Relato 126 - El Señor harapiento
Mientras la profesora explicaba el procedimiento para realizar un ejercicio parecido al que iba a poner en el examen, él prestaba atención a los planes que cavilaba en su mente. Y aunque considerase a Luisa López una buena docente, la última media hora de las clases de los viernes las contaba como fin de semana y ya pasaba de todo.
Balanceándose en la silla, comprobó el interior del bolsillo pequeño de su mochila estirando el brazo. Dentro guardaba un tarro de cristal hermético con dos cogollos de marihuana. Se excitó al pensar en la idea de liarse un porro en el rincón escondido detrás de la iglesia, fumárselo lentamente disfrutando de cada calada, y luego yéndose a casa para jugar con la consola, montar un puzle o leer un libro.
—Si antes de volver me acerco al supermercado y compro algo de merienda ya tengo la tarde montada —se dijo a sí mismo en voz baja, recogiendo el libro de matemáticas y dejándolo de forma automática en el cajón bajo el pupitre.
Miró el reloj encima de la pizarra. No faltaba mucho para que el timbre sonase, y antes que lo hiciese, Luisa dejó marchar a sus alumnos. Él se fijó en Khalîl, uno de sus compañeros de clase, porque en lugar de salir escopeteado por la puerta, fue a preguntarle algo a la profe. Acostumbraban a quedar de vez en cuando en el parque de la canasta para charlar y echar unos tiros, pero en los pasados meses su amistad se había enfriado.
Sin darle más importancia a lo que hacía su amigo, se cargó la mochila a la espalda y salió de clase, cruzándose con Lucía y Carlos.
—¡Qué pasa, Polete! ¿Ya te piras a la cueva?
—Que va, tío. Voy a hacer mis cosas —le contestó con indiferencia.
—Perdona que te lo diga, pero te veo extraño últimamente. Tu no sueles ser tan seco… Eso sí, el chándal y las zapatillas Converse que nunca falten —Carlos le dio una palmada en la espalda y Pol cruzó la mirada con Lucía.
—Pues sí. Con esas pintas vas perfecto para venirte de paseo con nosotros —comentó la chica con un tono vacilón.
—Otro día será —dijo bajando las escaleras del pasillo—. Hablamos por WhatsApp el finde y lo planeamos.
Ya en su rincón, y vigilando que no hubiera nadie cerca, Pol sacó el grínder que usaba para picar la hierba, un papel de liar arrugado y el cogollo más grande de los dos. También sacó una punta de tabaco industrial y arrancó un pedazo de cartulina del libro de lengua. Se sentó en el suelo y con todos los ingredientes listos, preparó el porro con destreza. Lo prendió con un mechero tipo zippo y empezó a fumar.
—Joder, sí. Me haría un canuto como este todos los días si la hierba no fuera tan cara —Pol cerró los ojos durante el instante que duró la calada que dio al porro y exhaló el humo, lentamente, mirando al cielo—. Creo que está a medias, lo dejé en la estantería. Era de pocas piezas —se rascó los cuatro pelos de la perilla y tiró ceniza al suelo—. Sí, decidido. Luego lo continuaré.
Un sonido entre la maleza que tapaba el caminito de acceso al lugar le alertó. Se puso de pie y ocultó el cigarro en la palma de la mano, orientándolo con sus dedos hacia dentro.
—¡Eh! ¿Qué hacéis aquí? —el chico vio a los compañeros de clase con los que se había cruzado antes y Khalîl apartando las zarzas para entrar al rincón—. ¿Me habéis seguido?
—Pero que dices, Pol. Si nos has visto en el pasillo. Íbamos a buscar al colega. Estaba preguntándole a Luisa por los demás ejercicios, el tío listo.
—Ja, ja, ja. Sí, aunque sin suerte —Khalîl se acercó a su amigo y le saludó chocando el puño—. Ahora solemos venir aquí. No sabía que tú también venías… —miró su mano— a fumar.
—Bueno, de vez en cuando. Voy cambiando de sitio.
Lucía contestó mosqueada.
—Claro, para que la gente no vea que eres un fumeta, ¿no? Háztelo mirar, chaval.
—Tú, Lucía, no jodas. Hago un consumo responsable. Además, me da igual lo que pienses… —acabó de hablar y dio una calada.
Khalîl y Carlos contemplaban la charla sin mediar palabra.
—Claro. Un consumo responsable. Todos los días. Hasta a veces en el patio, que te he visto —Lucía se tocó el parpado inferior con el dedo índice dando golpecitos—. Y comprándola con el dinero que te dan tus padres. Todo un sibarita, eh.
—A veces el hermano del Quique me la regala —puntualizó Pol.
—¿Y qué? Tengo la sensación de que por culpa de esa mierda ya no quedas tanto con nosotros.
—A ver, un poco de razón sí que tiene —intervino Khalîl dirigiéndose a su amigo—. Hace mil que no nos vemos fuera del insti.
—Es verdad, pero chavales, —Carlos tuvo una idea para calmar la situación— ya que nos hemos encontrado, ¿por qué no se viene con nosotros? Polete, tenemos un plan divertido.
—Bueno, cuenta entonces —respondió soltando humo.
Carlos empezó a narrar el plan.
—Mira, desde hace unos días queremos ir al antiguo instituto.
—Hostia, eso está en la otra punta del pueblo— precisó Pol.
—Ya, ya. Pero tenemos toda la tarde y está abandonado de hace años. Treinta o así, no sé cómo el ayuntamiento no hace algo ahí para sacar provecho.
—Sigue, tío —insistió Lucía.
—Eso, que queremos ver que hay. Me da adrenalina pensar en la sensación de estar ahí. Todo vacío y sin que lo toque nadie desde hace tiempo… ¿Te vienes o qué?
Lucía y Khalîl echaron una mirada a Pol, instando a que se apuntase.
—Venga va. Aunque supongo que no habrá nada.
El chico tiró el porro al suelo y lo pisó. Lucía, contenta, lo agarró del hombro y se encaminaron de vuelta a las zarzas. Los otros dos, a buen ritmo, les tomaron la delantera.
Anduvieron por la carretera principal hasta llegar al polideportivo. Allí había un bar donde pararon a comprar algo de merienda. Mientras tanto, hablaban de los exámenes finales y de las ganas que tenían de fin de curso.
—Por cierto, Pol. ¿No participarás en la yincana? Los equipos son de tres a cinco personas. Puedes venirte con nosotros, ¡si ganamos hay premios!
—Que va, Carlos —el chico contestó a la vez que pagaba al camarero el cruasán de mantequilla y el zumo de brik que pidió—. No tengo ganas de mancharme… Ni de hacer el tonto, así en general.
—Anda, hermano —le dijo Khalîl— con lo payasete que sueles ser.
—Ahora es un muermo. Mira como de rojos los lleva —Lucía le estiró el rabillo de los ojos—. Podrías apuntarte.
Pol la apartó quejándose, le miró con enojo y salieron del bar.
Después de la parada siguieron el camino y subieron por «La Criminal», una cuesta que se había ganado ese sobrenombre por la inclinación que presentaba, y continuaron hasta llegar a la parte vieja del pueblo. Allí había una urbanización con casas desperdigadas y, aislado en un recinto enorme, el antiguo instituto. Los cuatro se posaron delante de la desgastada verja de hierro que daba al descampado que un día fue el patio del instituto y discutieron sobre como entrar.
—¿Y si saltamos? —propuso Khalîl.
—No todos somos tan atléticos como tú —contestó Lucía.
—Podríamos ayudarnos entre nosotros para subir, aunque el último lo tendrá difícil —dijo Pol.
—Tiene que haber algún recoveco por donde colarnos —Carlos escudriñaba la verja—. ¿No veis que está hecha polvo?
Examinándola con detenimiento, no tardó demasiado encontrar una zona con los barrotes completamente oxidados.
—Mirad —la señaló—. Si nos liamos a patadas mientras la agarramos por encima de aquí, acabaremos rompiéndola.
Los cuatro atizaron la verja, sin preocuparse por el ruido que ocasionaron, hasta que cedió dejando un hueco por donde pasar a cuclillas. Una vez cruzaron al patio, se apoderó de ellos la sensación de hacer algo que no debían. A Lucía no le pareció tan divertida como a los demás y quiso volverse. «Chicos, no quiero que nos pille la poli». Pol se rio de ella y Carlos y Khalîl la convencieron diciendo que era cómplice de la destrucción de mobiliario urbano, que ya no había vuelta atrás y disfrutase del momento.
—No seas cagueta, anda —le dijo Pol en tono burlón para picarla—. Y me voy a liar otro. ¿La señorita antidroga va a querer?
—Que imbécil… —Lucía, enfadada, le insultó entre dientes.
Khalîl aprovechó la situación para meter leña al fuego.
—Ya sabéis lo que se dice, que quien se pelea…
—Ja, ja, ja. Calla, tío —respondió Pol empezando a liar el porro mientras andaba—. Vamos a entrar por cualquiera de esas puertas.
Separadas por el espacio que ocupaban las aulas por el interior y las paredes de ladrillo en ruinas y grafitadas por el exterior, estaban las puertas que conectaban el patio con el pasillo del instituto. Los muchachos se asomaron por las ventanas, intentando deducir que clase se impartió en ella, e intentando no cortarse con los cristales que aún resistían enganchados al marco. El resto yacían quebrados en el suelo.
Khalîl los apartó y con cuidado dio un saltó al interior.
—Segurísimo. Era un aula de música. Saltad.
Sus compañeros se negaron y decidieron entrar por el pasillo. Khalîl los esperó en la puerta, mientras sujetaba una guitarra sin cuerdas y con el mástil roto que cogió de una estantería.
—Podéis pasar, alumnos. Hoy toca clase de guitarra.
Los cuatro soltaron una carcajada y entraron.
—El que reventó la guitarra se creería una estrella del punk —comentó Carlos.
—Eso o era un chalao que se aburría —añadió Pol, sellando el papel de fumar y sacando el mechero.
Lucía miraba el suelo, lleno de manchas y agujeros, de hierbas que crecían entre las baldosas y partes de instrumentos musicales. Sin querer pateó la caja de una batería sobresaltando a los chicos, que se quedaron callados durante un instante, escuchando el silencio del lugar.
—Qué mal rollo, ¿no? —comenzó a fumar.
—Tranquilo, Pol. Según tú aquí no había nada.
Khalîl se apartó para seguir inspeccionando el sitio y encontró unos biombos que separaban otro espacio de la misma aula.
—Los muevo un poco y pasamos.
Se escurrieron entre el hueco que generó su amigo y cruzaron a un trozo de la sala con cuadros en las paredes, lienzos a medio pintar y con sillas y mesas montadas unas sobre otras.
—Parece que no somos los primeros en colarnos —después de hablar Pol le dio otra calada.
—Lo que yo os decía. El recinto se puede aprovechar. Esto es de gente que se mete aquí para pintar.
—Para pintar y emborracharse, fíjate, Carlos —comentó Lucía señalando a unas mesas con recipientes de cristal y tubos de pintura—. Vida de bohemios.
Sobre las mesas reposaban botellas de alcohol vacías, vasos alargados de plástico duro y, esparcidas por todos lados, latas de cerveza chafadas. La chica aprovechó que uno de los tubos de pintura acrílica que había por el lugar contenía un poco de pintura y la espachurró contra un lienzo. «Mi toque personal», dijo. Khalîl y Carlos aplaudieron y Pol, que sujetó el cigarro verde con los labios, también aplaudió para seguir con la broma, hasta que escucharon el sonido de un objeto lejano caer.
—¿Qué ha sido eso? Ahora no he chutado nada.
—Ha sonado fuera, por el pasillo —puntualizó Khalîl.
Pol se deshizo del porro y salió a mirar. Dedujo que el sonido venía de una habitación del fondo y cuando empezó a andar se le cruzó la vista, dándole un ligero mareo del que se recuperó rápido. Los demás le siguieron y juntos pasaron a la habitación que antaño fue el comedor de la escuela. Había una barra de mármol en la parte derecha, con carteles ilegibles, neveras de refrescos estropeadas y una pica para fregar. A la parte trasera de la barra se accedía por la izquierda, a través de una puerta escondida entre las numerosas mesas que conformaban el comedor y la sección de autoservicio.
—Si tenían que poner las bandejas con los platos en este soporte mal vamos —bromeó Carlos.
—En su momento seguro que estuvo recta.
Khalîl le contestó entrando a la parte de detrás de la barra. Lucía se dirigió a una estantería cercana a las mesas, repleta de juegos y libros, y con uno de los estantes rotos.
—Tiene pinta que esta madera es la que se ha roto provocando el estruendo de antes… —la chica cogió el cartón de un juego de mesa—. HeroQuest. Vete tú a saber cómo se jugaba a esto.
Continuó cotilleando los libros y leyó un título que le resultó familiar.
—¡Un mago de Terramar! Estos cuentos los tiene mi abuelo.
Lucía cogió el ejemplar, le sopló el polvo y fue a enseñárselo a Pol.
—Mira Polete. A ti, que sueles leer este estilo, creo que te gustaría.
Su amigo no le respondió. Se quedó embobado mirando fijamente a las mesas, balbuceando palabras que su amiga interpretó como quejas.
—Jod..er. No callan…
Ella le azotó suavemente un par de veces en la espalda con la palma de la mano.
—¿Pol?
—Sí, sí. Creo que hay ruidos por aquí y por allí —señaló la zona y el techo y acto seguido cogió el libro para leer la parte trasera—. Ged… Artes mágicas… Parece de género fantástico. Me lo llevo.
Lo guardó en la mochila y Khalîl y Carlos volvieron con ellos.
—Chavales, hemos encontrado pesetas en una caja registradora —Carlos mostró una de las monedas—. No valen para nada, pero deben ser una reliquia.
—También cuchillos, platos y vajilla, un frigorífico podrido por dentro… No os perdéis nada, huele fatal —añadió Khalîl—. ¡Ah! Y os voy a enseñar un juego. A ver si os sale tan bien como a mí.
Khalîl se sacó un cuchillo del bolsillo y puso la mano con abierta sobre la mesa. Empezó a clavarlo entre los espacios de sus dedos mientras tarareaba una cancioncilla cada vez más rápido, pero Pol se enervó y le hizo parar.
—Tío, tío. ¡Para! Vas muy deprisa. Te vas a pinchar.
—Tranqui —paró y volvió a guardar el cubierto—. Que soy un experto.
—Un poco peligroso es… —alertó Lucía—. Oíd, ¿por qué no vamos arriba? Antes he visto unas escaleras y él dice que por ahí hay ruidos.
Pol se justificó diciendo que era una sensación. «Pero sí, vamos a seguir viendo».
Los chicos siguieron a Lucía por la escalera que había visto antes y subieron a otro pasillo lleno de puertas. El grupo paseaba mirándolas. La mayoría estaban cerradas o atrancadas.
—Esta de aquí está rota —dijo Khalîl señalándola con el dedo índice.
—Tenemos ojos en la cara. Vemos el pedazo de agujero.
—Pues va, pasa, Lucía —Carlos la empujó ligeramente incitando a que se introdujera por el desperfecto de la puerta—. Yo entro el último.
Dentro de la estancia se encontraron con sillas y mesas apartadas a los laterales, con una especie de campamento en el suelo. Por las esquinas se acumulaba orina y excrementos de animal y la sala apestaba.
—Uf, el ambiente está cargadito —Khalîl movió unos cartones roídos del suelo—. Aquí vivía alguien.
Pol observaba el lugar con la mirada perdida.
—Esto me ha recordado una historia. Esperad —Carlos apartó las mantas y los cartones—. Cuanta mierda. Hasta envases de comida… ¡Caducados en 2020! Joder, de hace cinco años. No había visto paquetes caducados de tanto tiempo —dejó todo en una de las esquinas con la ayuda de Lucía, quien comentó que los ruidos que escuchó Pol seguramente serían de ratas, y juntos cogieron cuatro sillas que pusieron en el centro dispuestas en círculo.
Todos se sentaron. Khalîl sacó el cuchillo de su bolsillo y lo tiró al suelo para no clavárselo mientras estaba sentado. Pol se acomodó como pudo en la silla, dando una sensación de ausencia, y Lucía se tapaba las fosas nasales para evitar el olor.
—Va, atended. El relato que os voy a contar me lo explicó mi hermano mayor. Lo escuchó cuando estuvo en el centro de menores… Él dice que es una leyenda para que se portaran bien, pero sus colegas afirman que es completamente real: desde siempre, el Señor Harapiento vaga por el mundo, vestido con trapos sucios, desgastados y raídos. Tiene el pelo largo y áspero, despeinado, de color negro con muchísimas canas. Si te tocase con las manos, te rascaría de los callos y verrugas que tiene. Está tan loco que habla con las ratas, las palomas y con cualquier bicho que se encuentre. Si se topa con algún adolescente o alguna persona despistada… Haría lo que fuera para robarle unas monedas.
—Que asquete… Encima la peste no ayuda —Lucía continuaba tapándose la nariz.
Pol, por acto reflejo cogió el cuchillo y se lo puso en el regazo, sentándose de manera tensa.
—Sigo —Carlos tosió para aclararse la voz—. A este hombre la vida le trató tan mal, que ya le daba…
De repente y gritando cosas extrañas, Pol se abalanzó sobre Khalîl, clavándole la punta del cuchillo en el pecho. El chico se quedó sin aire y casi no pudo articular palabra. Carlos cogió a Pol por detrás e intentó agarrarle de la muñeca, pero se llevó un codazo.
—¡Agggh! ¡Déjame, déjame! —Pol temblaba mientras apuñalaba violentamente a su amigo—. ¡No, no, no!
Carlos volvió a intentar ayudar Khalîl y se llevó un tajo en el cuello del que empezó a salir sangre. Lucía, conmocionada, cogió una silla, la lanzó a Pol y echó a correr hacia la puerta para huir.
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Normalmente tocaba al timbre para no sacar las llaves del bolsillo, pero las utilizó para evitar llamar. Cuando entró fue directamente al lavabo para desvestirse y ducharse, pero se encontró con su madre.
—Pol, hijo —dijo muy disgustada y preocupada—. ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? Llevas la ropa llena de sangre.
—Mamá —el chico rompió a llorar—. Ya no respiran…No fue mi culpa. Vino el señor. Lo escuchaba, lo tenía detrás… También estaba con Lucía, pero escapó.
El cuerpo de la madre inició un tembleque que no cesaba. Abrazó a Pol y ambos se sentaron en la taza del bidet. Le ayudó a quitarse la ropa y fue a buscarle prendas limpias. Su teléfono móvil empezó a sonar. En la pantalla ponía Carmen, la madre de Lucía, y no dudó en cogerlo, pues su hijo acababa de estar con ella.
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Toc-toc-toc.
Aporreó la puerta hasta que abrió su padre. Llegó nerviosa y sobresaltada, sin saber que hacer. Se sentó en el sofá estirándose del pelo.
—¡Puta mierda!
Al ver la reacción de su hija, ambos progenitores fueron a preguntarle que qué pasaba.
—Se le ha ido la olla. En serio. Lo he visto con mis propios ojos. Ha cogido el cuchillo y se lo ha clavado a Khalîl —la chica sollozaba alborotadamente y se sentaron a su lado para consolarla.
—A ver Lucía, tranquila, cuéntanos lo ocurrido —le dijo el padre acariciándole la cabeza.
La chica resumió el plan de la tarde y como Pol, mientras Carlos explicaba la historia, se tiró sobre Khalîl para clavarle el arma blanca chillando cosas ininteligibles.
—Espero que estén bien… Pero no tenía buena pinta —Lucía continuaba narrando lo sucedido conmocionada—. No he podido hacer nada. Pol parecía fuera de sí y le tiré una silla… Últimamente estaba rarísimo, joder, seguro que es por esa mierda que fuma.
—¿Después de esto has hablado con tus amigos por WhatsApp? —preguntó la madre.
—Les he mandado mensajes, pero ninguno contesta.
—Lo que está claro es que hay que hacer algo… —la mujer cogió su teléfono—. Cariño, llama a la policía para que vayan al instituto viejo, yo voy a llamar a la madre de Pol.