Relato 004 - Reencuentro

REENCUENTRO

 

Con aquellos pensamientos que estaban en su subconsciente y que siempre lo acosaban regresó esa mañana y detuvo el automóvil frente a la vieja casa deshabitada ubicada frente al Parque Avellaneda en Buenos Aires. Hacía tanto tiempo que no iba por allí, que el paso de los años había dejado su firma silenciosa en cada resquicio del edificio. La casa se distinguía de las demás por su mal estado de conservación y se podía percibir el tiempo deambulando en sus paredes, arañando las pinturas con sus garras. La fachada, lucía un tono grisáceo y enmohecido por la humedad constante y varias grietas la atravesaban de arriba abajo sin piedad.

Estaba decidido a encontrar esa confirmación que presentía entre los hechos de su pasado. Siempre desde muy chico había tenido permanentemente en su espíritu, ese algo inmaterial que lo acompañaba y era parte de su existencia. El aspecto de esa casa le asomaba ahora envuelto entre la cadenciosa melodía de la incertidumbre y el deseo de desentrañar de una vez por todas ese misterio que lo acosaba. En la actualidad él vivía solo en un pequeño departamento, porque su padre había fallecido en un accidente hacía ya unos años al caerse de la escalera en esa casa y luego tuvo que internar a su madre en un geriátrico.

Ansiosamente buscó la llave en el bolsillo derecho de su chaqueta y su corazón se sintió invadido por una emoción nunca antes experimentada. Al llegar frente al viejo portón de hierro de entrada, vio un gato que se trenzaba y destrenzaba entre las rejas, mientras percibía una suave brisa con olor a jazmín proveniente del descuidado jardín, bajo el tenue sol de ese hermoso amanecer de Buenos Aires. Introdujo la llave en la cerradura, y la giró enérgicamente y forcejeando para vencer la herrumbre que la atascaba. Luego le dio un empujón con el cuerpo y la puerta sonó como cuando se rompe violentamente una lata y se abrió, girando sobre sus ruidosas bisagras. Después atravesó el jardín y cuando logró abrir la puerta de madera de entrada a la casa, percibió un olor a humedad que inundaba todo el living, envuelto en las penumbras. Entonces ingresó rápidamente y abrió las persianas de las ventanas.

Todo estaba en orden: los sillones, mesas, sillas, cuadros, adornos y arañas protegidos por unas sábanas blancas. Inmersos en esa soledad, las sombras que proyectaba la luz que entraba por las ventanas, le daba un aspecto fantasmal a todo el conjunto. Al observar todo aquello, su corazón aceleraba los latidos hasta alcanzar un movimiento incontrolable, mientras en torno de él, surgían por doquier los rastros de lo que había sido su vida pasada. En esta casa él siempre se había mantenido en silencio y sus párpados huidizos se habían escondido de los ojos del mundo, detrás de los densos bosques de la cobardía.

Salvo la capa de polvo que cubrían los objetos, nada había cambiado. Los recuerdos lo asaltaron cuando observó una foto con sus padres sobre la chimenea, que ya eran maduros en aquellos días de su niñez. Le causaba una sensación de evocación histérica, el recordar el lujo y la ostentación con que vivían en esa época de su infancia. A un costado del living, estaba la escalera de madera en la cual había rodado y muerto su padre. Al llegar al pie, percibió una sensación que le impulsaba a subir al piso superior, para buscar esas evidencias que necesitaba para suavizar su conciencia, porque se habían convertido en una áspera arena, que restregaba permanentemente su memoria.

Apoyándose en la baranda ornamentada con barrotes de madera, inició la subida al primer piso. Los escalones uno tras otro, crujían a modo de quejido bajo su peso, hasta llegar arriba. Una vez allí, ingresó en el largo pasillo de acceso a las habitaciones del piso superior. La habitación del fondo que había sido el escritorio de su padre estaba cada vez mas cerca, y pensaba que detrás de aquella puerta, se escondía aquello que estaba buscando. Puso su mano con firmeza sobre la manija e hizo impulso sobre ella para abrirla. Insistió varias veces con violencia, hasta que los viejos pernos de latón oxidado de la puerta emitieron un largo chirrido al ser girados después de tanto tiempo sin actividad.

Cuando entró en la habitación observó que a no ser por la capa de polvo acumulado, el tiempo había sido respetuoso con el moblaje. El cuarto daba sobre el jardín y abrió las ventanas para que penetre el sol, mientras abajo los canteros de flores del jardín, ahora destruidos, parecían humear el rocío de la mañana. Cuando la luz invadió el recinto, sintió un estremecimiento agudo al observar el retrato de su padre que posaba con su fría mirada, luciendo su impecable uniforme abotonado. Por debajo del cuello alto y tieso de la chaqueta, asomaba radiante una medalla plateada, que le habían dado como premio a su gestión.

Su padre siempre le había inspirado temor y nunca había sido cariñoso con él. En realidad tenía la sensación que nunca había hablado con él, porque si intentaba recordar algún diálogo, le resultaba imposible. Sólo podía vislumbrar algunas frases sueltas, en las que ninguna de ellas le podía devolver a su memoria una imagen humana que llenara algún espacio de su corazón. Su madre era bastante buena, pero de carácter muy débil y poco pudo hacer ante la soberbia y agresividad de su padre, que siempre pretendía orden y disciplina. Ahora ella descansaba de esos días maltrechos, con el último aliento de brisa que le quedaba en su razón.

Recordando aquellos años que aún el tiempo no había disuelto, instintivamente buscó en su ceja la cicatriz dejada por la herida de aquella medalla plateada, que su padre le había arrojado un día con furia, el día en que se fue de esa casa. Recién con el tiempo, pudo comprender que su niñez en esa atmósfera de rigor, envuelta en el miedo, la tensión y la falta de amor, había influido en su carácter. Pero ahora su objetivo era distinto y era acosado por la impaciencia y la agitación, porque tenía la convicción que seguramente allí estaría lo que buscaba. Se sentó en el sillón de cuero y uno a uno, fue abriendo y examinando los cajones. Encontró entre los papeles muchas fotos de su padre reunido con sus camaradas de armas y leyó atentamente todos los documentos, anotaciones y cartas.

Habían pasado ya varias horas y estaba cansado, pero la ansiedad le obligaba a continuar. Hasta que finalmente, agotado y de mal humor, cerró el último cajón del escritorio dispuesto a claudicar, porque las evidencias que buscaba no las encontraba. Pero luego recapituló, porque sintió que su espíritu seguía incitado por esa incertidumbre y reanudó su trabajo de manera más minuciosa. De pronto, el ruido de algo que cayó detrás de un mueble lo alertó y al divisarlo en el piso, estiró la mano y lo alcanzó. Aunque ya desteñidas, las tapas azules de un diario le dieron la pauta que hallaría la información y develaría por fin ese secreto que tanto lo angustiaba.

Temblando, se acomodó junto a la ventana y comenzó a leer. Pero las palabras se resistían a salir adormiladas tras tantos años de encierro. Por momentos su mente se agitaba clavándole sus dardos con punzadas frías de sensaciones y las lágrimas que lo obligaban permanentemente a detener la lectura.

- “¡Que triste destino habían tenido sus padres!” -, pensaba compungido. La nostalgia y el abatimiento se habían apoderado de su alma y cuando concluyó la última página, dejó caer el diario sobre el sillón de cuero, pero luego lo recogió para releer de nuevo la escritura. La cara se le había puesto tensa y sintió de tal manera una demudación en su rostro que fue presuroso hacia un espejo, limpió una parte y miró con premura y cautela a la vez. Vio ante él, la cara de un hombre joven de casi treinta años que con ojos asustados de preocupación.

-“¿Será idéntico a mí?”-, se preguntaba con angustia y el pensar en la maldad de esos seres, que luego del parto se repartieron a los niños impunemente y con tal pasmosa frialdad, le produjo un temblor muscular en la comisura de los labios. Luego de hacer un largo llamado telefónico celular, bajó con presteza con el diario en sus manos, cerró las puertas y abandonó esa casa deshabitada. Puso el auto en marcha y partió raudamente, porque después de presentirlo en toda su vida, ahora sabía con certeza que tenía un hermano gemelo. Entonces, se dirigió en dirección a la casa de quienes lo habían apropiado al nacer. Lo mismo que habían hecho con él, en aquel oscuro período argentino de muerte y persecución.

Mientras se acercaba hacia ese inminente reencuentro, le había invadido una inmensa sensación de felicidad, como nunca había sentido en su vida. Estaba completamente seguro, que en esos mismos instantes también su hermano se sentiría tan feliz como él. Al llegar a destino, de pronto lo vio asomarse en el fondo de un largo pasillo de aquella hermosa casa residencial del barrio de Palermo.

Al principio le pareció tan lejano que no se desplazaba, pero al poco tiempo, lo que había estado tan lejos estuvo más cerca. Y en ese retroceder del tiempo y la distancia, sus ojos se alegraron de lo que estaban contemplando, mientras el brillo de aquel rostro acrecentaba aquella figura que se acercaba. E inmediatamente al reconocer en esa imagen a su propia imagen, le pareció como si el tiempo hubiera estado quieto y no hubiera pasado. Como si aún fueran niños y sus padres también estuvieran allí presentes alegrándose junto a ellos, en ese jubiloso reencuentro.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

 

 

 

 

 

Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

También en redes sociales :)