Relato 105 - En la ruta

 

    El día era soleado pero refrescante, la clase de días que todos concuerdan que son los mejores. El viaje podría ser agotador, tantas horas en la ruta no podrían resultar inocuas para nadie, pero la realidad es que el optimismo embriagador de esa mañana era realmente indudable. Como todas las mañanas me preparé el desayuno, dos tostadas con café con leche, dejé todo en su lugar, revisé que nada hubiera quedado encendido y me subí al auto. Ese viaje no me ponía nervioso, lo había hecho ya varias veces y, a decir verdad, me agradaba bastante. No había mucho tráfico y podía viajar fluido, sin interrupciones.

    Así transcurrieron 300 kilómetros desde mi casa hasta llegar a un pueblo bastante poblado, diría que era una pequeña ciudad. El esquivar camiones y autos me había abierto el apetito así que decidí parar a comer en una estación de servicio. No sé si alguna vez estuvieron en la estación de servicio de un pueblo, pero les recomendaría que lo hagan. Es totalmente diferente a las estaciones de las grandes ciudades. Éstas no están llenas de empleados y parecen detenidas en el tiempo o, mejor dicho, parece que en ellas el tiempo pasa más lento. Tienen menos reformas en sus fachadas por lo que generalmente sus colores están desgastados, no son sucias sino todo lo contrario son más limpias que las de las ciudades, pero parecen avejentadas. A veces las casas y negocios son como las personas, si no se preocupan por mantenerse jóvenes envejecen antes de tiempo.

    Al bajar del auto se me acercó caminando lentamente un muchacho joven de unos veinte años vestido con el uniforme de la empresa y una gorra prolijamente acomodada. Me pregunto si quería tanque lleno y asentí. Me incomoda mucho dejar el auto sólo mientras están cargando nafta, no porque no confíe sino porque creo que es importante no hacerlo esperar. Cuando terminó de cargar, estacioné el auto y me dirigí al área de servicios. Una vez adentro compré un sándwich, una Coca-Cola, unos chocolates y un par de cosas más para tener como provisiones. Me senté para mirar el noticiero mientras comía y de repente sentí una puntada en el costado del rostro, justo en la encía derecha. Seguramente el crocante pan me había hecho un corte, pensé. No reparé demasiado en el tema y seguí comiendo. Me levanté, fui al baño y volví al auto. Puse música para animar el viaje y no dormirme, suele darme mucha modorra cuando acabo de comer y siempre me da pánico que me pase algo.

    No recuerdo cuándo fue, creo que habrían pasado 100 kilómetros y la ruta estaba desierta. Literalmente no había nadie, ni siquiera campos: eran 100 kilómetros en el medio de la nada. Desafortunadamente tenía que sí o sí pasar por este lugar si quería llegar a destino porque no había otra ruta con la misma trayectoria. Con el tanque lleno y las provisiones que había comprado estaba tranquilo. Como mucho me arrimaría a la banquina para dormir una siesta si el sueño se volvía muy intenso.

    El dolor comenzó de nuevo, el pequeño dolor punzante en el costado derecho del rostro. Me llamo la atención desde un principio porque nunca se me había repetido un dolor similar, fue una simple corteza de pan, nada como para preocuparse. Como el dolor no era intenso, seguí el viaje sin detenerme. Me concentré en el camino y en la música. Cuando ya me había olvidado por completo, el dolor se intensificó. Sentía un hormigueo extraño y con cada oleada un dolor cada vez más punzante lo acompañaba. El ritmo era lento, pero me confirmó que algo no andaba bien. Un gusto a sangre, metálico, empezó a recorrer mi boca. Me sangraba la encía, evidentemente, sólo que esta vez era diferente: la textura de la sangre nunca había sido arenosa. Tendría que consultar con un odontólogo. Odio a los odontólogos, de sólo pensarlo un escalofrío recorrió mi espalda. El hormigueo había sentido mi temor, en ese mismo momento se volvió más rápido y el dolor más intenso. Esta idea agudizó mi terror, el hormigueo se aceleró aún más, como un zumbido, y el dolor hizo lo mismo como respuesta. El gusto metálico y arenoso se volvió más arenoso y menos metálico. Me miré al espejo, no veía nada extraño. Abrí la boca y, en ese segundo que me distraje acercándome peligrosamente a la banquina, el susto intensificó el hormigueo y el dolor siguió sus pasos.

    Traté de calmarme haciendo respiraciones más lentas. Como había leído alguna vez, si respirás pausadamente y de forma profunda es posible relajarse. Al cabo de cinco respiraciones el hormigueo empezó a volverse más lento y el dolor a comenzó a menguar. Pude volver a concentrarme en la ruta y a escuchar la música. El gusto metálico me provocaba náuseas, pero el pavor había disminuido. Ya más tranquilo se me ocurrió ver mi lengua al espejo, abrí la boca, saqué la lengua y pude ver la sangre adornada con unos pequeños puntos negros que se movían regularmente al ritmo del hormigueo. Quedé petrificado, con los ojos que casi salían de mis cuencas. Sinceramente nunca en mi vida había sentido tanto miedo. En un acto de consciencia inexplicable, me estacioné sobre la banquina pero el terror no me había abandonado. Los puntos de mi lengua y el hormigueo, el ominoso hormigueo, comenzaba a aumentar su ritmo. Inevitablemente, el dolor se intensificó. Se me escapó un grito gutural, monstruoso y torpe, con la lengua afuera como un idiota. Empecé a hiperventilar, el sudor frío me fue colmando el cuerpo, las manos comenzaron a temblar y el corazón estaba a punto de estallar dentro de mí, su ritmo acelerado no me permitía escuchar otra cosa. El espantoso y lúgubre hormigueo, como un imitador, siguió sus pasos. El dolor se avivó y empecé a sentir que no estaba en ese lugar, hasta no reconocer el espacio alrededor mío. El dolor se volvió insoportable, tanto que terminé por llevarme las manos a la cara, arañándome de la desesperación. De repente mi ojo derecho comenzó a lagrimear, mientras empezaba a sentir el hormigueo en la lengua y el gusto metálico de la sangre que cada vez era más intenso. Saqué la lengua y vi en el espejo millares de puntos negros. De hecho, ya no se distinguía la sangre, era sólo una arena oscura e inquieta la que cubría mi lengua. La vista se me comenzó a nublar y me desmayé dando mi frente contra el volante.

    Me desperté luego de un rato, mareado y aturdido. El auto se había convertido en un lugar sofocante. Estaba transpirado, la piel se había vuelto pegajosa y la boca aún me sabía a sangre. Me levanté y vi mi rostro. Un punto negro, como un grano con pus gigante, me había surgido en el pómulo derecho. Era claro, tenía que encontrar ayuda, lo que sea que me estuviera pasando estaba creciendo en mi interior. La curiosidad, la intriga o como quiera llamarlo, me obligó a tocar el pómulo derecho pero en vez de encontrar la tensión y dureza del hueso sentí un bulto esponjoso. Al tocarlo, la presión transformó al hormigueo en un cosquilleo palpitante y el dolor se volvió agudo y penetrante, a tal punto que tuve que cerrar el ojo porque volvió a lagrimear. Me tengo que apurar, pensé, no voy a llegar a tiempo y ese rapto de desesperación aumentó el ritmo del hormigueo. Volví al camino, había hecho mucho mas trayecto del que pensaba, conviene seguir, pensé. Ya estando en el asfalto y habiendo agarrado velocidad traté de distraerme concentrándome en la ruta, pero no había nada para observar más que kilómetros de ausencia y soledad. Mire el celular, en la intranquilidad había olvidado por completo que lo tenía encima. Como un signo funesto comprobé que no tenía señal y que la batería estaba llegando a su fin. No estoy seguro cuánto recorrí pero distraído me encontré sorpresivamente con una curva y me sobresalté. No fue inmediato, pero sí fueron segundos de diferencia los que distanciaron el ritmo acelerado de mi corazón y la presión inmensa que se acumulaba en mi pómulo. Podía sentir algo agolparse, como si en un recital de rock el público tuviese que salir durante  una emergencia por una única salida.

    Manejé unos cuantos minutos con el ojo derecho cerrado, hasta que sentí y escuché el estallido. Mi carne estalló, como si se hubiese reventado un globo, y vi por el espejo como un líquido negro y escarlata empezó a brotar. Era viscoso y pútrido, emanaba un olor nauseabundo. Tuve que abrir la ventana y contener el aliento para evitar el vómito. El dolor punzante se fue y en su relevo vino un ardor incesante, como el de una llaga en carne viva. El roce del aire me rasgaba la piel, volviéndola tirante. Tomé parte de mis provisiones, ya desesperado por el ardor, y me eché un poco de agua sobre la herida. No pude haber tenido una peor idea porque los puntos negros se reavivaron ferozmente. A esa altura ya no había duda: me estaban comiendo la carne. Eran como insectos, pequeños y minúsculos, que comían carne humana. Los sentía moverse hacia todos lados, un grupo de ellos subía desde mi pómulo al ojo mientras otros bajaban a la boca. Otro grupo iba hacia mis orejas y el último  se iba acercando a la nariz. No hacía falta verme al espejo para saberlo, los sentía, sentía cómo se movían, cómo iban ganando terreno. Me traté de secar una parte con la manga de mi buzo, el mismo buzo que siempre dejaba a un lado por si refrescaba. Y el dolor se apaciguó, pero sólo fue por un par de kilómetros. Desde adentro, como si fueran hormigas saliendo de un hormiguero, millares de esos puntos horridos y negros volvieron a la batalla, cada vez más enérgicos y hambrientos. Comían más rápido y la línea divisoria, la trinchera, se iba abriendo camino. El cuentakilómetros seguía contando y yo sabía que faltaba cada vez menos. El grupo que iba a mi ojo ya estaba sobre el mismo, en un acto instintivo lo cerré de nuevo, pero la piel del párpado es delgada y poco pudo hacer ante tal voracidad. Pude ver con mi ojo izquierdo como su compañero iba desapareciendo. Y en la distracción y la preocupación por mi vista, los restantes grupos habían hecho lo suyo con el resto de mi rostro. Parecía un monstruo, un monstruo fétido y cadavérico.

    Ya resignado y sin esperanzas de sobrevivir, vi que un herrumbrado y marchito anuncio presagiaba una estación de servicio. Eran pocos kilómetros, quizás podría llegar tan sólo en 20 minutos. No pude evitar emocionarme, podría pedir ayuda, podría buscar alcohol, o algún desinfectante ¡tal vez la batalla no estaba perdida! El júbilo creció dentro de mí, una lágrima de emoción rodó por mi mejilla izquierda y el corazón comenzó a acelerarse de la felicidad. Estaba feliz y esperanzado y mi cuerpo lo sabía.

     Cuando sentí que el hormigueo empezó a aumentar el ritmo pensé en no hacerle caso, pero no pude evitarlo, me estaban devorando otra vez: se nutrían de mis emociones, no sólo de mi carne. En esos veinte minutos fatídicos comieron casi toda mi cara.

    Cuando vi la estación de servicio ya una gran parte de ellos estaban cerca de mi otro ojo. Comprendí que si atacaban el ojo antes que yo llegara a la estación tenía perdida la batalla. Cuando la vi a unos metros nada más me emocioné y se aceleró más el hormigueo. Mientras estaba doblando para entrar empezaron a devorar mi otro ojo. Hice sólo unos metros y tuve que frenar, ya ciego, habiendo perdido completamente la vista y el olfato. A tientas bajé del auto, agitando mis manos para pedir ayuda, pero como respuesta encontré gritos de horror. Me disponía a volver a pedir ayuda pero no podía modular las palabras, habían tomado mi lengua y no se podía entender lo que decía. Traté de seguir los sonidos de la gente y a cada paso que yo daba encontraba como un eco distante del sonido de los pasos de los otros que se alejaban. Empecé a correr y a aullar guturalmente como una bestia. Estaba sólo, ahora los pasos y los gritos de terror eran sólo un murmullo. Estaba sólo y ciego en una estación de servicio de un lugar lejano. Estaba solo y desesperado y no era más que la representación misma del horror. Unos pasos lentos se me acercaron y una voz llena de terror me habló. Me esforcé por escuchar, valiéndome solamente de mi fuerza de voluntad. Finalmente entendí que me estaba ofreciendo ayuda y como no podía hablar, asentí. La voz me dijo que me quedara tranquilo, que me llevarían a la sala de Emergencias. Escuché el crujir de las piedras, un auto se acercaba. La persona me guío evitando tocarme para que entre al auto, abrí la puerta tanteando con las manos y me metí dentro, con todo el esfuerzo que implica para una persona que no puede ver. Ya no escuchaba nada del oído derecho, pero estaba tranquilo, estaba yendo a la guardia, me iba a salvar.  Me acosté y me trate de relajar. Hicimos varios kilómetros y el auto se detuvo. La voz me dijo que ya habíamos llegado y fue ahí cuando me di cuenta, al tratar de levantarme, que no podía mover ni mi mano ni mi pierna derecha. Habían llegado a mi cerebro, yo lo sabía. No había nada más para hacer.

 

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