En 1922 ya existía una máquina de leer de reducidas dimensiones.
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Alejandro Gamero ha publicado un interesante artículo en Historia y Literatura sobre la primera máquina de leer que data de 1922.
Robert Carton Brown, escritor estadounidense nacido en 1886 en Chicago, publicó en 1930 un manifiesto en el que se declara en contra de la tiranía del papel y de la tinta impresa e insta a la literatura a seguir los pasos del cine.
Brown ideó una máquina para leer que conectándose a la luz eléctrica daría acceso a una cinta de texto en miniatura que se desplazaría detrás de una lente de aumento a una velocidad controlada por el lector. Brown hizo algunos esfuerzos por construir su máquina, aunque no se sabe con seguridad si tuvo éxito. Eso sí, el profesor Craig Saper, autor de su biografía, ha montado una curiosa recreación de la máquina de leer de Brown en The Reading Machine.
Pero aunque Brown no lo consiguiera, mantuvo contacto por correspondencia con otra persona que sí logró construir el artefacto: el almirante Allen Bradley Fiske.
Fiske llegó a inventar más de un centenar de aparatos, muchos de ellos con fines bélicos, pero también fue el inventor de la Máquina de leer Fiske, algo así como el sueño de Brown hecho realidad. Como puede verse en la foto de Shorpy, el instrumento en cuestión estaba formado por una lente pequeña y un rodillo sobre el que se situaba el texto reducido fotográficamente y que se desplazaba verticalmente. Como cada tira de papel contenía hasta 10.000 palabras por cada lado, con unas cinco tiras se podía almacenar casi cualquier libro del mundo. Fiske hizo numerosas pruebas con su aparato, alcanzando una media de 287 palabras por minuto ‒de un solo vistazo se podía leer hasta 120 palabras‒. Además, según su creador, el aparato no cansaba la vista más de lo que pudiera hacerlo la lectura de cualquier libro, ya que la lente aumentaba las letras a un tamaño natural. Eso sí, inicialmente el invento de Fiske tenía una sola lente, por lo que había que usarlo como si se mirara por un microscopio; el almirante se propuso, aunque no llegó a construirla nunca, una versión mejorada del aparato añadiéndole una segunda lente.
Continua Alejandro Gamero explicando en su artículo que la prensa se hizo eco del invento y le dedicó unos comentarios que no tienen desperdicio. Las cuestiones que plantea la Máquina de leer de Fiske en 1922 son exactamente las mismas que las del moderno ereader. Algunas de las ventajas que se señalan del invento sobre los libros tradicionales son las reducidas dimensiones del aparato, la posibilidad de almacenar decenas de libros en el bolsillo del abrigo, el ahorro de papel, el reducido del coste tanto de publicación como de venta, la facilidad para transportar los libros o el aumento de la difusión del conocimiento.
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