Relato 56 - Susurros

 

SUSURROS

-¿Qué está diciendo?

Henry apenas pudo leerle los labios a su amigo cuando le abordó. El grupo de chicas que hacían esfuerzos por no ser descubiertas mirando en su dirección eran las causantes de su alteración.

-¿Quieres la versión normal o para mayores de 18 años? -hablaron las manos de Jesse.

Porque sus manos eran su voz ya que el destino le había quitado el habla al nacer. Jesse no pudo decir jamás papá o mamá hasta que aprendió el lenguaje de los signos. Sin embargo los cinco años podía hablar mejor que un adulto, a los siete leía los labios y su coeficiente intelectual era 40 puntos más alto que la media de su edad. Sin embargo sus manos rara vez hablaban de felicidad. Unas manos con las que se quejó amargamente cuando el destino volvió a jugarle una mala pasada. Al parecer la parálisis de sus cuerdas vocales no se debía únicamente a que Dios se había olvidado de poner un par de piezas en aquel niño. No. Ni mucho menos. Jesse sufría de una variante de la enfermedad de Pick. Le explicaron que los lóbulos frontales y temporales de su cerebro se habían desarrollado demasiado por un exceso de encimas que, aunque habían estimulado su capacidad intelectual también se iban cobrado un precio elevado por ello. A los diez años le tocó pagarlo. De pronto el mundo perdió su voz y él quedó en silencio. Así, de la noche a la mañana, no sólo tuvo que lidiar con ser mudo, sino también sordo. Y fue cuando todos a su alrededor se callaron fue cuando de verdad pudo oír algo que siempre había estado ahí pero muy pocos podían escuchar. Comenzó a oír los susurros. Incluso a distancias inverosímiles si alguien susurraba, él podía escucharlos tan nítidamente como si estuviesen a su lado. Y era eso precisamente lo que le demandaba su amigo. Quería su susurro.

-¡Joder Jesse no seas capullo y dime que le he parecido!

Henry, aunque dos años mayor que él, era su alumno en la clase de lenguaje de signos que Jesse impartía. Y casi su único amigo allí. Por eso no encontraba la manera de decirle lo que quería oír sin herir sus sentimientos.

-Mira sin rodeos: te va a dar la patada.

-¿Qué? -gritó Henry mirando en dirección a las chicas sin ningún recato antes de volver para que Jesse le leyese los labios -¿Por qué?

-Al parecer no...Sabes pulsar los botones adecuados en una mujer -dijeron las manos de Jesse edulcorando lo que su mente si decía con más crueldad -.Cree que te falta coordinación ojo-mano... y resistencia. Aunque sólo mental, ¿eh?, porque sigue pensando que estás cachas.

-¿Sabes que es lo que se merece esa? -Jesse negó con la cabeza ante la pregunta de su amigo -.Mira, se lo voy a decir en el lenguaje universal de los signos para que hasta tú lo entiendas. ¡Eh Anna!

Jesse se sintió casi tan abochornado como la chica cuando el dedo corazón de Henry expresó toda su frustración quedándose a la vista de todo el mundo. Al momento se desató una discusión de la que no quería ser testigo así que se marchó justo cuando un gran número de alumnos corrían en dirección contraria hablando a voces. Ignorándolos salió a la calle donde, extrañamente, no había ni un alma. Entonces su móvil vibró. Su madre le acabañaba de enviar un hipervínculo a una noticia. Accedió a ella al momento y se quedó atónito con lo que leyó. Al parecer un autobús había estallado hacía diez minutos en el centro de la ciudad causando el caos, amén de incontables víctimas mortales. Las imágenes, aunque de pequeño tamaño y escasa calidad no podían edulcorar la barbarie. “Así que era eso por lo que todo el mundo corría como loco”, pensó para sí mientras tomaba el camino hacia la boca del metro más cercana,"La gente debe pensar que como no me entero si estalla una bomba la cosa no va conmigo”. Encogiéndose de hombros enfiló su parada del metro y la encontró atestada de gente que, como él, había pensado en tomar una ruta de transporte alternativa ya que la explosión había colapsado casi toda la red de transportes públicos y no tardarían en suspender también los trenes por seguridad. Resignado se zambulló en la marea humana que también tarareaba la canción del atentado cuando el apenas perceptible rumor del suelo le indicó que el metro estaba a punto de llegar.

-…ya es hora de acabar con todo –escuchó de pronto un susurro de mujer -.Solo un poco más y por fin estará hecho.

En aquel susurro había miedo y desesperación. Y algo mucho más oscuro que le puso los pelos de punta a Jesse. Entonces la luz del tren iluminó las oscuras entrañas del túnel y la vio. Un paso más allá de la línea de seguridad y a uno de la muerte segura. Jesse reaccionó sin pensar. Apartó a la gente a empujones y alcanzó a la dueña del susurro justo antes que el tren arribara al andén. La chica se sobresaltó cuando él le puso la mano en el hombro. Jesse vio el terror reflejado en unos ojos ambarinos grandes y expresivos mientras él negaba serio con la cabeza. Ella le miró de hito en hito sin saber que decir o que hacer hasta que el tren llegó a su altura, se detuvo y se abrieron las puertas. Jesse la empujó dentro sin consideración alguna ayudado, involuntariamente, por la descortés multitud.

-¿Sé puede saber que te pasa? –se quejó ella a voces cuando el tren hubo arrancado.

La chica era guapa. Jesse buscó algún motivo externo que la delatase como suicida. No lo encontró. Era más joven que él, tenía todo en su sitio y se contenía para no darle una bofetada apretando la correa de la mochila que llevaba a su espalda. El hizo un gesto señalándose la oreja y la boca y luego negando, tratando de que entendiera que pocas explicaciones le podía dar.

-¿Qué pasa, que ser sordomudo y gilipollas son excluyentes? –dijo ella con sus manos.

Jesse no supo encajar aquello. De haber podido dar un paso atrás lo habría dado, pero estaba aprisionado entre un oficinista sudoroso y enorme y ella.

-¿Entiendes el lenguaje de los signos? –dijeron sus manos.

-No. Me ha salido por casualidad –repuso ella con sus dedos como centellas -¿A que ha venido eso?

-A evitar que saltaras a la vía.

El golpe devuelto por Jesse lo encajó ella con curiosidad. Hizo una mueca extraña y comenzó a reírse en voz alta. Por desgracia para Jesse aquel batir de mandíbula no tenía sentido para él.

-¿Te parezco una suicida?

-No –se excusó Jesse -¿Y tú como es que sabes el lenguaje de los signos?

-¿No sabía que sólo lo pudieseis usar los muñecos sin pilas como tú? –vocalizó lento y despacio hasta que su gesto se tornó más amable -.Perdona. Mi hermana pequeña es sordomuda.

El metro se detuvo entonces en una estación periférica y el vagón se vació casi por completo.

-Si no es tu parada ¿quieres sentarte?

Él aceptó su ofrecimiento. Le intrigaba la chica. Y se sentía bastante desconcertado de que le tratara como a una persona normal.

-Perdona por haberte hablado así –volvió ella al lenguaje de los signos -.Pero es que me has asustado.

-Culpa mía. Mi nombre es Jesse Snow por si te interesa.

Ella lanzó su aliento contra el cristal y escribió su nombre. Jennifer Locke.

-Y bien Jesse, ¿puedo preguntarte que te ha llevado a pensar que era una suicida?

Jesse sonrió. Había algo en Jennifer que le atraía poderosamente. Y aunque su secreto no era algo que conociese mucha gente era menos la que le creía a pies juntillas.

-Puedo escuchar los susurros –confesaron sus manos.

Jennifer se quedó pálida. Normalmente recibía la reacción opuesta cada vez que confesaba aquello. Entonces ella se inclinó hacia él, deslizó su boca hasta su oído y Jesse tembló cuando sintió el tibio aliento de Jennifer en su cuello.

-¿Crees que tengo el culo gordo?

Él contuvo la risa al escucharla. Cuando ella se retiró lentamente él dibujó la forma de un culo en el aire y levantó el pulgar hacia arriba.

-¡Venga ya! –gritó ella llamando la atención del resto del pasaje -.¿Te estás quedando conmigo, verdad?

-Si quieres más pruebas aquellas dos ancianas piensan que tienes pinta de hippie y el tipo de la manga larga en verano…bueno ese susurra cosas verdes de ti.

Ella miró a las ancianas y les sacó la lengua con descaro. Estas se horrorizaron con aquel gesto mientras Jesse apretaba los dientes para no reírse.

-¿Entonces no puedes escuchar nada más?

-Aparte de eso sigo la definición de sordomudo a rajatabla. Aunque haz la prueba si quieres. Date la vuelta y di algo sin que yo te pueda leer los labios.

Jennifer lo hizo. Se levantó dándole la espalda, enseñó a todos los presentes la mochila que llevaba y gritó algo. Al momento todo el mundo abandonó el vagón dejándolos solos y a Jesse desconcertado.

-¿Qué les has dicho? –preguntó Jesse.

El semblante de Jennifer había cambiado por completo. Todo el descaro y la picaresca habían dado paso a un extraño poso de tristeza que Jesse pudo sentir como un hormigueo en su propia piel.

-Les he dicho que tengo la mochila llena de condones y pensaba gastarlos contigo aquí y ahora –dijeron sus manos.

-Que gente tan considerada. Lástima que no sea así, ¿verdad?

Ella ahogó un cuarto de sonrisa que se le había escapado automáticamente y miró al suelo apesadumbrada. Jesse hubo de agacharse para mostrarle sus manos.

-¿No ibas a saltar, verdad?

-No. Pero voy a hacer algo mucho más terrible Jesse.

El chico se levantó lentamente, se arrodilló ante ella y la obligó a mirarle. Sus manos comenzaron a moverse al tiempo que sus palabras se formaban en su mente.

-Jennifer, apenas te conozco pero sea lo que sea que vayas a hacer por favor reconsidéralo. Mira, eres guapa, inteligente, graciosa y tienes una hermana que seguro que te quiere igual que la quisiste tú para aprender por ella el lenguaje de los signos –comenzó a decir -.Mírame a mí en cambio. Quitando que sería un excelente mimo no valgo para nada. Entiendo que todos tenemos días malos. El problema es que gente como yo no los tenemos de otro tipo. Y aún así no nos vamos tirando delante de trenes. Seguimos adelante por más rotos e inservibles que seamos.

-Ni tu ni mi hermana sois inservibles –musitó ella sin mirarlo - .El inservible es un sistema que se niega a incluir en la lista de transplantes a personas como tú porque “se supone” que su esperanza y calidad de vida no aumentarán porque alguien le done un riñón… o un corazón.

Entonces el sistema de megafonía anunció la siguiente parada donde confluían todas las líneas de metro. Jennifer seguía evitando su mirada.

-Ella es como tú Jesse. Tal vez no es capaz de escuchar los susurros de las personas. Pero sí puede escuchar su corazón. Pero nadie se ha parado a escucharla a ella. Igual que cuando sufrió el ataque al corazón mientras iba en autobús. Nadie la socorrió porque creían que estaba bromeando. “Es que creíamos que era una performance”, se excusaron cuando al final la llevaron al hospital. Donde está ahora. Muriéndose por culpa de un sistema que considera a los sordomudos personas de segunda clase. Pero eso se va a acabar, Jesse. Tal vez ella no pueda hablar por sí misma. Pero yo si que puedo hacerlo. Y me van a escuchar.

Jesse, asustado, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.

-¿Qué les has dicho a los pasajeros Jennifer? –dijo su otra mano temblorosa.

-Que si querían vivir se marcharan de aquí –y entonces dejó caer la mochila que llevaba. Esta se abrió y aunque Jesse no era ningún experto había visto suficientes películas como para reconocer una bomba.

Ella le dio un empujón para soltarse pero él se mantuvo firme.

-¿Has sido tú la del autobús Jennifer?

Ella asintió justo cuando las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Cuando los susurros ya escapaban de su alma.

- El autobús ha sido un gesto pequeño. El necesario para obligar a la gente a tomar el metro porque nadie cambia las cosas con tan pocas lágrimas. Se necesitan gestos grande incluso para cambiar algo pequeño.

El metro se detuvo de pronto y las puertas se abrieron a la espalda de Jesse. Desprevenido, ella le empujó fuera donde las centenares de personas que esperaban el tren le dejaron caer de bruces. Jesse trató de levantarse pero la gente pasó sobre él. Luchó y gritó sin voz todo lo que pudo, pero nadie le tendió una mano. Todos le ignoraron. Le pisotearon. Le miraron con indiferencia y con odio. Así fue como las puertas se cerraron sin que consiguiera abordar el tren de nuevo. Comenzó a golpear la puerta cuando un susurro lo detuvo.

-Déjalo Jesse.

Al otro lado de la puerta estaba el rostro triste de Jennifer. Con su palma colocada en el cristal y sus ojos preñados de lágrimas. “No lo hagas” le gritaron su corazón y sus manos a Jennifer. “No lo hagas”, siguió diciendo Jesse hasta que el tren arrancó. Hasta que se quedó sólo con su desesperación.

-Lo siento Jesse –penetró entonces en su ser un susurro lejano proveniente del tren -.Siento no haber recordado que había gente como tú en este mundo. Gente por la que vale la pena vivir y no morir. Pero yo no tengo tu fortaleza ni tu bondad. Por favor encuentra a mi hermana y dile que hice lo que pude por ella. Que al final encontré su voz…

La explosión acalló los susurros para siempre. Y, por desgracia, al final nadie escuchó a Jennifer pues el único que poseía su mensaje no tenía voz para pregonarla. Ni la buscó.

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