Relato 84 - La navaja

Se miró en el espejo. Estaba hecha un desastre, con el pelo revuelto y un ojo que ya empezaba a hincharse. Bajó la mirada y vio toda la parafernalia que el cerdo usaba para mantener su barba bien arreglada: peines, cremas, aceites, una recortadora, una navaja. Tomó la navaja. La abrió y comprobó el filo del acero con el dedo índice. Su piel tardó unos segundos en dibujar una delgada línea de sangre. Pasó la lengua por el dedo y fijó su atención en la recortadora de barba. Seleccionó “0” y se pasó la máquina por el costado derecho de la cabeza. Los largos cabellos rubios cayeron sin esfuerzo. Le pareció que ese corte de pelo le daba un aspecto fiero, como de guerrera vikinga. Repitió la operación con el lado izquierdo y continuó hasta quedar completamente calva. Su aspecto tenía ahora algo de monje zen. Se calzó la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, bajó las escaleras y se detuvo frente al sofá donde el cerdo dormía su borrachera. Se acercó y le dijo con suavidad al oído: “Nunca más volverás a tocarme un pelo, cerdo”. Sacó la navaja y sin despertarlo la deslizó por el bolsillo de su camisa. Lo miró una vez más y le pareció patético. Se cargó al hombro el bolso con las pocas cosas que necesitaba para empezar una nueva vida y salió a la calle. El aire de la noche le pegaba en la cabeza con una frescura que nunca había sentido y no supo si tenía esa sensación por llevar la cabeza rapada o porque así se sentía siempre la libertad.

 

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