RELATO 7,TRISTE REALIDAD, I CONCURSO DE LITERATURA Y MEDIO AMBIENTE

 

TRISTE REALIDAD

¡Qué afortunado soy! –Pensé mientras mi débil cuerpo se arrastraba por el colchón húmedo de hojas y tierra fresca que cercaba mi hogar. Distancias verdes cubiertas de sonidos cotidianos y amigables formaban parte de mi vida.  Todos los días por las mañanas trataba de enfrentar el fuerte sol, que incansable en su lucha, intentaba penetrar la enredada naturaleza hasta llegar a mí, que por pequeño que sea, aquí estoy y aquí vivo.

Luego de reconfortarme con los rayos de luz, me sumerjo en la ansiada sombra donde el cielo verdoso de frondosas hojuelas apacigua  mi calor, que en exceso puede dañar mi frágil piel.

De pronto, luego de tanto caminar (tres metros...), soy conciente que estoy totalmente sucio, impregnado de barro y rebozado de diminutas partículas que alguna vez fueron grandes flores y hoy su polen adormece inmutable como una alfombra mágica de colores.

¿Tendré que bañarme? Mmmm... ¿Dónde es que mi vecino  me contó el otro día que pudo lavar sus cientos de patas?...¡Ah! ¡Me acordé! A ver... doblando a la izquierda, pasando el eucaliptos de la lechuza Mirona y... ¡SI! ¡Aquí está!

Sin vacilar, comencé a saborear la calidez de aquel charquito, donde el sorbo de un mamífero sediento lo hubiera agotado. Pero no importaba y era feliz en mi océano de fantasías.

Al cabo de un rato, respiré profundamente el aire puro de mi hábitat y concluí mi baño.

Los ruidos comenzaron lentamente a mutarse. Otros nacían en lerdos despertares. La tarde olvidó su luz y la oscuridad apareció.

En medio de ella y ya de regreso a mi hogar, comienza el ritual cotidiano de sobrevivir. Arrollo y desenrollo mi cuerpecillo con tanta rapidez como lo permiten mis orígenes, tratando de no pensar las opciones que mi destino puede elegir antes de hundirme en mi morada.

Y si, tengo enemigos... Bah! Enemigos no, simplemente resulta que yo soy su bocado preferido y nada puedo hacer para evitarlo. Los temibles sapos merodean mi barrio en busca de alimento y por suerte falta poco... casi... ¡a salvo! Por fin de vuelta a casita, aquí dentro tengo todo para vivir, alimento, humedad, protección, qué otra cosa puedo pedir? Es más, a unos centímetros de pesada tierra se encuentra mi adorada Lumbri, tan bella y tierna como una llovizna veraniega.

Soy feliz.  Conozco cada murmullo nocturno, cada despertar mañanero. Conozco el alboroto de la alegría tanto como el estampido de la muerte, pero lo acepto, es la vida en el ciclo de la vida y así debe ser. Mi Dios es bueno y generoso; él creó tanto a mi Lumbri  como a los sapos, y lo comprendo.

Bueno, comenzó a llover... Esto indica que me quedaré aquí abajo unos días, disfrutando del agua que se filtre a mi refugio.

 

¡Terremoto! ¡Terremoto! ¡Corran, traten de salvarse! Lumbri, mi amor, dónde estás?! – Ah! Estaba soñando... Qué horrible y larga pesadilla. ¿Cuánto habré dormido? A ver... ¡tres días! ¡Uauu! Ya es hora de salir y disfrutar de un nuevo día...

Desolación.

Silencio de muerte.

Vacío inmenso, sin verdes árboles ni flores ni hojas.

Y un sol ensañado que todo lo cubría sin sombras que pudieran protegerme...

 

¡Dios! ¡Morí y esto es el infierno! Pero si yo fui bueno, porque me mandaron a este tortuoso lugar!... Y si estoy vivo no hay castigo peor... ¿¿¡¡¡Qué paso!!!??



Frido, la lombriz de este relato, comenzó a caminar aceptando que su final había llegado. Pero no entendía, no podía comprender que le había sucedido a su hogar, a su amada naturaleza, a sus amigos y también a sus enemigos...



A unos cuantos metros del lugar,  clavado en la desnuda y ultrajada tierra, se erguía un cartel que rezaba:

 

“AMAZONAS - Zona de deforestación”

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