Relato 96 - Bagatela

 

 

Ambos se identificaron. Olían el óxido frío de las calles y oían el viento enrarecido.

La tarorista escuchaba lo que le decía Vilio el biomecanoide sin ojos y de larga melena apelmazada: En la grabación 434, escuché el nombre de un objeto llamado la Bagatela. Siete horas después en nuestro primer encuentro, usted me aconsejó que la usará con el mantra.

La conoció una semana atrás en una de las esquinas del Templo. Fue temprano a la dispensación de sonidos armónicos, compró un litro, le dieron la ñapa y consiguió la bala de oxígeno a bajo precio. Ese día evitó la alimentación de supermercado, comió en casa sus propios excrementos y bebió de su propia orina. Estaba a punto de subir de nivel. Insertó cards en los puertos de sus cuatro orejas, descargó la información, llegaron las ondas mentales del consultorio clandestino donde la pitonisa trabajaba, era una residencia medio derruida cerca de la intersección de la M. con el Sendero Peatonal de Oriente.

Caminó rumbo al consultorio sobre una plataforma junto a vendedores sin licencia. Saboreaba de nuevo en sus recuerdos la voz nítida de la mujer hibrido en el anuncio. Acordaron dos estudios: Lectura general y la del Haz multiforme por dos kolombos, una verdadera ganga. Tarareó una canción y le resplandeció el sonar de la cabeza. Cruzó el pasillo de muros desvencijados, traspasó el aroma a madera vieja del portón, ascendió la escalera podrida y sin barandas. Vértigo. Paso a paso, aplastó con pena, arañas, susurros, tijeretas, murmullos que huían tras el crujido del maderamen.

Entró a la habitación indicada en la información de las card. Corto circuito del ambiente. Deseó sudar y no transpiró. La tarorista peluda de 1.65 centímetros, patas de gato, rostro y brazos humanos, lo saludó olfateándolo y dándole una lamida en las manos. Escuchó la música proveniente de las cartas del tarot de Mrsll, barajó mentalmente los 22 arcanos que olían a libro viejo, las enunció y esperó la pronosticación. Anheló la nitidez de un panorama acrisolado. La vida podría dejar de ser una lotería.

Flashback con olor a herida purulenta, recuerdo del día de ayer: Son 120 oportunidades diarias para el día de hoy, decía el promotor.

Véndame 56, pasado mañana le pago sin falta.

Rostros mostraban dientes. Pasó saliva. Algún día subiría de nivel.

¡Sí! Le doy crédito si se porta juicioso.

Odió al hombre de los billetes virtuales cuando dijo eso. Vilio recordó el olor a insecticida, a semen, y a carne cruda en la habitación del lotero.

Era el momento, conocería el saber del Tarot holográfico. Revolvió las cartas como si acariciara círculos de vapor en el vacío. Flotaban canciones instrumentales que estimulaban el deseo. Las predicciones de las melodías, los consejos, iban al punto del anhelo, al centro de la voluntad. Encanto, guardó los consejos. Y después del estudio vino un servicio extra por medio kolombo, nada más.

La tarorista dijo que a esas tonadas se les conocía con el nombre de Bagatelas, Tarareaba una canción, creaba hologramas, bocetaba dibujos antiguos, venían de encime, sonrió.

Son demonios: la esencia divina de los creadores. Ahí se puso seria. Él olió algo, algo… las bisagras oxidadas de una puerta en el claroscuro.

Este te llama, ve hacia él, su nombre es: Ewoyhee. Hará que elimines defectos propios o ajenos. Concéntrate, evoca las voces, la tuya o el de la persona elegida, percibe lo que deseas eliminar de ti o de tu enemigo, canta, repite diez veces conmigo: Te aniquilaré, nunca más serás, mientras palpas las ondas. Yo te ayudo.

Se hizo a un lado de él, vio como le palidecía el aura.

Ve a Thelema, Haz lo que quieras, donde la libertad es universal, decía el cantico.

La tarorista le envió la Bagatela por correo telepático. Vilio la reprodujo mientras caminaba. Activo el sonar. Evocó las réplicas y sobrellevó la pestilencia que coloreaba las nubes. Acudió a las melodías sumergidas en las neuronas, a los canticos medulares y al procesador que le susurraba advertencias a niveles subterráneos. Al caminar por la ciudadela soñaba con encontrar Kolombos caídos en los rincones, en las rejillas de las alcantarillas. La esperanza renacía en él cuando comía vísceras de algún cadáver de supermercado.

 

Regresó después de quince días antes del anochecer. Se saludaron como era usual y esta vez con el envés de las palmas de la mano. El olor del pelaje de ella lo remitió a la frescura de un jabón de olor. La mujer observaba los aromas: claridad, limpieza, flores de muertos. Quiero ser consciente y cambiar la realidad, le dijo a la tarorista mientras sentía los olores del sonido.

Y ella le respondió: La Bagatela indicada será esta. Programó la canción, enunció el nombre secreto, toque radiante en la partitura, una serpiente de vapor carmesí reptó dentro del sonido. ¡Enemigos en las aceras, en tu casa, en el aire! La invocarás todos los días a cualquier hora. Repetirás veinte veces la oración que te enseñé el primer día. Tendrás la lucidez que pocos encuentran, vencerás las enfermedades del alma. Dos Bagatelas como las que tienes ahora son un lujo; ponles fe.

Vilio contactó fuentes del pasado. Su cabeza amplificó el prudente ronroneo de la tarorista. Oscurecía, las paredes magnificaban la agonía de la luz. Entonces ella dijo:

 

El QR1 es un animal sabio, cómelo vivo, conviértelo.

Y Vilio lo trago entero.

 

Vilio transportaba fluidos reciclables Desde que era un niño y sentía ecos bajo el río de la soledad. Cuando estaba quieto, se rascaba, se desprendía parches de pelaje. Come otro QR. Sabían a metal tostado, a polvo lunar.

Escuchó esa noche, de la boca de ella, el relato de un banquete privado donde seres humanos con olor a vestidos relucientes y cuerpo limpio, servían muslos y nalgas de bebé. Pedacitos de cerebros flotaban en las sopas y cremas, las extremidades, succionadas y roídas hasta el hueso. Comían postres de heces carmelitas, muy diferentes a las diarreas comunes de los habitantes del sector medio de Ungea. Cuántos olores y cuanta verdad tras la voz de ella.

Mi tráquea nunca más será un tubo de desagüe, se decía así mismo. Se negaría a la verga del lotero. Escuchaba voces de tonos luminosos mientras invocaba: Contra el poder, fuego que combate las llamas, furia que aplasta la maldad. Algo salía de sus fosas nasales, ¿agua?, temió, ¿Sangre? era un líquido gris, dulce, caliente. Trató de escupir cuando sintió que el fluido le entraba por la comisura de los labios. Esperó, mojó los dedos, humectó las orejas, acercó las gotas al oído:

Vilio palpó, olió, lamió, el susurró de la humedad.

El QR2 en el líquido lo satisfizo.

Intuyó los mensajes, acarició el sonido de las Bagatelas mientras descargaba fluidos en el Hospital del Norte. Evitó a la brigada de salud, eludió chequeos. Rememoró uno de los mensajes: Los centros de salud son…

Abandonó las dosis de los medicamentos obligatorios. La tarorista la sanaba con remedios tradicionales, le lamía el agujero de la uretra. Hizo cuentas: tres kolombos por recarga de aire puro. Otros cuatro por la compra de alimentos desinfectados. Bebió un vaso de agua negra y tragó pastillas de cloro; luego comió una pequeña porción de materia fecal. Descargó más información. Escuchó el fluido, el rumor de las frecuencias.

Imprimía palillos; les quitaba la punta con las encías calcificadas y los pulía con un pedazo de lija de agua. Penetraba sus oídos, audición arriba, tres centímetros de madera que extraían placas de cera, hojuelas doradas, rompecabezas. Las coleccionaba desde hace años, con ellas atrapaba lepismas, bocado de rey. A veces, la punta mal lijada rasgaba la piel externa del oído y los insectos acudían sedientos. A veces, se mordía la boca por dentro cuando comía QR y tocaba la herida abierta con su lengua.

Formó un rompecabezas con tres pedazos de piel reseca que se arrancó de las orejas, al unirlas formó el tercer QR.

Y lo comió con ansiedad.

Sacudió la cabeza ¿Cómo eliminar el dolor ajeno en los propios huesos? De pie ante la bacinilla de loza donde solía comer, y después de las invocaciones de la noche, le llegó una visión, un niño le decía: Éramos como el gato que caza la tórtola, como el bonobo que da su perdón sacudiendo la pelvis y el pene erecto, como las madres que se comen a sus crías defectuosas, y como el animal que se alimenta de las otras especies.

Tocó el rostro del pequeño, acarició la boca del chiquillo. La pata de una paloma carnívora se le asomaba entre las comisuras de los labios, el chico la tomaba con los dedos y se la ofrecía.

Invocó demonios, el fervor atraía bocas, los insectos de la noche querían comerle el pelaje y la voz.

La pitonisa dijo alguna vez que la mente era como un software. Vilio pensó mucho sobre eso, sobre la preocupación, sobre el borde de su propia vida, ¿acaso me llevarán al… y seré… por los directores, ministros y gerentes de área? Dijo olfateando las modulaciones furiosas del mensaje.

 

Hicieron más invocaciones, ¿miedo a lo prohibido? ¿Temeridad?

¿Las Bagatelas que me has dado pueden reducir la conciencia de alguien hasta las cenizas? Ella le respondió que la conciencia era vida para muchos, todo dependía de lo que significara eso para el enemigo. Salía humo del hocico de la mujer. Podría intentar con alguien diferente, a modo de prueba piloto. Está bien, dijo, podemos potenciarlo, se necesita buena concentración, eres una persona sensible, receptiva, creo que lo lograrás.

Vilio pensó en Pristina, la del módulo vecino, la mujer voluntaria en los tugurios. Pristina fracasó ese año en múltiples intentos por recobrar la lozanía de la hembra alfa. Pristina, la otrora productora de leche de calidad. Gente como ella condenada en jaulas de confort ¿No daría nunca más bebés al mundo, alimento de los poderosos? su orgullo estaba herido; la vejez deambulaba por la silueta de su cuerpo, el descenso de las ilusiones cavaba una sepultura.

La recordó, casi todos los días se la encontraba en la mañana y en la noche, invocó al demonio de la Bagatela, ordenó la muerte de la conciencia de ella. Diez veces, por diez días, esperaba, buscaba cambios, repetía las plegarias.

Vilio se le presentó de nuevo, charló con ella, preguntó, escuchó, le grabó la voz a escondidas en una card, recuerdos de la infancia, juegos favoritos, lo que le gustaba hacer en esos tiempos. Despedida. Una vez en su hueco, cantaba, los canticos fluían, entraban en el oído, en el cerebro, en los órganos, luego, modificaban la materia a través de la caricia de una voz sobre otra voz. Días, meses, repetición del mantra.

Pristina descendió los escalones de la dignidad, sus derechos se anularon. Cero conciencia, sin porqués, ni respuestas. El toque de asombro de la mirada humana desapareció de su rostro, parecía un animal antiguo. Gemía, buscaba sobras, era abusada en los andenes, era usada por los gendarmes en noches de fuego y olor a carne. ¿Para qué tenemos bioprocesadores dentro de nuestro cerebro? Me pregunto, como narrador. Autonomía cero. La conciencia era el requisito para mendigar dignidad bajo el hedor de la luna, bajo los astros y el vacío.

Vilio preguntaba moqueando de tristeza: ¿Cómo se puede llamar a esta era en la que vivimos? La nueva Bagatela decía que está era la última etapa de la adolescencia de la humanidad. Que éramos como chicos y chicas que lloran de deseo como gusanos hirviendo en un mar de cadaverina.

La tarorista, dijo que el mundo habría sido otro si las mujeres hubieran tomado el control hace miles de años. La música se formó de nuevo en las Bagatelas y en las cartas del tarot virtual:

La carta I, la XXII, la X, la XVI. Ten en cuenta los riesgos, piensa en la ley de la reciprocidad. ¿Cuál es tu mayor deseo? Quiero detener el acecho de un peligro mayor, quiero limpiarme de culpa. —Decía escuchando la música invisible— Ya están listas las cartas. Invoquemos con fervor, dijo la mujer.

Vilio confió en lo que podría realizar si ponía de su parte y hacía tratos justos con los demonios proyectados en las Bagatelas. Grabó chillidos de roedores en la noche, oró piadosamente, y cientos de ratas muertas aparecieron al amanecer frente a su guarida sin señal de envenenamiento.

Invocó una y otra vez la resonancia de un hombre público y poderoso, tono, ruido y color en su campo acústico. Sintió que sus manos densas se proyectaban en un abrazo dentro de la piel de ese hombre, sintió que las ondas del sonar acariciaban la voz grabada del ministro. Disciplina y constancia: Cuando pronuncies palabra de mandato, se te irá la conciencia tras el olvido.

 

 

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