Relato 112 - El perro negro de Caracolí

El perro negro de Caracolí

 

      La mañana estaba calurosa, la humedad se sentía pegajosa adentro de los pulmones, y aunque no se veían nubes alrededor, se sentía como si fuera a caer, o que haya caído un diluvio desde el cielo. Mariano Espitio iba camino al trabajo, pero cuando iba pasando la taberna La Vida Buena, empezó a confundir el olor de la humedad, con el de la mortecina. Pero la duda si era que había llovido a cantaros la noche anterior en todo Caracolí se fue disipando al aumentar el olor a muerte. Pensó que no podía ser una de esas ratas gigantes que se veían en el pequeño pueblo por la intensidad del perfume de la parca. Un perro negro lleno de sarna que no había notado, se volteó para gruñirle mostrándole lo fácil que podía devorarlo con sus enrojecidos colmillos. Aunque Caracolí era un pueblo donde casi todos se conocían entre sí, Mariano no reconoció a aquel perro que volvió a lo que estaba haciendo; estaba devorando algo mientras gruñía y emitía algunos sonidos que parecían chillidos. En ese momento su nervioso vigilante, reconoció entre los negros pelajes, que tenía el hocico lleno de sangre. Y algo más tranquilo pensó que se estaba comiendo algún animal muerto, que sería el origen de aquel fétido olor que volvió a tenerlo presente en ese momento. Pero pensó que era demasiado fuerte para ser los restos cárneos de algún tierno animalito. Y pensó en acercarse, pero al momento de hacerlo el perro volvió su mirada al joven y mirándolo fijamente a los ojos, vio él como se le des dilataban las negras pupilas, y le volvió a refunfuñar mostrándole sus sanguinolentos bigotes que más parecían de gran felino africano, que de perro sarnoso. De esta forma Mariano se quedó quieto. Y el perro volvió a seguir devorando carne ensangrentada. El joven iba a desistir pensando que efectivamente era una criatura salvaje, pero vio que cayó sobre la cabeza del feroz con sarna un pequeño bracito. Definitivamente era humano, así que él, entrado en valor se fue rápido al lugar espantando al perro alzando los brazos como había aprendido espantar al oso de anteojos que habitaba cerca. A lo que el animal pareció acceder y se retiró sin antes parar cada par de metros para mirarlo y gruñirle, mientras el joven le respondía abanicando el brazo para seguir ahuyentándolo. Cuando ya se vio tranquilo miró el cuerpo que aunque carcomido en su vientre parecía estar completo. Definitivamente era una niña; por el tamaño y el pelo largo. Y aunque tenía un hueco en el vientre, él decidió ver si tenía signos vitales, pero vio que el rostro que parecía una gárgola, por los ojos y lengua hinchadas y fuera de sus cuencas, estaba inerte y muerto hace mucho más de que aquel perro intentara comer de su carroña. Tratando de pensar que era todavía una niña trató de organizar su cuerpo, para confirmar que estaba muerta. Pero al hacerlo la fetidez del olor le llegó como oleada en el rostro, lo que lo hizo ponerse de pie. Miró alrededor para buscar refuerzos, pero no había un alma. Y la taberna estaba cerrada a esa hora de la mañana. Pero no quiso irse del lugar a buscar ayuda, para no permitir que aquel perro volviera a seguir comiéndose a la niñita. Idea que le duró solo un par de minutos, ya que la vista y el olor, exacerbados por la humedad del pueblo; ya que era el mes de mayo cuando se volvía casi insoportable inclusive para los nativos. Decidió entonces gritar por ayuda. Aunque a él no le gustaba llamar la atención, ya que se consideraba una persona tímida. Y así era. Pero era esa clase de tímido que dice lo que quiere decir, y hace lo que desea hacer, así se ponga lo nervioso que lo ponga la situación. Entonces gritó varias veces por ayuda, pero no tuvo respuesta. Quizás por la hora en que se encontraba; él solía madrugar siempre a las cuatro de la mañana, y salía de su casa a las cinco y treinta cuando el sol empezaba a despuntar. Miró entonces a su alrededor, para buscar al perro negro, pero no lo vio en ninguna dirección. Y pensando que la niña no podía morirse más, decidió dejar su cuerpecito allí e ir corriendo para buscar a la policía, que no estaba tan lejos.

 

      El centro de atención inmediata, que era una pequeña caseta bien pintada, dispuesta para que se copara con unas seis personas, estaba con dos policías adentro. Él reconoció a uno, era hijo de una de las familias más influyentes, y de larga tradición, no solo en Caracolí, sino en todo el país. Eran del tipo de familias que deben tener un hijo sacerdote, y otro militar. Y ya que Andrés no tenía aptitudes militares, ya que no veía bien del ojo izquierdo, se alistó en la policía con las influencias de su padre. Y aunque Mariano estaba lejos todavía de la pequeña construcción. Llamó a Andrés de la Espriella, quien le devolvió la mirada, y al verlo con tanto afán salió de la caseta inquieto, pensando que algo le habría poder sucedido a algún miembro de su familia. Mariano casi sin aliento, le dijo con el poco oxigeno que le quedaba dentro de sus pulmones, lo que había sucedido. Andrés le dijo que su compañero quien tenía un fuerte acento de la capital del país, que quedaba en el interior, que se quedara allí. Ya que no podían dejar desatendido el centro de atención inmediata.

 

      Cuando llegaron, el policía inspeccionó el cuerpo de la menor, con esa frialdad de quien ya ha visto demasiados muertos en su vida. Al verle la cara que aunque estaba despeinada, con sangre y con similitud a una estatua de casona antigua. Reconoció a quien había visto muchas veces en su barrio; El Peñasco. Era la hija preferida del dueño de doce barcazas, que alquilaba para diferentes fines. Tenía siete años y se llamaba Nova María Rodríguez. Era una niña bastante habladora, a quien le encantaba saludar a quien veía, lo conociera o no. Y aunque en esta clase de pueblos en el país se acostumbra saludar a quien se ve, la niña extendía sus saludos con una gran sonrisa, agitaba sus manos, y preguntaba hasta por la familia. Saludo que todos le respondían con una genuina sonrisa como mínimo. 

      -  Ya sé a quién llamar – Dijo el policía sin verse afectado por la muerte de la victima

      -  ¿Para qué? – Respondió el joven

      -  Para que revise porque murió la niña. Ya que lleva muerta más tiempo, antes de que se la comiera el perro. –

 

      El policía le preguntó que si conocía a Berthold Wagner. El joven que como los demás conocía a la mayoría de los pobladores, recordó en él un médico alemán, que había llegado al país hace doce años, y al pueblo hace tres. Era conocido por ser acertado en encontrar las causas de la muerte de las personas; al menos en las dos últimas veces. Pero Mariano pensaba que aquel galeno se había ido del pueblo porque no lo volvió a ver, ni a saber de él hace más de un año.

 

      El médico llegó y después de algunos minutos de ver el cuerpo, reconoció que la niña había sido envenenada hace unos tres o cuatro días. Tomó algunas muestras de líquidos corporales y dejó el cuerpo para que la única funeraria de cuatro pueblos, que tenía sus oficinas en Caracolí, preparara su funeral.

 

      Mariano, aunque llegó tarde a su trabajo, después de explicar lo que le había sucedido, su jefa no le puso muchos conflictos, con el compromiso de que recuperara después el tiempo perdido. 

 

      Esa noche cuando salió del trabajo, eran las siete en la noche. y la mayoría de los pobladores estaban cenando en sus casas, como era la tradición en el pueblo, así que las oscuras calles estaban desoladas. Le tocó cerrar la oficina de reparación de televisores, donde él era uno de los dos electricistas. Que estaban en un limbo entre ser ingenieros; que no lo eran, y ser un común, que solo servía para dañar electrodomésticos. Al cerrar y bajar la puertilla metálica, oyó un gruñido. Volteo asustado pensando que podría ser un jaguar. Pero vio algo peor, era aquel perro negro con sarna que horas antes estaba devorándose el cadáver. Lo tenía al frente, estaba con sus patas delanteras echadas hacia el frente, mientras sus ojos rojos, lo miraban con odio. Mostraba sus colmillos, de un momento a otro la bestia empezó a chillar como si lo hubiera atropellado un auto, mientras se le curvaba la espina dorsal, haciendo una especia de parábola. El joven sintiendo compasión por el animal se le acercó, pero el perro volvió a su postura anterior y empezó a gruñirle otra vez, totalmente histérico dejando salir espuma de su boca que salpicaba cuando decidía ladrar como si lo hiciera para tomar aire. Cuando él retrocedió, el perro volvió a chillar demostrando un dolor inaguantable. Mariano aprovechando el momento de debilidad de la bestia salió corriendo, pero el perro pareció quedarse paralizado. Ya no hacia ruidos, estaba como un militar en firmes. Así que el joven decidió irse caminando rápido del lugar.

      -  ¿Adónde va? – oyó que una dulce voz le hablaba. 

 

      Era una niña que acariciaba al perro, quien seguía firmes, mirando fijamente al hombre que apenas se estaba volteando.

     -  ¿Perdón? – devolvió la pregunta a la niña.

 

      De repente la niña abrió la boca, riéndose como un hombre adulto con enfisema pulmonar, mostrando una línea de dientes afilados totalmente ensangrentados, a los que se unió el perro que le gruñó y ladró a Mariano moviéndose de forma hiperquinética y muy inquieta. El joven empezó a perder el control. Se descontrolo totalmente al notar que la niña que tenía a su lado era la que había muerto algunos días atrás, y que él encontró esa mañana. Mariano sin importar que le hayan dicho muchas veces que no debía correr cuando un perro ladra. Salió despavorido, pero al volver la mirada si el animal sarnoso lo estaba siguiendo, vio que el lugar estaba vació. Paro de forma progresiva buscando en todas las direcciones a la niña, pero solo vio soledad, y silencio. Al no ver más que sombras el joven se angustió de pensar en lo sucedido. Sin esperar mucho tiempo en el lugar, decidió volver a su casa caminando tan rápido, que de tiempo en tiempo se le levantaban los dos pies de las calles. No quiso pasar por el lugar donde había visto la trágica situación esa mañana, así que tuvo que desviarse, sin mirar mucho alrededor, y haciéndole caso omiso a los sonidos que le llegaban a sus oídos, por raros que fueran.

 

      La mañana siguiente él salió como todos los días después de tomar una ducha fría, ya que el clima estaba bastante caluroso y pegajoso por la humedad. Y esta vez el baño duró más de lo normal, ya que había tenido una noche incomoda, por todo lo que le había sucedido en el día, se había despertado siete veces envuelto en sudor, algunas veces para abrir su ventana, otras para cerrarla y lavarse la cara. Cuando salió vio una romería en la casa de al lado. Dejándose llevar por la curiosidad sin importar que iba algunos minutos tarde. Su vecina, una viuda de pelo largo y plateado, y de tamaño considerable. Quien había perdido a su marido un año atrás en el último temblor de tierra, que, aunque fue leve, asustó tanto al pobre viejo que tuvo un infarto que le quitó a su compañero un día después. Mariano aprovecho que la mujer estaba alejada de la romería, para preguntarle que había sucedido. Ella le contó que su hijo Manuel, quien era el mayor de tres hijos varones que tenía la mujer, se había quitado la vida la noche anterior. Él joven bastante consternado, y sin pensar mucho le preguntó un impulsivo por qué. Ella lo miró a los ojos consiente de que él conocía bien, y con los ojos enrojecidos por el intento en vano de no llorar le dijo que lo habían hecho suicidar. Al ver como su interlocutor fruncia el ceño confundido, le dijo que en la noche no había llegado su hija Antonia, y que a las once de la noche entró una llamada, que Manuel contestó. Era una persona que le dijo que tenía secuestrada a su hija, y que, si él no se suicidaba, la iba a matar. Después de algunas pruebas de que la tenía en su poder y de que hablaba en serio haciendo gritar a la niña del dolor pidiéndole ayuda a su padre entre sollozos Manuel perdió el control y se colgó con la única corbata que tenía. La vieja perdió definitivamente el control, y se atacó a llorar, dejándose abrazar por Mariano, quien por su parte también aguantaba las ganas de llorar, sobre todo cuando la canosa mujer le dijo que ella lo había descubierto colgado, pero ya sin algo que hacer, aparentemente llevaba muerto más de media hora. Ella decía que lo que la mantenía viva en ese momento era que efectivamente la niña había sido liberada esa madrugada. Y se encontraba durmiendo. Pero que también estaba desconsolada, así que tuvieron que darle valeriana para que calmara un poco los nervios y durmiera por lo menos algunas horas.

 

      Mariano, otra vez tarde para ir al trabajo, no quiso esperar más allí, y se dirigió a su trabajo. Era de día, y con el majestuoso sol arriba de él, nada malo lo podría coger desprevenido y vulnerable, así que no le vio problema al irse por el mismo camino que iba siempre. Pensó que quizás en el lugar donde encontró a la niña la mañana anterior podría haber sangre, así que pasaría por el lugar, pero no miraría en esa dirección. Y así fue, cuando se acercaba al lugar miró a la izquierda, y pensó que el olor a mortecina todavía se mantenía. Hasta que oyó un gruñido. Aunque el sonido ya se le estaba volviendo bastante natural volteó como reflejo inconsciente. Se encontró con el mismo perro negro, le gruñía entre chillidos de perro golpeado. Miró que el perro parecía estar comiendo otra vez de un animal. Al ver la situación el joven percibió de manera más consiente el olor a muerte que no pensaba procediera otra vez de la carne en descomposición. Esta vez ya sintiendo pesar por el perro y su sarna, hizo la misma expresión del día anterior de levantar sus brazos, para aparentar ser una bestia a quien se debía temer, y sobre todo con un pequeño animal, como lo era aquel perro, pero el perro no se movió, se puso incluso más agresivo, que le ladraba y escupía saliva manchada de sangre que le calló en los pantalones blancos que llevaba, cuando cayó sobre el perro un brazo, era pequeño. Mariano pensó que se repetía la mañana anterior. Y al ver esto se armó de valor para ahuyentar al perro que se fue del lugar antes de que él intentara algo, caminando en la dirección contraria al joven, pero sin dejar de mirarlo. Cuando estuvo algo lejos, él se acercó al lugar para ver que era la misma niña, estaba comida en el vientre, y tenía la cara llena de su cabello y sangre. Volteó para revisar si alguien estaba cerca. Y llamó por ayuda, pero nadie respondió sus gritos. Así que decidió ir a la policía. 

 

      Mientras lo hacía recordó lo semejante entre los dos sucesos. Cuando llego al centro de atención inmediata, estaban los dos mismos policías, que no le creyeron, pero que gracias a la insistencia fue esta vez el otro policía. El que no había ido la jornada anterior. Al llegar estaba allí otra vez el perro negro, pero el joven policía lo espanto golpeando el piso con el bolillo, mientras se le acercaba. De la misma forma que con Mariana, el perro respondió con odio y más rabia, pero el policía no se dejo amedrentar, y justo antes de mandarle un bolillazo al animal, este salió corriendo, con algo que parecía ser una carcajada.

      -  Parece una hiena – Dijo el oficial, recordando una ida al zoológico 

de Cali, ciudad al sur del país, zoológico que era famoso por tener leones. Mariano no le respondió y dijo – Si ve, la misma niña que ayer, ¿Cómo pasó esto? – el policía sin mirarlo, y sabiendo de quien hablaban, porque el pueblo era más pequeño que grande, quitó el cabello de la cara de la niña, para reconocer que era otra. Era una vecina de él. A quien le tenía mucho cariño. Y diciéndole a Mariano que se quedara allí mientras él llamaba a su compañero, fue corriendo al Centro de atención inmediata. El mismo oficial regreso algunos minutos después diciéndole que en un momento venía el forense alemán que el día anterior vio a la pobre niña muerta en esa ocasión, para que tomara todas las muestras necesarias, ya que esta vez no podía ser un accidente.

 

      Berthold Wagner no demoró mucho en llegar. Lo primero que dijo después de ver a la niña fue que había hecho los análisis sobre las muestras que tomó, y dieron positivo para veneno de serpiente, y luego de conversar un poco concordó con el policía que debió haber sido una mapaná, que habitaba la zona, y era culpable de la mayoría de los casos de uso de suero antiofídico. Pero que el cuerpo estaba en tan mal estado que no se pudo definir donde había sido mordida la niña.

      -  Ahora, respecto a esta niña. Parece que fue algo similar. ¿Será 

posible que hayan estado juntas cuando sucedió esto? – Les pregunto el alemán, con un ademan de superioridad, a sus dos interlocutores, quienes no supieron como responderle. Ya que aunque las reconocían, no sabía que había hecho en los momentos previos a los confusos sucesos. Pero el oficial, algo desprevenido comentó que si hubieran muerto al mismo momento, el cuerpo de la niña que tenían al frente debería estar más descompuesto, porque efectivamente parecía recién muerta. Seguido esto el forense tomó las mismas muestras que antes, y se retiró del lugar mucho antes de que fueran a recoger el cuerpo de la víctima. La niña era la vecina del policía, quien vivía con sus padres, dos hermanos menores y una hermana mayor. Ella jugaba con el hermano menor de él y otros niños que vivían en el barrio después de asistir al colegio.

 

      Después de que recogieron el cuerpo el policía volvió al centro de atención inmediata con su compañero, con el que tuvo una conversación bastante triste sobre la situación de las dos niñas que eran vecinas de los dos, y que pensaban que era posible que no fuera una casualidad. Así que decidieron que entre los dos iban a estar muy pendientes de lo que iría a suceder. Entonces, después de almorzar Andrés fue donde el alemán, para comentarle las casualidades, y que ellos estaban desconfiando de Mariano; les parecía mucha la casualidad que preciso él hubiera descubierto los cuerpos. Los dos policías decidieron que fuera Andrés, ya que él tenía un apellido pesado, y así podría influir más en las decisiones de los demás. El policía fue a la oficina del forense, pero la secretaria le dijo que desde la mañana no había vuelto el alemán, lo cual no era común. Así que sabiendo que la secretaria sabía que su familia era tan poderosa, le pidió la dirección de la vivienda de Berthold, a lo cual ella le respondió sin ponerle ningún problema. Pero más por lo extraño que era que él no apareciera en la oficina, que por lo influyente que pudiera ser la familia del policía.

 

      En el pueblo todo quedaba a máximo media hora caminando, así que Andrés fue directamente a la casa del forense. Pero al llegar y después de llamar al timbre, y golpear en la puerta, no recibió respuesta, así que decidió mirar por las ventanas. Entonces descubrió que el alemán estaba tirado en el piso. Después de llamarlo en voz alta varias veces y no obtener respuesta, decidió entrar por la fuerza. Pero pensando con cabeza fría, por lo que se caracterizaba Andrés, pudo abrir una ventana desde afuera. Adentro estaba el cuerpo de Berthold, ya estaba tornándose morado, ya que el clima y el bochorno siempre aceleraba la descomposición. Definitivamente estaba muerto. El policía, acostumbrado a estas escenas, volteo el cuerpo y vio que en su mano tenía una gran serpiente muerta, tenía remangado la manga izquierda. Allí el hábil policía descubrió la herida por donde la mapaná había mordido al extranjero. Decidió no intentar resucitación del cuerpo por lo que llevaría muerto desde tempranas horas de la mañana, quizás justo después de que volvió de ver a la niña muerta. En la mano derecha tenía un frasco que tenía una película de plástico en el tope, con dos ranuras. Andrés no quiso quitársela de la mano, para no entorpecer la investigación, que quizás debía ser desarrollada por el otro forense del pueblo. Un señor Manuel Manrique, un médico de profesión que había llegado hace tres años de la capital, quien hacia muy bien su trabajo. El policía miró en derredor, para encontrar un lugar con dibujos de pentagramas, y del número seis, seis, seis. Había una oración en la pared norte, con el inicio y fin, con dos dibujos de un cristo al revés. Estaba escrita en un buen latín, que el policía reconoció como algún lenguaje satánico. En el escritorio que estaba al lado del cuerpo había un libro en un atril. Estaba abierto en las últimas páginas, y se podía leer la misma oración que estaba escrita en la pared. El escritorio estaba orientado al norte, así que quien se paraba a leer el libro, tendría en frente la oración. Andrés, volteo el libro para mirar su portada, y leyó en voz alta “Biblia negra”. Él había oído hablar acerca de este libro, que muchos usaban para ofrecerle su alma al diablo. Y eso fue exactamente lo que pasó. 

 

      El otro forense llegó a la escena, y Tres días después Mariano se enteró por su vecina. La abuela de la primera niña asesinada, que el doctor Berthold le había vendido su alma al diablo, pidiéndole a este que le ayudara con su negocio. Ya que desde que había llegado el otro forense de la capital, ya no lo llamaban a trabajar, esto le había repercutido en que tuviera problemas financieros. Y como ofrenda al señor del infierno le ofreció; según se supo después, la vida de dos adultos, y de las dos niñas. a quienes había asesinado inyectándoles veneno de serpiente. Pero según se leyó en su diario; que del tema solo tenía escrito, que desde hace dos días, empezaron a sucederle cosas extrañas, y que un perro negro con sarna lo seguía a todos lados donde iba, tanto, que lo veía entre sus sueños. Según concluyó el forense Manuel Manrique, todo esto lo llevó a perder el control y asesinas a las dos niñas. Lo que no estaba claro era si se había suicidado, o si la mapaná lo mordió sin él poder defenderse. Pero según el doctor Manrique, se dijo que si él hubiera querido suicidarse lo habría hecho inyectándose el veneno. Pero ese asunto siempre quedó en duda. Lo que se pensó en el pueblo, fue que satanás pidió de forma prematura el alma del alemán, quien se la había vendido unos días antes.

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