Relato 14 - Sombras
Nadie sabe cuándo fue que comenzó, ni cómo. Por mi parte tengo la vaga idea de que luego, gracias a la frialdad que da el paso del tiempo, pensé en un suceso determinado como punto de partida. Casi lo elegí al azar, pero eso ahora no importa. Mi vecino cacheteando a su mujer en la playa, en frente de todo el mundo, hace unos días. Ese fue para mí el primer escalón de la peligrosa vertiente. Ella no reaccionó de ninguna forma, con lo cual a la vista de los que mirábamos boquiabiertos, parecía confirmar que el agravio respondía a otro anterior pero en sentido inverso. Ahora entiendo que ya en ese momento había comenzado a suceder algo extraño.
Esa misma tarde, camino a casa, me crucé con un amigo de la infancia. Los dos nenes iban en el asiento delantero, compitiendo en quién sacaba los pies por la ventana. Nos íbamos riendo los tres. El día estaba radiante y no tenía mayor preocupación en la cabeza que el pensamiento de que me habían llenado de arena el auto, cosa que por supuesto no era del todo correcta ni tan importante. Entonces, justo antes de entrar en la carretera, de inmediato lo reconocí. Y creo que no hubiera frenado de no haber estado de tan buen humor. Él no se dio por aludido por lo que di marcha atrás, lo alcancé y lo saludé casi en la cara. Volvió a darse por desentendido. Su respuesta fue: «Jamás lo he visto en mi vida». No me compliqué demasiado y continué mi camino. No era que no estuviera seguro o que creyera que me había confundido, sino que algo no me gustó en el gesto de su cara. Podría tratarse de un primo de mi compañero o un medio hermano, lo cual explicaría el singular parecido y nuestro desconocimiento mutuo, pero poco importaba. Y agradecí para mis adentros haber eludido de forma tan milagrosa las obligaciones que aparecerían de la nada si me hubiera reconocido.
La carretera estaba atestada de gente. No de autos, aunque había más que de costumbre. Pero esto es algo que no noté sino hasta ahora. Cientos de personas caminaban por la banquina de la ruta, la gran mayoría en la misma dirección. No me sorprendí de inmediato. El día había sido hermoso y ameritaba un anochecer junto al mar o a dónde fuera que se estuviera dirigiendo la muchedumbre. La sospecha recién se despertó al abandonar la ruta, apenas entrada la noche, y al tomar el camino vecinal que me conducía hasta la casa que habíamos alquilado. Había mucha gente en los jardines, comportándose como sombras furtivas. Esto no hubiera sido para ningún asombro si todo este gentío dedicara su tiempo a alguna de las actividades típicas de la temporada estival. Digamos tomar algo bajo un velador, una cerveza, sentados en un murito, agrupados alrededor de un fuego, una parrilla, o lo que fuera. En lugar de esto una multitud taciturna deambulaba por las veredas y los jardines, camuflados por la abundante arboleda, como cómplices silenciosos ocultos en las penumbras. Llegué a la casa y estacioné junto a la puerta. Bajé a los nenes con apuro. Tenía en la garganta la inconfundible sensación que da el presentimiento de que algo importante va mal.
Entré a la casa. Mi mujer estaba sola en el living, sentada frente a la televisión. La casa era bastante modesta, lo justo para una vacación semanal. El living era amplio pero despoblado, detrás había una pequeña cocina bastante completa y con horno eléctrico, y a un costado estaba el baño donde reposaba lo mejor de la casa, una bañera de porcelana, delante de un inmenso espejo de pared con forma de óvalo. Ninguna luz dentro de la casa estaba encendida, en su lugar el resplandor fosforescente del televisor fluctuaba sobre las cuatro paredes, los desvencijados sillones marrones, los bolsos aún sin deshacer, los numerosos e inútiles utensilios que los niños pretenden usar en la playa.
— ¿Qué estás viendo? —le dije a mi mujer.
—El noticiero —me respondió al instante—. Vení sentate.
Yo miré a los nenes, que ponían esa cara confusa en la que no sabemos si comprenden todo o nada. Le di al mayor las bolsas que habíamos traído del supermercado y prendí la luz del living.
—Prepárale la leche a tu hermano. Y cómanse unas galletitas. Pero ponelas en un plato, que si no después dejan en el paquete y quedan blandas y no las come nadie.
Me miró con esa cara que sabía que me torturaba, pero hizo lo que le pedía.
Me senté junto a mi mujer.
— ¿Qué pasa que está toda la gente en la calle?
Me miró como si hubiera dicho algo que no debía.
—Nadie sabe. Escuchá...
Presté atención al noticiero.
Se percibía un clima de tensión en la voz del reportero. Recién entonces comencé a unir todos los cabos. El cachetazo en la playa y la mujer cabizbaja, el desconocido con la cara de un compañero de la infancia en una carretera repleta de gente, los vecinos en sus jardines, el tono tenso en la voz anónima que sale del televisor, mi mujer callada, los nenes haciendo caso. Algo iba muy mal. Noticias de todas partes del mundo reportaban lo mismo. Una horda de inesperadas personas atestaba todos los lugares públicos del mundo, las plazas, las calles, las carreteras. Los medios de transporte masivos estaban sobrecargados. Las confusiones se acumulaban de forma anecdótica. Miles de testigos habían tenido encuentros fortuitos con personas que habían creído reconocer, pero que luego se trataban de completos desconocidos. El noticiero intentaba rayar en esos momentos la comicidad. Habían puesto el testimonio de una mujer que afirmaba que no había recibido el pago de sus inquilinos. Previamente el anunciador había comentado que el inquilino perjuraba haberle dado el dinero a una señora muy similar.
Miguel me llamó desde la cocina.
— ¿Qué pasó? —le grité y vino hasta mi lado.
— ¿Podemos ver algo en la tele? —preguntó en tono meloso.
—Ahora no —le dije—. Estamos viendo algo importante. Báñense mientras papá y mamá miran esto.
—Papá...
—Sí, se tienen que bañar para sacarse la sal del mar. No hay discusión. Llenen la bañera y báñense los dos juntos.
Me miró con ese gesto que me convertía a mí en el exclusivo culpable de su aburrimiento. El hermano ya estaba en la puerta del baño demostrando que el gusto por al bañera no era en algo exclusivo de los adultos.
Me centré en el televisor de nuevo. Cambié de canal. Me detuve en el del noticiero extranjero. Caos mundial. Nadie sabe cómo explicar lo que sucede, pero innumerables personajes lo intentan. Teorías de diversa índole buscan aclarar por qué el mundo se ha súper poblado de forma tan repentina. No faltan lo fanáticos apocalípticos, y pronto informan sobre diversos disturbios y manifestaciones violentas en cada rincón del mundo occidental. En oriente las voces más temerosas hablan de una nueva invasión mogol. Cualquiera habla del ejército de Gog y Magog, de nuevas guerras mundiales, del resurgimiento nazi, de los neo cowboys, que antes salían en camionetas a matar inmigrantes, y ahora a cualquiera. Un experto calcula lo poco que pueden durar las provisiones de alimentos del mundo, otro habla de una invasión extraterrestre, y yo que me tranquilizo cuando escucho los chapoteos en el agua y las risas que vienen del baño. Me alejó un poco de la hipnótica pantalla. Intento abstraerme. A veces es inútil buscar explicaciones para lo inexplicable, más aún en momentos cómo ese en donde saberlo todo no alcanza. Apagué el televisor. Miré a mi mujer que no me sacaba los ojos de encima.
—Vamos a salir de esto, mi amor. No te preocupes.
—No estoy preocupada —dijo y yo me reí. Ella esbozó una sonrisa.
Los niños salieron del baño, pero yo aún escuchaba las risas y los chapoteos. Mi mujer me miró, petrificada. Sólo apagando el televisor hubiéramos escuchado el singular fenómeno. Los dos niños me observaban empapados, apenas cubiertos con sus toallas.
— ¡Miguel! —Llamé al mayor—. ¿Quién está en el baño?
—Nosotros —me dijo con ese gesto de culpa que yo sé que pone cuando me oculta algo.
— ¡No! —grité nervioso—. Ustedes están acá. ¿Hay otros niños en el baño?
Miguel subió los hombros en gesto de ignorancia. Su hermano no levantaba la vista del suelo.
Entonces me preguntó algo que se grabó por siempre en mi memoria. Una simple pregunta para que yo comenzara a entender y por fin desatara todo el terror contenido en mi interior. Luego de eso tomé a mi familia y salimos en el auto con lo que teníamos puesto. No necesité nada más. No hizo falta abrir la puerta del baño y ver a los otros dos niños dentro de la bañera. Ni mirar más allá hasta el fondo brumoso del espejo oval para imaginar lo que pasaría con la figura cenicienta de mi propio reflejo. Rompí los espejos del coche. Tomamos la carretera en el sentido opuesto al que se dirigía la multitud. Desde entonces hemos huido.
Mi hijo menor me había preguntado:
— ¿Papá, por qué están vacíos los espejos?
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