición muy similar a la que él tomo al presentarse, una nueva silueta apareció, apenas enmarcada por la luz del espectáculo natural y su corazón se aceleró al contemplar qué era.
Una mujer, la más hermosa que había visto en su vida, se alzó y saltó sobre el extraño. Vestía un largo camisón blanco, que resaltaba cada curva de una manera muy favorable. Llevaba el cabello suelto, moviéndose alrededor de su cara como si las hebras tuvieran mente propia. Sus brazos, delgados y tan blancos como los dientes del extraño, se envolvieron de manera cariñosa sobre su cuerpo. Él trató de quitárselos de encima, pero sus movimientos no eran más que los fútiles intentos de una mosca tratando de liberarse de la red de una araña. La mujer se acercó al extraño, le dijo algo al oído y lo agarró por la cabeza. Su mano giró con fuerza, exponiendo su cuello.
Los colmillos de la hermosa criatura eran el doble de largos. Se enterraron en la piel, salpicando su níveo traje de sangre. Sacudió la cabeza y le arrancó un tajo de carne, que escupió al mar. Los tiburones surcaron las aguas y cayeron sobre el pedazo, girando y revolviéndose en el frenesí de la sangre.
Sus ojos no podían dejar de contemplar el espectáculo. Se lamió los labios con la lengua, un gesto sensual que lo hizo olvidarse del predicamento en qué estaba. La mujer debió presentir algo, porque se detuvo. Sus miradas se cruzaron y sonrió, sus labios y mentón manchados de un líquido que, a esa distancia y poca iluminación, parecía negro.
Ustedes los machos son todos iguales dijo ella. Era la voz más dulce que se podía imaginar. Sus palabras, dignas de un coro angelical, se impusieron sin problemas por encima del embate del mar y el viento. Aquí estoy, con un cuerpo en la mano, empapada de sangre. Y usted, con el cadáver de su amigo a un costado, en peligro inminente, y lo único en que puede pensar es sobre que llevo puesto debajo de este traje
Jorge se sonrojó, ya que era justo en lo que pensaba. Pasado el impacto inicial trató de defenderse, pero la mujer alzó la mano libre para que se detuviera.
No me importa, en serio. Es solo algo que encuentro curioso.
Miró el cuerpo del extraño, sus pies moviéndose de manera espasmódica. Le dio un beso en los labios y lo arrojó al mar. El agua se tiñó de rojo y blanco, torbellinos de espuma girando alrededor de los cuerpos de los tiburones que empezaron a despedazar el premio recibido.
Es una lástima dijo ella sentándose en el asiento de madera. Se inclinó un poco, mostrando un pronunciado escote. A Jorge se le fueron los ojos en esa dirección, pero los regresó para mantener el contacto visual con la hermosa mujer que le seguía hablando. Carlos me caía bien. Fue un buen amante y era cariñoso con nosotras, pero hay cosas que no puedo pasar por alto.
Sus ojos se inclinaron un poco y Jorge trató de esconderse en el fondo del bote, empujándose con suavidad para acercarse por segunda vez a la proa. Si tenía que escoger, se la jugaría con los tiburones. Las hermosas facciones de la mujer se habían endurecido y un brillo maligno, casi sádico, refulgía en ellos.
Ahora solo quedas tú, pequeño humano. ¿Qué haremos contigo?
Jorge empezó a balbucear una súplica, que se le secó en la garganta. Los dientes de la mujer se asomaban por debajo de los labios. Su lengua se deslizó por encima de ellos, degustando sabores prohibidos para el común de los mortales.
La vampiresa no se movió. Se quedó en su puesto, estudiando sus movimientos, rudimentarios intentos de alejarse de ella. Si se esforzaba, si lograba llegar al borde y pasar por encima, la gravedad haría el trabajo que su valor no le permitía.
¿Por qué no me ataca? pensó Jorge. ¿Qué está esperando?
La mujer sonreía. Una mueca felina que se ampliaba con cada segundo, su cabello ondeando a los lados de su cara. Las olas rompiendo contra el bote, salpicándolo y mezclándose con las lágrimas que escurrían de sus ojos.
Un recuerdo de segundos antes luchando por hacerse escuchar. Una huella mnémica que sabía era importante, palpable en la superficie sin dejarse asir por su conciencia.
La mujer alzando al extraño, mordiendo su cuello. Su cuerpo cayendo a las aguas. Los tiburones alimentándose de sus carnes y entrañas. La tierna voz despidiéndose de su compañero.
Es una lástima repitió la mujer en su cabeza. Carlos me caía bien. Fue un buen amante y era cariñoso con nosotras, pero hay cosas que no puedo pasar por alto.
Nosotras.
El agua rociaba su nuca, el viento enfriando su piel, bajando su temperatura corporal todavía más de lo que el miedo estaba provocando.
Unos dedos gélidos rozaron la raíz de sus cabellos. Trató de reaccionar, cuando otros salieron de un costado y lo tomaron por el cuello. Pequeñas uñas lo rasgaron de la base de la oreja a la clavícula, arrancando tirones de carne. Trató de gritar, pero las garras se enterraron en su piel y lo halaron hacia las aguas que, segundos antes, consideró su ruta de escape.
La mujer permaneció sentada recogiendo con la punta de la lengua los remanentes de la sangre de su amante.
Dos minutos después, con el mar oscilando como una pieza de seda sacudida por el viento, asomó la cabeza de una pequeña niña. Poco después, una segunda.
Hola mamá dijo la más grande acercándose al bote. Se agarró del borde antes de agregar:Gracias. Fue divertido.
No todo es diversión, niñas. Es una lección. No lo olviden.
Las dos pequeñas asintieron al unísono. La mayor, de cabellos ondulados del mismo color que los de su madre, oscuros como la noche que los envolvía, giró la cabeza de un lado a otro.
¿Dónde está papá? ¿Sigues molesta con él?
La mujer alzó los hombros.
Ya no. Me pidió disculpas, pero se tuvo que ir. No sé si lo volveremos a ver.
La menor arrugó la cara. La mayor agachó la mirada.
Vamos, vamos dijo ella levantándose. Saben muy bien que Carlos no se iba a quedar mucho tiempo. Ya hemos hablado de eso, ¿verdad?
Volvieron a asentir, sin tanta energía.
Además dijo la mujer mirando a las aguas y a las aletas de los tiburones que nadaban cerca, mascotas obedientes esperando el alimento de manos de su ama, es más fácil hacer esto si somos nosotras nada más.
Sí, Carlos siempre quería comer sin permiso dijo la menor. ¿Por eso se fue?
Algo así se acuclilló cerca del borde y pasó su delicada mano por encima de sus cabellos. Quiten esas caras. Carlos no está lejos.
¿No?
La mujer volvió a contemplar las aguas, teñidas de sangre.
Seguro. Está por allí.
Las niñas no comprendieron por qué su madre consideraba el comentario tan gracioso, pero la acompañaron en la carcajada que profirió. Una risa musical repetida en tres tonos diferentes. Una melodía demencial que se extendió como un canto, hermoso e hipnótico hasta la playa.
Dos mujeres que caminaban por la arena, sendas linternas en sus manos, escrudiñaban las embravecidas aguas. El sonido de la canción les llegó en una ráfaga de viento y se detuvieron en seco. Una de ellas se persignó y tomó a la otra por la mano.
Solo cuando el sonido se redujo a un murmullo apenas audible fue que se percataron que estaban metidas en el agua hasta la cintura. Regresaron sobre pasos que no recordaban haber tomado y continuaron su peregrinación en silencio, los haces de luz buscando señales de sus esposos.