Relato 86 - Sangriento suplicio
A sus treinta años, Águeda seguía soltera y sin compromiso a la vista. Vivía sola en un piso de dos habitaciones, con cocina, salón de estar y cuarto de baño. No necesitaba más, y menos un hombre que la controlase cuando entraba y cuando salía.
No era que no hubiese tenido relaciones, pero ninguna había llegado a buen término y, en esta etapa de su vida, creía con firmeza que era mejor estar sola que acompañada; ni siquiera era importante el adjetivo de “mal” como rezaba el refrán.
La invitación llegó una mañana. El sobre, de color malva, le llamó la atención por su originalidad. La letra, escrita a mano, era elegante. Lo giró en busca de remitente, pero el espacio estaba en blanco. Entonces, lo abrió para descubrir una tarjeta adornada con flores y en la parte central de la misma el nombre de dos personas, Carlota y Juan. Era la invitación a una boda.
—¡Mierda! —soltó Águeda en voz alta.
Y es que odiaba este tipo de convites. El solo pensar el tener que comprar un vestido, zapatos, un regalo para los novios… se le hacía cuesta arriba. La invitación iba acompañada de una pequeña nota doblada en dos. La desplegó, enseguida identificó la escritura como la de Carlota, a pesar de que hacía años que no veía su letra manuscrita. Rezaba así:
«Querida prima,
Conozco de tu alergia a casorios y reuniones familiares; pero te necesito. A pesar de que hace años que no nos vemos, siempre recordaré nuestros veranos juntos, cuando éramos inseparables.
En memoria de esos años, te ruego que no me abandones en un día tan especial para mí.
Tu prima que te quiere.
Carlota»
Águeda dejó la nota sobre la invitación. Esta vez no le iba a ser posible excusarse. Carlota era de las pocas personas por las que valía la pena sacrificarse y aguantar a las brujas de las tías, que con seguridad, la torturarían intentando unirla con este o aquel joven soltero y la interrogarían hasta la extenuación para saber cuando se casaría por fin.
«En fin, por una vez no me hará daño codearme con la familia», pensó. «Por suerte, la boda no es hasta dentro de tres meses, tiempo de sobra para hacerme a la idea y comprar todo lo necesario en las rebajas de verano».
La joven guardó la nota y la invitación en el sobre. Esperaba que de esa manera, no se obsesionaría con la boda antes de tiempo. Odiaba dar vueltas a un tema, volviendo una y otra vez sobre él mentalmente.
Transcurrieron dos meses. El verano llegó y con él las rebajas. Unos días antes, había visitado algunas tiendas de ropa femenina con la idea de seleccionar unos posibles vestidos que fuesen B.B.B., bonitos, buenos y baratos. Lo de bueno se centraba en que la prenda fuese aprovechable después de la boda. No pensaba tirar el dinero, que tanto le costaba ganar, en una vestimenta y un calzado de un solo uso.
Al tercer mes, Águeda se sentía inquieta. Restaban cinco días para la boda. Cuatro. Tres. Dos. Debía hacer un último sacrificio: ir a una peluquería. Ni siquiera recordaba la postrera vez que había puesto los pies en una. Ella misma se cortaba el cabello en casa, con la ayuda de una tijera, un peine y un espejo conseguía mantener su pelo rebelde en orden. Para su vida diaria estaba suficientemente logrado, pero ahora tenía un compromiso y no quería sentir las críticas de sus tías, que ya se imaginaba.
«Solamente me falta ir a la peluquería», reflexionó. «Pero, ¿cuál?». La inexperiencia en centros de belleza la hacía dudar.
Estaba caminando mientras pensaba de ese modo. Se detuvo en un semáforo con la luz en rojo. Un cartel llamó su atención. Lo arrancó, era de una peluquería que se anunciaba barata y rápida.
«Es lo que necesito», pensó la joven. «Pero, quizá es demasiado tarde. No sé si dará cita de un día para otro. Voy a llamar ahora mismo».
Cuando Águeda tomaba una decisión no dejaba crecer la hierba bajo los pies. Una rápida llamada la condujo a una cita en una peluquería al día siguiente, al mediodía.
Cuando Águeda entró en el salón de belleza se extrañó de que no hubiese más clientas. El local estaba completamente vacío.
—¿Hola? —saludó.
Oyó abrirse una puerta. Una mujer apareció secándose las manos. Águeda la miró sorprendida, nunca había visto una señora tan alta.
—Buenos días, Águeda. Bienvenida —la saludó la peluquera.
—Gracias.
—Me dijiste por teléfono que deseabas ponerte guapa para un casamiento.
—Así es —respondió Águeda mientras miraba alrededor dudosa. ¿Cómo era posible que una peluquería tan barata no tuviese más clientas?
—Será fácil, tienes un bonito cabello —afirmó la peluquera—. He de decirte que puedes estar completamente tranquila. En este local nos preocupamos por la salud de nuestras parroquianas. Estaremos solas.
—Gra…cias.
—Deja tu bolso allí —le indicó la peluquera señalando un colgador.
Águeda la obedeció.
—Bueno. Ahora, lo primero es lavarte el pelo. Siéntate aquí.
La joven se sentó en una butaca negra. Se recostó levemente mientras su anfitriona extendía su negra cabellera.
—Preciosa —Águeda oyó que decía entre dientes.
La peluquera dejó caer un poco de champú sobre el pelo. Después, lo masajeó con firmeza. Era agradable sentirse cuidada así.
—¿Y la boda es de una amiga?
—No, de mi prima. Me molesta sobremanera tener que ir. Con lo tranquila que estaba yo en casa —se quejó Águeda mientras sentía como la aclaraba el cabello.
—¿Está bien de temperatura?
—Sí, perfecta —respondió la joven, completamente relajada.
Entonces sucedió. Sin previo aviso. Unas abrazaderas sujetaron a Águeda de brazos y piernas.
—Pero, ¿qué…? —dijo Águeda, intentando desasirse.
No había acabado de darse cuenta de que no era posible escaparse, cuando notó como la butaca ascendía, su cuerpo se extendía y la cabeza era situada más baja que el resto del cuerpo.
—¡Suélteme! —gritó.
Asustada vio como la peluquera cubría su cabeza con un trozo de tela. Ahora no veía nada. Se removió, probando liberarse de sus cadenas. Nada la había preparado para lo que pasó a continuación. Primero, fueron algunas gotas, pero pronto aumentaron, hasta convertirse en un chorro. Águeda comenzó a notar como si se ahogase. Pataleó. Boqueó. Quiso gritar. No podía respirar. Se notaba desfallecer y entonces dejó de recibir el baño. Intentó recuperar el aliento, pero sin éxito. Su anfitriona apretó el trapo mojado sobre su cara, privándola de aire. Águeda arqueó la espalda. Quería vivir. Entonces, perdió la consciencia.
Pudieron pasar minutos. Pudieron pasar horas. Águeda despertó, sin idea del tiempo transcurrido y levemente conmocionada. Por un momento, no recordó ni donde estaba ni que le había pasado. Con los ojos desorbitados vio que seguía atada, aunque a otra butaca y sobre la cabeza había lo que parecía un secador de pelo.
—¿Qué ha pasado? ¡Suélteme! ¡Socorro! —Águeda gritaba mientras intentaba librarse de las ataduras.
—¿Ya has despertado, pequeña? —La sonrisa de la peluquera le congeló el corazón —. Aunque grites nadie te oirá. Nadie te verá.
Águeda miró hacia la puerta de la salida. Estaba cerrada. Las ventanas no dejaban ver desde el exterior.
—¿Qué quiere de mí? Déjeme ir y no contaré nada. Lo prometo.
—Para de hablar y abre la boca —le ordenó.
Águeda cerró los labios con fuerza.
La peluquera movió la cabeza con pesar. Se acercó a su presa, observándola desde sus casi dos metros de altura. En la mano portaba un objeto. Se abalanzó sobre la asustada joven, que atada como estaba de brazos, piernas, cintura y cuello no podía hacer nada evitarlo. Cuando la peluquera se separó de ella Águeda portaba una especie de máscara sobre la cara, la misma la obligaba a mantener la boca bien abierta y le sujetaba la lengua. Además, su cabeza estaba levemente echada hacia atrás.
Con terror, la joven vio como su carcelera se volvía a aproximar, portando esta vez unas grandes tijeras. De un tajo amputó la mayor parte de la lengua de la joven. Después la peluquera se la metió en la boca y comenzó a masticarla. Es lo último que Águeda vio antes de desmayarse por el dolor.
Águeda volvió a abrir los ojos. Seguía portando la máscara. Quería toser, no le era posible. Quería tocarse la cara, pero no podía. Sus muñecas seguían atadas.
—Eres sabrosa —dijo la peluquera—, aunque estás baja de vitamina C y potasio. Por eso te he preparado un zumo de naranja y plátano
Águeda lloraba. Quería salir de allí, alejarse de esa lunática. Intentó hablar sin éxito mientras la peluquera se volvía a aproximar a ella con una botella de litro y un embudo. A la fuerza le introdujo parte del embudo en la boca. Después, vertió el líquido poco a poco, evitando así que Águeda se ahogase.
—Ahora, vamos a ver tu cabellera —dijo la anfitriona al finalizar.
Águeda la miró suplicante. Le costaba respirar. Le dolía la quijada, los dientes, y la poca lengua que le quedaba.
La peluquera la transportó en la butaca hasta situarla delante de un espejo. Entonces, le permitió cerrar la boca. Águeda la miró agradecida.
—Una preciosa cabellera, por eso te elegí —dijo la peluquera—. Ahora, vamos a cortarla que para eso estamos aquí. —Y la señora rio con un tono fúnebre.
Con unas tijeras fue cortando mechones, mientras Águeda sollozaba. Era lo único que podía hacer. Cuando el pelo era demasiado cortó la peluquera dejó las tijeras y cogió una maquinilla. Águeda vio como su preciosa cabellera azabache desaparecía dando paso a una cabeza completamente calva.
—Ahora, espera aquí —dijo la peluquera—. Yo he de ir un momento a la cocina. Pero, antes te quitaré la máscara.
Águeda la escuchó alejarse. No intentó moverse. No podía, ni física ni mentalmente. Diez minutos después, la peluquera volvió portando un plato. Se sentó al lado de la joven y le enseñó lo que llevaba. Era parte de su cabellera, pero con tomate y queso. Parecían unos espaguetis.
—¿Te apetece comer un poco? —le ofreció la peluquera.
Águeda rechazó con un leve movimiento de cabeza.
—Bien —La peluquera comenzó a comer la cabellera de su presa—. No está mal, podía estar mejor; pero es de calidad.
Águeda la miraba completamente aterrada. Esa mujer estaba loca. Tenía que salir de allí.
—Por favor —Su voz no sonaba clara, la falta de lengua le impedía hablar con corrección.
—Quieres irte. ¿Verdad, pequeña? —dijo la peluquera entre risas—. Me gusta que seas tan ilusa. Aún tienes tanto que ofrecer.
Águeda notó que un escalofrío recorría la espalda. Comenzó a moverse con violencia, intentando desatarse. En ese momento, unos pequeños pinchos surgieron de sus ataduras, produciendo heridas en la joven. Águeda notó como dejaba de poder moverse, entonces entendió que esas puntas no solamente le estaban produciendo sangre, estaban envenenadas. En unos segundos dejó de moverse, aunque seguía consciente.
—Eres demasiado rebelde, tendremos que tranquilizarte antes.
La peluquera la trasladó de nuevo hasta situarla bajo el secador. A continuación bajó el secador hasta colocarlo sobre la cabeza de la inmóvil Águeda, de manera que parecía que llevase un casco.
—Solo queda esperar a que se te pase el efecto —dijo la peluquera sentándose delante de su prisionera.
Águeda entendió que ya podía moverse cuando, involuntariamente, movió una de las manos. Esa fue la señal. La peluquera se alzó y pulsó un interruptor situado detrás. Tras una milésima de segundo, la joven lo sintió. Una descarga de bajo voltaje recorría su cuerpo. Al principio notó como si alguien le hiciese cosquillas por todo el cuerpo. Después de unos segundos, la carcelera aumentó la potencia, aumentando así los efectos negativos sobre su presa. La misma sintió como los músculos de los brazos y de las manos se contraían. Dos segundos después, Un nuevo aumentó provocó un efecto negativo sobre el diafragma de Águeda, quien no era capaz de coger ni de expulsar aire. No satisfecha, la peluquera volvió a aumentar la potencia. Águeda sintió como su corazón latía con impulsos rápidos Tras unos pocos segundos, la máquina fue apagada.
—Por ahora es suficiente —sentenció la peluquera—. ¿Lo has entendido?
Águeda no podía reaccionar. No era capaz de contestar.
—¡¿Lo has entendido?! —le preguntó de nuevo.
La joven, que intentaba recuperarse, movió la cabeza afirmativamente. Eso satisfizo a su torturadora quien la desató los tobillos para obligarla a acompañarla a la parte trasera del local; allí le ordenó quitarse toda la ropa, menos el sujetador y las bragas. Después, Águeda tuvo que echarse sobre una camilla de masaje, boca abajo.
—Buena chica. Ahora de ataré a la camilla.
Águeda quería pedir que no la atase. Le dolían las muñecas y los tobillos. Pero, no era capaz. Solamente podía sufrir el silencio mientras la sujetaba tanto por las extremidades como por el abdomen.
Sintió como la peluquera comenzaba a masajearle las pantorrillas. Después ascendió por los muslos, el trasero, la espalda. Su masaje era firme, pero no producía dolor. Era hasta agradable. Al terminar, la desató.
—Date la vuelta —ordenó.
Águeda obedeció. No se atrevió a contradecirla. Quizá así la dejaría ir. La peluquera volvió a sujetarla y después siguió con el masaje.
—Tienes buenos músculos, pero se nota que llevas tiempo sin pisar el gimnasio. Tenemos que ponerte en forma.
De pronto, depositó su gigantesca mano sobre el estómago de la joven. Esta, sin pensarlo, lo contrajo.
—¡Vaya! Estás embarazada —afirmó la peluquera—. No me había dado cuenta y veo que tú no lo sabías.
Así era. Águeda lo había sospechado, pero todavía no se había atrevido a hacerse la prueba. Dos meses atrás había tenido un romance que ya había terminado. Hasta ese momento no había sabido si lo deseaba o no, pero ahora, al notar la mano de su carcelera sobre ella, se había dado cuenta de que sí deseaba a ese bebé.
—Interesante —comentó la peluquera.
Águeda no quiso preguntar la razón de que fuera interesante. ¿Era bueno o malo para ella?
—Deberías haberme avisado —dijo la peluquera—. No sé como le habrá sentado tus últimas experiencias. Quizá no ha sobrevivido.
Águeda deseaba agarrarse el estómago con fuerza, protegerle. Por el contrario, su cuerpo seguía sujeto a la camilla.
—¡Socorro! —intentó gritar.
No pudo decir más. Horrorizada vio como su carcelera le tapaba la cara con una toalla, impidiendo así que respirase con libertad. Águeda volvió a desmayarse, dejando que su último pensamiento fuese para su bebé.
Tiempo después, despertó. Vio que su brazo derecho había sido pinchado. La peluquera le estaba extrayendo sangre. La joven se sintió desfallecer. Notaba como la frecuencia cardiaca y respiratoria aumentaban. La cabeza le daba vueltas. De nuevo, perdió el conocimiento, pensando que era el fin. Pero, Águeda estaba equivocada y pronto lo supo. Con un par de cachetazos la peluquera la despertó.
—He guardado tu sangre, tiene buen color. Ahora, vamos —dijo y al ver que la joven no se movía—. No estás atada.
Águeda no se había dado cuenta. Con dificultad se sentó e intentó bajar de la camilla. Pero estaba demasiado débil y cayó al suelo. Era incapaz de levantarse. Las piernas no le respondían. La peluquera se agachó hacia ella y Águeda intentó encogerse, esconderse bajo la camilla. El éxito no la acompañó. Su carcelera la alzó en brazos, atravesó la estancia y siguió por un pasillo. Entonces, giró y entró en una habitación. En la misma había una jaula. La peluquera la dejó caer sobre el colchón que había en su interior, después salió y cerró la puerta de la celda. Un candado la asegura.
Águeda se dejó estar sobre el colchón que no parecía demasiado limpio. Miró Desconocía que hora era. Ni siquiera estaba segura del día. ¿Era ya la boda? ¡La boda! Qué lejana se veía ahora. La echarían de menos. Vendrían a buscarla. Pero, ¿dónde? Nadie sabía de su cita con esa lunática. Lo más fácil era que su prima pensase que se lo había repensado. Nadie la buscaría. Pensaría que había sido otra rabieta de las suyas. La joven se dio cuenta, espantada, que nadie se preocuparía por ella.
Se observó. Le dolía el cuerpo. La sangre reseca le recordaba las heridas en brazos y piernas. En su pecho también tenía machas pardas, que habían resbalado por el cuello desde la boca. Se olfateó. Se había meado. Ni siquiera se había dado cuenta de cuando había ocurrido.
Comenzó a tiritar, tanto de frío como de miedo. Se echó, encogiéndose. Después, cambió de idea y comenzó a caminar por la pequeña jaula, la misma no media más de dos metros en cualquier sentido, y la mitad estaba ocupada por el usado colchón. Seguía vestida solamente con su ropa interior y en esa habitación no había nada que la uniese al exterior. Ni una triste ventana. Estaba aislada del mundo.
Durante veinticuatro horas Águeda estuvo sola. Su carcelera entró en un par de ocasiones para dejarle algo de comida, o más bien de bebida, ya que se trataba de zumo de naranja y plátano. En esos breves periodos de tiempo, ninguna de las dos hablaba y Águeda esperaba a que su torturadora se marchase para seguir acostada. Tan solo se levantaba para mear en el orinal que tenía a su disposición y luego volcaba sus deposiciones en un cubo que la peluquera aprovechaba para llevarse en sus breves visitas.
Águeda, que no tenía conciencia del tiempo transcurrido; en uno de los momentos en que Águeda comenzaba a quedarse dormida, la peluquera entró en la habitación.
—Querida, vamos —dijo con una sonrisa maléfica mientras abría la puerta de la jaula.
La joven se arrimó atrás, cogiéndose a los barrotes. No pensaba salir de allí sin luchar. Por un momento, pareció que la peluquera se apenaba, ya que retrocedió.
Águeda aflojó un poco sus manos. Craso error. Su carcelera aprovechó el momento para tirar de ella, consiguiendo que se soltase completamente y arrastrando su cuerpo hasta sacarlo de la celda. Después, la alzó y la zarandeó hasta que la cabeza comenzó a darle vueltas.
—¿Todavía no has entendido quién manda aquí? —le espetó.
La dejó caer al suelo. Águeda boqueó aturdida.
—Arriba —le ordenó.
La joven obedeció. Entonces, la peluquera la cogió por un brazo, obligándola a andar delante de ella. Águeda caminaba siguiendo las indicaciones de su carcelera. De repente, se dio cuenta de que ahora quizá podría escaparse. Con toda la fuerza que le quedaba la golpeó en la pantorrilla, consiguiendo que la soltase. Sorprendida por el éxito, perdió unos valiosos segundos antes de reaccionar. Pero, pronto aprovechó la ocasión y comenzó a correr. El miedo a morir la había obligado a intentar una huida a la desesperada. Desorientada como estaba, era incapaz de identificar la puerta que la llevaría a la libertad. Esa misma desorientación la llevó a tomar una decisión equivocada, abriendo una puerta errónea.
«¿Dónde estoy?», pensó mientras atendía a cualquier ruido que la avisase de la aproximación de esa loca.
Comenzó a marchar. Quizá por allí había una salida, pero no se veía nada y tampoco se atrevía a encender la luz, no fuese a alertar a esa lunática. De repente, se tropezó con algo que estaba colgado. Águeda dio un respingo y un grito cuando la luz iluminó la estancia y vio lo que estaba colgado de una cabeza humana. No era la única. Más cabezas y otras partes del cuerpo la rodeaban dando a esa habitación un aire macabro. Las cabezas eran las lámparas que iluminaban la estancia. La joven retrocedió horrorizada, hasta tambalearse y caer al suelo.
—Veo que ya has encontrado mi despensa —dijo la peluquera que la había observado desde la puerta y era quien había encendido la luz—. Eres demasiado curiosa, amiga. —Entonces, se abalanzó sobre la joven.
Gracias a su superioridad física, la peluquera obligó a la joven a echarse boca abajo. Después le colocó dos manillas, las mismas estaban unidas por una cadena. La peluquera tiró de ella para obligarla a juntar los brazos a su espalda. A continuación, salió de la habitación y volvió poco después portando algo en la mano que Águeda, desde su posición, no podía ver.
La peluquera se volvió a agachar hacia su presa y obligándola a levantar la cabeza, le colocó de nuevo la máscara, ya que este era el objeto que había ido a buscar. Con saña, tiró de las correas que sujetaban el aparato a la cabeza de la joven, hasta lo máximo posible, hasta que notó que la joven se removía por el dolor. Después ajustó la parte inferior, manteniendo abierta la boca de la joven tanto que está pensaba que se le iba a desencajar la quijada. A diferencia de la vez anterior, unas pantallas impedían que la joven viese lo que pasaba a su alrededor. Para finalizar, la peluquera la despojó de su ropa interior, rompiéndole las braguitas y el sujetador.
—Con lo feliz que estarías ahora con tu familia —dijo sarcástica—. Ahora estarías comiendo.
Soltó la cadena, de manera que las manos de su prisionera se separaron. Después, se quedó quieta un momento como si pensase que hacer a continuación.
—Eres desobediente.
Tiró de ella hasta obligarla a levantarse y la sentó en una desvencijada silla. Salió y volvió con varias botellas llenas de zumo bajo su brazo derecho. Sin mediar más palabra destapó una de ellas y comenzó a verte su contenido en la boca de la joven; quien no se lo esperaba y casi no podía tragar, de manera que parte del líquido se escurría por el cuerpo de Águeda. Tras una primera botella, vertió una segunda y hasta una tercera. Águeda comenzó a ponerse roja; le costaba respirar.
—¿Mensaje recibido?
Águeda aceptó con una mirada suplicante.
—Bien —afirmó la peluquera.
Se colocó tras ella y agarró la cadena con un gancho. Entonces, tiró de ella, primero hasta que la joven levantó los brazos sobre la cabeza y después siguió hasta colgarla como si se tratase de un trozo de carne. Las manillas se le clavaban en la carne. Desde su posición, Águeda oyó unos pasos. No veía nada y eso era lo que más la aterraba. Estaba completamente a merced de esa loca.
No transcurrió demasiado tiempo hasta que la joven supo que le iba a pasar a continuación. Un chorro de agua fría impactó contra su cuerpo.
—Estás asquerosa —sentencia la peluquera—. Necesitas una buena ducha.
La joven comenzó a tiritar mientras el agua resbalaba sobre su desnudo cuerpo. Cuando la peluquera consideró que estaba suficientemente limpia, cerró el grifo de la manguera y el agua se fue yendo por el desagüe que había a los pies de la joven. A continuación, la inhumana peluquera salió de la estancia, cerrando la puerta tras de sí, aunque antes tocó el termostato, bajando la temperatura ambiental.
Águeda oyó como se alejaba mientras ella tiritaba. Cada vez sentía más frío. Se sentía aletargada. Ella no lo sabía, pero su temperatura corporal estaba disminuyendo drásticamente, hasta que, finalmente, perdió el conocimiento.
En ese instante la peluquera, que estaba observando desde una ventanilla, entró y la descolgó. A continuación, cargó con ella y la devolvió a su celda. Antes de partir la liberó de sus cadenas, para vestirla con un vestido de áspera tela. Después, la volvió a esposar, con los brazos a la espalda. Ató también sus tobillos; inmovilizando a la joven. Se retiró, pero volvió poco después, como si se hubiese arrepentido. Portaba una manta, que extendió sobre el cuerpo de su presa.
Águeda despertó. Se sentía confundida. Por un momento no supo que sitio era ese. Intentó levantarse, pero sorprendida se dio cuenta de que estaba encadenada. ¿Y por qué le dolía la cabeza? Tampoco veía, ¿acaso se había quedado ciega? Fuera de sí, la joven gritó roncamente:
—¡Aaaaaaaah!
De pronto el grito de terror se convirtió en uno de dolor. El bajo vientre le atormentaba. Encogió las piernas, sollozando. ¿Qué le estaba pasando? Se notaba húmeda y pegajosa.
La peluquera entró. La observó por un breve instante, con aire satisfactorio.
—Hola, pequeña —la saludó.
En ese momento, Águeda recordó todo. Se paralizó.
—Es una pena que tu bebé no haya resistido. Me hubiese gustado tanto verlo crece en tu vientre. Ya no sabremos si su cabellera sería tan hermosa como la tuya. Si hubieses sido obediente…
Águeda entendió. Estaba teniendo un aborto. No lloró. Ya no. Sintió rabia.
—¿Por qué? —inquirió.
La peluquera la miró sin entender.
—¿Por qué yo? —añadió la joven
—¿Ha de existir una razón? —preguntó encogiéndose hombros—. Vamos, tenemos trabajo.
La alzó y, obligándola a caminar a trompicones, la transportó hasta la despensa y la volvió a colgar; entre dos cabezas; quitándole antes el vestido. A continuación, cogió un objeto parecido a pinza para el cabello, con seis púas; tres en cada costado, y un muelle que dejaba abrir y cerrar el objeto. Se aproximó a la joven y le clavó la pinza en uno de los pechos. Águeda gritó de dolor. La peluquera apretó más. Águeda chilló. La peluquera movió la pinza, para desgarrarle piel y músculos produciéndole aún más sufrimiento. Los gritos inhumanos de Aqueda eran la banda sonora de la sangrienta escena.
—Ahora ya no los necesitas —sentenció la sanguinaria peluquera.
Colocó un barreño bajo el pecho, para recoger la sangre que se vertía, tras liberar el herido pecho. La joven se había desvanecido.
Mientras la sangre se iba vertiendo, la peluquera atacó el otro pecho, pero la joven, desmayada por el dolor y la perdida de sangre; no se inmutó, La peluquera la abofeteó..
—¡Despierta!
En cuanto Águeda consiguió, a duras penas, abrir los ojos, la peluquera atacó su otro pecho, con tanta o más saña que con el anterior. El corazón de Águeda dejó de latir. Era su límite. Sesenta y ocho horas desde que había entrado por la puerta del salón de belleza, el viernes a mediodía.
La peluquera salió y volvió poco después con un plato lleno de negros cabellos. Entonces, los aderezó con la sangre que caía de su última víctima. A continuación, se sentó en la vieja silla y, mientras saboreaba su comida, veía como se iba vaciando su última clienta por las heridas producidas por las pinzas. Cuando dejó de gotear, la peluquera miró la hora. Era hora de abrir y recibir a la siguiente clienta, pero antes debía limpiar un poco y guardar un último recuerdo de Águeda, un trofeo que la ayudaría a recordarla para siempre.
Días después, en otra ciudad, un barrendero alertó a la policía. Había encontrado los restos de un cuerpo desnudo en un container. Al descubrirlo, se había desvanecido por la impresión recibida. No tenía cabeza y sus pechos eran dos masas amorfas.
Sangrienta
Sanguinaria
Sádica