Relato 55 - Piernas inquietas
¿Por dónde empezar? ¿Cuándo empecé a desarrollar aquella idea? ¿Qué me impulsó a ello? No lo sé, seguro que fue un cúmulo de circunstancias comenzando por mi insomnio casi crónico. Es cierto, muchas noches duermo a penas dos o tres horas, sufro del síndrome de las piernas inquietas lo que me obliga a mover los miembros inferiores sin parar. Y si no son estas son los dedos de las manos… Por lógica, tanto movimiento no ayuda a concentrarse en dormir. Ahora mismo, aunque estoy sentada, he notado la necesidad imperiosa de moverlas, dos veces cada una.
Sigo avanzando, muchas noches casi no duermo y después voy a trabajar. No quisiera hablar mal de mi ambiente de faena, pero en ocasiones resulta irritante. Yo deseo tranquilidad y lo normal es, bueno… Como he dicho, no quiero sugerir nada negativo de mis compañeros, todos son encantadores, de verdad.
Un día, los trabajadores recibimos un correo electrónico en el que nuestro jefe nos pedía que aportáramos ideas nuevas para relanzar la empresa, para ayudarla a superar con éxito la crisis económica. Yo no hice demasiado caso, bien sabía que yo era una don nadie para ellos. ¿Por qué iba a pensar? Tampoco me pagaban por ello. Ya a la tarde, al salir de trabajo, mis pasos me dirigen a casa cuando veo una tienda, desconocida por mi persona hasta ese momento. No sé la razón que me impulsa a empujar la puerta y entrar.
En el interior, varios objetos llaman mi atención. Paseo entre las estanterías observando esto y aquello, compruebo precios y me asombro que sean tan módicos.
—¿Ha visto algo? —Una señora de avanzada edad interrumpe mi búsqueda con esas palabras.
—Todavía no —respondo—. Tiene usted objetos muy especiales, como esta tetera —digo señalándola con la mano—. Parece de mucho valor.
—La valía depende de la persona. Pero, quizá, no está mirando en el lugar correcto —me indica la anciana—. Debería centrar su búsqueda en el fondo de la tienda, es donde guardo los objetos más especiales.
La observo por primera vez. Su figura rechoncha no supera el metro y medio, su cabello, blanco, está peinado en una larga trenza. Nuestras miradas se cruzan, pero ella está en desventaja. Uno de los ojos, azulado, tiene vida; el otro ya no existe. Ahora solo es una cicatriz.
—Con este ojo —manifiesta señalando la marca— veo mucho más que otros con dos.
Y yo sé que me dice la verdad. La inferioridad es mía.
Me voy al fondo. Allí veo un arma, guardada en una funda. Lo cojo y extraigo el cuchillo para ver la hoja y la empuñadura de nácar. Ese es el objeto que deseo. Lo sé. Mi mano lo empuña. Es precioso. Me veo otra con él.
—Ha elegido con sabiduría —dice la anciana vendedora.
—Me gusta. Me siento cómoda. ¿Cuánto es?
La tendera me indica el coste que me apresuro a pagar.
—Ahora, será mejor que vuelva a casa —me sugiere la señora que me acompaña hasta la puerta.
La abre y la noche me da la bienvenida. Creo que mis ojos delatan mi sorpresa. ¿Tanto tiempo he pasado en esta tienda?
—El tiempo no siempre transcurre igual de rápido —murmura la vieja, adivinando, sin duda, mis pensamientos.
—No sé la razón por la que he preferido un arma entre todo —digo a modo de despedida.
—¿Quién dice que no has sido tú la elegida? —pregunta la anciana.
Antes de que yo pueda replicar cierra la puerta, dejándome en la calle. Por un momento pienso en volver a entrar para preguntarle que ha querido decir con sus palabras. Empujo la puerta, pero esta no cede. Comprendo entonces que la anciana no desea seguir con nuestra conversación.
Continuo mi paseo hasta mi hogar. Llevo el cuchillo en el bolso. Estoy deseando llegar a casa y sostenerlo de nuevo entre mis dedos. Comienzo a caminar con mayor ligereza, cada vez más rápido, hasta correr. A pesar de que los zapatos que llevo hieren mis pies yo me sigo apresurando. Necesito llegar a casa.
Al entrar en mi piso me quito los zapatos y los dejo caer. Descalza me dirijo al comedor, donde abro el bolso y saco el cuchillo enfundado. Lo desnudo y, por primera vez, lo miro de verdad, con deleite. Es entonces, cuando observo unas letras escritas en la hoja. Intento descubrir que es lo que dice, pero no están anotadas en una lengua que yo domine. Con el móvil busco traducir la extraña palabra.
—Sawubona —leo en voz alta—. Hola —traduzco.
En ese instante aparece un nuevo término en el acero. Alterada leo en voz alta este nuevo vocablo, escrita ahora en mi lengua.
—Marta.
¿Es, quizá, una clase de broma o un engaño de mis sentidos? Miro la hoja con fijeza, esperando otro mensaje que me ayude a discernir. Sé lo que parece, con seguridad estás dudando de mi entendimiento, pero juro que todo lo que estoy contando es tan cierto como que por mis venas corre sangre.
Nada más ocurre. Al poco tiempo, las palabras se desvanecen, pero no son sustituidas por otras ni queda señal alguna que pruebe su existencia tan solo segundos antes.
Ese mismo día por la noche, otra de esas de insomnio, nace una idea. En principio iba a ser únicamente un juego nocturno, una manera de entretenerme, para no pensar en mis piernas y en el paso de las horas. Cada noche desarrollo dicha idea, aumentándola, modificándola, adaptándola… La fantasía va creciendo y tomando cuerpo mientras mi siniestra pasea arriba y abajo por el cuchillo, que descansa bajo mi almohada. Sin darme cuenta mis piernas detienen su baile maldito y yo duermo.
Una mañana los trabajadores recibimos un nuevo correo electrónico. Nos indican que pasaríamos todos juntos un fin de semana en una casa rural. En ese instante supe que ese era el momento de poner en marcha mi plan. Después de meses por fin iba a poder ver el desarrollo de mi idea, que por tantas noches había ocupado mis pensamientos nocturnos.
Llega el día. Un sábado de enero. Los trescientos trabajadores nos presentamos a la cita. Huelga decir, que no se contempla la falta a esa reunión. Cualquiera que se negase a acudir acabaría en la lista negra, esa a la que era visitada cuando era necesario reducir el personal. Pero, por el contrario, nadie me podía obligar a pasarlo bien. Eso sí que no.
Tras un almuerzo común nos indican que entremos en una sala de reuniones con suficiente espacio para todos. Yo me siento al fondo, en la última fila, justo al lado de la puerta. Necesito estar en ese punto exacto. A mi siniestra se sienta uno de mis compañeros con el que une una profunda amistad. Su cara está dominada por una expresión adusta.
‑—Tan mentirosos como siempre —me susurra señalando al charlatán, porque eso era para nosotros, que dirige su verborrea a un público, dividido entre dubitativo y crédulo.
—Sí —respondo escueta, mientras me fijo en los compañeros más próximos. Los de mi misma fila tienen el móvil entre las manos y teclean. Esos poca atención prestan a los actos que se desarrollan a su alrededor. No se van a fijar en mi persona.
Mi amigo saca también el teléfono. Para él, la charla ya había terminado. Y para mí, pero por el contrario yo no imito su acto. Mis manos no están ocupadas con un aparato electrónico. No, mi siniestra empuñaba un arma mucho más mortal. Ocultando mis manos a miradas extrañas la desenfundo y contemplo la desnuda hoja donde me espera otro mensaje: «Tengo sed, Marta». Con un rápido gesto empujo el cuchillo hacia mi compañero y, sin mediar palabra, le apuñalo en el costado, por debajo de las costillas. Una vez, dos. Él se gira. Jamás olvidaré su mirada, la sorpresa que desprenden sus ojos.
—Siento que hayas tenido que ser tú —le susurro al oído—. Si no te hubieses quitado la chaqueta me hubiera sido más complicado apuñalarte. Ahora duerme —digo mientras le tapo con su propio abrigo.
Observo algunas alteraciones en el arma: una profunda muesca en la empuñadura y el brillo del acero ha cambiado, con más intensidad donde la hoja se une al mango y más mate en el resto. No solo eso, una nueva palabra se muestra: «Todavía tengo sed, Marta».
—Lo sé —digo—. Y entonces me agacho hacia la persona que esta sentada delante y con un rápido movimiento le corto la yugular de derecha a izquierda. La sangre salta como si de una fuente se tratase.
En ese momento el caos se desencadena.
—¡Aaaaah! —grita una mujer, al ver su móvil salpicado de sangre ajena.
Yo alzo el cuchillo hasta los labios para darle a entender que deje de chillar. Pero no funciona, sino que eleva más el tono de voz. Más gritos la secundan.
—¿Quién quiere ser el próximo? —preguntó alzando la voz—. Necesito voluntarios, mi amigo todavía tiene sed.
Carreras. Sillas caídas. Esa es la respuesta a mi petición. Pero yo no desisto. He de alimentarlo. Alargo el brazo hacia la puerta, que cierro. Esa es la única salida y yo soy su guardiana.
La gente detiene su marcha a pocos pasos de mí. Me contemplan, me observan. Sin duda creen que estoy loca, pero no. Esto no es locura, es amor.
—¡No me miréis así! —digo blandiendo el cuchillo, que cosa extraña, no gotea.
El público, ahora mi público, retrocede unos pocos pasos. Nadie se atreve a quitarme el cuchillo. El único con arrestos suficientes para intentarlo está muerto, tapado con su abrigo.
—¡Cobardes! —chillo y por descuido separo la espalda de la puerta.
Ese es mi fin. La puerta es empujada y yo caigo, clavándome el cuchillo en el pecho, a la altura del corazón. Un nuevo mensaje aparece en la hoja, pero yo ya no lo leo, como tampoco veo que la misma brilla en toda su extensión: «Para devolver a la tienda de la señora Umthakathi».
Porque yo, ahora que recuerdo, estoy muerta.