Relato 61 - Doce

DOCE

 

Y por fin hundí el puñal.

 

Ella me miró como agradeciéndolo, fue algo muy extraño. Pensé que era yo el que interpretaba esa expresión en su cara, nunca podré saberlo porque ahora esos ojos ya no tienen vida. Probablemente fui yo, porque sé que padezco una enfermedad y, por momentos, desconfío de mí mismo. Es igual. Fue sublime. No olvidaré nunca lo que acabo de hacer. Son las doce y doce minutos y me siento pletórico. La sangre recorre mis manos y una luz —porque esta luminosidad en la punta de la daga no puede ser otra cosa— resalta las gotas rojas que caen desde la punta de mis dedos hasta la comisura que los une a la palma. La miro y veo una obra de arte. Ella es única, es la mejor de todas, es mi obra suprema, es la número doce.

 

Todas las anteriores fueron bellas, fueron musas, algunas morenas, otras no lo sé, pero fueron el camino necesario para ella. Y siempre lo supimos los dos. Siempre supimos que este día llegaría, como cualquier otro día importante, porque es único, es singular y me hace sentir más radical de lo que sé que me sentiría cualquier otro día en el que dejara esas malditas pastillas que sólo tomo para sentirme más estúpido y menos yo, ese que soy ahora, ese que ve la luz, ese que siente el calor cayendo por sus manos, ese que te mira como a una estrella de cine, porque eso eres preciosa, mi número doce.

 

Ayer fue once y era imperfecto, no podía ser ayer y por suerte no tuvimos que hacerlo, tampoco en noviembre ni el año pasado cuando nos conocimos. Sé que querías que llegara este momento y estabas ansiosa —puede que hasta más que yo aunque lo dudo—, pero no podía ser en otro momento, no podía ser porque no habría significado nada para ninguno de los dos. Estás hermosa así con tus ojos rasgados, estás… Déjame que lo escriba, déjame que deje la marca que comentamos. Nunca habrá una trece, nunca habrá otra más, porque así lo planeaste, así me lo insinuaste al oído sin que yo me enterara que eras tú la que me lo decía, pero me lo dijiste, esa sonrisa que ha quedado dibujada en tu cara es marca indeleble de lo que querías.

 

Quiero que estés bien, estés donde estés, porque sé que estás aún en algún lado que no puedo ver. Cruzaste la puerta seguramente y no podía ser en otro momento, como me dijiste, aunque tu voz lo negara, aunque anoche te arrepintieras y gritaras y suplicaras y fueras débil y creyeras que todo esto había sido un error, una enfermedad como la mía. Todo se aclaró esta mañana, como sabíamos que iba a pasar, porque era el momento señalado, no hizo falta hablar, no hizo falta más que esta daga, la número doce, la que tú elegiste hace doce meces, la que guardábamos tan cerca nuestro mientras hacíamos el camino hasta aquí. Tus ojos siguen tan abiertos como cuando gritaste de dolor con la primera puñalada, tus ojos siguen entreabiertos como cuando te di la última. Tranquila mi amor, hemos terminado. Ya son las doce y cuarto. La puerta se ha cerrado, hazme saber como sea que todo se ha cumplido, házmelo saber por favor. Y si no lo haces, no importa, sabré siempre que hice lo que tenía que hacer, porque tú me elegiste y, como todos los que me conocen saben, yo siempre doy a cada uno lo que necesita. Un beso, estés donde estés.

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