Relato 94 - Otros ingresos

Otros Ingresos”

 

 

Al levantar la cabeza, el hombre entornó los párpados; no había un cielo calmo de suave tonalidad rosada en el horizonte, sino un potente chorro de luz halógena, cruda y cegadora. El hombre intentó ponerse de pie, pero estaba demasiado débil, tenía una profunda herida abierta en el costado derecho y una corriente de sangre espesa manando del interior de su cuerpo. A su lado, el centurión, su asesino, lo miraba con desprecio; lucía repugnado por el espectáculo de aquel reguero de sangre a medio coagular, la armadura dorada refulgía con suaves y orgullosos tañidos halógenos, un chisporroteo áureo se escurría a lo largo de la lanza, hasta extinguirse en una empuñadura de bronce crudo.

—Te amaré hasta el último soplo de vida de mi cuerpo —murmuró el hombre al encontrar los ojos de la mujer que trataba, inútilmente, por encontrarse con él; el centurión la tenía sujeta por la cintura.

—Entonces —añadió el soldado—, tu amor será muy efímero.

El viento enarboló la capa del guerrero; un entramado prodigioso, verde y dorado, que representaba las correrías de Pan en un jardín de delicias sensoriales, hasta fundirse en las tonalidades rojizas de un disco bordado, que representaba al dios Marte.

—¡Un amor así no morirá! —gritó el hombre herido— ¡Que viva hasta la eternidad, y siempre!

A la distancia, las siluetas negras se recortaban contra el paño nebuloso que hacía las veces de cielo. El mar se crispaba, hirsuto pero aún etéreo, siguiendo el ritmo que marcaban las ráfagas de viento.

—¿Es tu amor así de puro, esclavo? —preguntó la mujer, expulsando un arabesco de neblina por los labios.

—Yo… —el aludido intentó incorporarse, tanteando en el suelo.

El centurión volvió a acercarle la puya, entrecerró los ojos y tomó puntería.

—Déjalo —gritó la mujer, desviando el golpe final.

—Como quieras —dijo el soldado con indiferencia. Descansó la punta de la lanza en el suelo, a un lado del moribundo.

—Moriré de pie —completó el herido; sus manos resbalaron con la sangre derramada en su intento por incorporarse, trastabilló, y logró apoyarse en la puya del centurión, apenas un instante, porque ésta se partió en dos pedazos. El centurión se tambaleó, patinando sobre la sangre; apoyó su peso en un árbol cercano, lo derribó y el objeto cayó hacia delante, provocando un estrépito y una nube de polvo.

—¡Alto!

El grupo volteó hacia el hombre que avanzaba hacia ellos, caminando sobre el mar.

El viento cesó. Las aguas se plancharon en plana quietud.

—¡Corte! ¡Corte! ¡Corte!

La mujer lanzó un suspiró mientras se acomodaba el pelo. El hombre herido se puso finalmente de pie.

—¡La escena ha vuelto a arruinarse! —gritó el recién llegado— ¡Y mira cómo ha quedado el escenario!

—Lo siento, la sangre es muy espesa, yo creí que…

—¡No podemos pasarnos el día así! —clavó el índice en el pecho del actor— ¡Es la tercera toma que arruinas!

El actor miró la palma de sus manos, la sangre artificial brillaba bajo la luz de los reflectores.

—Esto ni siquiera parece sangre —dijo el actor—; es jarabe de maíz.

El director le lanzó una mirada iracunda.

—¿Te atreves a criticar la puesta en escena?

El actor desvió la mirada; repasó la disposición de los reflectores atornillados en el techo del escenario.

—Precisamente tú, qué no tienes ni la menor idea de cómo se hace cine.

—De acuerdo —dijo el actor—, es culpa mía. Hagamos una nueva toma.

—Sí, haremos una nueva toma, pero será la última. No queda, y tú estás fuera —el director señaló hacia la puerta con el pulgar vuelto hacia atrás—. A ti te puedo sustituir hasta con un mono entrenado.

El actor dio un paso hacia atrás, la saliva fría que expulsaba el director al gritar estaba cayéndole en la cara.

—¡Carpinteros, arreglen este desastre!

El actor comprobó, con tristeza, que su camisa estaba arruinada por el jarabe de maíz.

—¡Asistente! —gritó el director— Próximo llamado, ¡mañana a las seis de la mañana!

El actor caminó hacia la zona de camerinos; poco antes de alcanzar las escaleras que lo llevarían a la parte baja del tinglado, el hombre tropezó con un tramo de cuerda, hizo un torpe lance acrobático hacia el frente, y remató con un abrazo desesperado a una de las columnas que sostenía la escenografía.

El actor escuchó el crujir del techo de madera sobre su cabeza.

—¡Oye tú!

El hombre levantó la cabeza, sin soltar la columna que lo había salvado de una fractura de fémur; encontró los rostros del director y su asistente, mirándole desde lo alto.

—Voy a recordarte —gritó el director— ¡que mi personaje no es un saltimbanqui!

Los tramoyistas rieron maliciosamente.

 

El actor abrió la llave del agua caliente; escuchó un golpeteo sordo y notó la vibración de la tubería. Esperó en silencio. El agua salió finalmente, a chorros, salpicándole la camisa. Cerró la llave de un golpe; estaba harto de aquella producción desastrosa, especialmente del sádico director, de sus malas maneras, su estereotipado monóculo y su presencia caricaturesca. La película, de bajo presupuesto, tenía un guión insípido y malos actores; todos en la producción sospechaban que el resultado sería un estrepitoso fracaso.

El actor se cambió de ropa y abandonó del estudio. Caminó hacia la sección de visitantes; su coche estaba estacionado en la parte más alejada. El parabrisas estaba salpicado con mierda de pájaros.

El sedán rojo arrancó al tercer intento. El hombre pisó el acelerador hasta el fondo. La maquinaria se estremeció entre estertores agónicos, el motor lanzó un tosido y emitió una nube de denso humo azul.

El coche subía la colina, haciendo un gran esfuerzo. El actor miraba nervioso el indicador de temperatura del motor, la aguja saltaba de lado a lado, deteniéndose en la zona roja. Dobló a la derecha y, antes de completar la maniobra, su teléfono móvil empezó a sonar.

—¿Sí? —contestó el actor.

No hubo respuesta.

—¿Quién habla?

—Necesito verte, es urgente.

El actor reconoció el marcado acento francés de su interlocutor.

—¿Cremades?

—Sí.

—Escucha, Cremades... he tenido un día fatal en el estudio; no creo estar en condiciones para...

—Es urgente —interrumpió—; habrá pago doble.

Raymundo Toledo, el actor, se detuvo ante la luz roja del semáforo; miró el reflejo de sus ojos en el retrovisor del coche, había un brillo rojizo afantasmado en ellos. El hombre al otro lado de la línea guardaba silencio, pero sus dientes crujían.

—No esta noche —dijo, finalmente.

No hubo respuesta, Raymundo escuchó la respiración entrecortada de Cremades imponerse sobre el ruido de fondo: el zumbido distante del televisor, sintonizado en un canal muerto.

—¿En tu casa? —preguntó Raimundo, después de lanzar un suspiro.

—Sí —respondió Cremades.

—Dentro de veinte minutos...

—De acuerdo. ¿Quieres beber algo?

—Un vodka-7 me vendría bien.

Raimundo pisó el acelerador a fondo. El sedán tardó mucho tiempo en aumentar la velocidad, y al hacerlo, pareció que el armatoste terminaría desarmándose.

 

Raimundo odiaba esa parte de la ciudad: coches desvalijados sobre tabiques de construcción, niños jugando en edificios abandonados, y muros pintarrajeados con figuras grotescas.

Raymundo llamó a la puerta: tres golpes rápidos, una pausa de dos segundos y luego, un tercer golpe. Miró a dos hombres viejos, al otro lado de la calle, bebiendo ron a palo seco; lo miraban con insistencia.

La puerta se entornó lo suficiente para que un ojo muy negro, bañado por uno de los últimos rayos de luz de la tarde, espiara el pórtico.

—¿Estás solo? —preguntó la voz al otro lado de la puerta.

—Sí —respondió Raimundo. La puerta se abrió un poco más. El visitante echó una mirada hacia el interior: la penumbra lo obligó a entornar los párpados. Raimundo movió la cabeza en acto reflejo; algo había pasado rozándole la oreja derecha.

—¿Qué pasa? —preguntó Cremades.

Raimundo descubrió al objeto que le había rozado la oreja: se trataba de una libélula majestuosa, de alas iridiscentes, azul tornasol y verde oxido; el insecto acababa de posarse en el muro del pasillo.

—Cremades —dijo Raimundo—, hay una libélula en tu casa.

—¿Libélula? —respondió Cremades, repitiendo la palabra con su profundo acento francés — ¿Qué es una libélula?

—Eso, eso es una libélula —Raimundo señaló hacia la pared, pero en el lugar donde acababa de ver al insecto, encontraron sólo el débil rayo de luz que el espejo del salón estaba reflejado.

—Ah, eso es una libélula; hay libélulas todo día, pero no durante la noche... durante la noche, no.

—No, la libélula se ha ido —Raimundo movía las manos, imitando el aleteo del paleóptedo—, era un caballito del diablo, así de grande.

Cremades lo miraba fijamente, sonriendo de pie frente a él, erguido con sus imponentes dos metros de altura. Parecía divertirse con la explicación.

—¿Del diablo, dices?

—Olvídalo —un vodka-7 con twist del limón esperaba sobre la mesa. El vaso sudaba, la luz se reflectaba en las gotas, descomponiéndose en pequeños chisporroteos multicolores.

—¿Tuviste un mal día, ah?

—Un pésimo día —respondió Raimundo, avanzando hacia el vaso refulgente—; ese maldito director está terminando con mi paciencia. Creo que va a echarme de un momento a otro, quizá ni siquiera me pague.

Cremades se dejó caer pesadamente en el sillón aterciopelado frente a Raimundo. Las partículas de polvo brillaban como si se tratara de chispas de oro. Los dientes blanquísimos del hombre contrastaban con su piel, negra como el ébano.

Los hombres bebían, rodeados de figuras de pasta: santos, vírgenes y un Cristo Rey con colores acuarelados, en un nicho abierto en la pared.

—¿Quieres que me encargue de él? —preguntó Cremades con ojos desorbitados, su huesuda cara recordaba constantemente a una calavera.

—No. No por ahora.

—Bueno, necesito algo especial. Pero no te preocupes, voy a pagarte el doble esta vez.

Raimundo dejó caer el vaso sobre la mesa. El tintineo de los hielos atrajo la atención de Cremades.

—No —respondió Raimundo—, no haré ningún servicio especial; la semana pasada quedé tan adolorido que no pude sentarme durante dos días.

Las ascuas ardientes de Cremades, cautivas en las órbitas huesudas de su rostro, volvieron a clavarse en Raimundo.

—Prometo que no dolerá nada; casi nada.

—Hoy no podría soportar algo como eso, Cremades. Mañana debo madrugar.

—Como quieras, hay paga doble. Bebe. Bebe tu vodka.

Raimundo pensó en el alquiler. Estaba a punto de quedarse sin trabajo, así que la oferta era demasiado tentadora.

—Hay paga doble, puedo encontrar otro actor, muy fácilmente. No hay problema. Bebe. Bebe tu vodka.

—De acuerdo —concedió finalmente—, pero al menor asomo de dolor, me largo enseguida.

—Habrá un poco de dolor. Sólo un poco. Por eso es la paga doble.

Cremades volvió a exhibir su esqueleto blanquísimo en horrenda sonrisa. Sin despegar los ojos de Raimundo, estiró su largo brazo para recoger el vaso que descansaba sobre la mesa. Dio un trago al ron, y después trituró los hielos con los dientes, sin dejar de sonreír.

—¿Empezamos? —dijo Raimundo— Mientras más pronto empecemos, terminaremos más temprano.

—Sólo un poco más. Debemos esperar una llamada, ¿ah? Bebe tu vodka.

El vodka resbalaba por su garganta con suavidad aterciopelada, provocándole un sutil adormecimiento en el epigastrio. Raimundo entornó los párpados, el estupor alcohólico facilitaría las cosas. Notó la caja de madera abierta sobre la mesa, decorada profusamente con incrustaciones de pedrería; en el interior, Cremades guardaba sus habanos.

Raimundo encendió el cigarro; aguantó el humo un momento, pero lo soltó con torpeza, haciendo mohines. Sacudió la ceniza y, al levantar la vista, encontró dos ojos negros de un mate absoluto, mirándolo con fascinación. Trató de aguantar la turbia mirada de Cremades, pero terminó por vencerse. Se fijó en una reproducción del cuadro “Gótico americano”, de Grant Wood, colgando de la pared, al lado de la Virgen María. Sus ojos regresaron hacia Cremades, el hombre seguía mirándolo con insoportable insistencia.

El actor notó un objeto bajo el sillón donde se sentaba su anfitrión; se acercó para recoger el vaso y echar un vistazo: se traba de un muñeco con forma humana, hecho de paja, con un listón púrpura atado en el cuello, había sido quemado con un cigarro en brazos y piernas.

Volvió a encontrarse con la mirada insistente del hombre de la piel de ébano; un momento después, los ojos negros dieron un salto, aterrizaron en el teléfono frente a él y, como si el peso de su contemplación tuviera algún efecto en el aparato, éste empezó a repiquetear. El estruendo tomó a Raimundo por sorpresa, dio un salto en el sillón y derramó un poco del vodka-7 sobre su ropa. Cremades esperó a que el teléfono timbrara tres veces antes de descolgar.

El anfitrión escuchó atentamente, sin decir palabra. Consultó el reloj y dijo:

—De acuerdo, todo está preparado —Cremades terminó el ron de un trago, colgó el teléfono y se puso de pie.

 

Bajaron las escaleras. Raimundo se fijó en el reflector que brotaba del agujero en la pared; pensó que jamás había visto una luz tan débil y fría como aquella.

Cremades se detuvo frente a la puerta de madera, al final de las escaleras, apoyó los dedos y empujo suavemente. Dentro, la atmósfera era azulina; los hombres pudieron apreciar una espiral de humo añejo escapar de la habitación por efecto de la corriente de aire, dispersándose como fantasma lánguido.

Tardó un poco en acostumbrarse a la luz ambiental; cuando lo hizo, Raimundo descubrió un vestido verde, una peluca rubia, un par de pendientes, y unos zapatos de tacón alto.

—¿Ésa es la ropa que voy a usar? —preguntó.

—Sí.

—¿Quién soy?

—Eres una mujer, llamada Laura.

Asintió y se desnudó sin prisa. Tuvo que contener la respiración para entrar en el vestido.

—Ahora, bocabajo —ordenó Cremades.

El anfitrión seleccionó un par de alfileres, tanteó con las yemas de los dedos hasta encontrar un punto específico.

—¿Dolió?

—Un poco.

—Las siguientes sí que dolerán.

Cremades hundió dos alfileres más en el cuello de Raimundo.

—¡Los pendientes! —gritó Cremades manoteando en el aire—, ¡Aprisa!

—Lo siento, lo olvidé.

 

Laura se dio un suave masaje en el cuello, tenía los ojos entrecerrados y la mente en blanco.

El teléfono móvil, abandonado sobre la mesa de la cocina, empezó a vibrar. Laura puso expresión de fastidio al contestar. Se trataba de su marido.

—Laura, tengo un problema, necesito ayuda. Estoy en casa de Fernando. Ven cuanto antes.

—¿Qué dices?

—Debo colgar. Por favor, ven cuanto antes.

Leo suspiró con alivio, estaba hecho. Ya sólo faltaba esperar; la parte más difícil no había representado problema: llevar la ropa, los pendientes y los zapatos de su esposa con aquel hombre extraño. Cremades escuchó el distante sonido del teléfono en la sala. La señal.

—Date vuelta —ordenó.

Acercó las agujas hacia los ojos de Raimundo.

—¡No estarás pensando en clavármelas en los ojos!

—Sólo voy a ponerlas por encima, ¡tranquilo!

Laura se frotó los ojos por segunda vez. Notó que era incapaz de enfocar la mirada. Pensó en detenerse, pero la llamada de su marido era apremiante. La mujer tenía un ojo en el camino, y el otro en el retrovisor. Volvió a frotar el ojo con el índice. Había algo extraño bajo el párpado. Laura lo examinó de cerca: parecía la escama de un pez, quizá de una serpiente. El coche derrapó cerca de la cuneta.

Cremades encendió un habano.

—Aquí viene lo bueno —dijo Cremades—; ya vamos a terminar. Respira hondo. Más hondo. ¡Y no vayas a abrir los ojos!

Raimundo lanzó un grito de dolor, un anzuelo de pesca acababa de hundirse en la carne de su talón derecho.

 

La mente de Laura interpretó el piquete, doloroso y sorpresivo, como la mordedura de una serpiente. Su cerebro relacionó el dolor con la escama encontrada en el ojo. La mujer apenas veía, la luz se había convertido en un resplandor cegador. El coche se lanzó directamente hacia el autobús que avanzaba de frente. Intentó detenerse, pero su pie se negó a responder.

 

Raimundo luchó por quitarse el vestido, sin poder apoyar el pie derecho en el suelo. Acomodó los pendientes en el diván. Terminó agotado, sudaba copiosamente.

Cremades, por su parte, distribuyó un puñado de bayas de enebro sobre el vestido, formando patrones simétricos.

Raimundo quería irse de ahí cuanto antes, se sentó en el diván y esperó a que su mente se aclarara un poco. Sobre la mesa, descubrió un retrato, cubierto con un paño púrpura; el actor pensó que se trataría del retrato de la víctima. Cremades descorrió el velo, tomó la fotografía de Laura y le prendió fuego; la lumbre torció la expresión de la mujer, poco antes de hacerla explotar en grumos de burbujeante celuloide ardiente. Cremades depositó las cenizas de la fotografía en el interior de la caja de madera.

—¿Quién era ella? —preguntó Raimundo.

—No importa. Sabes que no debes hacer preguntas.

Cremades bebió directamente de una botella de ron preparado; escupió el alcohol sobre la caja de madera, haciendo buches. Raimundo retiró la pierna apenas a tiempo para evitar ser salpicado con ese brebaje turbio.

—He pensado en tu oferta, Cremades.

—¿Sobre el director de tu película?

—Sí. ¿Podrías encargarte de él si llegara a despedirme?

—Puede arreglarse.

—¿Qué tendría que hacer?

Cremades cerró la botella de ron.

—Pero, aún no has sido despedido.

—Es cuestión de tiempo —respondió Raimundo.

—Entonces, necesitamos ropa. Si consigues pelo, es un poco mejor.

—¿Serviría un monóculo de vidrio? —preguntó Raimundo.

—¿Qué es un monóculo?

—Un pedazo de vidrio —respondió Raimundo, bebiéndose el Vodka-7 de un trago.

—Nunca he usado un pedazo de vidrio.

 

Raimundo dispuso sus dedos pulgar e índice para formar un círculo, mantuvo la seña al cubrir su ojo con la mano, y espió a través del hueco. El actor volteó hasta encontrar su reflejo en el espejo, se puso de pie, arrugó la frente y frunció los labios. Le faltaba un poco de práctica, sus ojos aún no adoptaban esa mirada de desprecio. Sabía que pronto haría una buena personificación del director. El monóculo improvisado le daba mucho carácter.

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