Relato 57 - Juega conmigo

 

Su primera noche de fiesta en la ciudad no podía haber comenzado de una forma tan acelerada para Linda. Apenas había llegado al bar que tanto le habían recomendado en la red, y después de unas copas ya le habían comenzado a hacer plática un par de chicas encantadoras. No le extrañaba que hubiera pasado tan rápido, ya que por su agradable aspecto físico le resultaba muy fácil conseguir que mujeres bonitas pusieran sus ojos en ella. Sin embargo, contrario a lo que muchos podrían pensar, a ella no le agradaba mucho que ese tipo de chicas insistieran en buscarla. La mayoría de ellas únicamente quería hablar todo el tiempo de sus dietas o del carísimo vestido que habían comprado en su último viaje a la ciudad de Nueva York. Por eso, cada segundo que pasaba en una situación como la del bar ella sentía como si le estuvieran apretando con fuerza la garganta. Ni todo el alcohol del mundo le bastaba para poderse olvidar brevemente del interminable parloteo del par de princesitas de plástico que estaban frente a sus ojos. Tratando de ocultar lo mejor posible su falta de interés en la plática de las dos muchachas, mejor se dedico a voltear discretamente con la mirada por todo el bar para ver si allí había alguna otra cosa que resultara digno de ponerle atención.

 

¡Vaya que lo encontró!

 

En la orilla de la barra se encontraba sentada completamente sola una simpática muchacha regordeta, quien al parecer se encontraba demasiado ocupada con su teléfono móvil como para ponerle atención a lo que había a su alrededor. O quizás, pensó Linda, fingía estar muy distraída para evitar que se le acercaran personas indeseables. Interesante estrategia...quizás la noche no iba a resultar tan aburrida después de todo. Con el mayor sigilo posible se le acercó a la muchacha llenita, teniendo cuidado de no ser una molesta distracción. No sirvieron de nada sus esfuerzos. Al sentir que alguien trataba de acercársele, la chica del teléfono levantó la mirada con rapidez.

 

Linda sintió un súbito ataque de timidez que la hizo sonrojarse un poco al sentir que un par de ojos verdes le clavaban la mirada.

 

— Disculpa, no te quise asustar

 

— No tienes de que disculparte, es que no estoy muy acostumbrada a que las personas se me acerquen tanto de momento.

 

—No lo hice con mala intención; únicamente quería sentarme aquí por un momento para distraerme de todo el ruido que hay por allá

 

— Sí...este lugar siempre se llena al tope cuando hacen noche de chicas

— ...Y a veces se llena de chicas que no se saben callar a tiempo. Pero cambiando de tema, ¿me podrías decir tu nombre?

— Me llamo Mariela, ¿y tú?

— Soy Linda y me acabo de mudar hace un par de semanas acá a la capital

 

— Mucho gusto, Linda. Vas a ver que una chica como tú pronto hace muchas amigas.

 

— No estés tan segura Mariela, soy abogada y el ritmo de mi trabajo no me deja mucho tiempo para socializar.

 

—Ni me digas, aunque yo trabajo por mi cuenta, no hay día en que pueda estar tranquila

 

—¿Pues a qué te dedicas, mujer?

 

—Soy enfermera. La gente me paga para que les eche una mano con sus enfermos o niños pequeños...pero a veces le dedico más tiempo a otras cosas

 

—¿Como a qué?

 

—A muchas cosas...no seas tan curiosa

 

—¡Pues vaya mujer misteriosa que resultaste!

 

 

 

 

 

Y así pasaron el resto de la agradable velada, platicando de cosas francamente triviales para irse conociendo un poco más. Linda estaba realmente encantada con la forma de ser de Mariela, ligeramente tímida pero con un discreto encanto que se podía notar desde lejos. Tanto le había gustado, que incluso se atrevió a pedirle en esa misma noche que fueran a su departamento a “ponerse cómodas” por un rato. Mariela no aceptó la invitación, afirmando que no era precisamente lo más propio, pero aceptó de buena gana darle su número de teléfono móvil para que estuvieran en contacto.

 

Se vieron un par de veces después de aquella primera noche en el bar, la primera en una plaza comercial, y la segunda en una concurrida cafetería ubicada en el centro de la ciudad. En ambas ocasiones la tímida chica pareció divertirse mucho con la compañía de Linda, pero había un pequeño detalle que no dejaba de inquietar a esta última. ¿Por qué cada vez que le preguntaba a su nueva amiga detalles sobre su dirección a o su familia se incomodaba tanto o cambiaba de tema? Era su vida privada, pero esos pequeños detalles únicamente hacían que se volviera cada vez más grande su interés en la enfermera de ojos verdes.

 

Después de estarlo pensando por varios días, se le ocurrió una excusa perfecta mientras las dos se encontraban intercambiando mensajes de texto.

 

—Oye Mari, disculparás la pregunta,pero ¿te gustan la decoración rústica?

 

—Sí, aunque la verdad no tengo un estilo preferido. Y a propósito, ¿por qué la pregunta?

 

—Por nada en particular. Es que mi tío Juan Carlos me mandó desde el pueblo un par de cestas de

mimbre para mi casa. Están preciosas, pero con tanta cosa que tengo ya no me caben en la casa.

 

—Entonces...

 

—Me preguntaba si te las puedo regalar. Estoy segura de que cuando las veas te van a encantar.

—Sí dices que me van a gustar estoy segura de que así va a ser. Nada más dime dónde puedo pasar a recogerlas y voy por ellas lo más pronto posible.

 

—Yo preferiría irlas a dejar a tu casa. Si no tienes inconveniente, mañana tempranito paso a tu casa y de paso me invitas una tacita de café.

 

—Mejor yo paso por ellas a tu departamento. De veras no quiero ser un fastidio para ti

 

—Lo hago de todo corazón. Además, ¿qué tipo de mujer sin corazón sería yo si no te ayudara a colocarlos en tu casa?

 

—Supongo que una no muy buena. Aún así creo que...

 

—No...nada de “aún as픿es que no te parezco de confianza?

 

—Bueno Linda, ya me dí cuenta de que no hay forma de que cedas en una discusión. Te voy a dar mi dirección pero te advierto que vivo en las afueras de la ciudad. Por aquí los caminos son terribles para los autos

 

—No hay problema. Ya sabes que con un buen taxista puedo llegar hasta el fin del mundo en cinco minutos.

 

A partir de ese momento y hasta que al día siguiente Linda quedó aún más intrigada ¿Acaso su amiga se avergonzaba por vivir lejos del centro de la ciudad? De ser así, ella se iba a encargar de mostrarle que no tenía motivos para sentir pena por una insignificancia como esa.

 

No obstante, al día siguiente, fue ella la que sintió un poco de pena al ver por primera vez la casa de su amiga. Parecía una cabaña de esas que aparecen en los cuentos infantiles;con un techo colorado y una bonita valla de madera en el jardín de enfrente. Era pequeña la casita, pero desde lejos se podía ver que estaba mucho más ordenada que el departamento de Linda (“es que el trabajo no me deja mucho tiempo para esas cosas de la limpieza”, decía ella)

 

Linda tocó en la puerta de la casa varias veces sin que nadie pareciera escuchar el ruido. Temiendo que quizás su amiga hubiera salido, se asomó de reojo por la ventana que estaba junto a ella.

 

En lo que lo hacía, no pudo ver que Mariela ya se encontraba en la entrada con una gran sonrisa, algo extraño para una chica que no se destacaba por ser demasiado efusiva.

 

 

—¡Hola! ¡Qué bueno que llegaste!¿No tuviste problemas para dar con la casa?

 

—No, para nada. La zona esta muy bonita y tranquila

 

—Favor que me haces. Hay gente que no le gusta pasar por aquí

 

—¿Por qué?

 

—Leyendas tontas de gente inculta... ¿Trajiste las cestas?

 

—Sí, aquí las metí en la cajuela del taxi

 

—¡Perfecto! Te ayudo a sacarlas y a ver dónde las ponemos ¿no?

 

Cada una tomó una de las pesadas cestas y la fue arrastrando lo mejor que pudo hacía adentro de la casa. Mariela no tuvo ningún problema, y lo hizo ágilmente como si llevara un objeto tan liviano como una pluma. Linda, en cambió, a pesar de estar en buena forma física, necesitó detenerse a tomar aire un par de veces para poder finalizar la tarea.

 

Ya que habían dejado las cestas dentro de la casa, el siguiente paso era ponerse de acuerdo para decidir entre las dos el lugar donde se verían mejor los adornos de mimbre. Tras una breve discusión las dos coincidieron en que las cestas se verían muy bien junto a la puerta del comedor, ya que en ese lugar de la casa había mucho espacio libre y luz del Sol.

 

—Bueno, creo que mi trabajo ya terminó aquí, señorita—le dijo Linda a Mariela con un tono juguetón.

—No,no te vayas. Uno de mis clientes me canceló y tengo libre todo el día.—respondió la rechoncha enfermera en tono seductor—Además, te puedo invitar el café que te había prometido la otra vez.

 

—Nunca me he negado a un café, y mucho menos si me lo ofrece una bella dama— respondió Linda jugando con su cabello inconscientemente.

 

Mientras esperaba que la enfermera preparara el café, Linda se dio un tiempo para poder  observar con detalle los curiosos detalles de la casa. Todo allí dentro estaba perfectamente limpio y en un absoluto orden. No habían objetos caros como aquellos que se encuentran en los hogares de las profesionistas solteras de la ciudad. Y para ser honestos, no le hacían falta a la casa para que se viera hermosa. Con todo y sus pocos adornos, y a pesar de los moños sobre las cortinas, era acogedora como una casita de muñecas.

 

—¿Verdad que está muy bonita?— le preguntó Mariela sacándola de un golpe de su ensueño.

 

—Oh, sí. Tienes un gusto exquisito para la decoración. Sabes bien cómo hacer que hasta el último rincón de la casa luzca acogedor—respondió Linda mirando a su alrededor.

 

—¡Muchas gracias! Y qué bueno que te guste, porque si las cosas siguen así, estoy convencida que vas a pasar mucho tiempo aquí— agregó tímidamente la enfermera mientras servía el café.

 

Bastaron unos pequeños sorbos de café para que Linda se empezara a sentir verdaderamente contenta estando en la casita de Mariela. Tal vez era el efecto de la buena compañía o el delicioso sabor del café por la mañana. No había otra forma de explicar que sin previo aviso todo pareciera brillar..con todos esos colores tan preciosos. Tonalidades de todas clases que la iban sumergiendo lentamente en un mundo extraño donde ya no existían sonidos ni objetos; todo estaba cubierto de una profunda oscuridad.

 

Penumbra...

 

Parecía que la cabeza le estaba girando sin parar...

 

¿Dónde rayos había terminado?

 

Mientras habría lentamente sus ojos, lo primero que Linda pudo ver que estaba rodeada de moños y telas floreadas por todas partes; como si estuviera metida dentro del sueño de una niña en edad escolar.

 

—¡Hola, amiga! ¡Qué bueno que ya despertaste!—la saludó Mariela sin prestarle mayor importancia a

 su situación.

 

—Mari...¿Tú sabes lo que me pasó?— preguntó Linda todavía mareada

 

—Pues parecía que estabas muy cansada, y de momento te quedaste dormida en la sala.

 

—¿Y entonces cómo es que terminé aquí?

 

—Ah, pues muy fácil. Te quedaste dormida en la sala y te traje hasta aquí para que pudieras dormir un ratito.

 

—¿Y cómo es que no sentí nada?

 

—Ya te dije, te veías super cansada

 

No. Aquí había algo muy malo. Linda aprovechaba para hacer ejercicio en cada uno de los ratos libres que tenía antes de entrar al trabajo para hacer un poco de ejercicio. Aunado a su alimentación sana,no había motivo alguno para que ella de desmayara como sin nada. Y,¿qué era eso que tenía amarrado en el tobillo? ¿Una cuerda? ¡En verdad que esa enfermera estaba fuera de sus cabales!

 

—¡Déjame ir!— exclamó Linda con toda la fuerza que le quedaba

 

—¡No!

 

—¿Por qué?

 

—Porque si te dejo ir, ya nunca más regresarías aquí

 

—¿Cómo sabes? Si me dejas ir te prometo que no le voy a contar a nadie y voy a regresar a verte a diario—dijo Linda tratando de sonreír para ocultar su miedo.

 

—¡Mentirosa!—bufó Mariela dándole una severa bofetada a la adormilada abogada—Creí que eras como Lisa, pero eres una mentirosa igual que todas las demás

 

—¿Lisa? ¿Quién es Lisa?— preguntó Linda no pudiendo evitar que unas lágrimas rodaran por su rostro.

 

—Lisa era mi mejor amiga cuando yo era niña. Incluso en los momentos más tristes de mi vida, ella estaba siempre a mi lado. Creí que iba ser así para siempre...pero la alejaron de mí— sollozó Mariela—Pero ya no estoy triste, porque te encontré a ti

 

—¿A mí?¿Yo qué tengo que ver con tu amiga?

 

—Muchísimo. Las dos son muy bonitas y tu cabello rizado es idéntico al de ella. La única diferencia entres ustedes dos es que tú no sabes quedarte calladita y sin mover.

 

—¡Y no me voy a callar! Si no me sueltas voy a gritar tan fuerte que todos tus vecinos van a venir aquí

—Puedes gritar todo lo que quieras. Nadie me visita nunca, y además, estamos en el sótano de mi casa.¿Sabes que pueden pasar años hasta que alguien se entere que estás aquí?

 

Linda no pudo contener su llanto al escuchar esas palabras salir de la boca de Mariela, la dulce enfermera que había conocido hace poco tiempo. Ningún ser humano hubiera podido imaginar a simple vista la verdadera personalidad que ocultaba de la dulce enfermera.

 

—No..No puedo permitir que una chica tan linda como tú se ponga a llorar.¡Ya sé! Voy a salir de la habitación y voy a contar hasta cien. Si ya no te encuentro aquí, te voy a dejar ir sin hacer drama.

 

—¿Y si todavía me encuentras aquí?

 

—Entonces voy a entender que eres una buena niña a pesar de todo lo que haz dicho y te piensas quedar a mi lado para que te peine, te cuide y nunca te deje sola ¿de acuerdo?

 

—Te odio...

 

—¡Vamos! Sí o no. Esta oferta no va a durar para siempre—canturreo Mariela al mismo tiempo que le aflojaba la atadura del pie a su prisionera.

 

—Sí acepto entonces.¿Qué me queda?

 

—¡Esa es la actitud que me gusta!Me voy a salir a contar despacio para darte más tiempo.

Uno...dos...tres.

 

Tenía que pensar rápido si quería encontrar una forma de escapar para siempre de esa “casa de muñecas”.si su cuerpo estuviera en otras condiciones hubiera podido noquear a la robusta enfermera sin problemas, pero esa maldita sustancia que había tomado en el café hacía que sus huesos parecieran de gelatina.

 

Veinte...veintiuno...veintidós

 

 

 

 

 

¡El teléfono móvil!En ese momento recordó al precioso teléfono inteligente que siempre cargaba con ella.  Lo buscó entre su ropa sin tener éxito. Lo más seguro es que Mariela lo hubiera tomado mientras ella había perdido la conciencia momentáneamente. Ahora sí estaba perdida.

 

Cuarenta...cuarenta y uno...cuarenta y dos. ..

 

Si tan solo pudiera encontrar un objeto pesado para golpear a su celadora...Volteó a su alrededor esperando hallar cualquier cosa que le sirviera para defenderse. Tampoco funcionó. Toda la habitación era como la de un niño pequeño; rodeada por almohadas y adornos hechos de suaves telas, incapaces de ser utilizados como arma.

 

Sesenta...sesenta y uno...

 

Bueno, alguien iba a estar buscándola ¿verdad? No importaba que además de Mariela no tuviera otros amigos en la ciudad, ni que se hubiera peleado a muerte con sus padres antes de mudarse, y mucho menos que el resto de su familia viviera del otro lado del país. Seguramente alguien la extrañara.

 

Setenta y cinco...setenta y seis...

 

¡A quién quería engañar! Estaba sola con una enferma mental y no había nadie en el mundo que lo supiera o que le importara. Si esos iban a ser sus últimos minutos en la Tierra, iba a encargarse de luchar hasta el último segundo.

 

Haciendo un esfuerzo sobrehumano logro levantarse de la cama y caminar...un par de pasos antes de caer de rodillas en el frío piso. A tientas buscó algo que la pudiera ayudar a ponerse de pie.¡Las cortinas! Con sus temblorosas manos se aferró a los trozos de colorida tela que cubrían una pared de la habitación, a modo de simular una gran ventana.¡Lo había logrado! Quizás con un poco más de esfuerzo podría zafar el cortinero para hacerse de un arma útil. Tenía que jalar un poco más...

 

No lo debió haber hecho nunca. Al caer, la varilla de metal impactó  su cabeza con un golpe seco. Ya no hubo necesidad de contar hasta  cien para que el juego terminara.

 

—¡Qué linda! No te escapaste ¿eh?.Pero como no me quiero arriesgar a que te lastimes, te vamos a dar un poquito más— le dijo Mariela con ternura mientras le inyectaba en el cuello una substancia de color amarillo—Ahora duerme tranquila, muñequita.

 

De la joven abogada que tenía un brillante futuro por delante nadie más volvió a saber;muchos supusieron que ella había huido del país para empezar una nueva vida sin presiones. En cambio, los vecinos notaron con el paso de los meses un cambio positivo de actitud en Mariela, debido quizás a un lindo maniquí llamado Linda, que decoraba su casa entre un par de canastas de mimbre. Corrieron rumores de que la base del maniquí estaba hecha de huesos humanos...pero esos son chismes de gente malintencionada.

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