Relato 20 - Una mente perdida
UNA MENTE PERDIDA
En la sala de espera, el hombre aguarda impaciente su cita. Desde hace un tiempo no logra aplacar los nervios que nacen en su interior, como pequeñas víboras que escrutan sin descanso sus entrañas, como sedientas larvas de gusanos que inundan sus pensamientos. El ritmo frenético en su trabajo y los problemas conyugales le han llevado a buscar ayuda psicológica. Nunca ha tenido que acudir a uno, y no sabe lo que le aguarda, pero está abierto a cualquier tratamiento, siempre que sea razonable y efectivo.
La puerta se abre, la cabeza del secretario asoma por ella, invitándole a pasar a la consulta. Al contrario de lo que imaginaba, la habitación carece de mobiliario rústico y elegante, y no encuentra ningún diploma acreditativo. Tampoco hay vitrinas con libros de temáticas psicológicas ni enciclopedias, tampoco archivadores, a no ser que los guarde en otra zona oculta del despacho. Más bien parece hallarse en una sala de masaje. Todas las paredes están bañadas de un cálido color crema, y están adornadas con paisajes de ensueño, exóticos, idílicos. En un armario de madera clara, hay dispuestas varias cajas que contienen diferentes tipos de té, azúcar, sacarina, un tarro de miel de tomillo y galletas, acompañadas de tazas con motivos florales. Una botella de agua mineral descansa junto a un calentador, justo con la mitad de líquido, ni medio lleno ni medio vacío; y en un vaso se apilan varillas de plástico para remover bebidas. En una mesilla de mimbre hay un aparato reproductor Sonos que lanza al aire el sonido natural de un bosque al anochecer, y al lado de éste, hay una misteriosa caja; el hombre se pregunta qué contendrá. El aroma del almizcle que sale de un ambientador lo embriaga un poco. Al fondo, contempla un sillón junto a una especie de hamaca de lona verde oscura, supone que será el lugar donde deberá acomodarse para la terapia, no menos que insólito, piensa para sí.
Está solo en el cuarto, pero no por mucho tiempo. Una muchacha delgada, ataviada con una gran camisa de cuadros rojos, amarillos y azules, hace acto de presencia. La prenda le llega hasta las pantorrillas, a modo de vestido, y en su cuello luce una caprichosa corbata blanca perfectamente anudada. Lentamente, se acerca al hombre casi sin posar sus deportivas New Balance en el suelo y se presenta con un apretón de manos. Dice ser su terapeuta. Sus ojos claros se centran en él, dándole una sensación de confianza.
Tal y como vaticinó, la muchacha lo insta a tomar asiento en la hamaca, pero no le pide que comience a contarle las vicisitudes de su existencia, sino que se acomode y se relaje. Le cuenta que van a probar una terapia que consiste en la meditación a través de imágenes sugestivas. Poco a poco va explicándole que intentará hacerlo desconectar de su pasado, frenar sus ansias por elucubrar su fututo y traerlo al presente, donde podrá sopesar de manera más sencilla todo su malestar. Después, mientras le pide que siga al pie de la letra las instrucciones que le irá planteando durante la sesión, abre aquella caja que al hombre le llamó la atención y saca unas gafas virtuales. Coloca luego en ellas un móvil con un vídeo preparado y ajusta el tamaño del aparato a la cabeza de su paciente.
Comienza el tratamiento. Tras una nada oscura y absoluta, nace ante sus ojos un entorno acuático bajo el mar. Sus oídos captan el cambio de ambiente del aparato reproductor, sincronizado con la imagen que está percibiendo. Es un ruido acorde con aquel paisaje, con aquel fondo marino. Ella le pide que compruebe la visualización completa de trescientos sesenta grados, girando la cabeza a todos lados. Él observa sorprendido que se encuentra rodeado por la imagen. Entonces, unos delfines irrumpen en escena, nadando en círculos alrededor suyo. Parecen tan reales que casi está tentado de alargar la mano para tocarlos, pero se reprime. Es cuando ella, como si hubiese leído su pensamiento, le pide que intente alcanzar a uno de esos animales. Le dice que intente canalizar su energía interior a través de los brazos extendidos para que fluya al exterior, y así lo hace. Aunque no logra palpar ninguno de ellos, comienza a experimentar ligeros cosquilleos en la punta de los dedos. Es una sensación extraña, agradable, liberadora, como si pudiese concentrar su tensión en esa parte y dejar que escape. La terapeuta le cuenta que aquel ejercicio localiza su infancia, poniéndolo en contacto con la inocencia de su niñez, y le pide que intente recordar algo traumático que guarde secretamente y lo expulse hacia esas aguas. Con alivio, el hombre logra deshacerse de uno de sus recuerdos arraigados a fuego en su subconsciente, de cuando solo contaba nueve años. En el silencio de un dormitorio, unas manos arañan el rostro de un desconocido, y unos ojos aterrorizados se quedan fijos mirando en la dirección donde se encuentra él escondido, agazapado, como un diminuto conejo a la espera de que se largue el zorro que lo persigue y que acaba de devorar a su hermana. Aquel conejo escapa por fin, y lo ve alejarse montado en uno de esos delfines. El hombre respira profundamente, atendiendo a las órdenes de su doctora.
De súbito, la imagen cambia. El Sonos para la reproducción submarina y queda en silencio. Ahora se encuentra dentro de la galería de un museo. A sus lados, sendos pasillos interminables están llenos de cuadros de distintos motivos, y frente a él hay uno bastante extraño. Al principio cree que es abstracto, pero a medida que va fijando más detenidamente la mirada en sus trazos, se da cuenta de que se trata de un puzzle. Sus piezas son oscuras, y algunas de ellas presentan seres raros, incluso animales con cuerpo humano, o humanos con cabeza de animal, según se interprete. La muchacha le insta a que intente resolverlo y le coloca unas anillas con electrodos en los pulgares. Él se ve sorprendido momentáneamente por el tacto de ella, ya que no la vio venir con las gafas puestas, pero pronto se restablece y ve cómo aparecen unas manos en la pantalla. Al mover las suyas, éstas cobran vida, y prueba sus gestos estirando los dedos y girando las palmas una y otra vez. Una vez satisfecho con sus miembros virtuales, comienza el rompecabezas por los bordes, tal y como le aconseja la muchacha. Es bastante más complicado de lo que creía, casi todas las piezas son de un color similar y las figuras son tan irreales que le cuesta emparejarlas, pero con la ayuda de ella acaba terminándolo. Se trata de El infierno musical, del pintor El Bosco y según la terapeuta, refleja su presente y el caos que reina en su vida. Luego le dice que, concluyendo el puzzle, ha liberado de manera inconsciente algunas de sus cargas actuales. Él nota que está en lo cierto. Bajo las gafas asoma una sonrisa tímida de triunfo.
Tras posar la mano virtual un par de veces por el cuadro completado, éste se difumina en el aire dando paso a un bosque de árboles de diferente grosor y tamaño. El reproductor se pone en marcha de nuevo y ambienta el sonido de la imagen de manera certera. La terapeuta le explica lo que va a ver. Ésta, le cuenta, es la tercera y última de las meditaciones. Tras quitarle las anillas y los electrodos, le da un mando provisto de un joystick. Le dice que con ese aparato podrá avanzar por la escena hacia donde le plazca. Solo debe seguir su instinto. Le cuenta que puede intentar hallar la salida del bosque o simplemente andar disfrutando de sus rincones. Él emprende la marcha recto, pero sin dejar de recrearse con todo a su alrededor. Mientras avanza, ve varios caminos que nacen hacia todos lados, pero él sigue sin dejar de desviarse del carril principal, marcado por una fina línea de piedras grises. Se siente bien, se siente seguro, su paso es firme y decidido. Antes de que pueda preguntar, ella le explica que está en el bosque de la incertidumbre de su futuro. Vaya donde vaya, es una incógnita el final de cada camino que escoja. Él ha optado por la templanza de un trayecto conciso, concreto, sin desvíos y sin pérdida. Eso le ayudará a canalizar mejor las sorpresas que pueda traer el porvenir.
Finaliza el vídeo, la pantalla vuelve a la nada absoluta. Embelesado aun por todo lo experimentado, el hombre se deja hacer cuando su terapeuta le retira el mando y las gafas. Al principio le cuesta volver a fijar la vista en lo real, y a medida que sus pupilas se adaptan de nuevo a ese otro lado del mundo, aguanta un poco de mareo repentino. Ella le ruega que no se esfuerce ni haga movimientos bruscos, que deje a su ser acostumbrarse a la vuelta. Tras prepararle una taza humeante de té, concluyen la terapia charlando de manera jovial y distendida sobre aquella metodología y sus resultados en él, sin entrar en analizar detalles dolorosos. Ella le cuenta que irán surgiendo por sí solos en futuras sesiones, y que con calma y meditación, se irán deshaciendo las madejas que obstaculizan su recuperación. Él piensa que ha sido un éxito, y sobre todo lo siente en cada poro de su piel, en cada órgano de su cuerpo, en cada neurona de su mente. Con otro apretón de manos, los dos pactan la continuación de aquella terapia, de aquel desahogo, de aquel sueño reparador de mentes perdidas.
Él piensa que ha sido un éxito, pero no del todo. Y sobre todo lo siente tras el último apretón de manos de despedida, donde se activa cada poro de su piel, cada órgano de su cuerpo, cada neurona de su mente. Sus ojos fijan la mirada en la corbata de la muchacha, y con reflejos felinos la agarra y empieza a tirar de ella. A su terapeuta la pilla por sorpresa y no logra reaccionar. Él le da una vuelta al cuello con la prenda y se coloca a su espalda. Con la otra mano, le tapa la boca a tiempo de evitar que emita grito alguno y, mientras la ahoga, va arrastrándola hacia la hamaca. La camisa de la muchacha jadea pidiendo auxilio, y sus deportivas pugnan por agujerear la moqueta del suelo. Todos sus esfuerzos por sobrevivir son en vano. Cuando concluye su acto criminal, observa los ojos claros de su víctima, ahora yermos, muertos, fijos en él y en la nada. Recuerda entonces los ojos de su hermana y se siente aliviado, siente que vuelve a tenerla de nuevo a su lado. En estos momentos comprende que ha tenido que actuar como el zorro para volver a ver a su hermana, y las pequeñas víboras de sus entrañas dejan de picotearle, y las larvas de gusano paran de roer sus pensamientos. Como remate final, le coloca a la psicóloga las gafas virtuales para encerrar su mirada y que quede sólo para él, y la deja envuelta en almizcle y melodías de bosque. Con parsimonia, sale de la consulta cerrando la puerta tras de sí, y se despide del secretario, ajeno al crimen, enfrascado en las citas programadas en su portátil. Al salir a la calle, en los labios del paciente se atisba un leve rubor de triunfo, una sonrisa pícara de quien ha experimentado su propia terapia reparadora de mentes perdidas.