Relato 29 -Todo es cierto, pero no es verdad

 Alfred Pimple era feliz a su manera, vivía con su mujer Mary en una solitaria granja junto al lago Ullswater, en el distrito de los lagos, una idílica zona rural situada al noroeste de Inglaterra. Ahora, después de muchos años de duro trabajo en Halifax Bank, hacía 10 años que se había jubilado y desde entonces dedicaba cada instante de su extenso tiempo a escribir. En realidad, durante el día ensoñaba historias y era por la noche cuando se sentaba en su pequeño despacho, abría su portátil y escribía hasta el amanecer.
    Mary estaba preocupada. Nunca había visto a Alfred tan ensimismado, prácticamente vivían separados. Al principio le ayudaba con sus relatos; él le leía lo que iba escribiendo y ella le ayudaba con las correcciones, pero hacía tiempo que ya no contaba con ella. Solo sabía que había presentado su último trabajo al prestigioso premio de novela negra de Brighton, el premio más cotizado de Gran Bretaña, dotado con un millón de libras libres de impuestos.
     Alfred había desarrollado una habilidad muy especial que le permitía convertir las pequeñas cosas cotidianas en historias llenas de drama y suspense. Historias que había sabido plasmar en novelas de cierto éxito. Al principio fueron pequeños premios locales, pero luego se hizo con el premio de novela corta de Lancashire, eso le permitió publicar su primera novela de suspense, de la que se vendieron más de 10.000 ejemplares. Con estos comienzos le sobrevino la ambición y una inagotable sed de éxito. Lo que había empezado como una afición se convirtió en una verdadera obsesión por convertirse en un escritor reconocido.
     Cuando Alfred presentó su novela al concurso de Brighton estaba convencido de que lo ganaría, pero lo cierto es que nadie había contactado aún con él por lo que su ánimo empezó a flaquear y corrió a refugiarse de nuevo en sus historias e interminables noches sin dormir.
Pero cada día le costaba más concentrarse. Se sentaba delante del ordenador y no conseguía convertir sus ideas en textos medianamente inteligibles. Al menos Mary, a la que cada día que pasaba dedicaba menos atención, seguía a su lado. Todas las noches ella le dejaba un termo con café, unas galletas de jengibre y un puñado de frutos secos, que le ayudaban a mantenerse despierto hasta el amanecer.
     Mary no podía más. Mientras él dormía por las mañanas, ella paseaba su soledad en largas caminatas por la orilla del lago, reflexionando sobre sus últimos años en compañía de Alfred. En realidad, él nunca le había amado, al menos no como ella esperaba, y su falta de interés por todo aquello que no fuera escribir le enervaba sobremanera. No entendía en qué había fallado y sentía que había malgastado su juventud; pero, sobre todo, se preguntaba qué era lo que ella había visto en Alfred para unirse a él de por vida.

     Era bastante más joven que Alfred. Se conocieron cuando ella era una jovencita inexperta y él sólo un aprendiz de banquero. Vivían muy cerca el uno del otro, en un pueblecito cerca de Harrogate. Sus padres, granjeros ambos, se conocían de toda la vida y ellos habían coincidido en algunos de los festivales agrícolas, tan típicos de la zona a los que acudían la mayoría de los vecinos
Cuando el banco le destinó a Londres, se armó de valor y pidió la mano de Mary. Al fin y al cabo, era la única mujer casadera que conocía, además de ser muy joven y guapa. Tanto a Mary como a sus padres les encantó la propuesta y accedieron con gusto a celebrar la boda justo antes de que la pareja se trasladara a Londres.

     Todo parecía ir bien al principio, pero, tras 25 años de anodina vida en Londres y otros 10 de puro ostracismo en el distrito de los lagos, Mary no dejaba de darle vueltas a su vida y a sus sentimientos, cada vez más negativos hacia Alfred. No recordaba que hubiera pasado nada mínimamente interesante en su vida. Ni siquiera habían tenido hijos, porque Freddy -así le llamaba ella coloquialmente- nunca quiso tenerlos. A ella entonces le pareció bien, todo lo que hacía o decía él estaba bien, al menos así había sido durante bastante tiempo. Mary fue muy comprensiva durante los primeros años de matrimonio. Esperaba que su marido cambiase con el tiempo, pero el tiempo pasaba y sus vidas transcurrían con una monotonía infernal.

     No estaba segura de cuándo y qué fue lo que causó el cortocircuito, quizás la simple acumulación de la nada, pero ocurrió, y desde entonces empezó a odiar su vida, a odiar a Alfred y odiar la pequeña granja donde vivían. También a sí misma. Tenía 55 años y quería recuperar su vida perdida, viajar, conocer gente, tal vez incluso a un hombre, alguien maduro, preferiblemente elegante y atractivo, pero sobre todo alguien que le tratara con dulzura e hiciera latir su corazón y su cuerpo como Alfred jamás lo había hecho. Sin embargo, carecía de la iniciativa necesaria para dejarle y tampoco disponía de los medios para emprender una nueva vida por sí misma. Sólo había desempeñado pequeños trabajos eventuales, mal remunerados, que no le habían permitido acumular ahorro alguno. Alfred podía percibir el hastío de ella, incluso su creciente desprecio hacia su persona, pero no le daba importancia. En el fondo Mary era una pieza importante de su gran obra, la que le convertiría en el mejor escritor de novelas de terror de todos los tiempos, su único objetivo en esta vida. Todo iba saliendo como debía…
     Cuando llegó el sobre, Alfred no estaba en casa; había salido a comprar tabaco de pipa, su único vicio. El sobre estaba sellado en Brighton, Sussex. Picada por la curiosidad, Mary lo abrió. Nada más leer su contenido se desplomó en la silla de la cocina. Medio conmocionada por la noticia, con la mente dando vueltas como un torbellino. La novela de Alfred había sido galardonada con el premio Brighton. Era su gran oportunidad. Sopesó rápidamente sus opciones y por primera vez en muchos años supo lo que debía hacer. Lo que quería hacer. El millón sería para ella. Era el justo pago a cambio de los 35 años dedicados a un hombre que no le había dado nunca nada, ni siquiera afecto.
     Calculó que 15 días serían suficientes. Lo había leído en una novela que él escribió. Se suministra el veneno a razón de una dosis diaria de 500mg y en dos semanas -o incluso antes- provoca un fallo cardiaco que no deja huella alguna en cuanto a las causas del colapso. Mary sabía que su marido se documentaba concienzudamente antes de escribir una novela y, por tanto, si él había descrito el proceso de esa manera, debía de funcionar.
Llevaba una semana diluyendo el veneno en el termo de café de Alfred. Tal y como él había escrito, los efectos comenzaron en forma de pequeños mareos que le dejaban postrado en la cama hasta la tarde. Mientras tanto, Mary dedicaba su tiempo a pensar lo que podría hacer con su vida gracias al millón de libras. Lo tenía todo planeado, solo a falta de que el veneno acumulado en el organismo de su marido cumpliera su misión, para que se produjera el anhelado resurgir del ave fénix.

     Puesto que Alfred se pasaba la mayor parte del tiempo postrado en la cama, Mary contaba con todo el día para sí misma. Planeaba cada minuto de su nueva vida, disfrutando anticipadamente, incluso ordenaba los enseres de la casa repasando mentalmente qué cosas se llevaría consigo. Así fue como en uno de los armarios del desván se topó con un montón de papeles apilados, que resultaron ser los textos originales de las novelas de Alfred.
El primero de todos era la novela ganadora del millón de libras. Su marido nunca se la había mostrado ni le había hecho comentario alguno sobre ella, salvo que tenía la intención de presentar el manuscrito al concurso de Brighton.

     Mary decidió echarle un vistazo; al fin y al cabo, era la novela que iba a cambiarle la vida. A medida que iba avanzando en su lectura supo por qué había sido premiada, el relato enganchaba, parecía tan real… era como si hablara de ellos dos, de sus vidas, de lo que ella misma sentía… todas las piezas del puzle de su vida empezaron a encajar misteriosamente y por un momento sintió pánico. Y en ese preciso instante, al levantar la vista, se dio cuenta de que él estaba allí, observándola, sostenía en una mano el frasco donde ella guardaba el veneno que puntualmente le suministraba. Apenas tuvo tiempo de ver lo que tenía en la otra mano: una especie de correa de plástico, que en un ágil y preciso movimiento, paso por encima de su cabeza fijándola firmemente a su cuello. Alfred apretó la correa que estrangulaba su garganta. Había soltado el frasquito y lo hacía con todas sus fuerzas, usando ambas manos mientras apoyaba una de sus rodillas contra la espalada de Mary. Se quedaba sin aliento y los ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas, hasta que finalmente, cayó al suelo. El golpe seco de su cabeza golpeando el suelo fue lo último que oyó.
     Un golpe parecido de la cabeza contra el cabecero fue lo que despertó a Mary de su horrible pesadilla. Miró a su alrededor y respiró tranquila. Se sentía agotada. Alfred estaba junto a ella, en la cama, y dormía plácidamente. Se levantó y bajo a la cocina. Le encantaba ver amanecer mientras tomaba un tazón de leche con cereales.
Tras desayunar, Mary subió a la habitación. Alfred seguía dormido, pero le pareció que había algo extraño en su gesto. Se acercó a él:  tenía una sonrisa en la cara, pero estaba muy pálido, y cuando le rozó la mejilla con su mano, la notó fría.  Alfred estaba muerto.
     Petrificada por la sorpresa, su mente se disparó vertiginosamente en busca de respuestas, pero no encontró ninguna. En el suelo, junto al cuerpo inerte de su marido, estaba el manuscrito que ella había soñado leer. No pudo resistirse, buscó la última página y allí estaba el desenlace. Un escalofrío, mezcla de ira y de terror, recorrió todo su cuerpo y paralizó los latidos de su corazón. Alfred, el maldito Alfred, lo había preparado todo. Desde el hastío que ella había sufrido junto a él hasta el odio que había llegado a sentir hacia él; las correcciones de sus primeras novelas donde se hablaba de venenos letales… todo había sido minuciosamente preparado para que ella acabase con su vida.  Él mismo había novelado el proceso que habría de costarle su propia vida para producir su obra, su gran obra póstuma.

     Mary se miró en el espejo de la cómoda. Estaba lívida, con los ojos como cavernosos y enrojecidos, y alrededor de su cuello había una gran marca amoratada que delataba la realidad; era verdad, todo había sucedido tal y como él había descrito en esa infame novela. Excepto una cosa: ella estaba viva, y Alfred ya no podía hacer nada al respecto. Fue entonces cuando recordó el extraño sabor amargo del tazón de leche con cereales que había atribuido ingenuamente a la posible caducidad reciente de los cereales o de la leche.

     Su cuerpo empezó a retorcerse y un intenso dolor brotó de repente desde lo más profundo de sus entrañas, ascendiendo hasta su boca en forma de espumarajos. Cayó al suelo y, entre convulsiones y espasmos agónicos un único pensamiento atravesó su mente atormentada. No podía ser cierto, pero estaba ocurriendo. Alfred, el maldito Alfred.

 

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