Relato 7 – Dudas

Ramón estaba acabando de acicalarse delante del espejo. Daba sus últimos detalles a su cabello engominado mientras se ajustaba el nudo de la corbata. Se miró en el espejo. No podía evitar pensar que llevaba un disfraz. Lejos quedaba ya, la chupa de cuero y la camiseta blanca recorriendo el asfalto con su Guzzi. Ahora, ese traje azul marino de franela se debía convertir en su vestimenta habitual y debía acostumbrarse como debía acostumbrarse a su nuevo trabajo.

Hoy empezaba a trabajar como gerente en el banco de su suegro. Su suegro. Un momento de pasión incontrolable en el asiento trasero del coche de su padre se convirtió en Carlitos. Sus sueños, sus aspiraciones quedaron aparcadas por tiempo indefinido. Retomó sus estudios universitarios que no es que hubiera abandonado simplemente se los había tomado con calma. En dos años acabó y saltó al mundo laboral. Ahora, ocho años después comenzaba en ese nuevo cargo, que se había ganado gracias a su trabajo. Trabajar a las órdenes de su suegro no era lo ideal pero necesitaba más ingresos ahora que la familia iba a aumentar. Después de Carlitos llegó Maribel y un mes atrás su mujer le había informado que volvía a estar embarazada. Llevaba mucho tiempo diciéndole que el piso se estaba quedando pequeño, que necesitaban más espacio y un día le llegó con la noticia. Tuvo que hacerle caso, no había espacio suficiente para ellos dos y tres críos pero con el sueldo que tenía actualmente no podía cambiar de piso. Entonces como si de un milagro se tratara su suegro le ofreció ese puesto de gerente. Hubiera querido negarse pero no podía, así que aceptó sintiendo con eso que acababa de dar toda su alma al diablo.

No debía pensar eso. Pero no era el único pensamiento desafortunado que le venía a la mente. Algunas veces pensaba si su mujer no se habría quedado embarazada aposta para atraparle. No es que no la quisiera, la amaba y mucho pero hubiera preferido casarse más tarde. Haber disfrutado de la juventud más tiempo.

Ahora, como veía que le daba largas con lo del piso, ¿no podía haberse embarazado de nuevo? No podía evitar que su mente pensase esas cosas, pensamientos que rechazaba cuando veía a Carlitos y a Maribel a los que adoraba.

También sospechaba que su mujer había tenido algo que ver con su nuevo puesto. Seguramente le habría llorado a su padre hasta conseguir un sí. Pero él a pesar de sus sospechas se guiaba por el dicho de: quien nada sabe...

Se le estaba haciendo tarde. Cogió la cartera y tomando el café con leche de un trago desapareció en un abrir y cerrar los ojos.

—¡¿No quieres unas tostadas?! —oyó a su mujer gritar cuando él ya bajaba las escaleras.

Todo el personal del banco debía llegar una hora y media antes de que abriera al público.

No saludó a nadie al llegar a su destino. No fue por un sentimiento de superioridad sino más bien de inseguridad. No deseaba sentir todas las miradas juzgándole. Él estaba ahí por méritos propios no por parentescos. Se deslizó discretamente recorriendo el pasillo hasta su despacho.

 

— ¡QUIETO TODO EL MUNDO¡ ¡ÉSTO ES UN ATRACO!

— Ponga todo el dinero en esta bolsa, guapa.

— Estense tranquilos, señores… señoras. Nos habremos ido de aquí antes de que se den cuenta.

Ramón levantó la cabeza de su escritorio, Le extrañó no escuchar nada. Los empleados comentaban entre ellos, reían, bromeaban en un tono muy alto y había tenido que cerrar la puerta pero ahora no se oía nada. Ese silencio era extraño. Aún no era hora de abrir. Se levantó y se dirigió a la puerta. La abrió ligeramente.

— ¡Que nadie se haga el héroe! El señor Roble es muy pacífico hasta que le desobedecen.

— ¡Más rápido, guapa! ¿Hay alguien más?

Ramón cerró la puerta sin escuchar la respuesta. Seguramente la cajera le estaría diciendo su nombre y donde se encontraba y el cabecilla mandaría a dos de sus hombres hasta su despacho.

Entró el baño contiguo, tenía la certeza que había una puerta oculta que le llevaría a la calle. Su suegro se la había mostrado en señal de total confianza haciéndole partícipe de las numerosas veces que le había salvado de un apuro. Una vez fuera, podía pedir ayuda.

Una vez abierta dudó si entrar. Recordaba la frase pronunciada por el cabecilla, o eso le parecía a él: «¡Que nadie se haga el héroe!». No es que quisiera detenerlos él solo, no sabía como ni tenía medios pero salir huyendo aunque fuera para avisar a la policía le parecía de cobardes.

No podía seguir dudando, estarían a punto de llegar. Entró en el pasadizo y cerró la puerta tras de si, luego esperó ahí rezando para que no encontraran la puerta oculta.

— ¡Señor Haya, señor Eucalipto, ¿por qué tardan tanto?!

Los aludidos volvieron a la sala.

— No hay nadie.

— ¿Estáis seguros?

— Lo hemos revisado todo y si hubiera estado escondido lo habríamos encontrado.

El cabecilla miró a la cajera que empezó a sudar.

— ¿Hay alguna otra salida?

— No, señor. Todos tienen que salir por aquella —dijo señalando la puerta principal.

El cabecilla la miró, estaba nerviosa y no paraba de jugar con un botón de su blusa. Intuía que sabía algo y debía averiguarlo pero no pensaba sacárselo con amenazas. Tenía que conseguir tranquilizarla, que creyera que no les iba a pasar nada malo.

 

Ramón aún detrás de la puerta dudaba que debía hacer: salir a la calle y buscar ayuda o conseguir salvar él solo a toda esa gente. Sabía que esa segunda opción no era inviable pues no tenía ningún plan. Sería algo temerario. Pero la primera opción le parecía de cobardes. ¿Qué pensarían de él su familia, la gente de su entorno cuando se enterasen? Dirían que había abandonado a sus trabajadores, a sus clientes. No podía seguir así, «eres un cagadubtes[i]», le decía su suegro. En esa situación debía pensar con la cabeza y de ninguna manera en las consecuencias que tendrían sus actos. Así que fríamente pensó que la mejor opción era salir y buscar ayuda, una comisaria se encontraba muy cerca de ahí.

Atravesó el pasillo hasta llegar a otra puerta que abrió encontrándose después en la parte de atrás del banco. La puerta no se abría desde afuera y él no tenía la llave así que previniendo dejó un papel que encontró en el suelo para que no se cerrara del todo. Echó a correr en dirección a la comisaria.

 

Ariadna no vio a aquel hombre hasta que lo tuvo encima. Es verdad que iba más rápido de lo permitido pero tenía prisa. Debía ir al banco para ingresar una cantidad de dinero y le urgía hacerlo lo más pronto posible. Observó a aquel hombre estirado, sangrando desde el interior del coche. No era capaz de apearse, de interesarse por su vida, parecía muerto; solamente pensaba en ella y en ese dinero que debía ingresar. El banco estaba ahí a unos doscientos metros pero nunca lo había visto más lejano. No podía salir del coche como si nada y dirigirse al banco. Cada vez más personas se acercaban, alguna llamó a la policía, a la ambulancia. Huir tampoco era una opción, no llegaría muy lejos y le endosarían otro cargo aparte del atropello. Pero tanto si se quedaba como si se iba encontrarían el dinero y harían preguntas. Pensarían que tanto dinero solamente podía ser robado o algo peor, conseguido de manera poco ética y ella no podía dar explicaciones.

Miró por el retrovisor, un par de policías se acercaban andando. Sabía que no podía escapar de la situación, debía preparar su defensa afirmando que iba muy deprisa porque tenía que ir a un sitio, o que se había mareado y perdido el control del coche. Con un poco de suerte no la acusarían y podría volver a buscar su dinero. Tenía que esconderlo. Cogió la bolsa negra de tela donde guardaba el dinero y salió con ella del coche. Miró alrededor suyo, una boca de incendios, una farola, coches aparcados, nada le servía. No eran escondites seguros.

Entonces, a su mente llegó una idea, era una idea disparatada y arriesgada pero su instinto le decía que era la mejor opción.

Se acercó a aquel hombre y se agachó junto a él como si quisiera acompañarlo, después disimuladamente escondió la bolsa bajó su cuerpo.

La ambulancia llegó en ese momento y ella se apartó rápidamente. También los dos policías llegaron.

— ¿Qué es ésto? —dijo un sanitario y retiró la bolsa.

Uno de los policías la cogió usando un pañuelo. La abrió descubriendo todos esos fajos de billetes.

— ¿Le pertenece? —preguntó.

— Estaba debajo de él, si no lo es alguien debe de echarlo mucho de menos.

— Es mucho dinero —dijo el policía observando la calle—. ¿Alguien sabe si iba o venía al banco? —preguntó esperando que algún curioso fuera algo más que eso, un curioso.

No hubo respuesta. O mejor dicho hubo muchas, contradictorias y todas a la vez. La única que permaneció callada fue Ariadna.

 

— Ahí fuera está pasando algo.

— ¿Por qué lo dices señor Pino?

— Hay mucha gente, cada vez más.

— ¿Policías?

— No veo pero acaba de llegar una ambulancia.

— Debemos irnos ya —pensó en voz alta—. Guapa nos vamos a ir ya pero deberías hacerme un último favor.

La cajera le miró esperando.

— Supongo que hay una caja fuerte por ahí.

— Sí —dijo con un hilo de voz.

— Y supongo que usted ni nadie de los presentes tiene la combinación.

— No —con el mismo hilo de voz.

— ¿Quién lo sabe?

— El dueño don Romualdo.

— ¿Nadie más?

Julia negó con la cabeza. No se acordaba de Ramón que hoy era su primer día y como además no le había visto no podía venirle a la memoria esos momentos en los que llegó, saludó y se dirigió a su nuevo despacho.

— ¿Y el señor Romualdo viene cada día?

— Sí.

— Es una lastima que hoy no haya llegado —sonrió—. No podemos esperar más.

 

Don Romualdo venía andando tranquilamente. Había querido dejar solo a su yerno para que se adaptara. No es que dudara de él, era competente pero no era resolutivo. Sólo esperaba que no se le subieran a las barbas, que se supiera imponer a todos sus empleados.

— ¿Qué hace ahí toda esa gente? —se preguntó y se acercó hasta que estuvo en primera fila.

En ese momento estaban a punto de introducir a Ramón en la ambulancia después de estabilizarlo.

— ¡Ramón!

El policía que estaba interrogando a Ariadna se giró al oír el grito.

— ¿Le conoce?

— Es mi yerno.

— ¿Y usted es?

— Romualdo Valbona, banquero.

— ¿Banquero? ¿Es usted el dueño del banco que está aquí cerca.

— Sí, mi yerno es mi gerente. No entiendo que hacía aquí afuera.

— Habría ido a almorzar —contestó el otro policía que hasta ahora había estado callado.

Tanto el otro policía, sargento para ser exactos como el señor Romualdo le miraron como si hubiera dicho una tontería.

— ¿Sabe usted algo de esto? —preguntó el sargento enseñándole el dinero.

— ¿Cuánto hay? ¿Lo llevaba él?

— Lo hemos encontrado a su lado.

— ¿Y qué hacía con tanto dinero fuera del banco? ¿Adónde se lo llevaba? ¿No lo estaría…? —no terminó la frase. Necesitaba ir al banco a comprobar las cuentas.

Pasado cierto tiempo la ambulancia se llevó a Ramón, don Romualdo se quedó preocupado y quiso ir al banco pero pensó que su yerno era lo primero y le acompañó en la ambulancia.

 

— Señores es hora de irse.

Los cuatro le miraron. No se llevaban suficiente.

— Llevamos mucho tiempo aquí dentro. Es peligroso.

Habían depositado el dinero en tres bolsas de viaje pero no equitativamente.

— Señor Eucalipto, mire afuera y diga si es seguro salir.

Éste así lo hizo.

— Señor Roble por favor vigile que todo el mundo siga tranquilo. No me gustaría que todo se torciera al final.

El señor Roble dirigió su mirada a la gente. Los clientes y los empleados no se movieron de donde estaban.

— Señor Haya, señor Pino ayúdenme a recoger las bolsas. Hemos de salir de aquí en menos de diez minutos.

Cada uno cogió una bolsa y se colocaron detrás del señor Eucalipto que observaba el exterior.

— Hemos de salir con normalidad. Señor Roble, señor Haya salgan ahora y por favor separense.

 Así lo hicieron, ya tenían fuera casi un tercio del botín.

— Ahora usted señor Pino.

Más de la mitad ya estaba fuera.

— Bueno, señor Eucalipto, creo que es su turno.

— ¿No sería mejor que usted salga primero?

—No, ¿qué clase de capitán sería si no abandono el barco el último?

El señor Eucalipto le miró mientras pensaba que no él era capitán ni ese banco un barco pero no dijo nada, miró a la calle y salió cruzando la calzada y desapareciendo calle abajo.

— Bueno, guapa, espero que ni tú ni tus compañeros lo hayan pasado muy mal. Sé que es inútil pedir que no digan nada a la policía pero recuerden que nadie salió herido —cambió la bolsa de mano y abrió la puerta.

Julia se quedó donde estaba como si no supiera que tenía que hacer. Pero no era la única, todos estaban igual. Unos golpes en la puerta les volvieron a la realidad. Ya era la hora de abrir.

 

Ariadna acompañó a los policías para acabar su declaración. Ella, lo más dispuesta posible, decidió acompañar a los agentes para finalizar los trámites lo más pronto posible. La verdadera razón, no quería perder de vista la bolsa. Su misión era ingresar ese dinero y había fracasado. Ahora necesitaba pensar que hacer. No iba a ser nada fácil recuperar ese dinero.

— ¿Podré ir a casa, después? —preguntó a uno de los policías.

— No soy yo quien debe responderle, señora.

— No tardaremos mucho, ¿verdad?

— No lo puedo decir, señora.

Ariadna le miró, ¿acaso su colaboración no le otorgaba ciertos privilegios? Salir del atolladero en el que se había metido era lo más urgente que tenía que hacer. ¿Por qué tuvo que cruzarse delante de ella ese hombre? ¿Qué hacía ahí? El gerente del banco había dicho el otro señor.

 

Ramón despertó 24 horas después pero no pudo ser interrogado hasta que estuvo más estabilizado.

—¿Recuerda lo que pasó?

—Fui atropellado ¿no?

—¿Qué hacía en la calle a esa hora? ¿Adónde iba?

Ramón intentó hacer memoria pero lo último que recordaba era cuando salió de casa porque llegaba tarde. El policía comprendió que no iba a sacar nada por ahora.

Fue unas horas más tarde cuando recibió la visita de Ariadna.

— ¿La conozco?

— No se asuste, no tiene porque acordarse de mí.

— ¿En qué le puedo ayudar?

— En mucho más de lo que piensa —contestó Ariadna y se sentó en la única silla que había.

Ramón la observó, parecía una chica sencilla y franca.

— Primero de todo he de confesarle que fui yo quien le atropello —no se equivocaba con lo de franca—. Le pido disculpas pero no le esperaba. Apareció de repente.

— Ahora la culpa la tendré yo —bromeó mirándose el cuerpo vendado.

— A causa del accidente he perdido algo y me gustaría que me ayudará a recuperarlo.

—¿El qué?

Ariadna le contó lo del dinero y como creyeron que le pertenecía.

— ¿Y cómo le puedo ayudar?

— Diga que lo retiró del banco para lo que sea: un regalo para su mujer o sus hijos, si es que tiene, pero por favor reclámelos.

— Pero no puedo decir que retiré dinero si no es verdad. Mi suegro lleva muy ordenadas las cuentas.

— Por favor —suplicó—. Si quiere que le diga la verdad venía a ingresarlo. Ese dinero estaría ahora en el banco. Sólo tiene que conseguir que se lo den.

— A ver si lo entiendo. He de reclamar a la policía cierta cantidad de dinero que encontraron junto a mí cuando me atendieron y una vez lo he conseguido se lo doy y usted lo ingresa en el banco.

— Se puede decir que sí.

— Bueno.

 Fue días después, cuando recibió el alta, que Ramón, en comisaria, explicó que había retirado el dinero porque quería sorprender a la familia con un viaje y que en ese momento se dirigía a la agencia de viajes. Los policías quedaron conformes, don Romualdo que ya había advertido que faltaba dinero también, los empleados sin ponerse de acuerdo habían hecho un pacto de silencio y no habían dicho nada del robo, así que todo pareció volver a su cauce.

Ramón recibió la bolsa después de firmar un documento. Una vez solo no pudo evitar mirar dentro. Había más de lo que se imaginaba y ahora debía cumplir su mentira. Podía comprar la casa que su mujer deseaba y aún le sobraría. Pero había estado a punto de morir, había abandonado su vida hacia ocho años y ya era hora de retomarla.

No fue al banco, no fue a una agencia y tampoco fue a una inmobiliaria. Recorrió los concesionarios hasta que consiguió su Gucci, no la misma pero daba igual. Con esa también podía salir corriendo cuando necesitara soledad o libertad.

 

 



[i] Cagadubtes: indeciso.

 

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