Relato 119 - Los gusanos de Mephisto

 

    Cuando tenía 4 años ocurrió algo que me cambió. Fue una noche borrosa en mi mente, ese evento me hizo olvidar mucho de aquella época; las memorias posteriores se volvieron confusas hasta el punto en el que estuve meses sin reconocer a mi propia familia.

 

    Sé que en esa época volvía del colegio cogido de la mano de mi madre, con mi babi sucio de jugar, en él aún era legible “José” en la etiqueta escrita a mano. Al acercarnos a casa yo salía corriendo al patio del vecino donde estaba aquel perro enorme que para mí era como un caballo, pero que cada vez que trataba de usarlo como tal, el manso grandullón se tumbaba en el suelo haciéndome rabiar.

 

    Nuestro vecino era un tipo algo obeso, feo y sudoroso, pero con una expresión afable. Nunca me dio miedo acercarme, y a él no le importaba que fuese a jugar con su “Bobo”, como llamaba a su perro en tono cariñoso, tratándolo como si fuese un pequeño cachorro achuchable.

 

    La noche en cuestión era de una oscuridad anómala, como niebla negra, reflejando en ella las luces de la policía, luces que me tenían hipnotizado y ni todo el ruido de los coches y las voces a mi alrededor me hacían reaccionar. Al día siguiente nos mudamos. Fue entonces cuando empezaron las pesadillas, por lo que me contaron, yo presencié cómo Bobo mataba a su dueño, pero había borrado ese recuerdo dejándolo relegado a pesadilla en mi inconsciente, que al despertar olvidaba y sólo quedaba en mí el terror del sueño. También dijeron entonces que nos mudábamos para estar más cerca del instituto de mi hermano mayor, que teniendo una diferencia de edad de diez años, vivíamos en mundos distintos.

 

    Mis terrores nocturnos, horrores que parecían capaces de taponar mi nariz haciéndome boquear en busca de aire como un pez agonizante; en ellos siempre aparecía un hombre que recordaba vagamente a aquel vecino, con la imagen de la cara distorsionada. De su nariz caía lentamente un líquido negro que se deslizaba por el surco nasobasal en un movimiento tembloroso. Luego me daba cuenta de que el líquido negro en verdad se contoneaba como una lombriz: negra, gorda, larga y tenebrosa. Por mucho que intentaba moverme en el sueño, me sentía paralizado y no era capaz ni de gritar, escuchaba los ladridos de un perro a lo lejos y me despertaba cuando saltaba hacia mí la lombriz tratando de profanar mis orificios nasales.

 

    Me despertaba sonándome la nariz con tanta fuerza que alguna vez me ocasioné una hemorragia. Entonces era mi hermano el que saltaba de la litera superior y me confortaba diciendo palabras tranquilizadoras, parando mi hemorragia, preguntándome qué había visto. Pero yo, entre sollozos, iba olvidando el sueño a medida que tomaba consciencia de la realidad.

 

    No había destacado entre los párvulos de mi primer colegio, ni había hecho amigos porque era muy tímido, y en el nuevo colegio me dediqué más que nada a aprender, de alguna forma me gustaba más estudiar, ver cosas nuevas, hacerlas… pronto se dieron cuenta de que aprendía a un ritmo superior a mis compañeros. Primero empezaron mandándome más deberes, luego me adelantaron un curso, y luego otro. Así fue cómo con 11 años estaba preparándome para acabar la ESO y comenzar el bachillerato, teniendo muchos conocimientos sobre lo que estudiaba, pero sin experiencia en el mundo social.

 

    No me llevaba mal con los compañeros de clase, era como un juguete para ellos, siendo pequeño y adorable, sin embargo no eran realmente amigos, hablaban de cosas que no me interesaban, de algo demasiado temprano para mí, para lo que no me sentía preparado aún con la pubertad golpeando en mi orgullo por ruborizarme ante cualquier situación, y sin la complicidad de poder hablar con ellos sobre mis pesadillas...

 

    Seguramente por eso fue tan fácil que Manu se convirtiese en alguien realmente importante para mí.

 

    Mi vecino Manu tenía un año menos que yo, pero parecía mucho más pequeño, pues era bajito y tenía aún los rasgos de cara angelical que tienen los niños. Así como yo estaba acomplejado por mis colmillos superiores ubicados por encima del resto de dientes, a él su único colmillo fuera como la punta de un iceberg, le daba un aire travieso en su sonrisa inocente.

 

    La primera vez que nos vimos fue a través de la ventana, yo había acabado de estudiar y miraba al exterior sin mucho interés. Bajé la vista y ahí estaba, el niño del vecino junto a su madre mientras ésta hablaba sin parar con otra vecina. Vi su sonrisa infantil por primera vez, sus brazos alzados hacia mí agitándolos para llamar mi atención. Cuando respondí con un saludo vago, moviendo sin muchas ganas mi mano, él se giró hacia su madre, le tiró varias veces del brazo hasta que ella miró también hacia mí, sonrió y también saludó. Los vi entrando en la casa de enfrente.

 

    Un día estaba viendo un documental sobre los animales más desagradables del mundo, en el cual apareció un tipo de pez llamado “pez perla” que entraba por el ano de un pobre pepino de mar para vivir en su interior. La risotada de mi hermano me sacó del momento de concentración en el asco que estaba mostrando en mi rostro, según él, era la cara más graciosa que había visto nunca.

 

    Se fue a trabajar y yo seguí viendo la tele, era sábado y ya tenía los deberes hechos, así que me rendí a la morriña y pereza del anómalo calor de primavera, cerrando los ojos aislándome del mundo real con el sonido lejano de mi madre sacando la ropa de la lavadora para tenderla en el patio trasero.

 

    Los sonidos se apagaron, la luz había desaparecido, sólo andaba en una dirección sin destino hasta que empecé a escuchar algo, un lejano gemido, un llanto animal tan lastimero que mis ojos comenzaron a nublarse como símbolo de empatía. Seguí caminando tratando de palpar algo delante de mí, intentando acercarme al sonido del perro que conocía, llamándole «¡Bobo!» esperando poder guiarme por su respuesta. Ante mí apareció de repente la valla del vecino, con una parte desclavada por la que podía colarme para llegar hasta donde estaba el can aullando en su lamento. Frente a él, el vecino no hacía nada, sólo estaba de pie frente a nosotros, pero al abrir sus ojos se podía ver el tono rojizo que iban adquiriendo poco a poco sus globos oculares, moviendo sus pupilas temblorosas como si le costase fijar la vista en mí. Una vez lo hizo, Bobo cambió su actitud, empezó a gruñir amenazadoramente hacia su dueño colocándose entre ambos. De la nariz del vecino comenzó a salir de nuevo aquella lombriz negra. No podía moverme, no podía ni gritar, sólo miraba horrorizado cómo otras lombrices más finas se colaban desde la parte trasera de sus ojos y casi hacían saltar esas rojizas esferas, las veía escapando por el hueco del párpado inferior, forzado y sangrante en un hilillo rojo que recorría su mejilla para descansar en la comisura del labio. Alzó una mano en mi dirección y fue cuando Bobo atacó lanzándose hacia aquella mano que le había acariciado y alimentado durante tanto tiempo, pero no salió sangre de la desgarrada herida, sólo más hilos negros, más gusanos que rodearon la cabeza del perro y lo lanzaron a un costado para deshacerse de él y así volver a su objetivo: yo. De un dedo cortado salió un gusano con un aspecto ligeramente distinto, uno que mostraba unos anillos de lombriz más marcados, más gordo en la parte de la cabeza de pequeña boca redonda. Fui consciente en ese momento que era un sueño, una pesadilla de la que no podía despertar y que ni siquiera me dejaba gritar que era sólo eso: una pesadilla; ni cuando aquel gusano del grosor de mi dedo meñique de ese entonces empezó a tantear la entrada de mi nariz, mi pequeño orificio de respirar mojado de lágrimas mezcladas con mocos siendo forzada mientras aquel gusano se introducía por mi fosa nasal luchando contra la resistencia de mi respiración tratando de expulsarlo. Me sentí realmente como un pepino de mar que no podía evitar al pez perla vivir en su interior.

 

    Volviendo a atacar para rescatarme, Bobo saltó hacia el gusano y lo mordió agitando la cabeza para tratar de sacarlo, pero sólo logró cortarlo por la mitad, dejando parte de él dentro de mí, que sintiendo el dolor de una endoscopia nasal sin anestesia, me agarré el ojo con miedo de que se fuese a salir de la órbita y caí de rodillas al suelo, centrándome en mi terror e ignorando el sonido de las dentelladas de Bobo destrozando a su amado amo.

 

    Me caí de lado sobre el sofá adoptando la posición en la que estaba en el sueño, sólo podía llorar pensando que aún estaba en aquel lugar, con la sensación de un gusano trepando por el interior de mi nariz, teniendo alucinaciones de ver gusanos negros en cualquier parte de la casa. Salí corriendo confuso, cerrando la puerta tras de mí dando un portazo para asegurarme de que no me seguían aquellos seres. Jadeé mientras buscaba un escondite absurdo como sentarme en una esquina detrás de uno de los setos, temblando y gimoteando abrazado a mis rodillas.

 

    —¿Estás bien? —dijo una voz desde el lateral del seto.

 

    Era un buen niño, amable, divertido y alocado, había venido varias veces a mi casa a disturbar mis estudios con su inocencia y desconocimiento de todo. No tenía nada contra él, pero mis charlas con Manu nunca me habían llenado, era sólo un amasijo de juegos absurdos que no entendía, de canciones inventadas sin ton ni son. Pero en ese momento era el único que estaba a mi lado, así que dije que había tenido una pesadilla y comencé a llorar de nuevo.

 

    Se asombró de que tuviese sueños o pesadillas durante la siesta, pero más me asombré yo cuando se puso de rodillas a mi lado y me acunó apoyando su cara contra mi cabeza, meciéndome levemente y asegurando que ya había pasado, que ya no podía hacerme daño ese sueño. De esa manera abandoné a mi yo racional estudioso, al yo que no soportaba las charlas de críos, y durante esa tarde jugué con él como nunca había hecho, como un niño más: correteando entre los arbustos del jardín, saltando los cubos de basura, riendo por cosas sin sentido, y cuando ya estuvimos cansados de tanto movimiento, nos sentamos en el porche contando los coches de un color determinado que pasaban por aquella poco concurrida calle.

 

    Aún estaba con mi rostro sudoroso y enrojecido del esfuerzo, me froté la frente y respiré aliviado, había dejado atrás el miedo del sueño, que de alguna forma ahora sí recordaba y no lograba olvidar.

 

    —¿Ya estás mejor? —preguntó igualmente sudoroso y con rubor en sus mejillas.

 

    Sonreí asintiendo y luego noté su cabeza acercarse y posando su frente en la mía con los ojos cerrados para luego separarse y correr a su casa cuando su madre le llamó por la ventana. Recordaba haber visto ese gesto en mi prima con su gato, dijo que era símbolo de confianza y aprecio, simplemente lo comparé por considerar a los otros niños como animalillos instintivos.

 

    Desde aquel día, Manu se convirtió en mi escape para todo, ya fuese: agobio por los estudios, pesadillas, momentos de incomprensión del mundo, chistes fuera de lugar de mis compañeros delante de mí. Él me escuchaba, y estaba seguro de que no entendía ni la mitad de lo que le decía, pero estaba ahí, se sentaba a mi lado, me escuchaba y luego me daba un abrazo diciendo que todo pasaría. Con él sentía que podía simplemente no hacer nada, nos veíamos sin un objetivo concreto y pasábamos el tiempo juntos, sintiendo que a su lado no era el niño genio que el próximo curso estaría en bachillerato sino otro niño más que podía competir en ver quién escupía más lejos.

 

    Llegó el día que mis padres salieron de viaje a celebrar sus 20 años de casados, dejando todo en manos de mi hermano, que como adulto supuestamente responsable, se encargaría de la casa y de cuidarme, sin embargo casi ni le veía por casa, y en esos tiempos me enfadaba con él por burlarse de Manu, diciendo «ahí está tu novio» cada vez que le veía acercarse, y yo odiaba mi precoz pubertad en la que me ruborizaba por sus palabras mientras le gritaba que era mi amigo.

 

    Salí de casa gritándole que era idiota y corrí a la de Manu, sin cansarme demasiado, con la extraña sensación de que no quería que me viese jadeando por la falta de aire que me producía esa pequeña carrera. Y ahí estaba, en el porche de pie mirando a la nada esperándome, con la sonrisa cruzada en su cara como si todo fuese un chiste.

 

    Comencé a hablar de lo idiota que era mi hermano, de lo poco que parecía un adulto a pesar de tener trabajo, y comenté por encima cómo le llamaba mi novio mientras me reía de lo absurdo que sonaba y echaba la culpa mentalmente a la carrerita que me había pegado de que me latiese el corazón como lo hacía. Me rasqué la cara con un dedo fijando la vista en otro lado y miré de reojo su reacción disimuladamente. Él sólo sonreía, no dijo nada, me tomó de la mano y tiró de mí hasta ponerme en pie, luego entramos en su casa. No sabía cómo reaccionar ante aquello, pero algo me tenía en alerta, la casa que normalmente estaba iluminada, con su madre canturreando mientras pintaba con óleo en un lienzo y su padre mirando alguna web en su tablet, ahora estaba con las cortinas echadas y no había nadie en la sala. Pensé que sus padres habían salido dejándole solo sabiendo que yo estaría con él, así que me puse nervioso pensando que estábamos a solas sin terminar de comprender qué significaba eso realmente para mí.

 

    Me llevó de la mano todo el camino hasta la puerta que llevaba al sótano, lugar al que no nos dejaban ir porque la bombilla llevaba tiempo fundida y nunca llegaron a cambiarla.

 

    —No podemos ir ahí —dije con voz algo indecisa.

 

    Se detuvo, luego se giró velozmente, se abrazó a mí apoyando su frente en mi cuello, a la altura a la que me llegaba. Estaba anonadado con esa reacción, sólo miré al frente sin saber qué hacer, y así como lo hizo, se separó con la cabeza baja. No podía verle la cara, pero tomé su mano de nuevo y él prosiguió el camino abriendo la puerta y comenzando a bajar las escaleras. Fui tanteando con mi mano libre para agarrarme a la barandilla mientras bajábamos hacia un lugar más oscuro donde mis ojos no podían adaptarse. Golpeé algo con el pie y pensé que iba a caer, pero Manu me sujetó, sentí de nuevo mi corazón latiendo fuerte, pero esta vez me soltó y se separó lo que parecían dos pasos. Entonces encendió una pequeña lámpara en un lateral, su luz no era fuerte pero me cegó un momento, a la vez que parpadeaba y me frotaba los ojos sin distinguir aún las siluetas, él tiró de nuevo de mí para hacerme girar.

 

    Un saco colgando que se balanceaba, eso parecía, la luz con dificultad dejaba ver su silueta en la penumbra, pensé que era algún tipo de juego, pero cuando pude definirlo me di cuenta de que era el cuerpo de su padre colgado por la soga sujetada a su cuello, y sin tiempo a dejarme reaccionar, vi el cuchillo en el suelo ensangrentado marcando un reguero hasta aquello contra lo que me había tropezado antes, el cuerpo apuñalado de su madre. Traté de mirarle, de sujetarle, pero él seguía con aquella cara, sonriendo, sólo que esta vez me di cuenta de lo vacíos que estaban sus ojos. Le abracé y no dejé de decir «no pasa nada, todo se arreglará» como si tratase de convencerme a mí mismo. Tiré de él para alejarlo de todo aquello pensando en cómo proceder. Yo era el listo, había visto cómo actuar en esas situaciones: mantener la calma, llamar a mi hermano, a la policía… eso era un asunto de adultos. Comencé a subir las escaleras de nuevo cuando sentí algo rozando mi tobillo, agité mi pie para liberarme sólo para comprobar que algo se estaba aferrando a mi pie.

 

    Tenía que ser un sueño, una pesadilla, el nudo en la garganta que me daba ganas de llorar, el terror, la situación, los gusanos saliendo de un corte en el cuello de la madre de Manu y aferrándose a mí. Le grité a Manu que huyese, pero parecía paralizado, y sabía bien cómo era ese sentimiento. Después de tanto tiempo sentí que esta vez podía dominar la pesadilla, porque Manu estaba conmigo, así que agité el pie, lo giré y pisé tan fuerte como pude logrando que los gusanos se liberasen por tanta agitación. Agarré de la mano a Manu mientras subía por las escaleras tan rápido como podía, y él se dejaba llevar como un muñeco roto, siendo casi un peso muerto que me costaba arrastrar.

 

    Debía enfrentarme a mi pesadilla, así que dejé a Manu junto al sofá y me acerqué de nuevo a la puerta del sótano viendo cómo los gusanos se arrastraban hacia mí, y esta vez agarré algo útil, el encendedor del padre de Manu, aquel con el que decía que no jugásemos, aunque a él bien que le gustaba jugar con aquel aparato, pues era capaz de emitir una llama más grande de lo recomendado. Lo encaré hacia los gusanos, que parecían tener dificultad para acercarse por estar pegados al cuerpo inerte de la mujer, así que no se movieron cuando lancé el primer ataque, cosa que no sirvió de absolutamente nada. El fuego era ignorado como una brisa de verano, no ardían. No podía creerlo, aunque fuese un sueño, los gusanos deberían arder con el fuego, así que empecé a pensar en qué otra cosa podía hacer cuando sentí el abrazo desde atrás de Manu, quizá en un incomprensible movimiento de relacionar esos gusanos con su madre y tratar de detenerme, o quizá era quien trataba de despertarme, sin embargo no desperté.

 

    La ventana estalló y los cristales se esparcieron por el suelo mientras las cortinas caían siendo arrancadas por una figura a contraluz que entró saltando por esa ventana rota. La figura me agarró y me estiró para salir por la ventana, habiéndose desprendido Manu con el movimiento. Grité y pataleé por no querer dejar a mi amigo atrás, ese sueño era ya demasiado complicado, y me di cuenta de que no era una de mis pesadillas cuando vi la cara del que me arrastraba, era mi hermano.

 

    —Lo siento, lo siento mucho… —dijo con una voz sincera—. Él ya está muerto.

 

    Las náuseas golpearon mi estómago y me subieron por la garganta amenazando con hacerme vomitar por esa declaración. No podía estar muerto, estaba ahí, justo ahí, me había sonreído, me había abrazado, había sentido su calor.

 

    Entonces entendí su expresión y sus actos, quizá lo último que quedaba en mi amigo. Mi hermano me abrazó mientras unos hombres que no conocía entraban en la casa y usaban algún tipo de arma que congeló a los gusanos. Sólo pude ver cómo congelaban a Manu en algún tipo de criogenización, pensando que si no estaba muerto, eso lo acabaría de matar, y me revolví y traté de gritar con la boca tapada por la mano de mi hermano.

 

    Y mi hermano, no era mi hermano, me contó cómo fue asignado a protegerme aquel día que sobreviví al ataque de los llamados “gusanos del infierno”, unos gusanos venidos del centro de la tierra cuya única misión parecía ser la de dominar a un ser humano y hacerle atacar a un ser querido, quizá por curiosidad de si el ser querido podía defenderse. Eso fue lo que había hecho el padre de Manu, quitándose la vida después de acabar con su mujer, sin saber que esos gusanos habían infestado también el cuerpo de su hijo, siendo destinado así a acabar con mi vida.

 

    Por su crueldad fueron llamados también “los gusanos de Mephisto”, unos gusanos del diablo inmunes a altas temperaturas y que hasta ahora sólo habían sido congelados sin saber bien cómo destruirlos, o quizá sólo querían estudiarlos, pues podían sobrevivir a temperaturas extremas y vivir un tiempo exagerado ante los ojos de los humanos. Se pensaba que tenían pensamiento colmena y que su “abeja reina” estaba lejos de ahí, un líder frívolo cuyo único entretenimiento era enviar a sus súbditos a destrozar de dolor a los humanos.

 

    Pensando en el ser amado que debía destruir, mi esperanza de que fuese eso lo que detuvo a Manu se desmoronó al saber la verdad: mi pesadilla siempre había sido real. Aquel viejo vecino estaba infestado de gusanos, inconsciente y podrido, queriendo matar a su perro, que era a quien más quería en el mundo, sin embargo al encontrarse conmigo trató de infectarme dejando de lado a su can, salvándome el bueno de Bobo, partiendo el gusano encargado de reptar a mi cerebro para poner sus crías y colonizar mi cuerpo. Eso hizo que el gusano crease una simbiosis conmigo, se mantuvo vivo ofreciéndome el aprendizaje veloz, creando conexiones entre mis neuronas adquiriendo más conocimientos, más rápido que cualquier otro, y eso fue lo que me hizo cambiar de niño normal a niño genio. Y mi hermano, que no era mi hermano, me vigiló todo este tiempo, esperando equivocarse en que pronto estaría como el resto, podrido por dentro.

 

    Saber la verdad no me hizo sentir desgraciado, ni quise maldecir mi suerte, de repente todo tenía sentido, incluso con ese parásito en mi cerebro sobreviviendo y creando una oscuridad dominable por mí, nunca me había sentido más puro, pues esa simbiosis me enseñó a reconocer a otros humanos infectados, les llamaría en la distancia hacia mí, hacia la trampa de aquella organización que me había estado vigilando.

 

    Me pregunto cuánta gente habrá infectada en el mundo… y todos esos crímenes de gente que mata a sus seres queridos ¿estarán también podridos por dentro por los gusanos?

 

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Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

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