Relato 8 - Al límite de la realidad

¿Inmoral, o visionario? Vapuleado por la crítica, las asociaciones de consumidores y los comités de defensa del espectador. Abalado por las cifras de audiencia y ensalzado por sus incondicionales.
Esquivo a las entrevistas y las apariciones públicas, el intrigante realizador de origen europeo era un personaje abonado a la polémica. Por ese motivo, el anuncio hecho por su representante causó sorpresa y no poca expectación. Vasili Strattos iba a comparecer por vez primera ante los medios para hablar en relación al presente y futuro  de su controvertido proyecto televisivo. A partir de ese momento, toda una legión de seguidores aguardaría con ansias lo que tuviese que decir, y sobre todo, esperaría agradecer cualquier adelanto de cara a una nueva entrega provista de sus habituales excesos.
Ni unos ni otros se vieron defraudados. La propuesta alcanzó a ser tan provocativa y arriesgada como cabía esperar de su genio. En su cabeza se hallaba retransmitir un exorcismo en directo. A lo largo de la ronda de preguntas, parecía lógico que algún periodista quisiera buscar puntos en común con un ineludible referente cinematográfico: El Exorcista, de William Friedkin.
«Asistí a su reestreno. Sucedió en el año dos mil, recién hube cumplido la mayoría de edad. Ya han pasado cuarenta años, pero recuerdo que la película produjo un efecto contrario al esperado entre el joven público del que yo formaba parte. Nuestra época era distinta, y el grado con que las cosas nos afectaban también era diferente. El horror aún permanece entre esos viejos fotogramas, sin duda, aunque que ya no puede causar el mismo impacto en los espectadores de la sociedad presente. La actualidad del mundo, los sucesos que nos muestran los periódicos y los informativos todos los días, afectan a nuestro carácter, alteran nuestra sensibilidad, y hacen que la indiferencia actúe como mecanismo de defensa contra el mal ajeno. Sea como fuere, tengo la firme pretensión de cambiar la opinión de toda esa gente que cree que ahí afuera ya no hay nada que consiga inquietarlos, ni nada que logre hacerlos estremecer frente a la pantalla de su televisor. Y retomando el hilo de la cuestión… sí, debo confesar que yo fui uno de aquellos gilipollas que se tomó a cachondeo buena parte de la proyección…»
 
La cita se convino en la misma cafetería de los estudios.
Ken Fuller, productor ejecutivo de Freeform Media, trataba de favorecer un ambiente distendido e informal. No quería intimidar al joven sacerdote de manera prematura, recibiéndolo a las puertas de su despacho con una plétora de abogados y montón de papeles cargados de cláusulas contractuales a la espera de una firma. Cada cosa debería ir a su tiempo. Más difícil sería que ese hombre de Dios se aviniese a las peculiaridades personales y artísticas de su realizador estrella, el señor Vasili Strattos; algo para lo que no todo el mundo estaba preparado, y en cualquier caso, difícil de sobrellevar si no era con la ayuda de ansiolíticos.
  Para sacar adelante su proyecto, Strattos precisaba hallar dos elementos fundamentales: un caso de posesión y, naturalmente, un exorcista. Pronto localizaron un caso interesante. Bobby Mandell, un chico de Maryland. Un pastor luterano había intentado exorcizarlo en varias ocasiones, sin éxito. En cierta forma a Strattos le traía sin cuidado que fuera un fraude, demonios, o un grave trastorno mental. Después de todo, nada ha­bía imposible para alguien como él, un maestro a la hora de aglutinar realidad y trucos técnicos. Los porcentajes de audiencia lo respaldaban, y la productora le había otorgado suficiente libertad para obrar como le viniese en gana entretanto el dinero prosiguiese fluyendo hacia sus bolsillos.
Strattos tenía claro que no quería un sacerdote anciano, rancio y achacoso. Él buscaba una especie de héroe con alzacuellos, portadas, y clubes de admiradoras que generasen actividad en las redes sociales. Necesitaba un cura capaz, incluso de suscitar deseo­s ocultos entre vírgenes y beatas. Alguien joven y atractivo, propenso a convertirse en un icono televisivo. Le importaba un rábano que tuviese mucha o poca experiencia en el asunto. Si su cura no era hábil con el agua bendita, él mismo le enseñaría a tratar con un demonio si lo hubiese, a hostia limpia.
 
De un variopinto elenco de telepredicadores, Strattos señaló de manera expresa a un tal Samuel O´Mara. Pero el apuesto cura de ascendencia irlandesa resultó que tenía sus principios y se negó a escuchar ninguna oferta. No obstante, cuando Strattos se empeñaba en algo esperaba conseguirlo, aunque hubiera de poner el mundo patas arriba y volver locos a sus productores. «La magnitud de un problema se calcula en proporción  al precio de su solución», ese era su lema. De tal manera, Ken Fuller y asesores debieron ponerse en contacto con el obispo diocesano de la arquidiócesis de Baltimore. Por suerte (tras sopesarlo unos instantes frente a un talón con cinco ceros) la autoridad eclesiástica aceptó intermediar en el asunto. Décadas atrás hubiese sido bastante más complicado cerrar un trato de aquella naturaleza, pero la Iglesia católica estaba en medio de un proceso de adaptación a eso que daban en llamar los nuevos tiempos, el cual obligaba a suavizar criterios y revisar posturas con tal de pescar fieles en nuevos caladeros.
Samuel O´Mara ya estaba acostumbrado a las sesiones de maquillaje, los focos, y las cámaras. Pero no había comparación posible entre los modestos recursos que posibilitaban las tertulias religiosas en el pequeño plató de la cadena TBN, y la poderosa maquinaria que animaba un exitoso programa destinado al consumo de millones de telespectadores y exportado a medio mundo: Unreality Show. «Al límite de la realidad». O´Mara recordaba haber visto anunciar el poco original eslogan de la primera temporada. Imposible escapar de su perverso influjo, o aislarse de la nube de opiniones y los encendidos debates que engendraba alrededor. La ceremonia BDSM oficiada en un matadero, el encuentro de satanistas nudistas en Devil´s Bay, la masterclass de repos­tería creativa oficiada por Katherine Dey en la morgue de un hospital abandonado, la visita a la granja de cadáveres en el Centro de Antropología Forense de Tennessee, y disparates por el estilo, eran el tipo de cosas que, al parecer, ahora entretenían a las masas.
O´Mara no durmió bien las fechas previas. No podía dejar de pensar en el mal trago que le obligaban a pasar, pero sobre todo, dudaba mucho de estar obrando de manera correcta. Aunque el mismísimo obispo hubiera apelado a un supuesto sacrificio personal que luego reportaría en un gran bien para la comunidad. Pero en ese momento, a punto de conocer a los responsables del programa, el cura no se sentía en paz ni consigo mismo, ni con Dios.
—¿Padre O´Mara? Al fin nos conocemos.
—El tratamiento no es necesario. O´Mara a secas está bien.
El apretón de manos fue breve y frío. En su voluntad solo estaba demostrarles su equívoco y el estar subordinado a la orden de un superior. Pero cuando llegó el turno de estrechar la huesuda mano de Strattos —helada, en cuya fina y pálida piel se marcaban gruesos racimos de venas azules— aquél la mantuvo atrapada unos desapacibles segundos en los que el sacerdote tuvo perturbadora sensación de estar siendo vampirizado por contacto. Antes de soltarlo, los ojos de Strattos, de un azul magnético, inquirieron en los suyos como si tratase de penetrar en su interior.
—Seré franco. No soy la persona que ustedes buscan. Y de ninguna manera me complace lo que hacen. Más aún, prefiero reservarme mi opinión acerca del hecho de que hallen elementos para un espectáculo televisivo en un caso de posesión.
Strattos se apoltronó en el sofá de escay rojo con gesto indiferente, como si le interesase muy poco o nada lo que el cura tuviera que decir. A su lado, Fuller se quedó sin argumentos. Y pensó que debería ser Strattos, el que se rascaba un ojo tras sus enormes gafas de sol con montura dorada, quien deshiciera el incómodo silencio que se produjo alrededor de la mesa.
En efecto, Strattos reaccionó de forma impulsiva, sorprendiendo a ambos al estirar una mano abierta como si con ella fuera a detener el tiempo.
—Yo nunca me equivoco. Y cuando digo nunca, es nunca, padre O´Mara de Annapolis —su mano aterrizó con brusquedad sobre la mesa y la taza de té con leche del sacerdote se tambaleó sobre el platillo con la sacudida—.  Me pagan por no equivocarme. De hecho, puede que ni su madre le conozca tan bien como yo.
—Por mi parte esta conversación ha termina…
—¡Ahora no me interrumpa! Escúcheme con atención: hay alguien que usted conoce. Muy bien, de hecho. Y ese alguien está pasando por malos momentos. Yo lo sé. Usted también. Ha protegido a su colega cuanto ha podido, pero eso a veces no basta. No conmigo —el rostro de O`Mara palidecía por momentos—.  Pero le aseguro que nunca saldrá de mi boca el nombre de ese joven y atractivo cura amigo suyo infectado de VIH. Y ahora, quiero que concentre toda su energía en este proyecto, en el dinero que le van a pagar, y lo mucho que podrá hacer después por esa persona tan especial. Así que, si le parece, cuando termine de arreglar el contrato con el señor Fuller, organice algo como Dios manda para despedirse, y luego prepare la maleta. Pasado mañana salimos temprano con todo el equipo. Y no olvide ser puntual.
 
Cottage City. Maryland.
La avenida Eastern permanecería cortada media hora. El tiempo que concedieron las autoridades locales para que el equipo de rodaje obtuviese unos planos exteriores de la casa con comodidad. Detrás del cordón policial se agolpaba multitud de gente. Muchos sacando fotos. La llegada de dos unidades móviles en forma de enormes camiones negros había causado una pequeña conmoción en el pueblo. A esa hora el rumor consiguió extenderse por todas partes, y ya nadie especulaba con los posibles motivos.
—Cálmate, Helen. En unas cuantas horas todo esto habrá pasado. Lo importante es que a partir de mañana ya no tendremos que preocuparnos más por el pago de los médicos… o de la hipoteca.
—No estoy nerviosa por las cámaras, imbécil... Me preocupa nuestro hijo. ¿Acaso te parece poco…?
Los padres de Bobby Mandell parecían dos extraños en su propio hogar. Allí de pie en el salón comedor intentando no estorbar, mientras un enjambre de personas poco a poco transformaba su casa en un estudio de televisión. Poco antes, la asistente de dirección se había reunido con los Mandell para explicarles por enésima vez el plan de rodaje a seguir, dónde y cuándo entrarían para hablar en directo, e incluso lo que tenían que decir. Mientras, Vasili Strattos ejercía de ser omnipotente en el piso de arriba. Tanto el director artístico como el escenógrafo lo iban persiguiendo a fin de anotar al vuelo cada una de sus sugerencias.
—El color de las paredes es vulgar. Alegre. Busquen el papel pintado más espantoso y feo que encuentren, y cubran con él la habitación. Llamen a mi abuela si es preciso, y si aún vive, pregúntenle dónde comprarlo. Esas cortinas ya deberían estar fuera… nada de objetos en la mesita de noche. Y quiero un crucifijo de madera bien grande colgado en la pared, sobre la cama...
La cama vibradora iba a ser la estrella del decorado. Retiraron la existente y subieron una pesada y grande con un cabecero de hierro forjado guarnecido con trozos de gomaespuma. No fue sencillo encontrar un colchón Magic Fingers en buen estado, pero el personal de atrezo al fin lo halló olvidado en un almacén de subastas. Difícil calcular cuántas parejas se habrían divertido sobre él, en un motel de carretera…
Bobby debió ser trasladado a otra habitación. Dos enfermeros lo despertaron para acomodarlo en una silla de ruedas. El chico parecía débil, enfermo, con la piel pálida y marcadas ojeras. No hablaba o se quejaba, y tampoco parecía ser consciente del barullo a su alrededor o quién era toda esa gente.
—¿Cómo está?
—Bastante fatigado. Intentaré que nadie le moleste para que pueda descansar un rato —contestó Mónica, la asistente de dirección.
—Pues una hora antes de grabar, Bobby tiene que estar todo menos calmado, ¿entendido? A propósito Mónica —apostilló Strattos—… supongo que conoces en qué radica la tanatoestética.
—Claro…
—Pues quiero que maquillaje haga con el chico exactamente el trabajo contrario. Y que el médico no olvide administrarle un comprimido de Ritalín media hora antes de grabar.
William O´Mara seguía encerrado en su camerino rodante. Ni siquiera tuvo el impulso de conocer a Bobby Mandell o tener una conversación con sus padres. De hecho, había preferido evitar a todo el mundo, en especial a Strattos. Pero el momento se acercaba y los nervios iban acumulándose en el estómago. En principio, todo el guion que él debería seguir estaba en las páginas del Ritual Romano. No obstante, la asistente de dirección le comunicó que determinadas instrucciones le irían llegando a través de un pinganillo. Strattos se iba a convertir en la voz de su conciencia, y eso, si cabía, sonaba aún más aterrador que todo lo demás. Se preguntó qué sucedería si pese a todo se negaba. Pero una inesperada llamada a su teléfono móvil le arrancó un sobresalto, y la idea terminó perdiéndose en su subconsciente. Desde la arquidiócesis querían transmitirle su apoyo y su bendición. Y también comunicarle que seguirían con mucha atención el discurrir del programa. Confiaban en que sería todo un éxito. Eso decían.
—¿Padre? —O´Mara no acertó adivinar si Mónica estuvo llamando a la puerta mucho rato o no antes de atreverse a entrar— Acompáñeme, por favor. Tenemos solo hora y media. Le espera peluquería, maquillaje y atrezo. El resto ya está preparado. Su túnica, el alba y la estola morada ya llegaron del tinte.
 
Un nutrido grupo de gente se agolpaba contra las vallas con sus teléfonos preparados.
—Está hecho un pincel, padre. Seguro que va a oír más de un piropo de aquí a la casa —O´Mara sintió una mezcla de sorpresa y coraje contra esa mujer y sus astutas tácticas para conducir a un cura nervioso—… Estoy segura que lo hará muy bien. Esta parte es muy sencilla. Primero necesitamos unos buenos planos para intercalar en la cabecera de presentación. Recuerde caminar al frente con serenidad e ignorando la cámara. Una vez se encuentre frente a la puerta haga una breve pausa. Después llame al timbre con naturalidad. Y eso será todo por el momento.
Cuando el cura puso un pie fuera, los flashes comenzaron a destellar. Algunos estiraban su mano entre el personal de seguridad intentando tocarlo, mientras el regidor vitoreaba el nombre de O´Mara para que la gente lo imitase, lo mismo que si estuviesen dirigidos hacia una estrella de cine. O´Mara sintió que aquello era una ridiculez mayor que todo lo demás.
 
—Cámara fija plano general y ya, comenzamos. Paneo izquierda derecha... Entra grúa, picado sobre Bobby. Cámara fija, plano detalle del rostro de Bobby. Pasamos… lento, ahora. Prevenida Steadicam para primer plano de O´Mara… uno, dos, ya. Grúa baja izquierda de cama y contrapicado. Cámara uno cambia a plano medio de los doctores y…  transición afuera cámara cuatro, plano medio corto de los padres. Hablan en cinco, cuatro…
Los Mandell permanecían silenciosos y atentos al monitor. Cuando Strattos lo ordenaba, entraban en escena. Entonces, Mónica, que tenía el don de la ubicuidad, les preguntaba algún detalle sobre la vida de Bobby. El operador de la cámara cuatro se movía libre por el piso de abajo alternado tomas de los Mandell y, por supuesto, del mezclador y el realizador sobre el videomixer, tratando de ilustrar ese tono de documental que perseguía Strattos, muy dado a añadir ventanas sobre el directo en las que asomase él mismo coordinándolo todo.
En la habitación de arriba todo se desarrollaba con normalidad. Toda la que podría exigirse a un exorcismo. O´Mara oraba sus rezos, salpicaba su agua bendita y arrojaba su sal. Imponía sus estampas y volvía a rezar. Pero Bobby poco más hacía que mostrar su incomodidad meneando la cabeza de un lado a otro, o retorciendo sus muñecas sobre los nudos de tela que las mantenían inmovilizadas.
Strattos dispuso de veinte segundos. Entraba la publicidad.
—¡Mónica, venga aquí de inmediato!
La ayudante de dirección se acercó para que Strattos le hablara al oído y que los Mandell no lo escucharan. Le conocía tan bien, que ya suponía lo que iba a decirle.
—¿Le administraron el estimulante, o no?
—Qué es lo sucede…
—Pues eso, maldita sea. Ocurre que no pasa nada, joder. Avisa a los padres que estén preparados. Empezamos a meter efectos especiales. Poned el climatizador al máximo. Quiero frío en esa habitación, como para hacer que al cura se le congelen las pelotas.
—Estamos en el aire, en tres, dos, uno…
—Robert, haz que las luces titilen un poco. Y da vibración a la cama. Empieza suave y ve aumentando progresivamente. Coge un primer plano a los médicos. Que se haga evidente el vaho de su respiración. Necesito que esos panolis se muestren sorprendidos y asustados. Y después…
—El crucifijo motorizado, lo sé. ¿Lo rotamos ya?
 
Regna terrae, cantate Deo, psallite Domino, Tribuite virtutem Deo. Exorcizamus te, omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabólica. Ergo perditionis venenum propinare. Vade, satana, inventor et magister omnis fallaciae, hostis humanae salutis. Humiliare sub potenti manu Dei; contremisce et effuge, invocato a nobis sancto et terribili Nomine Iesu, quem inferi tremunt. Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine…
«¡O´Mara, déjese de milongas! ¡Quiero más énfasis! ¡Rabia, enfado contra el hijo de Satanás! ¡Gesticule con las manos! ¡Improvise algo, coño!»
—Pasamos a cámara cuatro.
—Señora Mandell, comprendemos que son momentos muy duros para ustedes, pero debo preguntarles: ¿qué creen que le sucedió a Bobby? ¿Tenían constancia de que hubiese un tablero de Ouija guardado en su armario? ¿Se lo compraron ustedes?...
—¿En serio? Es la primera noticia que tenemos de eso. No entiendo de dónde pudo haberlo sacado… Pero no. De todas maneras no creemos que esa sea la causa. Lo cierto es que sospechamos de otro asunto. Comenzamos a notar un comportamiento extraño en él a partir de una noche de sábado, tras que mi marido y yo regresáramos de cenar fuera. Bobby se quedó solo en casa, como otras veces. Lo dejamos jugando en su ordenador. Suponemos que tras marcharnos aprovechó para ver Unreality Show
Mónica se sorprendió. Dicha revelación la había cogido desprevenida. El programa se hallaba restringido a menores mediante la clasificación NC-17.
—Lo encontramos nervioso y asustado. Parecía haberle afectado mucho…
«¿Mónica? ¿Por qué coño no estoy yo enterado de ese detalle, eh?»
—…Le sorprendimos en una ocasión. Su padre se lo prohibió expresamente y amenazó con castigarlo. Pero él encontró la manera de verlos por su ordenador. Sospechamos que lo hacía a nuestras espaldas. Debimos ser más duros con él en ese aspecto, lo sabemos…
«Joder. Estoy rodeado de idiotas… Cuña publicitaria. Ya.»
…Karma EX1. El coche eléctrico que supera todas las expectativas. Descúbralo en su concesionario más cercano… Protect Gambel, patrocina este programa…
Durante esos escasos veinte segundos de anuncios que tuvieron en vilo a varios millones de televidentes, obró una cosa sorprendente: la ventanita inferior de la pantalla se oscureció sin razón aparente. La señal en directo al parecer había fallado. Arriba, los operarios de cámara trataban de encontrar la avería. Entretanto, unas manos invisibles comenzaron a deshacer los nudos sobre las ataduras de Bobby.
—¡Por los clavos de Cristo! ¡Está ocurriendo! ¡Es real! ¡Y se va a perder todo…! ¡Robert, necesito señal, YA! ¡Si perdemos este momento, despido a todo el equipo, joder…! ¿Me has oído? ¡Estáis todos en la puta calle…!
Strattos no pasaba creérselo. Lo que estaba sucediendo en el piso de arriba era oro puro, y las cámaras mientras tanto, negándose a recogerlo…
A continuación, el chico levitó sobre la cama hasta quedar vertical suspendido en el aire. Ante semejante demostración de poder sobrenatural, todos, incluido el cura, quedaron boquiabiertos. A Mónica le entró un ataque de pánico. La señora Mandell se desvaneció. Los médicos no lograron reaccionar como se esperaría de ellos. Permanecieron clavados en el sitio, petrificados de espanto.
El demonio que había tomado a Bobby, al fin se manifestó. Y valiéndose de su títere, hizo extender el brazo, la mano, y enseñar a cámara su dedo corazón levantado, para, a continuación, pronunciarse a través de aquella garganta juvenil con voz áspera y expresión burlona: «¡Jódete, Strattos!».
Strattos cogió su teléfono móvil y salió como un auténtico vendaval maldiciendo a todo el mundo. Llevaba la firme intención de grabarlo él mismo para añadirlo después como fuera. Pero ya era tarde.
 
Bobby cayó desplomado e inconsciente sobre la cama. Los médicos permanecían en estado de choque. Por el contrario, el cura parecía sumido en una extraña paz, como si experimentase un placer culpable por lo sucedido. Jamás habría creído que un exorcismo oficiado con tan poca fe hubiese obrado ese milagro. Pero no solo se trataba de eso. Más bien era, o eso le parecía, que Strattos acababa de recibir una lección más que merecida. Un castigo. Su show se había ido al traste de la forma más inesperada.
—¡Todo es por su culpa, cura de pacotilla! —Strattos irrumpió en la habitación rojo de ira. El móvil acabó pagando su furia al estamparse contra el suelo.
En ese instante, al verlo ahí plantado como un energúmeno, el cura sintió que hallaba forzado a inclinarse del lado que no debía. Y esperó arrepentirse más tarde, cuanto todo hubiese pasado. Pero en ese preciso momento no le salió del alma hacerlo. Así que, antes de despedirse y perder de vista a ese hombre para siempre, acordándose de las irónicas palabras de su enemigo espiritual, se persignó, y con una sonrisa en el rostro, aseveró: «Amén».

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