Relato 030 - Los complejos que uno se impone para no avanzar
LOS COMPLEJOS QUE UNO SE IMPONE PARA NO AVANZAR
El psiquiatra observó la retirada de su paciente «le tomará tiempo darse cuenta», pensó. Hizo sus anotaciones y se concentró en su siguiente cliente: un sujeto de mente oscura, sí, tal vez incluso con una psicopatía complicada y, por qué no, sospechaba de algo más: algo tétrico. Era su paciente diario de las seis de la tarde, cuando abandonó el consultorio, y después de cierta frase que le regaló, ya no le cabía duda. Recordó un viejo relato, de cuando el auge de la ciencia ficción, el cual planteaba un complejo. El doctor llegó a su casa de las afueras de la ciudad, fue directo a su despacho. Observó la enorme biblioteca tratando de recordar el lugar de un pequeño libro verde; lo encontró tras asociar la búsqueda con un recuerdo, el de que su paciente era detective; justo debajo donde posaba el libro había un estante. Abrió el cajón y un brillo plata se reflejó en sus ojos; el revólver era un Colt heredado de su Padre. Llenó la cámara del arma de tiros.
La bella Sofía era una chica muy normal (con una patología normal), salvo por su cabello rojo. A la hora de la comida se reunía con su grupo de amigas para tomar el almuerzo y un café cargado que le permitiera terminar la jornada laboral de la tarde, para después concluir con una buena rutina de ejercicio y la telenovela de la noche. El fin de semana iba a análisis con un psiquiatra, de esos que odian a muerte las nuevas técnicas y los tratamientos modernos de psicología. Antes de dormir, en su pequeño departamento, apareció una nota del noticiero en el televisor:
¿Cómo son las víctimas de los…
No prestó más atención, y desvió la mirada a su celular mientras comenzaba de nuevo la telenovela. Esa noche soñó con sangre, aunque por la mañana ya no recordaba nada. Literalmente, al levantarse, puso primero el pie izquierdeo. Perdió el equilibrio apoyándose en la mesita al lado de la cama, donde posaba un florero y su celular; ambos al piso y rotos. Soltó una maldición al ver la sangre que brotaba de un dedo. Así comenzó ese día.
Cometió los errores que había tratado de analizar en terapia; su histrionismo andaba de remate. No alcanzó a desayunar; no logró subir al metro en tres paradas; estaba a reventar y tampoco al autobús. « ¿Por qué a mí señor? ¿Por qué a mí? Si yo soy buena persona»; aclamó a un dios todo poderoso, de esos en su inmensa gloria, totalmente risibles. Tuvo que dirigirse a la horrible parada de taxis de la esquina, la de dudosa reputación y, aun habiendo escuchado tantas historias de terror acerca de ese lugar, en su inconsciencia, tomó uno.
Subió a la parte trasera. Creyó haberse sentado en algún alimento ya descompuesto: la mancha de mostaza en su abrigo de nylon lo confirmó. Soltó otra maldición, esta vez a un dios más oscuro. Comenzó a llover y el cabello, risos rojos, se le esponjó. Rápidamente buscó aquel peine que según echó en el bolso hacía algunos meses; por más que batió en la inmensidad no dio con el utensilio. El taxista paró el auto en una esquina.
—Es mi cliente —le comentó, y va en la misma dirección; tendrá que compartir lugar —terminó el taxista.
Cuando el sujeto ya había subido al lado izquierdo de Sofía ésta apenas comenzaba a procesar y comprender las palabras y, si que tenía una negativa a la propuesta, pero no salió de su boca; había demasiadas cosas banales en su cabeza entremezcladas.
—Buen día señorita —el tipo tenía una voz amable—. ¿No ha sido una buena mañana verdad?
De nuevo Sofía tardó en contestar—. ¿Ah? Sí, así es, se me ha hecho tarde. —Por un momento la mirada del sujeto la cautivó. Normalmente su aspecto rojo y pecoso llamaba la atención de hombres, pero normales, que solo pasaban a decirle alguna ocurrente insinuación sexual que combinara con su aspecto. Ahora alguien muy diferente se había fijado en ella; dos mundos muy contradictorios coincidieron en ese momento—. Me llamo Elesban —dijo el sujeto.
Elesban, de traje café y zapatos de corte clásico, era un culto y obsesivo, y narcisista de sus actos: pintor y accionista de profesión. A Sofía le pareció un hombre que radiaba tranquilidad, pero tétricamente; como la calma antes de la llegada del huracán. «Está chulo», pensó Sofía.
—Eres hermosa, sabes, soy pintor; mataría por hacerte un retrato —dijo Elesban, en un tono y lenguaje, el de la seducción, que comprendió Sofía al instante—. Gracias, ser pintor es sexy, tengo que bajar.
—Y yo tengo que pintarte algún día.
—No creo ser buena musa. Gusto en conocerte. Adiós.
«Te tengo que pintar», se dijo Elesban, mientras miraba esos risos rojos alejarse. Mental y automáticamente grabó el lugar y dirección en esa memoria eidética. Aunque comprendió que no sería necesario, pues un bolso negro descansaba en el asiento de al lado. «No puedo tener tanta suerte».
En la mente de Sofía al querer buscar de nuevo el peine ocurrió un acto de alumbramiento: se dio cuenta no solo de la falta del bolso, sino, de que en verdad tenía algún problema. «Ando desfasada, sí, desbordad». Durante el trabajo continuó cometiendo actos de autosaboteo. «Este fue el último», se dijo, al enviar un correo equivocado a su jefe que era para su compañera de oficina, en el cual se burlaba de él.
Al salir del trabajo regresó su preocupación por el bolso pero, frente a la calle húmeda recipiente donde se reflejaba el mundo superior, estaba Elesban: bolso en mano dando una imagen nada varonil. Sofía sonrió, siendo ese su peor desliz del día.
Elesban movía el pincel poseído por un picazo, ¿Donatello? ¿Qué tal da Vinci? Pensaba en los antiguos mientras pintaba las formas del cuerpo de la hermosa Sofía, la cual estaba recostada en el diván. Elesban volteaba cada cuando para volver a grabar la imagen en su mente y plasmarla en el lienzo.
El rostro de Sofía yacía recargado en el respaldo. El cuerpo delgado y plagado de pecas cual estrellas en el universo, estaba dotado de prominentes curvas; las cuales volvían loco a Elesban. Los ojos eran brillantes: dos esmeraldas verdes mirando hacia el vacío. El cabello, risos rojos, le parecían a Elesban un fuego encendido a media noche, a la hora de las brujas; un fuego en el cual quería sumergirse y quemarse hasta el amanecer. Y el olor. El olor que aún despedía el perfume bañado en su piel llenaba la habitación a sensación de bosques húmedos y lejanos; bosques de fantasía donde habitan duendes y hadas mágicos.
Elesban se alisó el cabello negro y un poco largo hacia atrás; siempre que le caía a los lados lo enviaba de regreso: ritual que tenía desde que recordara. Delgado de cuerpo se movía ágil al pintar. Sus ojos café oscuro observaban con adoración el cuerpo de la musa.
—Es una pena que solo tenga unos momentos más. Ya casi termino mi obra. Perdón hermosura, tengo que dejarte. —Sofía no le contestó, se limitó a contemplar a través del techo las estrellas que estarían arriba adornando la inmensidad del espacio.
Elesban se acercó a la modelo para depositar un último y dulce beso en los pequeños y rosados labios, el contacto le pareció frío mientras la miraba a los ojos.
—Es hora de firmar el cuadro, ¿cómo sabrán que fui yo si no lo hago? —Sonrió a su modelo—. Eres mi obra maestra, esa que se hace solo una vez en la vida.
Aproximó el pincel a la herida de la altura del cuello, donde había abierto con afilada daga, para llenar el fino pelaje del utensilio de su tinta roja favorita; la sangre de su musa. Había otras heridas que cortaban el pecho y una ingle.
—Ya es hora —le dijo. Y aguardó en su escondite, en una oscuridad pertinente.
Sofía se quedó sola, en ese estado de inactividad, en ese miedo de seguir en la soledad y seguir estando muerta.
El detective Rolando observaba la triste escena. Se reprocharía de por vida no haber logrado impedir este crimen, pero la verdad era que también se reprochaba todos los anteriores. «Elesban», leía en el fresco que descansaba en el caballete enfrente del cuerpo sin vida. La sangre ya estaba seca en las heridas de la víctima. La muerte seguía colgando del cuello del detective.
Para Rolando, había sido como combatir con un niño, pero un niño psicópata. El asesino, que se hacía llamar pintor de estrellas, le parecía un una especie de mago de inteligencia imposible. Nueve muertes antecedían a esta, y la promesa había sido de diez, siendo la de Rolando la decima y última. Rolando no había escogido este juego, el muy cabrón, el destino, así lo había querido.
Rolando observaba el cuerpo de la mujer en su sala, mismo lugar donde la habían asesinado para luego retratarla. «Esta vez está más cerca mi muerte, me acaba de tender la trampa; no puedo denunciar este acto». Más estrellas aparecían en el firmamento mientras la noche avanzaba. Observó el fresco, ese momento fugaz de dolor y espanto retratado por un ser del infierno.
Rolando lo tomó con calma, apagó la luz y se recostó en un sofá con copa de licor en mano, pensando. La luz de la luna se introducía a través de los postigos de la ventana grande al otro extremo de la sala: era escarlata con tonos en plata, y le daba un matiz trágico a la pintura del centro, la de una joven pelirroja con mirada vacía.
Rolando no durmió, esperó sabiendo que llegaría el momento. Los segundos y minutos que se convirtieron en horas hasta llegar la media noche. Fue cuando entre las sombras del rincón más oscuro se movió una silueta. Rolando acarició el arma dentro de su chaqueta. La silueta hizo presencia y Rolando volvió a escuchar aquel tono de voz dulce y chillona, como a una voz que le hace falta aún madurar; hacía años que no la oía.
—Mi obra maestra. ¿No lo crees detective? —Dijo Elesban, de espaldas a Rolando como una figura fantasmal; observando su Pintura—. Creo en la existencia de un dios retorcido que favorece a la locura —le dijo Elesban a Rolando, con el odio reflejado en toda su postura.
Un aire húmedo y frío se coló por la ventana, por la cual asomaba ya una luna redonda y roja. Rolando miraba el cuadro en la tenue luz. Su dedo índice encontró el gatillo del arma. La mirada del detective era sinceramente triste, sabía su cuerpo estaba poseído por un engendro. El asesino sonreía disfrutando la situación.
—Hace diez años tú, maldito demonio, asesinaste a mi amada —dijo Elesban; aún sonriendo.
—Yo no he asesinado a nadie.
—Es verdad, fui yo, y era tu amada; maldita memoria que tengo. A decir verdad yo también la amaba.
Rolando recordó. Se levantó del sofá y su mano derecha reveló opaco revolver. Tres detonaciones se dirigieron al asesino. Las balas fueron a estrellarse en la pared detrás de Rolando; una de ellas se impactó justo en la pintura. El asesino seguía intacto.
—Sigues intentándolo, maldito estúpido. ¿De verdad no te has dado cuenta? Siempre fuiste idiota. Yo en cambio… Cumpliré mi promesa, y tu muerte será la décima. El círculo estará cerrado. Le he rebelado ciertas pistas a un colega mío, sin que te dieras cuenta claro. Creo que resolverá el complejo, y probaré mi inteligencia superior.
Rolando no soportó la presión sanguínea acumulada en su cabeza. Una migraña causó su desmayo. Cuando despertó se incorporó con una sonrisa. Cambió su vestimenta y se dirigió a la calle. Era media noche.
Siguió caminando adentrándose en las calles oscuras de la ciudad. Una tenue y helada lluvia comenzó a caer. Escuchó el barullo en la puerta de un bar. Una hermosa pelirroja pecosa salía en estado de ebriedad. El detective se echó el pelo hacia atrás, cuando se le venía al frente lo regresaba.
— ¿Cómo te llamas cielo? —le preguntó a la chica.
—Tania.
Soy pintor ¿sabías? Me encantaría, no, de hecho, mataría por pintarte desnuda. ¿Te parece dulzura?
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó la chica medio ebria.
—Elesban. Me conocen como el pintor de estrellas. ¿Acaso no has oído hablar de mí? —La mujer reconoció el apodo, y en sus ojos se reflejó el miedo a la muerte…
Rolando estaba pensando en este complejo que lo embargaba, que no lo dejaba dormir en paz. «Necesito contárselo a alguien, alguien capaz de ayudarme», pensó. «Pero, ¿a quién podría rebelarle mi secreto y que luego no lo cante a los cuatro vientos? ». De pronto la idea cruzó por su mete; en un segundo obtuvo la respuesta. «Ya sé, voy a mi psiquiatra, es psicoanalista. Creo es una especie de confesor, trabaja el secreto profesional, analizo mi complejo, le digo que ``SOY´´, me cura, y luego es muy sencillo: lo mato».
El doctor estaba ya entrado en años. La mitad de su cabellera eran canas, la voz era ronca por el tabaco que fumó antaño, pero que ya no lo necesitaba, bueno si, pero ya no lo hacía. Cerró el libro de Arthur Conan Doyle justo a la mitad, una antigua afición a lo detectivesco. La recepcionista lo llamaba; le hizo pasar a este curioso paciente de las seis de la tarde. La recepcionista quedó algo aturdida por la sonrisa carismática del sujeto que pasó al consultorio. Ella cerró la puerta. Ella piensa en los éxitos del doctor. Casi un sabio. Sus curaciones rayan en lo milagroso. Ella cree que al doctor no se le resiste ningún complejo. El de Edipo lo domina como le da la gana, el de Electra, casi lo huele. Lo único que le preocupaba era que, últimamente, el doctor está asustado con un complejo que nunca ha tratado. Está desconcertado. ¿Cómo y cuándo podrá descubrir el psiquiatra el momento justo en que un paciente se dispone a matarlo?
¡Pum! Luego se escucha otro disparo dentro del consultorio ¡pum!
La enfermera quedó unos segundos en suspenso «fueron disparos» se dijo; no le cupo la menor duda. Corrió a abrir la puerta. Había un cadáver en el suelo. El hombre que estaba parado junto a la víctima, pistola en mano, manifestaba ciertos síntomas de éxito.