Relato 93 - Equipaje

EQUIPAJE

 

Me arrepentí un instante después de abrir la puerta. Cuando los nudillos golpearon desde el otro lado el cerebro me había enviado una señal de alarma como un inmenso, parpadeante y cegador disco rojo que repetía una y otra vez ¡no abras!

-¿Quién es? –Había respondido yo con una voz que no pudo ocultar el leve temblor de inseguridad-.

-Servicio de habitaciones. Vengo a traerle toallas.

Las palabras sonaron inocuas, seguras, tranquilizadoras. ¡Estás paranoica!, me repetía, no puedes sospechar de todo y de todos; sólo es el mozo del hotel. Aquí no pueden haberte localizado. Aún así dudé, buscando alguna excusa para no abrir, pero la voz insistió.

-Será sólo un momento, señora.

Me quedé mirando la puerta, y sin estar muy segura de ser yo quien la dirigía, mi mano giró el picaporte. Al verle observándome desde el vano caí en la cuenta de que nunca antes había escuchado su voz. Sin decir palabra entró, cerró la puerta y dirigió su mirada hacia el maletín que descansaba en el suelo, junto al equipaje. Sentí que era capaz de ver a través suyo, como si estuviera hecho de cristal transparente, incapaz de ocultar lo que guardaba en su interior.

-¿Se va de viaje, señora?

Me sorprendí por la ironía. Nunca habría imaginado que él fuera capaz de bromear, lo cual no hizo sino alterarme aún más. Me esforcé por no derrumbarme y tratar de aparentar tranquilidad.

-Sé a qué has venido –hablé en un intento de llevar la iniciativa, aunque sin saber muy bien para qué-. Sabía que mi marido no se rendiría a la primera, pero no pensé que llegaría a este punto… Que te enviaría a ti.

-Mi prioridad es el contenido del maletín… No tengo órdenes directas hacia usted.

Su voz mantenía el tono grave, seguro, impersonal, pero… ¿Había mostrado una leve duda? Aquellas palabras me sonaron casi a disculpa. Decidí explorar esa posible veta, sabiendo que no andaba sobrada de opciones.

- Si me lo quitas es igual que si me mataras. Es mi único seguro de vida. Mi tren sale en menos de una hora. ¡Puedes decir que no me viste, que no llegaste a tiempo…!

Mientras hablaba, procurando imprimir en mis palabras el punto adecuado de desesperación -un eco cinematográfico de dama en apuros- escruté su rostro intentando adivinar su reacción, recordando cómo le había descubierto en más de una ocasión mirándome, siempre a cierta distancia, siempre discreto. Me había hecho una idea de cuáles eran sus sentimientos hacia mí, pero también conocía su reputación y no me hacía ilusiones de hacia dónde se inclinaría el fiel de la balanza. Jugaba esta mano a la desesperada.

Me miró en silencio, como tantas veces en el pasado, pero ahora intuí algo distinto en su mirada, un destello que no supe interpretar. Tras un tiempo que me pareció interminable movió su mano y la colocó junto al bulto que en la americana delataba el lugar donde llevaba el arma.

*

Cuando el tren arrancó él permanecía en el andén, estirado tan alto como era, serio, hierático. No hizo ningún gesto mientras me alejaba. Me le quedé mirando largo rato, incluso después de que saliera de mi campo de visión. Luego lancé un rápido vistazo hacia el maletín y traté de imaginar qué explicación le daría a mi marido, cómo justificaría el único fracaso de su carrera y qué podría ocurrir después. Pensé en él a lo largo del viaje, durante mucho más tiempo del que hubiera imaginado.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

También en redes sociales :)

 
 

Error. Page cannot be displayed. Please contact your service provider for more details. (8)