Relato 036 - Ciudad Oníria, donde los sueños se hacen realidad

Ha pasado ya mucho tiempo desde que llegué a lo más alto, literalmente. Vosotros seguramente no me conozcáis así que os contaré cómo he llegado a ser quien soy ahora.

 

Todo comenzó hará ahora aproximadamente veinte años. Acababa de cumplir trece años y por aquel entonces vivía en una pequeña cabaña de madera en el monte, junto con mis padres. Éramos una familia humilde, ellos trabajaban la tierra y yo me dedicaba a ir una vez a la semana al pueblo a vender parte de lo que cosechaban. Cómo me gustaba aquel pueblo, sus calles siempre embarradas, los postes que sujetaban los faroles para alumbrar por las noches, los muros de piedra de las casas... Qué de recuerdos.

 

Pues bien, aquel día de hace veinte años fui como todas las semanas al pueblo a vender algunas verduras. Me dirigí lo más rápido que pude a la plaza del pueblo, el único sitio con suelo empedrado, planté allí mismo varias cajas y expuse con orgullo las verduras que habían cultivado con tanto esfuerzo mis padres. Nadie me quiso comprar nada, todo el mundo iba y venía hablando de lo mismo. Mientras juntaba retazos de una y otra conversación descubrí que el hijo de uno de los sirvientes del conde al que le pertenecía toda aquella zona, había regresado de Ciudad Oníria. Todos estaban muy entusiasmados con su regreso y aquellas increíbles historias que traía consigo.

 

Al final aquel día no vendí nada, pero mientras recogía frustrado y dispuesto a marcharme ocurrió algo maravilloso. Un hombre alto, con unas patillas enormes, una capa larga y un sombrero de copa se me acercó mientras se ponía un pañuelo rojo al cuello.

 

—Hola, ¿has oído hablar de Ciudad Oníria? —me preguntó.

 

Evidentemente le respondí que no, así que me contó que hacía un año escuchó hablar a su padre de aquella maravillosa ciudad y decidió ir allí para verla con sus propios ojos. Me relató con detalle fabulosas historias en las que peleó con caballeros medievales, navegó por los mares, fundó una empresa que le hizo rico, peleó en una guerra civil y un sinfín de historias similares, y todas tenían como punto de partida la misma ciudad. Claro, yo por aquel entonces era un chiquillo y me quedé sin palabras. Regresé a casa y mientras cenaba les conté a mis padres las mismas historias que escuché, así como de Ciudad Oníria, donde todo es posible, y todo se hace realidad.

 

Al cabo de un mes no pude resistirme más y me escapé de casa para encontrar aquella fantástica ciudad. Caminé durante semanas, visité todas las ciudades que pude y nadie sabía nada de aquel sitio. Al final mientras regresaba creyendo haber fracasado me encontré al hijo de aquel sirviente que trabajaba para el conde.

 

—Voy hacia Ciudad Oníria, el lugar donde los sueños se hacen realidad, ¿quieres acompañarme? —me preguntó.

 

Evidentemente respondí que sí. Para llegar tuvimos que cruzar ríos plagados de cocodrilos, subir montañas tan altas que siempre era invierno en ellas, atravesamos cuevas tan largas que tardamos días en salir, escalamos por acantilados e incluso huimos de salteadores en una ocasión. Después de casi un mes de aventuras llegamos a Ciudad Oníria.

 

Como os dije antes, esta es la historia de cómo llegué a donde estoy, no a Ciudad Oníria, así que esta historia no acaba más que empezar. Ahora es cuando verdaderamente se pone interesante. Para poneros en situación os contaré mi experiencia nada más llegar.

 

Ante nosotros se levantaban tres enormes edificios que rozaban las nubes, estaban rodeados de otros cientos de edificios, más bajos, pero todos con las formas más raras jamás imaginables. Al fondo de la ciudad se extendía el mar hasta donde alcanzaba la vista, mientras se ponía el sol, reflejando sus rayos sobre las aguas calmadas del mar y escabulléndose como podía entre aquellos tres colosos. Los colores más vivos resaltaban por todas partes y se mezclaban con los deliciosos olores de los más selectos manjares. La sensación que me inundó ya la había sentido antes, en muchas ocasiones, pero nunca como en ese momento, era, era... Era como estar en casa.

 

En ese momento mientras me fascinaba la bella imagen de Ciudad Oníria el hijo del sirviente se despidió de mí amablemente y me dio un consejo.

 

—Ahora nuestros caminos han de separarse, pero hemos llegado a la ciudad de los sueños, así que ahora cualquier cosa que desees podrá hacerse realidad. Así pues, espero que seas muy feliz y alcances tus sueños.

 

Mientras se alejaba en la distancia la ilusión me llenaba más y más, todos aquellos sueños que tuve de pequeño se podrían hacer realidad, las fantasías que imaginé serían palpables, todo, lo que siempre quise, por fin ocurriría. Pero nada de todo eso pasaría si me quedaba allí de pie, inmóvil, en la distancia. Toda mi ilusión se decidiría con mi siguiente acto, entonces el miedo empezó a embargarme, pues todo aquello que siempre quise se encontraba delante de mí, pero todo lo que tuve en la vida, mi familia, mi hogar, todos aquellos que me rodeaban, todo ello se encontraba detrás, y si decidía avanzar lo abandonaría.

 

Avancé.

 

Aparté de mi mente el temor a lo desconocido y entré a la ciudad, en seguida me vi rodeado por las personas más extrañas que jamás había visto. Había de todo, caballeros medievales, piratas, soldados modernos, chinos con sus ropas tradicionales, hombres y mujeres con trajes muy extravagantes, como ya he dicho, de todo lo imaginable. Pero lo más fascinante no eran las personas, sino la ciudad en sí. Había incluso animales, peculiares cuanto menos, campando a sus anchas. Cualquier cosa que imaginases, que pudieses visualizar en tu mente, allí estaba. Si deseabas comerte una manzana azul, allí estaba. En la esquina de un edificio de cristal había un hombre con una casaca militar de la guerra de la independencia que las vendía en su puesto de frutas.

 

Si a día de hoy alguien me preguntase si aquello tenía sentido diría que no, y es que cómo lo va a tener. Si tenemos en cuenta la situación en la que me encuentro ahora mismo, nada tiene sentido, pero no os desvelaré el final antes de tiempo.

 

Para alcanzar mis sueños tendría que empezar uno a uno. Primero quise ver cómo funcionaba la ciudad así que estuve observando durante una semana. Descubrí que allí el dinero no significa nada, si lo tienes puedes comprar, y si no también. Allí no había ni ricos ni pobres, sino, ¿qué clase de ciudad de los sueños sería? Tampoco había gobernantes ni gobernados, si querías te podías autoproclamar rey supremo y todos te trataban como tal, pero no significaba nada, al fin y al cabo, todos tenían títulos parecidos. Todo se sostenía en base al respeto mutuo.

 

Una vez que aprendí lo que necesitaba saber era hora de cumplir mis sueños. Lo primero que hice fue enrolarme en un barco pirata que se llamaba La Duquesa, tenía treinta cañones en cada lado, de popa a proa medía casi sesenta metros y tenía cinco mástiles. Aquello sí que era un barco. Enseguida partimos de Ciudad Oníria a la mar y estuvimos surcando las aguas durante casi tres meses hasta que me cansé de aquello. Durante ese tiempo hicimos frente a las más terribles de las criaturas marinas y a las más devastadoras fuerzas del mar, y me refiero a nada más y nada menos que calamares gigantes, de cien metros, quizá alguno más; en las tempestades las olas alcanzaban la altura de algunos de los edificios más altos de Ciudad Oníria. Pero no todo fue luchar contra la naturaleza, también saqueamos barcos y enterramos tesoros, visitamos islas y combatimos a uno de los seis reyes piratas, naufragamos dos veces y desmentimos una de las más temibles maldiciones piratas.

 

He de reconocer que los tres meses que pasé entre esos hombres de mar fueron verdaderamente gratificantes, pues no eran los típicos piratas sin sentimientos, eran aventureros como yo que habían llegado tiempo atrás a Ciudad Oníria, lugar al que yo acababa de regresar.

 

Lo siguiente que hice allí no fue algo con lo que hubiese soñado nunca, más bien surgió por sí solo. En Ciudad Oníria había unos animales muy singulares como ya mencioné, pero uno de ellos en particular me llamó mucho la atención cuando lo vi en un espectáculo de circo. Se trataba de unas bestias tan grandes como elefantes, eran muy peludos, tenían dos enormes cuernos curvados, como los bueyes, y lo más peculiar eran sus seis patas. Mientras los vi hacer trucos en el espectáculo decidí que me dedicaría los siguientes meses a aprender a cuidarlos y entrenarlos, y así lo hice. Compré, si es que se puede comprar en una ciudad donde el dinero no tiene valor, seis de esos animales y me dirigí a una granja que estaba en uno de los coloridos extremos de Ciudad Oníria. En aquella granja estuve bajo el cuidado de una especie de pequeño gnomo que me enseñó los cuidados pertinentes de esos animales. Durante esos meses no ocurrieron grandes cosas, lo más reseñable sería el hecho de que tenían un complejo sistema de comunicación que muy amablemente me enseñaron, y sí, digo que me enseñaron porque curiosamente no eran unas simples bestias descerebradas como había pensado al principio, sino que resultaban extremadamente inteligentes, pero al igual que muchos otros animales que carecen de pulgares les era incapaz plasmar todos sus pensamientos así que generación tras generación de aquellas criaturas terminaba resignándose a trabajar en los circos o moviendo el peso que los humanos no pueden.

 

Pasaron varios meses y creé unas amistades que difícilmente podré olvidar. Pero mi historia no termina aquí, otro de mis sueños era ver un dragón, y curiosamente, en Ciudad Oníria vivía uno. Si recordáis, mencioné que en esta pequeña ciudad había tres enormes torres que llegaban hasta las nubes, pues bien, un día mientras vagaba por las ajetreadas calles, llenas de vida, de color, de fantásticos olores y muchas otras sensaciones que me llevarían mucho tiempo describir, me encontré con una especie de ballenero que incluso llevaba un enorme arpón. Me contó que en lo más alto de una de las tres torres habitaba un gigantesco dragón chino llamado Liu-Feng y que medía alrededor de doscientos metros, y también mencionó que nadie lo había visto nunca. El hecho de que nadie lo hubiese visto me descorazonó un poco, pero me decidí a escalar la enorme torre y verlo con mis ojos.

 

Al día siguiente de hablar con el ballenero comencé a preparar el ascenso, y con eso me refiero a que compré una mochila de color naranja chillón y un montón de comida. Me encaminé hacia la torre, donde supuestamente habitaba Liu-Feng, en una de sus caras tenía unas láminas de madera espaciadas entre sí la distancia justa para meter un pie. Me armé de valor, agarré con fuerza una de las laminas y encajé uno de los pies, después coloqué el otro pie en la lámina siguiente y repetí la misma maniobra hasta lo alto de la torre. Tardé trece días en llegar a lo más alto, y si os estáis preguntando como hice para dormir, creerme que ese no fue el mayor de mis problemas. Hubo días que el sol era tan abrasador que me dejaba medio inconsciente y no me permitía avanzar más de treinta metros, sin embargo, otros días era lo contrario, el cielo se llenaba de nubes negras y grises, comenzaban a caer enormes trombas de agua mientras los truenos zumbaban agresivamente a mi alrededor y unas enormes flechas eléctricas golpeaban allá donde yo iba. A medida que subía los peligros cambiaban, cuanto más arriba llegaba más intenso era el viento que me azotaba afanándose por lanzarme en una caída que me llevaría a mi ruina.

 

Pero en mi ascenso no todo fueron desgracias, hubo algo bueno, y es que llegué a la cima con vida y pude conocer al legendario Liu-Feng. En pocas palabras, era simplemente impresionante. Para haceros una idea imaginaros una especie de serpiente de doscientos metros con barba, cuernos y dos manos, todo eso, por supuesto, con la capacidad de volar y desplazarse a gran velocidad. Al final mi viaje resultó en una de las mejores experiencias que tuve en mi vida. Liu-Feng tenía cerca de tres mil años y por tanto era el ser vivo más sabio de todo el mundo. Pasé junto a él tres años y medio en lo alto de aquella torre aprendiendo de muy diversos temas, me enseñó a hablar quince idiomas, me mostró los engranajes más complicados de la alquimia, meta-física, principios avanzados de la física molecular... un sinfín de cosas que nadie jamás podría soñar con aprender, y muchos menos comprender.

 

A día de hoy he de reconocer que fue un momento muy doloroso y emotivo cuando me tuve que despedir de Liu-Feng, sobre todo porque una vez que ves una leyenda, esta desaparece para poder seguir siendo una leyenda. Ya han pasado muchos años desde aquello y he subido esa torre cada año en busca de conocimiento, pero una vez que se fue ya no volvió, ni volverá.

 

Después de aquello, apenado, comencé a hacer pequeños trucos de alquimia en las calles, hasta que un noble autoproclamado que vivía en una verdadera fortaleza medieval me vio. Aquel noble me invitó a hacer un espectáculo privado para él y su familia. No tenía nada mejor que hacer así que acepté y fui a la reluciente construcción de piedra blanca y torreones puntiagudos que se encontraba en el mismo centro de Ciudad Oníria.

 

Cuando estaba preparando todos los elementos que intervendrían en el espectáculo comenzó a llegar la familia de aquel noble, que curiosamente se componía de su mujer, una persona realmente extravagante, y lo digo porque llevaba una escafandra de buzo; sus tres hijas, a cada cual más hermosa, y su hijo pequeño, y digo hijo porque así me lo presentaron, pero se trataba de un oso pardo chiquitito que andaba en monociclo, y lo más aterrador de todo es que hablaba nuestro idioma.

 

Pues bien, realicé mi espectáculo e impresioné a la familia, así que como agradecimiento me regalaron a su hijo pequeño que ahora mismo está junto a mi tomándose una copa de alguna especie de licor, y eso que lo he regañado varias veces porque todavía es menor de edad. La cosa es que esa misma noche, su hija mayor, el osito y yo acabamos escapando de una jauría de lobos que nos persiguió por toda la fortaleza, el cómo llegamos a esa circunstancia es algo que me abochorna un poco así que no os lo voy a contar. Después de aquella velada tan especial muchos otros falsos nobles se interesaron en mí, pero al cabo de un tiempo me empezó a aburrir así que decidí conquistar princesas hasta que todos los falsos nobles de Ciudad Oníria me cogieron tirria y mandaron que me encarcelaran. Conseguí evadir a mis captores durante varios meses mientras seguía robando princesas de la realeza y la nobleza.

 

Sí, al final me atraparon, pero conseguí escapar y vivir cerca de cincuenta y siete aventuras más que desembocan en el amor de mi vida y esta cosa rara en la que estoy subido. No os relataré todas esas historias pues ahora mismo el barco volador en el que estoy subido junto al osito con tendencia al alcoholismo y mi amada esposa se encuentra actualmente en llamas y se va a pique. Hemos peleado a cañonazos contra unos piratas aéreos y no hemos salido muy bien parados. Ahora ya no puedo seguir escribiendo este relato pues debemos saltar antes de morir. Es increíble, pero con todas las aventuras que he vivido y aún no he muerto, a veces me pregunto si en Ciudad Oníria, el lugar donde los sueños se hacen realidad, uno puede morir. La respuesta yo no la sé, pero lo que sí sé, es que si habéis leído este relato es que vosotros también habéis entrado a Ciudad Oníria y, vuestra vida llena de aventuras está por comenzar.

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