Relato 004- Doble check

Es un día de principios de primavera con una temperatura agradable. Brilla el sol en el jardín  y la mayoría de pacientes disfruta del buen tiempo. Las instalaciones se ven envejecidas, dejadas y con una pátina gris a pesar del buen tiempo. Debe haber unos veinte aproximadamente. Unos van arriba y abajo paseando con los ojos brillantes. Algunos hablan sentados en los bancos debajo del porche. Hay un corrillo de  tres pacientes jóvenes alrededor de una mesa al final del jardín. Están mirando al joven encapuchado que destaca caminando en círculo alrededor de la fuente central, a la vez que canta una letra de canción hardcore: “Ponto ronco y quedara mas hardcore  si no la tienes grave, grita, rómpete la voz... ”. A Julio le han contado que es un tanto agresivo. Pero desde que está aquí, con la medicación, está más calmado aunque como contrapartida no puede dejar de dar vueltas.

Una chica muy joven con estética neo-punk está escuchando música con su i-pod sentada en una de las mesas. A su lado hay una señora de mediana edad muy arreglada que lee con atención una revista de moda, se pone y se quita las gafas continuamente,  mientras ignora el discurso de su compañera de mesa.

Frente al ventanal un señor de unos sesenta años fuma con mucho ímpetu. Inspira y exhala el humo contra la ventana a la vez que profesa una especie de mantra que Julio no llega a entender, pero es algo así como “huommim...”. En la entrada está el enfermero Tomás que observa que esté todo en orden a la vez que intenta convencer a una paciente que parece mayor y que lleva dos coletas de que no puede entrar al comedor. Parece que todo fluye con inalterable cotidianidad en el sanatorio.

Julio está hablando con Marga, y ésta parece no prestar mucha atención, está más pendiente de su teléfono que del discurso acompasado de su compañero. Él está atento a todos y cada uno de los pacientes, ninguno parece agradarle. Julio se dice para sí mismo cómo puede ser que existan cajones de sastre como aquél en las instituciones mentales. No hay dos pacientes con la misma o similar patología en aquél centro. Aquello parece más un cementerio de elefantes que un lugar para la terapia y la reinserción. Julio observa a los pacientes intentando construirles imaginarias biografías. Desde siempre ha tenido mucha imaginación. Piensa en señor del cigarrillo, quizá sufrió una situación traumática mientras fumaba y por eso tiene ese tic. A lo mejor su esposa falleció mientras él exhalaba un cigarrillo tranquilamente sentando en el sofá de su casa y su mujer se desplomó ante él. Y desde entonces la impotencia de no haber podido hacer nada por ella le mantiene con esa desazón de fumar contemplándose ante la ventana y rezando ese mantra para implorar perdón por algo del que no fue culpable.

También intenta imaginar que le debió pasar al chico de la capucha. Quizá de vueltas porque se sienta perdido y necesita caminar en círculos para meditar la salida. O tal vez tuvo algún episodio que le conmocionó mientras corría haciendo footing una mañana cualquiera. Pudo observar la agresión por parte de unos policías hacia un inmigrante sin papeles. Y desde entonces o demuestra  agresividad o corre de manera circular. Julio deja ir más allá su imaginación y lo sitúa corriendo en una manifestación. De repente se siente acorralo por la policía, le aporrean, y empieza a correr y a correr sin parar hasta que entra en crisis. Y por eso corre o se siente agresivo, pero aquí no puede ir más allá de este jardín y de sus muros y por eso su mente ha decidido rodear sin parar esa vieja fuente circular que hay en medio del jardín.

Para la joven neo- punk que solamente escucha música en su i-pod sin parar, imagina una situación relacionada con alguna droga de diseño. Seguramente sucedió algo un día que salió a bailar con sus amigos. Como otro fin de semana más tomó la enésima pastilla de éxtasis. No sabía que iba a ser la última y que ésta iba a forzar lo que ya albergaba en su interior. Un golpe de calor y todos los viejos fantasmas que la habían acompañado desde niña se activaron de manera atropellada. No hubo vuelta atrás, desde aquél día vive encerrada con la sola compañía de la música en su cabeza.

De la señora mayor con coletas, no parece que haya mucho que inventar, parece que lo suyo debe ser algo de nacimiento. Bajo su aspecto senil parece habitar una niña de doce años, ingenua y dulce, como si el tiempo no hubiera pasado por ella desde su edad infantil. Entrega besos a muchos de los pacientes, necesita dar amor y sentirse mimada.

Sobre la señora extremadamente arreglada le gustaría pensar que no está enferma, que simplemente ha venido a visitar a un paciente. Pero desgraciadamente no es así,  está ingresada. Puede ser que su obsesión enfermiza por la moda la haya llevado hasta allí. Y que ya no distinga la realidad del papel couché, viviendo una doble vida entre las páginas de las publicaciones de moda. Quizá fuera estilista o simplemente tuviera una tienda de ropa y que en su afán de perfección nunca consiguiera el mundo de ensueño diseñado en las revistas. Y fruto de ello se obsesionó entre sus páginas hasta llegar a enfermar. Va maquillada como si estuviera a punto de acudir a una gran fiesta. Sus ropas son de diseñadores de marca y le han explicado que no hay un solo día en que le falte su perfume chanel 5. La viene a visitar a menudo su hija que es la que le proporciona su exquisito ajuar. Del resto, todavía no ha pensado una posible razón para que estén allí. Pero seguramente haya una explicación para cada uno de ellos.

 

Mientras Julio se ha transportado a través de su propio guión imaginando los posibles diagnósticos de aquellos pacientes, Marga sigue atenta a su teléfono pendiente de la aplicación de mensajería. No parece escucharle ni estar por él. Le da la sensación de que Marga debería dejar de estar tan pendiente del teléfono y escucharle de una vez. Casi no ha levantado la vista de la pantalla desde que están allí sentados. Le preocupa.

 

Para sí mismo no le hace falta imaginarse una razón, todavía tiene muy fresco cómo empezó todo para él. Fue una noche de sábado en la que no sabe ni cuánto tiempo pasó. Lo único que recuerda es que fue ese día cuando se dio cuenta de que tenía un grave problema. Tenía mucho miedo cuando llegó a la sala de urgencias del hospital, le dolían los ojos y sufría un ataque de pánico. Y fue entonces cuando pensó en lo feliz que era con su viejo Nuko RM-964 y se arrepintió de haberlo jubilado por su nuevo smartphone. Era un modelo de los más antiguos de aquellos con antenita, micrófono frontal, ventana en dos colores sobre fondo verde y un montón de botones para poder marcar. Aquél teléfono solo servía para hablar. Maldice la hora en que decidió que debía ponerse al día y comprarse el smart. Aquella tecnología no estaba hecha para mentes adictivas como la suya. Desde hacía algún tiempo sus relaciones sociales habían caído en picado. Creyó que con aquél teléfono podría abrir de nuevo las puertas al exterior. Y así empezó todo. Las primeras semanas solamente eran simples ojeadas a la pantalla de su móvil. Un par de meses después consultaba a cada hora el maldito trasto. Luego solo recuerda quedarse enganchado por completo a la pantalla esperando el doble check de la app de mensajería. Finalmente acudió a urgencias. No podía cerrar los ojos ni para pestañear. Aquello fue doloroso y la soberbia culminación de su adicción.

Tuvo suerte, en aquél hospital público no tenían su ficha, no constaba en la base de datos. Nunca se dio de alta en la seguridad social. Ventajas de ser psiquiatra autónomo y trabajando en la privada. De aquella visita a urgencias no quedó ni rastro. 

 

Julio sigue absorto en su monólogo interior, ya ha abdicado de la conversación con Marga, cuando ésta levanta por fin la vista de su teléfono y le dice que quiere irse a la habitación a descansar. Julio le recuerda que debe entregarle el teléfono antes de subir a la planta. El tratamiento es estricto, solo una hora el día con el smartphone, hasta que mejore con la terapia. La acompaña a la sala y le dice a Tomás que la acompañe a su cuarto.

Julio vuelve al jardín, tiene muchos pacientes más con los que trabajar esa mañana. Tan solo lleva dos días trabajando en el nuevo centro. Necesita conocer los casos de todos y cada uno de los pacientes para poder empezar a tratarlos. Pero antes saca de su bolsillo su viejo Nuko RM-964, lo mira de refilón y lo vuelve a guardar, y recuerda que hoy no se ha tomado sus pastillas.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

 

 

 

 

 

Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

También en redes sociales :)