Relato 74 - La Impostora
Me desperté sabiendo que era domingo y, al mirar el reloj, descubrí que tenía algo de tiempo para mi intimidad. Entusiasmada, me giré hacia Celeste para darle los buenos días, casi esperando que me respondiese. Me acerqué a ella, la olí, la abracé y le dije que entrase conmigo a la cama; que me apetecía estar un ratito más en mi cálido refugio. Le conté lo mucho que me gustaba que cada vez nos pareciésemos más. Esa colonia que mamá me echaba en el pelo picaba un poco y olía fuerte, pero estaba consiguiendo que me volviese tan rubia como mi muñeca. Y mis zapatitos nuevos habían sido confeccionados por un zapatero artesano, a imagen y semejanza de los suyos.
No obstante, le hablé también de mis miedos: hace tiempo que sospecho que soy un estorbo. Mamá adora sobremanera a una criatura pequeña, de rasgos dulces, que no demanda atención, que no entorpece con canciones a la hora de dormir y que conserva su vestido inmaculado, día tras día. Por eso intenta modelar mi aspecto tomando su perfección como referencia. Aun así, mamá está disgustada, ya que le gustaría que mis ojos oscuros se tornasen verdes.
De repente, mamá abrió la puerta de la habitación. Se acercó a darme un beso y, al descubrir que Celeste estaba tumbada a mi lado, me la arrebató.
―¡Canalla! ¡La has despeinado!
―La he tomado con mucho cuidado, mamita. Y solo estábamos hablando ―me apresuré a explicar, temiendo que me diese un bofetón.
―Pues ya no se habla más por hoy; ella no quiere escucharte ―respondió, furiosa―. ¿Verdad que no, mi dulce Celeste?
Sus palabras se clavaron como estocadas en mi amor propio. Y su habitual manera de ignorarme provocó una punzada de pánico que me atravesó el corazón. Salté de la cama antes de que saliese de mi cuarto.
―¡Mamá, perdóname! ―le supliqué, abrazándome a su cintura―. Creo que tú quieres a Celeste más que yo. ¡Quédatela! Así la tendrás siempre linda y bien cuidada. Conmigo corre peligro.
Mamá me contempló desde la imponente altura que le conferían sus botines de tacón, durante unos segundos que se me hicieron agónicos. Poco a poco, fue transmutando su gesto frío en una expresión curiosa, que arrojó esperanza sobre nosotras tres.
―Vio, tesoro, ¿serías así de generosa? ―inquirió, a la vez que me acariciaba la mejilla―. Celeste fue un regalo de la abuela Ilio para ti. Jamás se me habría pasado por la cabeza decirte que me la des. Además, cabe la posibilidad de que, en algún momento, eches de menos hablarle, como haces ahora ―su voz se iba volviendo cada vez más melosa y su cadencia se amoldó, con lentitud, para forzarme a recapacitar sobre una oferta que había hecho a la ligera―. ¿Qué harás si eso sucede? Porque si me la entregas, ya no volverás a tocarla.
―Me conformo con hablar a mis muñecas de trapo ―le respondí, tratando de aparentar entereza―. Ellas son más fáciles de cuidar. Y, seguramente... Celeste no me echará de menos.
Bajé la vista al decir esto último. Se me partió el alma, más por haber tenido que quitarme la venda de los ojos de golpe, que por tener que separarme de ella, y escondí mi cara entre la blusa de mamá.
―Vio, no llores. Estoy orgullosa de ti, por tu buen corazón. Creo que así será mejor para todas. Y, ahora, ¿qué tal si vamos a desayunar? Os voy a preparar tortitas.
―¡¿De verdad?!
―Por supuesto. Anda, lávate la carita y ponte el vestido, que luego iremos también a pasear. Y leeremos cuentos bajo la pérgola.
―¡Hala! ¡Cuántas cosas!
―Hoy es un día importante ―dijo, de manera enigmática.
En aquel instante, percibí a mamá como nunca antes. Estaba eufórica, radiante de motivación. La posibilidad de recuperar toda la atención de la que me había estado privando por prestársela a Celeste, se desplegó ante mí. ¿Era posible que hubiese descubierto, de repente, que yo formaba parte de su vida y de su mundo? Hacía mucho tiempo que no me hacía tortitas. Y la costumbre de contar cuentos creo que la erradicó cuando cumplí los ocho años... Pero seguía habiendo una condición implícita… Me había dicho que me pusiera el vestido. Se refería a ese vestido que había cosido ella misma, tras buscar por todos los almacenes de la comarca una tela igual a la del vestido de Celeste.
Cuando regresé de asearme, me encontré con que Celeste estaba sentada sobre la encimera de la cocina, como me gustaba hacer a mí de más pequeña, para observar a mamá de cerca en su proceso de repostería. Como si pretendiera observarla ella también. Yo me senté en una silla, a sabiendas de que mamá prefería cocinar sin ayuda, de modo que podía abarcar de manera panorámica todo lo que hacía. Mis amigas protestaban porque eran obligadas a colaborar en las tareas de la casa y yo siempre las había escuchado con un tremendo pesar. No sabían cómo envidiaba que las dejasen amasar pan, hacer guisados y freír huevos, pese al peligro que ello entrañaba. Mi existencia era cada vez más limitante.
La contemplé mientras manipulaba las varillas y me quedé absorta ante su precisión a la hora de racionar la masa sobre la sartén en porciones individuales. Disfruté también del emocionante fundido de las onzas de chocolate sobre las caras tostadas de las tortitas y del prometedor aroma que comenzaba a inundar la cocina. Aunque me cuidé mucho de no mirar a Celeste en ningún momento.
*
―¿No es preciosa? ―me preguntó mamá, refiriéndose a su muñeca, mientras le anudaba la pamela bajo la barbilla, para protegerla del sol.
―La más preciosa ―le aseguré.
El jardín había sido arreglado con exquisita dedicación y las flores rebosaban esplendor. Miré a mi alrededor, embelesada por el despliegue de vajilla y por la decoración sobre el mantel que mamá había mandado poner. La de molestias que se tomaba, cuando estaba de buen humor, para que Celeste se sintiese a gusto.
Y es que Celeste siempre sería feliz; su eterna sonrisa era la prueba de su bien lograda existencia, mientras que yo... Bueno, yo no tenía muy claro qué iba a decidir mamá con respecto a mi cuerpo, mi mente, mi vida. Tanto me asustaba que me dijera paso a paso lo que esperaba que hiciera, como que no me dijera nada en absoluto. ¡Cómo podía soportar el miedo que me embargaba! Por momentos, me había llegado a sentir al borde del desmayo ante su actitud cambiante, sus juicios inesperados, sus arrebatos apasionados. La anterior vez que me sorprendió pegada a mi muñeca, me obligó a imitar su gesto. «¿Ves cómo Celeste mantiene los brazos levemente inclinados hacia delante, pero sostenidos? Así has de posar tú, con la misma gracia. Lo que indica es que espera que alguien se acerque a ella, no que desee ser aprisionada». Me pasé el día entero de pie en el recibidor, como si fuese yo quien esperase que se acercaran a mí, con mis tirabuzones recogidos en lazos, mi vestido recién planchado y sin dar muestras de la rigidez muscular de mis piernas, en paralelo, para que no se me bajasen los calcetines; ni de mis brazos, por mucho que temblaran de cansancio.
―¡Qué contenta estoy, mamá! El desayuno te ha salido delicioso. Y hace una mañana estupenda ―me atreví a expresar en voz alta. Al instante me arrepentí de haber abierto la boca, pues mamá no me permitía hablar en presencia de Celeste. Empecé a temer un castigo, por imprudente.
―Eres muy amable, querida ―respondió, halagada, para mi sorpresa. No obstante, apenas posó su mirada sobre mí, absorta como estaba en trocear una tortita cuidadosamente, con el cuchillo y el tenedor, para su nueva hija.
En aquellos momentos, no tenía muy claro qué podía estar pensando. En apariencia, me daba a entender que al tener a Celeste, todo le parecería bien; y que lo concerniente a mí pasaría a un segundo plano. Pero la experiencia me decía que aquello podía durarle un tiempo limitado, hasta que otro deseo se apoderase de ella. En tal caso, volvería a atormentarme. Ya le sucedió una vez con una casita en miniatura: al poco tiempo de conseguirla, llegó Celeste y el calvario volvió a comenzar. Aunque, ¡quién sabe! Puesto que llevaba dos años detrás de ella, con suerte, mi regalo la haría feliz y me dejaría en paz para siempre.
Por mi parte, estaba dispuesta a desvincularme para siempre de todo mi parecido con ella. Celeste era la culpable de que yo hubiese llegado a sentirme recluida, amaestrada y anulada. Si mamá me levantaba el castigo de mi absurda existencia, siempre supeditada a tratar de hacer de mí una extensión en carne y hueso de su idolatrada niña silenciosa, recuperaría mi vida.
No recordaba de qué color eran mis cabellos antes de que pasaran a tener aquel cegador brillo dorado, por lo que sentía el deseo de averiguarlo. Tampoco recordaba en qué momento dejé de usar camisas, botas y pantalones... La costurera venía a casa cada temporada, me tomaba las medidas y me surtía de vestidos, todos con el mismo corte: cuerpo entallado, mangas afaroladas y falda de vuelo hasta las rodillas. Pero cuando yo aún elegía mi ropa, acostumbraba a salir por las tardes a recorrer el bosque con los niños y niñas del pueblo, para bañarnos después en el río.
Lo que sí recordaba con absoluto pavor era ese par de canicas gigantes con aspecto de ojos, de un verde esmeralda absolutamente arrobador, que mamá tenía oculto en un cofre de plata, junto a unas tijeritas y un pañuelo bordado con mis iniciales. Una parte de mí había estado engañándose, bloqueada por la tremenda impresión que me causó el descubrimiento; se repetía que Celeste, al ser adquirida, venía con un par de ojos extra, al igual que los abrigos venían con botones de repuesto, en previsión de pérdida. Pero, en el fondo, sabía con exactitud el uso que mamá estaba dispuesta a darle a aquellos objetos.
Ahora que era plenamente consciente de lo que podía haber pasado, un temblor se apoderó de mi cuerpo. No sé de cuánto tiempo disponía hasta que mamá se percatara, entretenida como estaba en que Celeste tomara sus tortitas. Tiré de la falda todo lo que pude para ocultar mis piernas, tras intentar colocarme de varias posturas. No quería que notase que estaba nerviosa y, a la vez, sabía que su silencio era deliberado; que me estaba dejando divagar para torturarme.
―Extravío, corazón ―se dirigió a mí, entonces, con total despreocupación―, dice Celeste que le encantaría heredar tu habitación. ¿Verdad que renunciarás a ella para concedérsela?
―Claro que sí ―me apresuré a responder sin titubear.
Se acercaba el golpe de gracia. Había dicho mi nombre completo. A partir de aquel instante, mi vida estaba sentenciada.
―Sabía que no nos fallarías. ―Por primera vez en mucho tiempo, mamá me contempló con calma, sin un ápice de mala intención, mientras yo contenía la respiración. Luego añadió―: Jamás olvidaré tus buenas acciones de hoy. Estoy convencida de que serás una buena cuidadora. Es por eso que esta tarde te ayudaré a preparar la maleta y redactaré una carta de recomendación para que te pongas al servicio de una buena familia de la capital. Ya tienes edad de buscar tu camino. Y yo, de sentirme plena.
Me había librado de la soga que había estado flirteando con mi cuello. Por una parte, entendí que en aquella extraña negociación que había tenido lugar, se me habían otorgado las condiciones más ventajosas que podía esperar. Dejé escapar un sonoro suspiro, pensando en todo lo que significaba aquello. Al menos, en lo que yo alcanzaba a entender. Por otra parte, no sabía dónde podría acabar, ni cómo me buscaría la vida si no encontraba trabajo. No estaba segura de que me fuese a dar dinero ni recursos con los que desenvolverme…
Mamá me sonrió. Incluso acercó su servilleta para limpiarme algún resto de nata de la barbilla. Qué hermosa era cuando ningún pesar turbaba su espíritu. La sentí extrañamente cercana.
―Tu hermana también se marchó al cumplir los diez años. ¿Te acuerdas de Ena? ―dejó caer, con indolencia, mientras le servía más leche a la favorita.
Un sudor frío me recorrió la espalda. Mi hermana… Yo tenía una hermana. ¡Yo tenía una hermana! Dios mío, es verdad. ¡La casita en miniatura era suya! En aquel instante, todos los recuerdos que había tenido ocultos en lo más lejano de mi mente, regresaron juntos. La casita… Mamá consiguió que Condena se la entregara y, a cambio, le aseguró que tendría un futuro prometedor en la capital. Pero antes de irse, mi hermana me advirtió que sabía que no era ese el destino que le esperaba y que ya no había salvación para ella. Y que más me valía no llevarle nunca la contraria a mamá. Y que… ¡Me acuerdo! ¡Me acuerdo de eso! Me dijo que debía estudiar y ser muy lista. Dijo que todo era una trampa.
Todo es una trampa, me repetí en aquel instante, al asentar mis conclusiones. Todo. Mi existencia. Sentí una cálida humedad descendiendo en picado por mis piernas, mientras luchaba contra la sensación de desmayo, que amenazaba con lograr mi rendición.
Mamá, entonces, olisqueó el aire, tratando de identificar la procedencia de aquel aroma rancio. Solo cuando sentí sus ojos iracundos clavados en mí, entendí que se me había soltado la vejiga, empapando mi ropa interior, mi vestido, el mantel. Su mirada era tan dura, que la sentía como alambres tensos envolviéndome, tirando de mí hacia ella. Estaba paralizada. Sentía un zumbido en los oídos que se intensificaba a un ritmo enloquecedor.
Como pude, pese al bloqueo muscular, me las apañé para ponerme en pie y eché a correr en dirección al bosque. Recé para que mamá no me lanzase platos o, si lo hacía, que tuviese mala puntería. Corrí sin mirar atrás, concentrada en sincronizar la respiración y en mirar dónde pisaba, para evitar tropezar en una zona demasiado irregular. No escuché gritos ni golpes a mi espalda. Ni una maldición, ni expresión de frustración alguna. Una parte de mi conciencia me decía que eso era buena señal, que podría adentrarme en la espesura; que una vez allí estaría a salvo.
La otra parte de mi conciencia, que ha tenido un duro entrenamiento desde que vine al mundo, me advirtió que cualquier idea que yo valorase, mamá la consideraría predecible.
*
Intenté dejar el menor rastro posible. Por mucho que me molestaran las bragas (húmedas, al principio, acartonadas y malolientes después), no me deshice de ellas. El cuerpo del vestido, tan ceñido y con las sisas tan apretadas, me causó varias rozaduras que se infectaron con el sudor. Tuve que desgarrar las costuras de las axilas y los costados, así como los elásticos de las mangas, para moverme con soltura. Los calcetines me protegieron de las sobaduras de los zapatos al principio, luego mis pies se acostumbraron a todo tipo de terrenos y se endurecieron.
Estuve durmiendo en la copa de los árboles altos y frondosos. Subía a recolectar frutos y a protegerme del frío y el calor, pero las arañas se cebaban con mi piel expuesta por todos los flancos. Cada dos días me acercaba al río para rellenar los envases que iba recolectando, asearme y hacerme curas. Me movía constantemente, de manera casi errática, para inspeccionar el terreno.
Aquel era un lugar peligroso para vivir y esconderse en él. Había alimañas, cazadores, bandidos y cazarrecompensas. Pero mamá y su casa eran lo peor que había conocido, de modo que eché mano de todo lo aprendido durante mis excursiones con mi pandilla, cuando era más niña, y me preparé para lo que fuese menester afrontar. Con un poco de suerte, pasadas tres lunas desistiría en su búsqueda. Era una esperanza a la que no podía aferrarme, estaba claro, pero me ayudaba a sobrellevar el angustioso paso del tiempo.
Pasaron varias semanas durante las que estuve valorando mis opciones. Me planteé atravesar el bosque entero y aparecer en la ciudad. Pero mi aspecto de fugitiva y la ausencia de posesiones que vender o intercambiar harían difícil mi supervivencia y las autoridades podrían decidir por mí lo menos conveniente. Del mismo modo, si aparecía en algunos de los pueblos colindantes y me dejaba ver, mamá acabaría sabiéndolo, porque tenía relaciones con gente de todos ellos. ¡Echaba tanto de menos a mis amigas! Cómo me hubiese gustado pedirles auxilio… Pero no podía comprometerlas. Me había abocado a una encrucijada y empezaba a entender que la escapatoria era peliaguda.
Tuve que comerme crudos los animales que cazaba, las hierbas que cosechaba y los peces que pescaba, para no encender fuego. Fabriqué armas básicas para tal menester, aunque también para abatir a cada persona desconocida que se adentraba sola en mis parajes, para conseguir ropa y cualquier objeto de utilidad. Hice cosas que no hubiera hecho jamás, de no ser porque mi vida corría un peligro tangible y porque todas las amenazas que sentía sobre mí eran ordenadas por mamá.
Mamá… ¿Cómo era posible que semejante monstruosidad fuera mi madre? ¿Qué le hicimos, mi hermana y yo, para que nos despreciara con tanta inquina? ¿Por qué nos puso estos nombres tan horribles? Durante los días que pasé limitada en el territorio forestal me cuestioné cada instante que había vivido a su lado: cada situación de pánico, cada humillación, cada castigo, cada chantaje. Y me embrutecí por el dolor de los recuerdos, que volvían con claridad creciente, y por el instinto de supervivencia.
*
Pasaron mis tres lunas, sí. Lo peor de vivir oculta era la incertidumbre. Si veía gente sospechosa con menos frecuencia, tendía a pensar que mamá se había cansado de rastrearme. Pero justo eso es lo que ella nunca haría, rendirse. De modo que cambiaba de emplazamiento cada pocos días, para observar la foresta con la máxima precisión posible, para no perderme detalle de lo que sucedía a mi alrededor. Y para evitar ser descubierta. Así que al margen de lo que mamá pudiese haber dispuesto, pasaron otros tres meses y otros tres más.
Bien sabe dios que no me confié cuando tomé la decisión de abandonar los árboles. Tenía las rutas controladas, sabía cuáles eran las horas de tránsito, quiénes frecuentaban cada zona, qué podía esperar, en definitiva. Así que tomé mis pertenencias y me dirigí a otra zona. Llegué a conocer bien el bosque cuando era chica, de modo que recordaba los rincones que no había vuelto a recorrer. Y recordaba lo que había al final del sendero de la ruta oeste.
La casa de la abuela Ilio. Exilio.
Hacía casi tres años que no sabía nada de ella, desde que me regaló a Celeste. Cabía la posibilidad de que hubiese fallecido, incluso, o de que mamá le hubiese hecho algo malo. Pero también podía hallarla con vida… Valía la pena intentarlo, ¿verdad? A lo mejor me dejaba esconderme unos días. ¡A lo mejor me contaba algo que me ayudase a entender qué sucedía con nosotras!
Hice lo posible por moverme con sigilo, alejada del sendero, para acercarme a la casa. No dejaba de plantearme posibilidades realistas, porque lo último que quería era engañarme, después de la vida de mierda que había llevado. Si mi abuela había logrado resistir la incomunicación y el abandono; si había sido olvidada por las malas artes de mamá, debía ser muy mayor, o estar enferma, o haberse vuelto una amargada. Podríamos llevarnos muy mala impresión la una de la otra. Me convenía estar preparada para cualquier cosa.
Al final, después de un día estudiando la zona para asegurarme de que no había rastreadores, logré acercarme lo suficiente para contemplar la casa desde lejos. Tenía muy mal aspecto, como si llevase mucho tiempo abandonada. Rodeada de maleza, con el tranco y los alféizares llenos de polvo y hojas secas, aunque no presentaba desperfectos evidentes. Sentí el corazón martilleándome el torso, angustiado, temeroso. Busqué un emplazamiento donde asentarme y desde el que observar la zona, el tránsito, los accesos a la casa por unos cuantos días.
Creo que contuve el ansia todo lo que pude, hasta que el sentido común me apremió. No podía pasarme la vida oculta de peligros imprecisos. Debía afrontar qué era en realidad lo que me aguardaba y para ello tenía que adentrarme en la casa y averiguar qué había sucedido a lo largo de los últimos años.
*
―Has jugado bien, lo reconozco. Has sido paciente y has mantenido la cabeza muy fría, Extravío. Pero no hay nadie en este mundo más fría y más paciente que yo. ¿Sabes cuántos años tengo?
No sabría explicar qué pasó, ni cómo. Pero allí estaba mamá, imponente, joven, hermosa, fría como el metal, en efecto. Como si acaparase toda vida a su alcance y la privase del oxígeno, para alimentarse, insinuó que tenía una edad muy respetable y que, por ello, le debía respeto. Bueno, pues después de un año valiéndome por mí misma, yo lo único que no tenía eran miramientos. La visión de mamá me subyugaba, cómo negarlo, pero estaba dispuesta a todo para sobrevivir.
―¿Estás segura? ―me cuestionó, como si hubiera sabido lo que estaba pensando. Di un respingo. Luego añadió―: ¿Estás segura de que sabes quién es tu madre?
Aquel comentario me heló la sangre. Mamá giró el cuerpo y señaló al fondo del pasillo, que permanecía a oscuras. Ninguna esperábamos que me acercara a contemplar de cerca lo que quería mostrarme, de modo que acomodé la vista a la oscuridad hasta que distinguí dos figuras rígidas. Femeninas. Mamá me dio la espalda y se adentró por el corredor para encender una luz tenue que me facilitase la labor. Poco a poco, al tiempo que iba reconociendo los rasgos de la abuela y de mi hermana, una oleada de algo desconocido me recorrió el espinazo.
Eran Exilio y Condena. Embalsamadas o sometidas a algún tratamiento que las mantenía en estado latente, o muertas en vida, o...
―¡¿Qué les has hecho?!
―He tomado sus hálitos, para mantener mi aspecto ―me respondió, con una sonrisa de autocomplacencia―. Ya que has venido hasta aquí, voy a explicarte todo lo que no has sido capaz de averiguar por tu cuenta: Exilio fue tu madre.
En aquel instante, sentí el efecto de un mazazo en el estómago. ¿Cómo era posible…?
―Sí, claro, no lo aparentaba porque era una anciana. Una ancianita encantadora, ¿no es cierto? Y sin embargo, me vendió a sus hijas para conservar su vida. Así de miedosa era. Prefirió envejecer y mantenerse al margen de lo que yo hiciera con vosotras antes que enfrentarse a mí. Lo que no llegó a saber nunca es que su degeneración se debía a mi vínculo con sus hijas.
Después de haber pasado tanto tiempo lejos de Exilio, alienada en un medio hostil, ya mis recuerdos de ella estaban devastados. Volví a sentir que las fuerzas me flaqueaban, que el espíritu intentaba abandonar mi cuerpo. ¡Maldita sea, no había llegado hasta allí para entregarme! Me resonaba la advertencia de Condena sin cesar ―«Todo es una trampa»―, al tiempo que un sonido como de radial, en mi cabeza, acompañaba el pulso de mis sienes.
―No lo entiendes, supongo… Digamos que Exilio creía que entregándome a sus hijas se libraría de mí. Vosotras me habéis mantenido joven, pero el pacto dura lo que dura. Antes del desarrollo debo despojar a los tributos de su voluntad y buscar a otra víctima adecuada. No temas, Extravío. Ya no me sirves como tributo; eres vieja para ello.
Una risa despreciable inundó la estancia y me encogió las vísceras. Aquella manera de decir «vieja», su superioridad al manifestar que me había usado en su provecho… Una náusea empezó a lanzarme avisos de que me faltaba el aire. Me dolían las mandíbulas de tanto apretarlas. Salí de la casa para respirar y ella me siguió, con parsimonia, como si pudiese consentirme darme ventaja en caso de que se me ocurriese salir corriendo, como la otra vez.
―Eres libre, Extravío. Puedes hacer lo que quieras con tu vida. Vete al campo, al bosque, al pueblo, a la ciudad. Tú decides. Pero si alguna vez te quedas embarazada, yo lo sabré, por el vínculo que nos une. No solo lo sabré, sino que acudiré a ti. A ti y a tus hijas.
―¡Yo no voy a tener hijas! ―respondí, con el miedo más atroz cubriendo aquella declaración que pretendía sonar segura.
―Tanto si es así como si no, yo viviré para verlo, querida. Te lo aseguro. La sabiduría ancestral siempre ha prevenido a las muchachas de cuidar su honra. ¡Qué manera más ilusa de centrar la atención en el problema más inocuo de la ecuación! Cuida bien de toda ti, por la cuenta que te trae. No sabes cómo deseo apoderarme de ti.
*
Han pasado 40 años desde que me fui de la comarca. Durante mi juventud, mentí, robé, usurpé la identidad de jóvenes fallecidas para estudiar y hacerme adulta en igualdad de condiciones que cualquier otra muchacha que viniese de buena familia. He hecho todo lo que me he propuesto en la vida y muchas otras que no me propuse, pero que eran necesarias. En los inicios de mi andadura, me mantuve alejada de los hombres, por precaución. Luego me dispuse a buscar ayuda en las comunidades que atesoraban el saber. Fue así como hallé a las Ocultas.
Ellas me enseñaron el misterio de la concepción no solo desde la naturaleza fisiológica del coito entre macho y hembra, sino desde todos los matices del deseo que casi nunca se toman en cuenta. Al comprender cada factor por separado y en relación a los demás, pude controlar mi vida por completo, sin margen de error, y mantenerme a salvo de aquella a quien una vez llamé mamá.
Las Ocultas tienen un nombre para denominar a la criatura que es; La Impostora. Me han explicado que el vínculo mediante el cual podría esclavizarme no se desactiva con mi muerte natural, de modo que ahora que mi categoría de mujer madura me convierte en definitivamente «vieja» para que me use como hembra reproductora, me veo en la obligación de buscar la manera de prohibirle que vuelva a usar a nadie más. Dicen las Ocultas que si dedico el resto de mi vida a cultivar la voluntad puedo liberarme y hacerme lo bastante fuerte como para contener su energía. También dicen que para ello debo mantenerme lejos de las energías que puedan corromperme, para que el odio no intercepte mi sendero. Lo veo cada vez más difícil. El odio es un contrincante duro de roer.
«Vio, tienes que estudiar y ser muy lista», me advirtió mi hermana antes de desaparecer… Llevo toda la vida estudiando la manera de ser lista y comienzo a descubrir que no existe una salvación definitiva. El estudio es otra forma de esclavitud, aunque me prometa la invulnerabilidad. Me resigno a cambiar un calvario por otro.