Relato 11 - El señor de la mina

    El señor de la mina profirió un grito de espanto, ya no le quedaba carne y tendría que subir a la superficie para alimentarse.

 

    Desde hacía mucho tiempo, en el subsuelo de Almadén, se encontraba la vieja mina de mercurio; decenas de galerías se extendían por el terreno hundido y cientos de túneles abovedados y húmedos se entrelazaban como un hormiguero de piedra tallada que daban a distintos lugares clave del pueblo. Esos lugares sirvieron en el pasado para trasladar a los presos forzados de un lugar a otro del pueblo sin que en ningún momento llegaran a ver la luz del sol. Todos ellos murieron ahí abajo. Todos ellos alimentaron a la tierra con su sangre y su agonía. De esta mina vivieron varias generaciones de mineros y de intermediarios estatales que la violaron hasta que aquel elemento resultó ser tan letal que dejaron de exportarlo, nadie pagaba por él. Pero esto no significaba que la mina dejara de albergar vida… A cada latido de la tierra, las raíces de la mina avanzaban por todo el pueblo como un sistema sanguíneo oscuro. Poco a poco, la extensión de estas venas terrosas llegaba hasta cada tubería de la comarca y a menudo había filtraciones y erosiones en las viejas cañerías, lo que dejaba cada vez más hueco el suelo. Por ese canal palpitante ululaba el señor de la mina, por ahí viajaba de un lugar a otro y se comunicaba con los pocos habitantes que se quedaron a vivir en Almadén cuando ya no había mina que explotar. A menudo, este señor susurraba los horrores que ahí abajo se vivieron, provocando pesadillas y enfermedades a los más pequeños, los más sensibles a su voz. Algunos adultos aún podían percibirlo y esa inclinación para sentir sus lamentos, les lleva lentamente a un estado de locura que sólo se curaba si conseguían abandonar el pueblo... o su propio cuerpo.

 

    El señor de la mina avanzaba errante, cansado… Tenía mucha hambre. Su cuerpo estaba casi deformado por los cambios a los que había sucumbido para adaptarse a ese hábitat. Sus piernas, aparentemente partidas por la inclinación hacia adentro, caminaban en una posición imposible haciendo chocar las huesudas rodillas a cada paso. Sus brazos, largos como los túneles en los que todavía mora, se alzaban del suelo para darle equilibrio en el mundo de los de arriba. Su piel centelleaba con los primeros rayos de luna que le tocaban; era por el mercurio que recorría su organismo como con nosotros lo hace el agua. Miró hacia la luna y comenzó a ulular… Sus presas eran los niños y niñas que continuaban despiertos. Los desvelados siempre eran el mejor bocado.

 

    Avanzó hacia la primera plaza del camino y comenzó a ulular de una forma muy similar al viento pero albergando el matiz del horror en su canto…

 

    Nada ocurrió, sólo una pequeña rata parda con el pelaje erizado por el terror se escondió en una alcantarilla para huir de su paso…Ningún niño tenía los ojos abiertos ni podía escucharle en ese apartado del pueblo, si así fuera, él lo sabría. Caminó dando tumbos por las calles hasta la siguiente plaza, hizo sonar su voz, y nada. Cada vez había menos niños pequeños en ese pueblo.

 

    El señor de la mina seguía avanzando por las calles vacías, sabía que no podía volver sin tomar a alguien, a las malas había pensado en seguir el olor de los viejos mineros que todavía vivían, odiaba su carne envenenada, era casi canibalismo y él sabía que un minero solo le duraría seis meses como mucho y comiéndolo muy despacio, pero si no encontraba niños debía llevarse a la presa fácil, los que apestaban tanto a mercurio que podía seguir su rastro de un solo vistazo.

 

    Volvió a ulular en la siguiente calle oculto entre las sombras de un callejón y esta vez sintió como su voz llegaba hasta un niño. Hizo una mueca que podría parecer a una sonrisa si no fuera porque no tenía labios y la larga hilera de dientes afilados solo dejaban ver un agujero negro insondable.

 

    Sebastián había estado inquieto durante toda la noche. Normalmente dormía del tirón y sus sueños eran muy agradables. Le encantaba cuando soñaba con el patio del colegio y después, cuando iba a clase, esperaba ansioso la hora del recreo para ver si lo que ocurría era la segunda parte de esa aventura que había vivido en los sueños, a veces incluso podría decirse que tenía algún que otro déjà vu pero su mente infantil no conocía ideas tan complicadas y abstractas, al fin y al cabo, sólo tenía nueve años.

 

    La luna iluminaba su habitación cuando abrió los ojos de imprevisto y oyó al viento que le hablaba desde la ventana. Se incorporó despacio sobre la cama, se sentía un poco mareado y notaba el corazón latir muy deprisa, casi como si una parte de él estuviera aterrorizada y la otra, su parte consciente que aún continuaba dormida, no entendiera aún el porqué. Bajó sus pequeños pies descalzos al suelo, apartó las cortinas que estaban a medio cerrar y lo vio, estaba detrás de los contenedores de la calle, justo donde la farola no llegaba a iluminar, era un ser grotesco y parecía que se relamía los afilados dientes cuando vio que una pequeña figura deslizaba las cortinas de la ventana.

 

    Un segundo antes de que los ojos de Sebastián se transformaran en mercurio, al niño le vino a la mente una expresión que su madre utilizó con su padre el día que subieron a una tirolina de un paraje natural de la provincia, “no mires abajo”, pero ya era tarde, los ojos de Sebastián se volvieron plateados en el momento en el que miró a los ojos al señor de la mina y ahora eran del mismo material que la bestia y, una fracción de segundo después, rodaron sobre sus mejillas hasta el suelo, dejando en su rostro ligeras gotas compactas y plateadas que, como un imán, ansiaban reunirse con el resto. A la luz de la luna, esos pequeños regueros hacían parecer que el pequeño lloraba desde sus cuencas vacías. Sebastián se agachó asustado para intentar sujetar esa sustancia que era sus ojos pero, como bien era sabido en la zona, era imposible sostener a ese escurridizo metal líquido.

 

    Se levantó rápido, el pánico le espoleaba el cuerpo, debía actuar y rápido antes de que esa extraña transformación se extendiera por su cuerpo, temía que si no iba deprisa, las piernas le desaparecerían y después solo quedaría de él un charco denso e irreconocible sobre la alfombra de su cuarto. A tientas fue hacia la puerta de su habitación y consiguió dominar los temblores de las manos para asir el picaporte, abrió gimiendo la puerta, estaba aterrado y aún no sabría decir si todo aquello era una pesadilla extremadamente vívida o no.

 

    Avanzó con los brazos estirados por el pasillo de la casa en busca de la puerta que daba a la habitación de sus padres. Si mal no recordaba, solo tenía que girar a la derecha y continuar todo recto, había hecho ese camino cientos de veces pero ahora que sentía la urgencia de llegar cuanto antes al refugio que suponía su madre y su padre, no era capaz de dar un paso sin chocar contra algo. Primero dio contra la pared de enfrente y no entendió cómo era posible, después chocó contra un mueble que no recordaba que estuviera ahí, era como si toda la casa estuviera del revés, nada tenía sentido. Se golpeó el dedo pequeño del pie con la esquina de un rodapié y un grito ahogado acudió a su boca pero no era capaz de alzar la voz ni pedir auxilio, estaba ciego y mudo y ahora notaba un sabor metálico y candente en la boca. No podía verlo pero sabía que estaba escupiendo regueros de mercurio y si no se daba prisa, se vaciaría antes de llegar al abrazo protector de su madre. Tomó una decisión a la desesperada y echó a correr por el pasillo a sabiendas de que el choque contra la puerta iba a ser doloroso pero cualquier cosa era mejor que esa agonía. Sus manos fueron la primera en recibir el impacto contra la madera de la puerta cerrada y una pequeña inquietud se elevaba en lo profundo de su cabeza, se preguntaba cómo era posible que sus padres no hubieran escuchado el estruendo del golpe ni de sus pisadas aceleradas pero antes de que pudiera pensar una respuesta a todo aquello que no cuadraba, encontró el picaporte y abrió la puerta sin saber que desde que posó la mirada sobre el señor de la mina, sus ojos le pertenecían a él y ahora mismo estaba viendo a través de Sebastián, a través de sus cuencas plateadas y vacías y, sin que el niño pudiera hacer nada para advertirlo, le dirigía inexorablemente hacia la puerta de la calle.

 

    Sebastián giró el picaporte sintiendo el alivio de pensarse a un metro de distancia de sus padres y acto seguido, le devoró la noche.

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