Relato 57 - La polémica está servida

LA POLEMICA ESTA SERVIDA

 

En mi reloj son las 7:55. En el de Bob, mi cuñado, las 7:52. "Sincronicemos los relojes", le digo, "como en la guerra", para relajar la tensión. Sonríe y se queda callado. Es algo raro mi cuñado, pero no es mal tipo. Algo callado, pero no mal tipo; no podría serlo, es mi cuñado.

Estamos vigilando la casa de un negro. Se trata de mi vecino, Charlie Brown. Yo vivo al otro lado de la casa de apartamentos, en el siguiente bloque. Para que nadie nos reconozca, hemos alquilado una furgoneta Chevrolet de color oscuro y apliques metálicos, con los cristales ahumados, como las que utilizaban los fontaneros de Nixon. La inversión está garantizada.

Me fijo en un maletín marrón que lleva mi cuñado al costado. "¿Qué llevas ahí?", le pregunto. "Nada, nada", me responde. Lo pienso durante un momento, e insisto. "Pero, ¿qué? Algo llevarás". "Bocadillos", dice él; "cuando termine todo me iré a la playa y esperaré a la policía". Un tipo raro, mi cuñado.

Ya no tiene que tardar mucho en salir. Le pillaremos cuando llegue al supermercado. Con respecto a ello, Bob me pregunta: "¿Por qué tiene que ir todos los días a comprar pan recién hecho para llevarse al trabajo? ¿Qué es, un maldito negro rico?" En una explosión de sociabilidad, continúa: "Yo me llevo el pan todas las mañanas de casa. Mi mujer me pone el que sobra el día anterior". "Todos los días me llevo un par de yogures, y unos frijoles", añade, como curiosidad.

"Pues no se por qué lo hace", reflexiono yo; "supongo que le gusta el pan tierno. Millonario no es, desde luego, pues si lo fuera no viviría aquí. Pero, desde hace quince años, el señor Brown sale de su casa para ir al trabajo y por el camino compra en el supermercado un par de bollos recién salidos del horno."

Seguimos hablando de los frijoles que ha mencionado. A mi, mi mujer me pone unos chiles con carne. Con tales gustos culinarios, no llegaremos a los sesenta. Pero, ¿a quién le importa? A los sesenta no se puede hacer nada de nada.

Hemos elegido al señor Brown porque es negro. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que los vídeos ganadores en el programa Polemic is served ("La polémica está servida") de la NBC son siempre aquellos en los que aparece algún negro apaleado, según los gustos del público. Como aquella famosa escena de Rodney King. Pero los preferidos suelen ser los que incluyen algún tiroteo entre negros y policías. Nadie se pierde La polémica está servida, todas las semanas. La televisión es un monstruo, al que hemos contribuído a dar vida entre todos... y el monstruo está sediento de sangre. Grabaciones del último terremoto de San Francisco, una mujer embarazada que se tira por la ventana huyendo de un incendio, una buena persecución policial en la que el delincuente sea, al final, abatido a tiros... y todo ello es real. Son vídeos tomados por aficionados de toda América. En los primeros programas de la serie se emitían, sin embargo, grabaciones profesionales de las ejecuciones de asesinos famosos. La silla eléctrica y la cámara de gas... pero esto bien pronto cansó a los espectadores, que demandaban más acción. Y entonces el espacio derivó a su actual formato de concurso televisivo.

¿Por qué hago esto? Charlie Brown es mi amigo. El y su familia han pasado más de una vez la velada en mi casa, y nos hemos quedado viendo algún partido de béisbol o el programa de los ví-deos. ¡Qué poco se imaginaba él que yo fuera a convertirlo un día en la estrella de la polémica...! Supongo que lo hago por dinero. Bueno, supongo no. Lo se: es el dinero. Tengo una casa de verano en Penningfold, Illinois. Los últimos reveses económicos me han obligado a buscar dinero de alguna forma. La piscina es cara de costear y, de una manera o de otra -supongo que una cosa lleva a la siguiente-, se ha convertido en un asunto de vida o muerte. Tengo que poder mantener mi casa de campo en Penningfold, Ill., con piscina, o estaré acabado. Puede parecer absurdo, pero es así de simple. De todas maneras, no soy ni el primero ni el último que ha vendido su alma al diablo por una piscina, en este país.

¿Y por qué Charlie? Podría ser cualquier otro negro. Bueno, supongo que le debo cincuenta dólares. No creo que la familia me los reclame, después del entierro.

"Ahí está", dice mi cuñado. "Ya sale". Será Bob el que cargue con el mochuelo. Alegando defensa propia, no creo que le caigan ni dos años, y se llevará varios miles de dólares, dependien-do de la clasificación que consigamos. Y a lo mejor sale absuelto. Ese es el trato.

Ponemos en marcha la Chevie y nos movemos hacia el supermercado. Está a un par de manzanas de aquí. En un callejón sucio y oscuro me bajo con la cámara de vídeo y mi cuñado sigue hacia delante. Nadie me ha visto bajar de la furgoneta -ruego para que nadie, inadvertidamente, nos esté filmando a nosostros. He oído hablar de gente que se dedica a mantener enfocadas sus videocámaras en funcionamiento día y noche, vigilando las calles desde sus casas, por si pasa algo-. La policía debe creer que mi cuñado y yo aparecimos los dos allí por casualidad.

Los del FBI no son tontos. He pedido permiso al jefe del súper -al que conozco personalmente- para hacer un reportaje sobre la sociedad de consumo norteamericana, con preguntas a los clientes y demás. El me ha dado su aprobación; la gente se mata por aparecer delante de una cámara, aunque sea de vídeo. Todo esto será investigado posteriormente. De hecho, llevo más de un año realizando reportajes -algunos bastante mediocres- sobre diversos aspectos de nuestra sociedad, para una supuesta colección mía. Todo este material será mi salvación, en el caso de que me detengan a mí también.

Abro la puerta del supermercado. Charlie aún no ha llegado (le veo doblando la esquina de la calle Elm). Mi cuñado debe entrar después de él (si no yo tendría que saludarle, claro). Charlie y mi cuñado se han visto un par de veces, incluso se lo he presentado en una ocasión, pero no creo que le recuerde. Hace bastante tiempo y Bobby se ha dejado la barba.

Saludo a las cajeras y pongo la cámara en marcha. "¿Queréis decir algo, chicas?" Se ríen como gilipollas y durante unos momentos, se quedan calladas. Luego, la más audaz se lo piensa un momento, y dice: "Jefe, queremos un aumento de sueldo", y vuelven a reírse. "Reíros, reíros, que ya veréis", pienso yo. Soy como un dios que lo controla todo. Conozco el futuro, se lo que va a suceder. Soy omnipotente (omnisciente, como dicen en esas revistas sobre paparruchadas del más allá).

Ya va a entrar Charlie. Es un pacífico y honrado ciudadano de color que paga sus impuestos. Lleva un calibre .38 a la espalda, sujeto por el pantalón. La cazadora vaquera disimula el arma. Todo el mundo debe llevar una en este país, y más aún los negros. Bien, me voy hacia dentro del supermercado, a entrevistar a la gente que está comprando. Ese es mi trabajo, y Charlie no debe verme aún. Aún no.

Charlie entra y saluda a las cajeras con alegría y bromas, como siempre. Tiene buen carácter, al contrario que mi cuñado, cuya furgo veo ya circulando por el parking. Charlie se dirige hacia los expositores de pan. Me dirijo hacia la otra punta del súper, pero controlando la situación. Por una ventana veo que Bob avanza, con paso rápido, hacia la puerta. "Tranquilo, Bobby, tranquilo". Bajo un abrigo largo lleva un revólver, también un 38. Es importante que, en un juicio, se considere que ambos tenían igualdad de oportunidades. Y, ¡oh! ¡Esto es grande! Se trae encima el maletín con la merienda.

"Señora, buenos días. ¿Compra usted habitualmente en este supermercado?"

"Sí", responde la imbécil. "¿Es para la televisión?"

"No, es un informe particular, aunque puede que sea emitido" -te apuesto lo que quieras-. "¿Le parecen caros los precios?"

"Mucho. La culpa de todo la tiene el gobierno. Supongo que ya no se puede seguir culpando de la inflación a los rojos, después de la caída del telón de acero."

"Gracias por sus palabras, señora."

Me acerco, sigilosamente, a la zona de los alimentos. Es precisamente el momento en que mi cuñado se acerca a Charlie. Le dice las siguientes palabras, lo suficientemente bajo para que no las recoja la cámara:

"Anoche me follé a tu mujer, Charlie".

Charlie se vuelve y le mira. No puede creer lo que oye, y le parece haber visto a Bobby en alguna parte.

"¿Qué?"

Ante la pregunta, Bobby se limitará a repetirse. Nunca se ha destacado por su imaginación. Yo lo grabo todo, escondido tras el estante de los vinos.

"He dicho que anoche me follé a tu mujer, Charlie" -lo dice algo más alto, pero no lo suficiente para el micrófono, y si no es así, ya lo arreglaré yo luego-.

Charlie le da un puñetazo a mi cuñado, alcanzándole en la boca. ¡Pero, maldita sea, no saca su revólver!

Pero, ¿qué cojones haces, Bobby? Ha sacado del maletín marrón una metralleta Uzi. Conque bocadillos, ¿eh? ¡Imbécil! ¡Lo has estropeado! ¡Era el negro quien tenía que sacar su arma primero!

Charlie se parapeta detrás de los congelados, viendo que la cosa se complica. Bobby descarga su primera ráfaga y deshace una torre de latas de sopas Campbell's. La gente comienza a gritar y a correr en todas direcciones, especialmente hacia la puerta.

Charlie contesta a su provocación disparando una vez su .38 y alcanzando a Bobby en el hombro. ¡Este Charlie es algo serio! Y tiene que procurar afinar su puntería: apuesto a que sólo lleva un cargador, mientras que Bobby debe llevar el maletín lleno.

El supermercado ha quedado casi vacío. Mary Lou, una de las cajeras, que en el momento de empezar el tiroteo estaba al fondo del establecimiento poniéndoles precio a los paquetes de Corn Flakes, corre también hacia la salida. Bob la ve, le apunta a la cabeza y dispara, terminando con ello su primer cargador. Los sesos de Mary Lou, ¡agh!, se esparcen en todas direcciones. No cabe duda de que los espectadores lo disfrutarán, a la hora de la cena.

Mary Lou había rechazado no pocas veces las proposiciones sexuales de Bob. Le habrá disparado por eso, supongo. No cabe duda de que se ha vuelto loco.

Mientras tanto, Charlie aprovecha la distracción de Bob y le dispara de nuevo, alcanzándole en el brazo izquierdo. Con el otro, Bob saca una granada de mano de su maletín marrón, le quita el seguro con la boca y se la arroja a Charlie. Este vuela en pedazos, cubriendo medio supermercado.

Por fín llega el guardia de seguridad, con un impresionante Magnum 44, y acaba con Bob tras cinco certeros disparos. Mi cuñado cae al suelo y no se mueve. Está muerto, desde luego. Más muerto que Matusalén.

Dejo de grabar. ¿De qué me quejo, en realidad? Esto es mucho más espectacular de lo que imaginamos. Y todo el dinero será para mí.

Me pegaré un buen chapuzón este verano en recuerdo de los que han caído hoy, mientras les deseo que vayan a parar a un mundo mejor que este.

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