Relato 34 - Memento Mori
Luchar contra nuestro destino sería un combate
como el del manojo de espinas que quisiera
resistirse a la hoz.
Lord Byron.
La vida es como un cementerio, hermosa en su ejecución a los ojos de un joven pero desoladora en su concepción cuando esa juventud desaparece de la mirada. Ya sea por que recurrimos a él en busca de consuelo o por que ante la imposibilidad de continuar nos abandonamos en él a la espera de una vida mejor, nuestro destino está ligado invariablemente en ambos casos ya que tanto si equiparamos la vida a un cementerio como si visitamos uno, inmediatamente viene a nuestra mente el recuerdo de lo que fuimos ante la inmediata visión de lo que seremos, y un escalofrío recorre nuestra espinal dorsal al caer en la cuenta de que nuestras acciones determinaron el camino que seguimos en la vida y ,muy posiblemente en la muerte, debamos dar cumplida cuenta de ellas, y es precisamente esa sensación la que hace que intentemos en vano enterrar los errores de nuestro pasado tan profundo como las criptas y elevemos sus muros tan altos como el de los cementerios para ocultar de la vista de los demás algo que siendo común a todos los mortales nos resulta tan desagradable.
Es por tanto el pasado lo que conforma nuestra personalidad presente y futura, lo recordamos con regocijo en las reuniones sociales y lo tememos en la soledad de nuestra habitación, cuando todos se han marchado, pues entonces cambia ese tono simpático y festivo con el que se presentaba para agradar a nuestras amistades y vuelve a ser él mismo ante nosotros, sin falsas modestias, sin exagerados egos ni graciosas anécdotas, tan real como siempre fue sin máscaras ni disfraces, simplemente deja de fingir y dando por concluida la función nos devuelve a la realidad de la que tratábamos de huir y entonces, saliendo de su cripta, salta los elevados muros de nuestra reticente desmemoria y nos ofrece una copa de vino a la vez que nos invita a sentarnos frente a frente para reprocharnos el que siempre deba mostrarse parcialmente oculto.
Y copa tras copa vamos deshaciendo el camino recorrido hace tan solo unos instantes para adentrarnos en la oscuridad de los remordimientos, la culpabilidad y la falta de valor, una senda flanqueada por las punzantes espinas de las oportunidades desaprovechadas las cuales con solo rozar nuestra mente hacen brotar incesantemente la misma pregunta: ¿ y si...? Y es en esa frenética búsqueda de una respuesta cuando nos hallamos perdidos en mitad de la oscuridad, impotentes e incapaces como somos de regresar al pasado y desvelar la incógnita, tratamos de continuar a duras penas convenciéndonos a nosotros mismos de que es así como tenía que ser pero pronto esa explicación determinista se desmorona ante la misma simple pregunta, ¿ y si...? y nos damos cuenta de que una fracción de segundo pudo cambiar el destino que nos conduce a esta senda, una fracción de segundo como digo en la que pudimos ser tan libres como siempre soñamos y tan dueños de nuestros actos como jamás lo volveremos a ser.
Tal es el caso que voy a narrar a continuación y que le sucedió al sepulturero del cementerio West Norwood en el año 18..
El West Norwood fue inaugurado en 1837 como respuesta a la alta tasa de mortalidad, la falta de espacio en las iglesias y la legislación vigente al respecto. Pero sobre todo su construcción respondía al miedo creciente de la gente a que su sepultura fuera asaltada por los resucitadores, ladrones de cadáveres sin escrúpulos que robaban cadáveres recientes y que eran muy demandados por las facultades de medicina de todo el país. Como digo este fue uno de los denominados como 7 magníficos en tratar tal asunto al elevar sus muros y contar con catacumbas para garantizar así la seguridad de sus moradores, aunque dicha protección no era barata y no todos podían costearse la estancia eterna entre sus muros y esta exclusividad es la que dio origen a la maldición que muchos aseguran que pesa aún hoy sobre este cementerio.
John Hussey era el enterrador del cementerio West Norwood, era un tipo de mediana estatura, algo pálido cuyo rostro reflejaba la pesada carga de años de cansancio y sufrimiento que solo quien haya vivido lo suficiente como para amar y ver llegar el día en que debe despedirse puede llegar a entender. Como cada día al terminar su faena se sacudía la tierra de la ropa y las manos y se dirigía con lento caminar hacia su, en otro tiempo hogar, y que ahora tan solo es una morada, un triste refugio del presente y eterna arca de su desdicha, la cual estaba situada dentro del propio recinto del cementerio. Una vez hubo llegado abrió la puerta y se dirigió a por una botella de vino y un vaso tras lo cual se dejó caer pesadamente en una silla y comenzó a beber, tal era su rutina tras cada día de trabajo y la duración del ritual dependería en gran medida de lo difícil que hubiera resultado el servicio del día, A veces podía abstraerse de su trabajo con relativa facilidad y preparase para el siguiente entierro y otras veces ,como parecía que era el caso, el enterramiento de niños de corta edad le privaba por completo de la fuerza espiritual para aceptar su trabajo y la mortalidad inherente a todo ser vivo, pues la ilógica presencia de la fría guadaña sesgando la vida de un inocente que ningún mal a podido causar era algo que no podría entender, algo de lo que debía evadirse por completo recurriendo para ello, como en ocasiones anteriores, a ese viejo catalizador de sensaciones y recuerdos pasados que es el alcohol. Al principio la sensación de alivio fue reconfortante pero pronto dio paso a vívidas imágenes que nada tenían que ver con su deseo de olvidar este día en el que un padre ya no podría llevar de la mano a su hijo a través de la vida ofreciéndole su protección contra todo mal, un padre que, sabiendo que a su corta edad su hijo se enfrentaría al mayor de los temores a los que un adulto ha de enfrentarse, muere doblemente por desconocer el paradero de su corazón y el destino de su sangre imaginando el terror en unos inocentes ojos que ayer eran todo felicidad y que desesperados reflejan la angustia de quien solo quiere volver junto a su padre.
Como digo, la falsa sensación de tranquilidad de las primeras copas pronto dio paso a todo un mar de inquietantes imágenes, al igual que la lluvia que comenzaba a golpear suavemente los cristales de las ventanas y que continuaría creciendo hasta desencadenar toda su fuerza sobre aquel cementerio. Al principio solo son fugaces destellos de una vida pasada sin ánimo de ser historia y que agitan el alma como si de pequeñas descargas eléctricas se tratasen, luego copa tras copa y de manera casi imperceptible sobreviene la melancolía, antesala de la locura y cuyas escenas son más perecederas y traen consigo todas las emociones vividas en aquel momento, el dolor del primer rechazo amoroso, la pérdida de seres queridos, las oportunidades malogradas por las precipitadas decisiones de un temperamental corazón adolescente en comunión con una impaciencia desmedida, que la serena madurez de la que hoy es poseedor hubiera sabido evitar, y finalmente cuando los vapores etílicos consiguen dominar su voluntad, sobreviene la locura y es abstraído de esta realidad en la que se ve forzado a sobrevivir para encontrarse sumido en medio de su dolor, centrado únicamente en el amor del cual una cruel enfermedad le privó arrebatándole a su esposa.
Su dolor, al igual que la lluvia, iba en aumento, cada vez con más furia y en ambos casos amenazando con devastar cuanto se halle a su paso. Era el recuerdo de su belleza lo que, por la acción del vino, le privaba de la más elemental cordura, recordar su níveo rostro y compararlo con el frío mármol de su sepultura, sentir el tacto de sus suaves labios y verlo reflejado en las rosas que cubren su tumba, sentir que el cielo envidioso de su hermosura la confinó en un lúgubre ataúd, incapaz como era de rivalizar en belleza ni si quiera cuando en una noche serena desplegaba todo su manto de estrellas con la luna llena a la cabeza pues solo el destello sus ojos bastaban para reducir a una mera anécdota aquel vano despliegue de luz, eso y solo eso bastaba para que en él ya nada tuviera la más mínima importancia llegando a ese punto en el que bebía de manera desmesurada tanto para olvidar como para dejar de sentir. Tras apurar su última copa y siendo consciente de que ya no quedaba más vino ni dinero para procurárselo la ansiedad se apoderó de él, a duras penas consiguió ponerse en pie y apoyándose contra la ventana que daba al cementerio pudo oír una leve voz que le decía: “ si buscas en sus corazones sabrán ser generosos” en ese momento un rayo iluminó el cementerio y supo al instante lo que debía hacer si acaso su destino era convivir con el dolor.
Imbuido del valor que solo la necesidad extrema puede insuflar en un enfermo corazón agarró su raída capa, un juego de extrañas llaves de hierro, un pequeño saco de tela y se adentró en mitad de la tormenta en dirección a la capilla episcopal, una de las dos que había en aquel cementerio y que albergaba en sus catacumbas a las más distinguidas personalidades de la zona, gentes que ante el temor de verse privados del eterno descanso por la codicia humana y la falta de escrúpulos de las facultades de medicina, decidieron descansar allí seguros de que nadie podría vulnerar la seguridad que ofrecían sus altos muros y sobre todo la exclusiva privacidad de aquellas catacumbas a las que no se permitía el acceso al público. Y no se equivocaron al juzgar la dificultad de entrar en el recinto de manera furtiva, su error fue no pensar en quien estaba allí, cuidando de quienes les precedieron y confiar en que una vez muertos nada tendrían de interés para él y en que no serían molestados por toda la eternidad y hasta el día del juicio.
Con grandes zancadas avanzaba dando tumbos bajo la lluvia con la mirada perdida, resoplando furioso por verse arrastrado a cometer un delito como ese para obtener el alcohol necesario para soportar la carga de su desdicha, enterrando día tras día a todas aquellas pobres almas a las que envidiaba por alcanzar la paz mientras la suya languidecía en aquella especie de eterna penitencia sin posibilidad de perdón. Llegó por fin a la capilla y temblando, debido al frío y a la humedad que se le habían metido hasta los huesos, abrió la puerta y se dirigió al altar donde, a su derecha, se encontraban las escaleras que descendían hasta las catacumbas, lúgubre representación del descenso al olvido para quienes no supieron dar sentido a sus vidas o simplemente cuyo paso por la misma no se distinguió por proeza destacable alguna. Aquella sutil escenificación del inframundo estaba dividida en 8 corredores cada uno de ellos cerrado mediante rejas de hierro forjado y cuya fachada sobriamente labrada en la piedra anunciaba lo que sus paredes confinaban.
Abrió la primera de aquellas pesadas rejas y resuelto como estaba a salir lo antes posible de allí centró su atención en los ataúdes situados desde el suelo hasta una altura no superior a la de la suya propia y que se hallaban en cada una de las bóvedas construidas a ambos lados del corredor, los cuales, a su vez, se encontraban acomodados sobre unos desvencijados estantes que empezaban a acusar los estragos de la humedad y el paso del tiempo.
Depositó en el suelo el saco que traía consigo y de él extrajo una maza y una palanca para abrir la tapa de los ataúdes, pero antes de proceder se detuvo un instante para recordar una inscripción que leyó un día en una lápida de la superficie y que rezaba así: “MEMENTO MORI” tan solo eso y que
a modo de advertencia, para todo aquel mortal que reparase en su presencia, venía a significar: “ recuerda que morirás” y que no era más que un intento de ahuyentar a los vándalos para preservar así su sueño eterno. John era bastante consciente de su propia mortalidad, su trabajo en el cementerio se lo recordaba a diario, pero no es la muerte, a la que desde hace tanto tiempo espera con febril impaciencia, lo que le asusta, lo que realmente teme es a enfrentarse a un nuevo día sin dinero, no por su propia subsistencia, si no por el alcohol que necesita para reunirse con su esposa en los recuerdos que yacen dormidos en su mente y que renacen de entre los vapores etílicos en la oscuridad de su solitaria existencia.
Los golpes de la maza retumbaban por la todos los corredores de aquel recinto como los truenos en el cielo un día de tormenta y el crujir de las tapas de los ataúdes sonaba casi como el quejumbroso lamento de aquellos a quienes vino a robar, “ si buscas en sus corazones sabrán ser generosos” repetía con una perversa sonrisa en sus labios y eso hacía abriendo cuantos ataúdes tenía a su alcance con cuidado de volver a cerrarlos tal y como estaban. Rebuscando entre aquella masa de nervios y huesos encontró las joyas con las que gustaban ser enterradas las damas y los objetos cotidianos de los que los caballeros apenas se desprendían en vida o como en algunos casos las monedas de plata que se hacían colocar en los ojos esperando con ello poder usarlas como pago para Caronte.
La visión de aquellos huesos descarnados y ese penetrante olor a humedad y podredumbre le empezaba a crispar los nervios, empezaba a sentir un terrible escalofrío recorriendo su espina dorsal cada vez que atravesaba aquellos corredores yendo de una bóveda a otra y abriendo ataúd tras ataúd. Las imágenes cada vez eran más tétricas, rostros desencajados, las cuencas de los ojos vacías y polvorientas clavándose en los suyos propios , cuerpos que ya perdieron su serena quietud mostrando grotescas posturas por efecto de la putrefacción.
Cuando ya llevaba registrada la mitad de aquella catacumbas decidió que tras abrir una última caja se marcharía de allí como alma que lleva el diablo. Una vez más golpeando con la maza en la palanca forzó la tapa de aquel último ataúd y lo que en él vio le hizo proferir un grito de terror que a punto estuvo de paralizar su corazón, era el cuerpo de una mujer con los brazos alzados y los dedos de sus manos retorcidos y que en un desesperado intento por salir de su confinamiento había arañado frenéticamente la tapa, fue pues enterrada viva, y en su rostro aún se apreciaba claramente ese póstumo gesto de horror agotado ya el oxigeno en sus pulmones.
Sin perder un segundo, agarró aquel saco de tela en el que guardaba los objetos de valor que pudo reunir y salió de aquella sala en dirección al pasillo central buscando desesperadamente las escaleras que conducían de vuelta a la capilla. Temblando como una hoja a merced de la tormenta corrió frenéticamente a través de aquel corredor central y en su huida percibió claramente como, a ambos lados y bajo el arco de cada bóveda, espectrales sombras le observaban atentamente sin inmutarse, clavando sus acuosos ojos grisáceos, atentos a todos sus movimientos en perfecto silencio conformando el jurado de un inminente juicio y que lejos de ser misericorde ya tenía impreso en aquellos ojos vidriosos la sentencia a la que debía ser condenado.
Por fin llegó a la sala en la que se encontraba el catafalco y que servía para trasladar el féretro con los restos del difunto desde la capilla situada justo encima de aquella sala, una vez terminado el servicio religioso, hasta las catacumbas para, posteriormente transportar el ataúd hasta la bóveda correspondiente con la ayuda de un carro. Una vez allí una densa niebla comenzó a cubrir aquella estancia impidiendo hallar la salida, al mismo tiempo la temperatura descendió súbitamente y el terror se apoderó de sus sentidos impidiendo así que su cuerpo obedeciera si quiera a la más primaria de sus funciones.
Preso del pánico ante un incierto destino soltó un desgarrador grito tras lo cual cayó desmayado al suelo desapareciendo entre la niebla.
Una vez hubo vuelto en sí se vio tumbado sobre el catafalco,inmóvil por la acción de fuerzas invisibles que atenazaban su pecho, oprimiéndolo y sujetando firmemente su cuerpo en aquella plataforma alrededor de la cual se hallaba todo un séquito de seres incorpóreos cuyas miradas se clavaban en su alma como dagas incandescentes y que como pudo recordar eran exactamente las mismas que vio en su huida. Sus lamentos aunque ininteligibles clamaban sin duda alguna venganza, demandaban que sin demora se dictara sentencia para poder así disponer a su antojo de aquella alma que había perturbado su descanso de forma tan vil, aguardaban impacientes el momento en que, separando lo inmortal de lo mundano de su ser, pudieran apresar lo primero y ver pudrirse lentamente lo segundo presa de los gusanos.
De entre todos un sonido destacaba por encima de los demás, el de su propio corazón latiendo tan fuerte en su pecho que amenazaba con salirse del mismo , marcando, cual reloj, el inexorable paso del tiempo que siendo este cada vez más exiguo le acerca a su trágico final.
De pronto una voz grave, como proveniente de las profundidades del averno silenció a todas las demás. Era una figura alta y un tanto desgarbada, cubierta por un sudario blanco que avanzando lentamente entre aquellas enfurecidas almas se situó a los pies del aterrorizado John y señalándole con su huesudo dedo índice comenzó el alegato de aquel improvisado juicio: Tú-dijo de forma inquisitiva- que con sacrílego atrevimiento has irrumpido en esta nuestra última morada, la que creíamos aseguraría nuestro descanso eterno y para lo cual se te confió la tarea de velar para que así fuera, tú que acuciado por una inmoral necesidad has cometido un delito contra quienes creías ausentes y que por tanto pensaste que no sería crimen el coger lo que nadie necesitará ya, tú que al apropiarte de lo que en justicia tenía su dueño aunque tu pensaste lo contrario basándote en la aparente falta de necesidad por parte de sus legítimos propietarios, maldito seas por siempre, que tu nombre jamás sea pronunciado por las almas puras bajo pena de eterna condenación, que tu memoria sea borrada de los corazones de quienes aún, y a pesar de tus actos, puedan albergar un resquicio de compasión por ti, de los corazones de aquellos seres queridos que te sobrevivan y que la vergüenza caiga sobre los que te precedieron en este final que estás a punto de hallar. En aquel instante el silencio sepulcral que predominaba en aquel lugar se vio bruscamente interrumpido por multitud de grotescas risas y sobrecogedores chillidos de alborozo que cesaron de manera inmediata a un simple gesto de aquel cadavérico interlocutor: sea esta tu condena terrenal- dijo de manera solemne- y sea la que a continuación vas a oír tu condena espiritual, ya que de forma consciente faltaste al cumplimiento de tu deber habrá de ser pues tu alma la que prosiga la misión que te fue encomendada ,y que aceptaste sabedor de tus responsabilidades, por toda la eternidad hasta que otra desdichada alma incurriendo en similar delito sea condenada a ocupar tu lugar entre quienes hubo de cuidar. Por tanto sea tu alma condenada a vagar por este cementerio previniendo de los males que aguardan a quien intente robar en él impidiendo así que puedan llevar a cabo tal fin sin importar por ello el método utilizado para la consecución de tu misión.
La sentencia se cumplió en aquel mismo instante tras aquel discurso. La desgarbada figura se acercó a su desventurado reo, tomó la cabeza de aquel entre sus gélidas manos y clavando sus acuosos ojos grises en los de él, le arrebató lentamente la vida mientras se debatía entre convulsiones sobre aquel catafalco de hierro, atrapado como una mosca en la tela de una araña, luchando inútilmente por escapar, mientras lentamente su esencia le era arrebatada, impotente como era y ante sus horrorizados ojos que eran testigos de sus últimos instantes con vida.
Tras consumarse la primera parte de la condena todo volvió a su ser, los muertos a sus ataúdes restituidas sus posesiones y gozando del descanso que nunca les debió ser arrebatado.
Y tal como lo he relatado fue como sucedió, y tal suceso lo prueba la segunda tumba sin nombre que existe, a la derecha junto a la entrada principal como dando la bienvenida a los visitantes de aquel cementerio y que tiene por toda identificación nada más que una lacónica inscripción, la única sepultura que no se encuentra ahogada por la vegetación y no por las continuas visitas de las que el resto carece ,y que en esta tampoco se producen, si no por que nada puede germinar a su alrededor salvo el mal, un mal que se manifiesta según algunos en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre cuando el espectro de John sale de su sepultura, haciendo sonar, a cada paso, un manojo de llaves que lleva sujeto a la cintura, como suenan los grilletes de los condenados que, al caminar de forma pesada, son arrastrados por el suelo, en dirección a la capilla episcopal para visitar a aquellos de quien debió cuidar y asegurar así su descanso en cumplimiento de su eterna condena.
Una tumba de granito sin nombre y cuya única inscripción que jamás nadie osó a atribuirse rezaba así:
MEMENTO MORI.