Relato 122 - Invitados

Invitados

 

Un paso a la vez. Dicen que pensar duele, aún más cuando nos queda poco tiempo. El valiente deja de seguir sus corazonadas, el alegre comienza a mutar en tonos sepia, y el desequilibrado adopta una rigidez sepulcral. Estaba atragantándome. 

 

Todo el asunto contaba con su inicio en la esquina de mi departamento. Usualmente, mi visión de aquel vecindario se formaba en una gama de colores cálidos. Las viviendas de color crema, amarillas o anaranjadas. Un fragmento de la ciudad que se encuentra en llamas, solía decir bromeando en mi mente. El resplandor de la mañana aflojaba un poco mis piernas, en consecuencia, por su luz enceguecedora, terrible para mis ojos. Al no saber exactamente a donde voy, suelo dejar que los nervios me posean unos instantes. Es curioso, conozco cada edificio y cada casa de memoria, pese a ello no me brinda ninguna seguridad, ante unos segundos de una vista borrosa. 

 

Vivía a dos cuadras de mi trabajo, mi horario laboral era por las mañanas. Por las tardes me aburría muchísimo. Hablaba con colegas, pero tenían sus propias vidas, sus ocupaciones. Yo no contaba con ningún pasatiempo, mi inconstancia no tenía cura. Tampoco ansiaba una rutina ajetreada, pero a veces deseaba encontrar a alguien en mi misma situación con quien conversar un rato. Mi hermano se había casado hacía ya seis años, y debo admitir que me he sentido solo desde entonces.

 

Lo que ocurre es que ayer volví temprano a mi departamento. Me dieron permiso de retirarme antes por una eventualidad, al otro día debería quedarme hasta más tarde. Los primeros pasos que di parecieron ordinarios, al ritmo de una buena canción que sonaba en mis auriculares. El tiempo regulaba las ráfagas de viento heladas, distintas a un día de invierno, donde duermen plácidamente todos los que están acompañados. El octavo paso que llevé a cabo, emitió un crujido estruendoso. Algo se quebraba, tenía pánico de mirar hacia abajo y que se tratara de mi rodilla.

 

Bajé la vista, todo estaba igual. El crujido habría sido una deformación de algún sonido habitual. Me estremecí al pensar en la posibilidad de que no lo fuera. Caminé un poco más, pero aquello no volvió a repetirse hasta que estuve por cruzar la calle. Ahí, al oírlo nuevamente, apresuré mi paso y fui a chocarme con un oficial de policía. 

—¡Cuidado! Eso suena como una quebradura —gritó, mostrando señales de preocupación. 

—Si… Pero no siento ningún dolor —dije al tiempo en que volvía a revisarme.

—El mundo anda loco en estos días, quizá usted se encuentra quebrado, pero no se da cuenta. —Sonrió de forma paternal—. ¿Cuál es su nombre?

—Teo, vivo en la otra cuadra. Tranquilo, no me sucede nada. Supongo que debo jubilar este par de zapatos.

 

El oficial me inspeccionó con la mirada y dio su aprobación. Yo estaba dando el siguiente paso, cuestionando cuan extraño era prestarle atención a cada pisada, cuando el tercer crujido emergió. Este hizo que me desplomara en el suelo, pero no era por el dolor, aun no sentía nada.

—No se mueva o podría empeorar, voy a llamar una ambulancia.

 

Me puse de pie inmediatamente. Sería una locura, cualquier médico me diagnosticaría como un loco. Aunque el oficial también oía los sonidos, podía tratarse de una desafortunada coincidencia.

—Ha sido un calambre, no se preocupe, puedo caminar hasta mi casa. —Lo miré con seguridad, para que comprendiera que no estaba indefenso.

 

Caí en la cuenta del silencio. Noté lo desolada que estaba la cuadra entera. Nosotros parecíamos ser los únicos allí. Lo asocié a que nunca recorría ese camino a esa hora, después de todo, había salido temprano del trabajo.

—Lo acompañaré, para asegurarme de que no vuelva a descompensarse. Después de todo mi trabajo es ayudar. Pero usted debería ver un doctor —Indicó con un gesto que avanzáramos.

 

En parte me parecía amable, pero no podía dejar de notar que su manera de actuar era un tanto sospechosa. Sonreía sin maldad, su andar era tranquilo. Quizá mis prejuicios venían de la mano con mi paranoia sobre el origen del ruido de quebraduras. Estaba convencido de que podían ser mis zapatos. 

 

Él no habló mucho en el trayecto, por lo que pude escudriñar en mi vecindario más a fondo. Percibí la suciedad frente a las puertas delanteras, como si un ladrillo se hubiera caído en cada una. Polvo rojo, amarillento. Al pisar un poco, se elevó hasta mi nariz e hizo que estornudara varias veces. Mi acompañante se percató al instante.

—¡Cuidado! Eso suena como una alergia. — Déjà vu, otra vez sonrió paternalmente.

—Solo es polvo. Tranquilo — dije con un poco de hostilidad, apartando su mano de mi hombro.

—Ah sí… ¿Y por qué sangras?

 

El frío del líquido generaba escozor en mi nariz. Me limpié inmediatamente con la manga de mi campera. Al ser de color beige, el fluido rojo se veía claramente. Al examinarlo, comprobé que no se trataba de sangre. Era el polvo entreverado con alguna otra cosa grumosa que habría en mi interior. Me intrigaba saber cómo había inhalado tanto, si solo lo había respirado unos segundos.

Ante la situación, el me sujetó el hombro nuevamente, tratando de calmarme. En sus ojos parecía compadecerme, quizás entendía que estuviera molesto.

 

Llegamos al edificio, extendí mi mano para despedirlo. La normalidad estaba pronta, la esperaba ansioso.

—Muchas… Gracias… Sigo solo… — Mi voz se apaciguaba, al unísono en que mis piernas se vencían. El panorama iba entonando el negro, los tambores previos al desmayo.

—No puede seguir solo señor, ¿No le parece que ha pasado demasiado tiempo en soledad? Solitario, en un hogar desolado, solo, solamente en sus horarios —decía con un tono de voz suave, las variantes de la soledad en sus palabras me adormecían. 

 

El golpe de mi cabeza al caer en el suelo fue lo último que recuerdo de esa secuencia de lo que fue el exterior del departamento.

 

Al despertar, llevaba puestas unas gafas de cristal azul. De marco grueso, podía verlo enmarcándolo todo. De pronto todo mi mundo era color marino, pero aquel lugar seguía siendo mi habitación. Las historietas seguían en mi mesa de luz, mi lámpara que proyectaba estrellas, junto con el reloj despertador y una caja de cigarrillos.

 

No estaba amarrado con nada, pero mi cama me absorbía, tan cómoda. Las sabanas eran mis favoritas, las usaba una vez a la semana. Oía las voces de algunas personas. De a ratos me dormía pensando en ellas. El oficial debía estar por algún lugar, seguramente era un farsante. Me intrigaba saber cuál de los vecinos llamaría a la policía. Podía ser la señora de en frente, que tiene ochenta años y ya no escucha bien. O quizá los adolescentes que viven en el piso de abajo, que jamás me han saludado. Las posibilidades eran desalentadoras, la otra opción era el tipo de arriba al que le comenté una vez que mandar tantos mensajes que no tenían nada que ver con el vecindario al grupo de WhatsApp del edificio era un tanto incomodo, y no volvió a dirigirme la palabra. 

El problema se agigantaba, nadie me encontraría en al menos dos días. Mi hermano me manda mensajes cada cuatro o cinco días, para vernos los fines de semana, pero era lunes. En el trabajo, no era muy participativo en las charlas de los grupos, solamente concurría a las reuniones en la casa de alguien, que siempre eran también los fines de semana. Gritar era una buena opción.

 

Uno de los primeros gritos se ahogó con el polvo que aún estaba en mi garganta. Al tercero, me percaté de una mano en mi hombro.

—¡Cuidado! Podrías estar ahogándote. Ah, sueno tan pedante ¿Verdad? 

Me proporcionó una palmada en la pierna.

—Deja que la lluvia caiga, oculta un poco tu miedo. La neblina no llega hasta aquí.

 

Al noveno piso siempre llega, pensé, pero las ventanas han de estar cerradas. No conseguía hablar, sentía grumos en la lengua, como si hubiera ingerido pintura. El agua que caía sobre mí estaba tibia. Una regadera estaba vertiendo su agua en mí, regándome como a un jazmín. Siempre me agradaron los jazmines.

—La soledad no existe, Teo. Hay piezas que no se perciben, pero cumplen el rol de compañía.

 

El rostro del oficial se desquebrajaba entre chirridos insoportables. Los fragmentos que se desprendían dejaban ver la carne cubierta de polvo, de los mismos tonos que mi cuadra en llamas. Estaba en carne viva, como si se cocinase un pedazo de res con muchos condimentos.

La escena me dio nauseas. Me pregunté mentalmente si aún seguía siendo de día.

—Oh sí, el sol sigue brillando. En especial en la esquina donde fue nuestro encuentro. Allí no da sombra alguna, jamás.

 

Había escuchado mis pensamientos, eso me fatigaba, cosas que no tenían explicación aparente. En un primer momento me sentí aterrado, luego enfadado, para caer en la cuenta de que me hallaba completamente agotado. Mi garganta se contraía. 

—Si piensas mucho se contraerá más rápido, es mejor que sigas tu propio consejo y estés tranquilo.

Aquella última palabra fue dicha por él con mi voz, una perfecta imitación.

 

Balbucee que me dejara en paz, aunque no me prestó atención. El estar mojado me disgustaba, ya sentía frío. El oficial me tapó con una manta.

 

Por la puerta entraron tres personas. O eso pensé, su ropa me confundía, tenían pañoletas y camperas con capucha. Cuando se las quitaron, contemple que sus narices tenían forma de pico y su cabello era extremadamente lacio. Sus ojos estaban hundidos. 

 

Hicieron que el falso oficial se retirase y se dirigieron hacia mí.

 

Preparaban la mesa de trabajo, y el escritorio cumplía ese rol tan importante. Allí depositaron  todas las herramientas que iban a necesitar. El “cirujano”, portaba una seriedad notable, que en cierto modo menguaba mis nervios. Había otro de ellos que se veía muy emocionado, intuí que todo esto debía ser algo para su beneficio. El ultimo, parecía ser solo un acompañante. Esperé unos minutos hasta que comenzaron, y fue en ese lapso de tiempo en el cual me percaté de que mis piernas si debían estar quebradas, no lograba moverlas ni un centímetro. De alguna manera extraña, se las habían ingeniado para inmovilizarme.

 

Uno de ellos comenzó a cortar mi garganta. El bisturí estaba helado, pero a medida que me atravesaba, la sensación de contracción disminuía. Dejó abierta la herida, por lo cual el aire se filtraba y me hacía cosquillas.

 

El otro sujeto que se encontraba al lado de la cama, estaba riendo.  El acompañante lo felicitaba. Por momentos lo abrazaba, ambos lagrimeaban. No me era fácil empatizar con ellos, me sentía muy asustado. Pronto la risa se hubo acabado, y el alegre tomó mi mano, repetía la palabra “perdón”. Pero no pronunciaba correctamente, no conocía este idioma.

 

Tomó mi reloj y lo estrelló contra el piso, extrayendo una pequeña aguja. La sostuvo en sus manos por un momento, y luego se la tragó. Exactamente, a mí también me perturbó muchísimo. Se trataba de un ritual de seres extraños, sin duda. Posteriormente a ingerir la aguja, el individuo volvió a vitorear alegremente.

 

Mis ansias de correr no servían de nada. Solo contemplaba mi destino, resignado. Vuelvo al principio, donde les comentaba que pensar en estos momentos me inducia mucho daño. 

 

El alegre comenzó a tornarse afligido, se golpeaba a sí mismo. La escena tan absurda, generaba en mí una gran angustia. Entonces siempre había estado enfermo, algún tipo de esquizofrenia, que me provocaba imágenes terribles e ilógicas. Puede que ni siquiera tuviera un trabajo, recuerdo que mi hermano comentaba seguido que yo era conflictivo de niño. Mis padres, que en paz descansen, me habían criado con mucho amor, por consecuencia siempre había tenido un buen recuerdo de ellos.

Existen objeciones a ese razonamiento, en ocasiones la locura no tiene causa aparente. Solo nace, existe. Resolver el problema no tenía sentido, ver al alegre afligido cerraba mi garganta con más presión, cosa que creía en el pasado.

 

El ahora afligido se ahogaba, intentaba escupir algo. Cerré los ojos ante un espectáculo tan grotesco. Los sonidos representaban lo suficiente, su dolor y desesperación. Cesaron luego de unos veinte minutos, por lo que pude calcular aproximadamente. No conseguí mantener cerrados los ojos, pero para mí fortuna pude concentrarme en mi mesa de luz.

 

En el momento en el cual dejó de regurgitar, centré la vista en el repugnante objeto que se encontraba ya fuera de su cuerpo. Una bola de carne blanca, repleta de venas rosadas, cubierta por una capa transparente de gel. La sostenía en sus manos. Su semblante retornó a la alegría.  Hacían un gran esfuerzo por sostenerla, el material viscoso se empeñaba en escapar de sus manos. Incluso creí notar que palpitaba. El cirujano la aprisionaba, intentaba pincharla, aplastarla o cortarla. Pero era inútil, la bola quería volver al lugar que habitaba. La retuvo, encerrándola con sus manos, pese al dolor que aparentemente le producía. 

 

Todo había terminado, me decía a mí mismo para tranquilizarme. Era momento de dormir un poco. Eso tenía que hacer, caer en un sueño reconfortante, oscuro. Mi mente se apagaba, justo en el instante exacto para ver al “cirujano” introducir la bola en mi garganta.

 

La operación había sido todo un éxito. El personal médico, policial, el paciente y el espectador se marcharían de mi hogar.

 

Me costaba mucho trabajo tragar saliva. Sin embargo, no es lo que pensarás. Pese a que era molesto tener una bola en la garganta, lo más incómodo de mi situación actual radicaba en que me hallaba colgando de cabeza en mi balcón. Jamás había temido a las alturas, pero me encontraba aterrado, y semejante acto podía derivar en mi muerte. 

 

Los arboles de la vereda se empequeñecían, parecía que flotaba sobre ellos. No alcanzaba a divisar ninguna persona, lo cual me exasperaba. Una desafortunada coincidencia, un hueco en el tiempo y la rutina de los vecinos. Llegarían dentro de poco, todos volverían a las calles. Regresarían a la vida de la ciudad en llamas. 

 

Focalicé mi atención en la bola que ahora habitaba en mi cuerpo. Se sentía como un tapón, que obstruía el camino del aire que respiraba. Era blanda, se sacudía cuando intentaba agitar los brazos y mi torso. Al hartarme de gritar, me decidí por aplaudir una y otra vez, rogando que un ser humano atendiese. Los autos sí seguían pasando, lo cual era decepcionante porque no me verían nunca, y el ruido que emitían tapaba todos mis pedidos de auxilio.

 

Para la peor de las ironías, la única persona que se divisaba en las calles era el falso oficial. Deambulaba, solo deteniéndose en las esquinas bajo la luz del sol. 

 

La bola ambicionaba salir, pujaba en mi garganta, para emerger al mundo libre. Luchó un buen rato, sin obtener éxito. Ayudé a que saliera, era un asunto de beneficio mutuo. Yo empujaba mi cuerpo hacía adelante, sin que me importara golpearme con la pared del balcón. En el último esfuerzo, la bola se desintegró un poco para abandonarme, quedando incompleta. Su forma ya no se asemejaba a una esfera perfecta. Era más como una luna, o una horma de queso con agujeros. 

 

Había salido, que era lo más importante, y estaba cayendo al suelo desde el noveno piso.

 

A la altura del quinto piso, mi hospedada exploto en una nube de polvos rojos y amarillos. Al cambiar de forma, dejó de ser una molestia para mí y para el sujeto alegre para siempre. Luego sucedió lo de esperarse, un buen ciudadano llamó a la policía. Sucedió tan rápido, la expulsión de la esfera, mi rescaté, las preguntas de los oficiales. Fue imposible no percatarme de la presencia del falso oficial, que rondaba con sus compañeros inspeccionando mi casa. Opté por callar, si quizás nadie iba a creerme en ningún tiempo, o me sometería a una infinidad de burlas.

 

Meditaba sobre mi conformismo, cuando al fin me dejaron a solas. Los enfermeros notaron la cicatriz en mi cuello, pero dijeron que parecía ser antigua. La cicatrización aparentemente fue en extremo breve. Obviamente iban a comunicarse con mi familia para informarles todo lo acontecido, un episodio completamente humano, de desequilibrios mentales. No había ninguna prueba de que había sido atracado, más que la aguja faltante en mi reloj, que no explicaba la gran cosa. Además, los ojos del falso policía amedrentaban cualquier entusiasmo.

 

Al día siguiente, tenía que acudir a una serie de exámenes clínicos. Me esmeré en que fuera como cualquier día, y salí al mundo exterior como una persona que había sufrido alguna clase de pico de estrés. Caminé por toda la ciudad hasta llegar al hospital, donde me diagnosticaron unos curiosos nódulos tiroideos. Para mí todo tenía sentido, eran fragmentos de la bola blanca, que en mi cuerpo se habían adaptado. Yo logré eliminar aquella cosa tan desagradable, y fue un milagro, porque al parecer el individuo alegre no lo había conseguido solo. 

 

Ya regresaba a mi hogar, a preparar alguna buena comida y a escuchar música, cuando para mi suerte encontré un fajo de billetes atados, sobre un ladrillo. Mi suerte empezaba a cambiar, y mis oídos oyeron una sinfonía tan corriente. 

—¡Cuidado, eso suena muy tentador! Gástalo antes de que pierda su valor.

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