Relato 54 - El Laberinto del Coloso
El Laberinto del Coloso
Le llaman Coloso porque la palabra gigante se le quedaba pequeña. Reí la primera vez que lo escuché. Y lloré la primera vez que lo vi. Tenía cinco años y era una niña muy alta para mi edad. Mi padre, como regalo de cumpleaños, me llevó a verle. Al hombre imposible. El hombre grande.
Él me enseñó lo real que era el cuento de hadas en el que yo aún creía y lo pequeña que era en realidad. Pequeña en comparación con todo. Creo que fue lo primero que mi mente infantil llegó a comprender completamente. Allí, parada bajo la inmensa sombra de aquel hombre impasible y sin llegar a abarcarlo del todo con la vista, supe mi lugar en el universo. Y no me gustó nada. Por eso lloré. No porque aquel ser me infundiese miedo. Sino porque siempre, hiciera lo que hiciera, sería pequeña. Por eso me esforcé tanto desde aquel día. Estudié. Luché y viví todo lo que pude. Tratando de crecer en todos los sentidos. Y la mejor manera de hacerlo fue hacerme piloto. Pero no una piloto de astronaves. No quería surcar el universo. Eso era sencillo. Allí arriba todo era negro o blanco. No. Yo quería algo complicado. Yo quería a mi Coloso. Por eso piloto ornitópteros. Porque es lo único que este tolera que le sobrevuele.
-¡Helen Stone!
Palmeo el lomo de mi ornitóptero mientras ahogo una sonrisa. Mi nombre enmarcado en ese tono solo puede traer buenas noticias, porque ya me conozco el de las malas. Me cuadro ante el curvilíneo perfil de Matthew que llega bañado en un sudor frío. Viene a la carrera y sin desayunar, ergo de mala leche.
-Un viejo amigo mío quiere… “necesita” verte.
Mi mirada navega, como siempre y sin querer, al dedo anular de la mano derecha que le falta a Matthew. Maldición familiar, me dijo cuando años atrás surgió la pregunta.
-Tengo una misión de reconocimiento en diez minutos…
Entonces Matthew saca unas diminutas alas de mosquito y me las tiende.
-Se acabaron los reconocimientos, capitana Stone –me dice confirmando un extraño e inesperado ascenso-. En una hora en la sala de reuniones. Sea puntual.
Cuando llego me sorprende que quien me espera no viste el gris de la Federación. Dándome la espalda y enfrascado en una representación holográfica del Coloso, la ciudad que guarda en su interior y mi insectoide, hay un hombre enfundado en un traje completo azul apagado. Miles de líneas rojas y verdes lo cruzan formando intrincados símbolos y, tanto de su espina dorsal como de sus brazos y piernas sobresalen unos pequeños bulbos que parecen palpitar con cada respiración que toma.
-Se presenta la capitana Helen Stone.
Mis palabras desaparecen cuando el hombre se voltea hacia mí. Su mirada, oscura como la noche, me petrifica. Nunca creí que podría ponerle rostro a una leyenda. Pues ya he podido. Un semblante dulce y apuesto en otra época, ahora cubierto por una barba corta y cana, me escruta desde una posición que emana respeto y seguridad.
-¿Sabes quién soy?
Asiento. Es Robert Temperley. El legendario piloto del Coloso. El hombre que nos ha mantenido vivos ya una docena de veces. El hombre que, decían, ya no existía.
-Bien. Eso me ahorrará saliva –me lanza una extraña mirada que se apaga al segundo siguiente-. Voy a ir directo al grano: se acerca un Omhu.
Con esas palabras se esfuma toda una década de paz y prosperidad. Diez años de pasos atemorizados ahora se van a convertir en una huida desesperada. A menos que ese hombre esté pensando en lo que yo estoy pensando…
-Tal vez te sorprenda pero la Federación esta vez ha denegado nuestra petición formal de ayuda –niego con la cabeza al escucharlo. Hace tiempo que me lo temía-. Así pues, vamos a depender del grandullón.
Hace un pequeño gesto y la imagen, inmensa e imponente del Coloso, se transforma en la de un ser horrible. Un orondo y desagradable insecto con un centenar de bocas llenas de dientes afilados y viciosos ojos rojos me contempla desde su etérea forma. La escala que arrojan los datos de la criatura sería más que suficiente como para rivalizar con un planeta pequeño. Pero Alción no es un planeta pequeño. Los pequeños somos nosotros.
-Hemos pedido ayuda a Quimera y Heracles –me sorprende informándome de eso-. Puedes imaginarte la respuesta que nos han dado.
-Supongo que una versión diplomática de “que os den por culo”, ¿me equivoco, señor?
Robert asiente pesadamente. Las viejas deudas se pagan hoy. Y no tenemos con qué. Con la ayuda de esos gigantes de las colonias cercanas podríamos hacerle frente al Omhu. Sin ellas…
-¿Y qué puedo hacer yo, señor?
Robert avanza atravesando la imagen de pesadilla del Omhu y se planta ante mí. Es más alto de lo que aparenta y desprende un aura que lo hace incluso mayor. De nuevo soy pequeña.
-Quiero que me des una vuelta en tu bicho.
Nunca he visto a Camargo tan nervioso. Me lo asignaron cuando no era más grande que un perro. Lo cuidé, crié y desarrollamos el vínculo necesario hasta que, llegado el momento, creció lo suficiente como para poder implantar una cabina en su interior. El resto había sido sencillo. Habíamos surcado los cielos libres a la sombra del Coloso realizando todas las tareas necesarias para la defensa y conservación de las minas de Kellium. Ese mineral que nos permite movernos entre las estrellas, que rivaliza en valor con la propia vida humana. El que trajo a nuestros antepasados a colonizar este planeta gigante y extraño. Y lo que atrae a los Omhu a través de las estrellas como la luz a las polillas.
-Vuela alrededor de los pies –me indica Robert encajado a mi lado-. Hazlo tan rápido y bajo como puedas.
Se me hace un nudo en la garganta. Los dedos son tan grandes como montañas, pero sé de buena tinta que entre ellos están las espinas de Aquiles. Miles de púas de un par de kilómetros de altura formadas entre los dedos. Restos de los Omhu que ha aplastado el Coloso. Mis manos y mi corazón encaminan a Camargo hacia donde me indica. El ornitóptero se retuerce un poco de miedo. Le digo que está bien. Que lo ha hecho otras veces y puede hacerlo una más. Robert no cambia el gesto. Serio como una estatua mira cómo encaro en zigzag los enormes bloques de piedra que nos rodean. Camargo los esquiva y vuela como una flecha a través de ellos. Suave cuando puede, ligero y salvaje cuando debe. Pasamos dos dedos con soltura y me vuelvo hacia Robert para preguntarle con la mirada si es suficiente. Lo encuentro con los brazos cruzados y los ojos cerrados, enfrascado en un gesto de inmensa concentración. No entiendo nada hasta que, de pronto y casi desafiando lo imposible, el Coloso alza lentamente el pie. Lo que para él equivale a unos centímetros, para Camargo y para mi son decenas de kilómetros.
Veo cómo se nos hace de noche y atisbo de reojo una leve sonrisa en el rostro de Robert. Comprendo entonces lo que está por venir y me apresuro hacia el único sitio que podemos ir. Hacia delante. Pero no hay escapatoria. Lo sé y no me rindo. Sigo adelante. Contra la lógica y el miedo. Contra mí misma. Hago más afilado y rápido si cabe el vuelo de Camargo. Rozo el suelo y nuestros límites apurando los segundos de vida que nos quedan. Ya casi estamos a salvo. Pero entonces veo un dedo sobre nosotros y lo aplastante que va a ser la realidad. Cierro los ojos sin poder evitarlo ni comprenderlo. Sin poder, siquiera, entender mi final.
-Ya puedes abrir los ojos, niña.
Lo hago sin saber muy bien qué ha pasado. Seguimos volando. Camargo rozando casi el suelo con sus patas. Y, detrás, el Coloso con su pie aún levemente alzado.
-Sabes volar y no sabes rendirte –me dice Robert.
-¿Qué…? -articulo con dificultad.
-Si no vamos a pelear en un simulador no voy a usar un simulador –es su respuesta-. Hay algo muy importante que debo contarte y voy a tener que arriesgarme presuponiendo que eres la persona apropiada…
Mientras vuelo hacia el rostro imperturbable del Coloso, me doy cuenta de que se parece un poco a Robert. Hay algo en su rostro, sereno e imperturbable, que me recuerda al hombre que he dejado atrás hace horas.
-Mucha gente me ha sacado ese parecido a lo largo de los años –retumba una voz en mi cabeza que me sobresalta.
Es Robert, desde donde quiera que esté. No recordaba que ha activado un enlace sináptico particular entre mi psique y la suya para no perder contacto en ningún momento. Eso significa que está en mi cabeza y todo lo que piense lo escuchará.
-No es más que telepatía barata –vuelve a decirme-. No te leo la mente. Pero a partir de ahora si quieres algo de intimidad cuida cómo expresas tus pensamientos.
-¿Cómo es que yo no puedo escuchar nada? –Le replico mentalmente mientras pido acceso a la ciudad-. Hasta las leyendas tienen que pensar.
-Según todo el mundo las leyendas ni lloran, ni sangran, ni son derrotadas.
-¿Y cómo te convertiste en leyenda entonces?
-No haciendo ninguna de esas tres cosas –me suelta-. Ahora, prepárate para saltarte todas las leyes a la torera. De ti depende que valga la pena.
-Acceso concedido, capitana –susurra de pronto una operadora a través del comunicador del ornitóptero-. Bienvenida a casa.
Sonrío. Habría podido volver más si mi casa no hubiese estado en el interior de la cabeza de un gigante de centenares de kilómetros de altura. Dicen los antiguos registros que cuando los primeros habitantes de la Fundación llegaron a este planeta encontraron 35 gigantes. Sus figuras eran tan humanas como las preguntas que despertaron en ellos. ¿Qué eran aquellos inmensos seres? Lástima que entonces descubrieron el Kelium y los esfuerzos se centraron en su recolección hasta que el primer Omhu arrasó con la colonia. Nada pudo detener a aquella bestia tan titánica como los propios y misteriosos gigantes. Entonces los supervivientes, desesperados, corrieron bajo el abrigo del Coloso.
-Y este despertó de su letargo para protegerlos –completa en mi cabeza Robert-. Todo eso no son más que cuentos, niña. Historias para tapar pecados y mitigar preguntas. No fue así en absoluto.
-¿Y cómo fue?
-Peor.
-¿Cuánto peor?
-Lo suficiente como para asegurarte que serás más feliz sin saberlo. Mantén la mente fija en la misión. El Omhu romperá la atmósfera en dos horas y todo esto se convertirá en un auténtico caos.
Lo recordaba. Caos era una palabra muy gentil para describirlo. Era muchísimo peor. De pronto recibo la orden para entrar en la ciudad. Los sistemas de defensa de la oreja me granjean el paso y tras atravesar la oscuridad del corredor auditivo del Coloso llego a la ciudad. Construida en su cráneo y, en una perfecta armonía entre lo artificial y lo orgánico, allí seguía tal y como la recordaba en mis sueños y pesadillas. Mi ciudad. Edificios altos como torres y relucientes a la luz del sol artificial que reina sobre ella. Prodigio de la tecnología y la bioingeniería, aquella serie de edificios, calles y almas eran uno de los mayores y más arduos logros de terraformación de la historia de la Federación. Terraformar un ser vivo. Poder vivir en la seguridad de la cabeza del Coloso. Siento como Camargo chilla de alegría al ver por primera vez la ciudad. Río por dentro con él. Siempre es bueno volver a casa. Incluso en este caso.
-Eres la dueña del tráfico aéreo, niña –me recuerda Robert-. No dejes que la ciudad te distraiga.
Me cuesta hacerlo. A esta distancia sobrecoge. Ver cómo hombres y mujeres mejores lucharon y consiguieron dejarnos un prodigio así en cada uno de estos gigantes, es simplemente inconcebible. Pero entonces algo en el radar de Camargo me alerta. Ha detectado uno.
-No lo puedo creer… -susurro.
-Pues bien que has accedido a la misión sin creerlo –gruñe Robert-. Ve y disgrega las pesadillas del Coloso.
Pesadillas. Así las llamó. No podía creer que nada pudiera perturbar a un Coloso. Que nadie pudiera penetrar en su interior. Pero claro, si lo hicimos nosotros, ¿por qué no un Omhu? Al parecer, el último que abatió dejó algo tras de sí. Algo destinado a destrozar al Coloso desde dentro. A perturbar su extraño sueño. Robert se pasó los últimos años tratando de comprender qué era lo que le acontecía al Coloso, pero no fue hasta que este detectó la venida del Omhu que no pudo dar con la fuente. Parásitos Omhu en su cabeza. Pesadillas.
Llego al lugar que me indica Camargo pero no veo nada. Ante mí sólo hay un edificio con una inmensa pantalla de holo-video que anuncia Pepsi-Cola. Pero la señal de Camargo es clara: está ahí. Ante nosotros. Y aún así…
-Dispara –me ordena calmadamente Robert.
-¡No puedo! ¡Ahí dentro hay miles de personas!
-Y el pilar central que sostiene ese puto edificio es una terminación nerviosa del Coloso. Pero esa mierda está ahí devorándolo. ¡No hay tiempo para tener conciencia! ¡Hazlo!
Sí que lo hay. Hago que Camargo haga un tirabuzón y se aleje. La holo pantalla. Se necesita un piso vacío para albergar una tan grande. Cargo los bio-aguijones de ornitóptero. Camargo se muestra confundido pero le digo que todo está bien. Que lo que ve no existe, relativamente. Aún así, se niega. No va a hacerlo. Pero yo sí.
Entonces me abalanzo hacia delante. Atravieso el anuncio como si de un fantasma se tratase y lo veo. Una columna oscura reinando en la estancia. Sólida. Funcional. Hay algo en ella. Algo que no habría visto nunca de no ser por Robert. En ese momento la pátina oscura se revela. No es pintura. Es algo más. Dos ojos como rubíes aparecen donde no debería haber nada y una boca repleta de dientes torcidos sonríe amenazante. Un Omhu. Una pesadilla. No hay duda. Disparo los bio-aguijones de Camargo y el impacto es brutal. El grito de agonía del Omhu es ensordecedor. Hago una pasada rauda a su alrededor y compruebo cómo se desploma arrastrado por la estructura del edificio. Las alarmas saltan al momento. Se viene abajo. Entonces Camargo chilla. Sus sentidos y los sensores implantados captan un centenar de señales iguales a la del Omhu derribado.
-¡Sal de ahí, niña! –grita Robert desde el otro lado de mi conciencia.
No necesito más. Lo hago tan justa que una de las alas del ornitóptero roza con los cascotes desestabilizando mi vuelo e hiriendo a Camargo. Tambaleándonos, salimos únicamente para afrontar el horror personificado. Casi un centenar de Omhu vuelan por los cielos de la ciudad del Coloso mientras la ciudad grita de miedo. Son demasiados. No podré con ellos.
-Deja de quedarte pasmada, niña –me urge Robert-. Encuentra a la madre y reviéntala.
Una mente colmena. Una reina de las pesadillas. Me explicaste demasiado en muy poco tiempo, Robert.
-No me dijiste cómo es la madre –me quejo mientras lanzo a Camargo en un vuelo vertiginoso entre edificios y Omhu.
-¡Porque no lo sé! –la tensión en la voz interior de Robert me es patente. Ya debe estar lidiando con su parte-. Mierda…. Tranquilo, grandullón. ¡Helen, escúchame! Una madre es una madre. A todas se las atrae de la misma forma.
Comprendo. Levanto a Camargo y le obligo a ascender mientras programo todos los bio-aguijones. Trazo blancos mientras esquivo. A mi lado los Omhu se lanzan y fallan la mayoría de las veces. Las que no, Camargo me lo hace saber. Pero no me detengo. Peleo hasta que el ordenador da el visto bueno. Entonces enderezo el vuelo y disparo una lluvia de misiles matando a discreción.
Una sombra enorme emerge desde abajo y me embiste. Mamá ha venido a proteger a sus críos. Bien. La estaba esperando. Antes de que los enormes dientes de la bestia hiendan a Camargo, obligo a mi ornitóptero a segregar todo el veneno que tiene. Pero no es suficiente. La muy desgraciada muerde y atraviesa al pobre Camargo que chilla y se estremece mientras los Omhu restantes se arremolinan a nuestro alrededor como si quisieran despegar a su madre. Pero el veneno de Camargo es potente: no se librará. Luchando caemos hacia nuestro fin. Sé que Robert me grita algo pero no tengo tiempo para nada que no sea intentar una última maniobra. No quiero salvar el pellejo. Ya es tarde para eso. Sólo quiero caer sobre la Omhu. Quiero ser lo suficientemente grande como para aplastar a este bicho. Fuerzo casi con plegarias a Camargo mientras el mundo danza frenético a nuestro alrededor. Sombras y luces. Vida y muerte. Todo se mezcla. Todo quiere tomar el lugar del otro. Grito. Y entonces llegamos al suelo. Llegamos al final. Y ahí ya sólo cabe lugar para el adiós.
-Helen….
La oscuridad pronuncia mi nombre. Y tiene el mismo timbre que Robert.
-Despierta…
Lo hago, aunque lejos del lugar al que prometen que vas cuando mueres. Estoy dentro del cuerpo sin vida de Camargo. La cabina y mi pobre ornitóptero me han salvado. La visión que recibo al abandonarlo me acompañará de por vida.
Acaricio al pobre insecto mientras dejo fluir mis lágrimas libremente. Robert me deja espacio para llorar mi pérdida. No me recuerda el horror de miembros, sangre y vísceras sobre las que estoy detenida. Se calla mientras me vacío, mientras trato de no romperme en mil pedazos como el pobre Camargo. Entonces, cuando las lágrimas no enturbian mis ojos, veo dónde estoy. No reconozco el lugar. Esto no es la ciudad del Coloso. No hay edificios, ni metal, ni tecnología. A mi alrededor predominan la piedra y el musgo. Enormes bloques de roca contenedores de la omnipresente biología del Coloso. Bloques palpitantes. Demasiado parecidos a los del traje de Robert.
Súbitamente, y como salida de la nada, aparece rompiendo un cielo azul que no debería estar ahí, una enorme astronave. Miles de Omhu tan pequeños como mortales la están haciendo trizas. Todos los esfuerzos que hacen para defenderse son inútiles. Sólo ganan tiempo mientras pierden más vidas. Ni puedo creer ni entiendo qué está pasando o dónde se supone que estoy.
-Estás en el laberinto del Coloso –me dice de pronto Robert imponiéndose como lo único cuerdo a mi alrededor.
Sobre mi cabeza, la batalla perdida de antemano, se recrudece. Uno de los dos motores explota y la astronave se rinde a la gravedad. Dios, van a caer sobre mí.
-¡Robert! –chillo mientras la nueva sombra de la muerte se cierne sobre mí.
-¡Son fantasmas, Helen! –Trata de tranquilizarme-. ¡No pueden hacerte daño a menos que les dejes!
Pero es difícil hacerle caso cuando una astronave tan grande como la Luna se desploma sobre ti. Me tiro al suelo mientras siento el calor de las llamas y el frío de la muerte por segunda vez en menos de cinco minutos. Mi final me engulle, pero tampoco me traga. En su lugar todo vuelve a cambiar. Estoy entre los restos destrozados de una ciudad. Una construida con los restos de una nave. No necesito ser matemática para saber de dónde viene todo esto. Aunque un psiquiatra no me vendría mal.
-No sobreviviremos –dice una voz a mi espalda.
Allí, en pié y haciendo caso omiso a mi presencia, hay dos integrantes de la Federación. La que ha hablado es una mujer enfundada en un bio-traje característico del cuerpo científico. Tiene la derrota en la mirada y el cansancio hendiendo sus hombros. Su pelo, dorado, está igual de apagado que su ánimo.
-No pienso rendirme –le contesta el hombre que hay ante ella enfundado en una armadura de combate de la Federación. El casco me impide ver su rostro.
La pareja sigue hablando mientras el cielo se oscurece. Él cambia el cargador a su arma mientras ella se frota el brazo como si estuviese aterida de frío. Yo no noto nada. Y eso me preocupa.
-¿Qué es todo esto, Robert?
-Esto es el Coloso, niña. Estás pisando el terreno que debería estar vedado para cualquier persona… -su voz decae mientras escucho cómo alguien, más allá del propio piloto legendario, gime de dolor-. Lo sé porque yo mismo lo traspasé una vez. Y quedé atrapado en él.
De pronto aparece un enorme Omhu ante mí. No sé de dónde ha salido pero sólo puedo quedarme petrificada ante su aterradora presencia. Abre su enorme boca y unos afilados tentáculos escapan de la misma tratando de engullirme. Una deflagración lo detiene. Otra lo abate. La tercera le hace explotar. Me volteo y veo al soldado que me ha salvado la vida reticente a bajar el arma.
-No dejarán de venir –dice la científica que se aproxima al Omhu muerto-. Este maldito planeta les seguirá llamando para siempre.
Me siento demasiado viva para creer que soy un fantasma, por la manera en la que me ignoran todos a mi alrededor. Entonces el soldado se acerca al Omhu y le descarga un último disparo que le hace estallar el ojo derecho.
-¿Y qué pretendes que hagamos? –Pregunta el soldado-. No podemos irnos de aquí.
-Sí que podemos -le contesta ella-. Hay secciones de la nave que aún funcionan. Jake, Andrew y John ya han empezado a repararlas. Podríamos tener un módulo de escape listo dentro de un mes. Saltaríamos a otro sector a través del nodo por el que llegamos.
-¿Y qué pasará con el resto de naves colonizadoras cuando lleguen aquí? –Replica él cara a cara-. ¿Abandonarías a todos los que nos siguieron? ¿Les dejarías a merced de los Omhu? No tuvimos tiempo de avisarles cuando llegamos.
-Ellos… Ellos tendrán que sufrir lo que nosotros sufrimos. Tal vez si les dejamos una sonda con un mensaje de advertencia en el nodo…
-¡Sería demasiado tarde, Jennifer! –Me la da a conocer el soldado-. No abandoné cuando llegamos aquí. Cuando todo estaba perdido conseguí que sobreviviéramos a pesar de todo lo que perdimos. No voy a rendirme ahora. No pienso hacerlo.
Ella le da la espalda mientras siento que algo sagrado se resquebraja entre ellos. En la lejanía, más figuras de supervivientes se me hacen presentes.
-Dime la verdad. ¿Haces esto por el Kellium?
-Sin el Kellium no podríamos seguir adelante –se excusa él-. La humanidad lo necesita si quiere expandirse a través de las estrellas. Sin él sabes que no habríamos durado ni un minuto contra esos seres. Sin él…
-Haces esto por el Kellium, ¿sí o no?
El soldado se queda petrificado ante el grito desesperado de la científica que se ha echado a llorar. Hay algo más que miedo o cansancio en su mirada. Hay ira. Hay amor.
-Lo hago porque hay que hacerlo.
-¡Mientes! –Acusa ella señalándole- ¡Lo haces por ella! ¡Sabes que viene en la siguiente migración! ¡Por eso peleas!
De pronto el soldado suelta el arma, aferra su casco y se despoja de él. Me quedo sin aliento al descubrir su rostro. Es muy parecido a Robert. Tanto que podrían ser hermanos. Pero no. A Robert sólo se le parece. Hay alguien a quien es clavado. Pero es imposible.
-Caminas por el sendero de lo imposible, Helen –resuena en mi cabeza Robert-. Todo hombre fue pequeño antes de ser grande. Todo hombre tiene su razón para crecer.
El Coloso. Ese hombre es el Coloso. Pero no es posible. Nadie puede hacerse tan grande en ninguno de los sentidos. Nadie.
-Todos luchamos por una razón -contesta el Coloso a Jennifer, agachando la cabeza e interrumpiendo mi línea de pensamientos.
-¿Por qué me hiciste creer que me querías entonces? –Le reprocha ella ya sin disimular sus lágrimas y su dolor-. ¿Por qué me diste falsas esperanzas?
-Todos necesitaban esperanzas después de nuestra llegada. Falsas o verdaderas di a cada uno las que pude para que sobrevivieran. Era mi deber.
Ella le abofetea entonces con todas sus fuerzas. El golpe apenas le hace tambalear pero en su rostro veo como le ha hecho mucho más daño por dentro que por fuera.
-El deber de un mentiroso –gime ella mientras le da la espalda y se aleja hacia la ciudad-. El deber de un cobarde.
Él alza entonces su mano para detenerla. Para decirle algo. Pero se queda ahí. Incapaz de hablar. Incapaz de pedir perdón. Clavado por su pecado. Siento pena por ambos. Una que apenas me deja respirar.
-¡Deja de mirar atrás y mira adelante, desgraciado! –grita Robert dentro de mi cabeza. No sé cómo pero estoy segura que es al Coloso-. ¡Tu enemigo es ese monstruo! ¡No eres tú! ¡Pelea, desgraciado! ¡Pelea!
Todo se vuelve borroso a mi alrededor. Todo vuelve a cambiar. Estoy a los pies de una nave construida claramente a retazos. En la rampa de entrada a la misma se encuentra Jennifer flanqueada por dos hombres más. Todos con traje de vuelo. Todos con la misma mirada adusta. Ante ellos casi un centenar de personas, harapientas, sucias y cansadas les contemplan con esperanza en la mirada. El Coloso lidera el grupo. Está claro que el tiempo ha pasado por ambos. Y la distancia entre ellos también.
-Lanzaremos el ataque para distraer a los Omhu en el mismo momento que despeguéis –informa el Coloso-. Eso debería daros tiempo para alertar a las naves que atraviesen el nodo de salto y conseguir que aterricen a salvo.
-Lo lograremos –dice uno de los hombres junto a Jennifer.
Ella se limita a asentir con seriedad antes de penetrar en la nave. El Coloso, por su parte, guía al cansado grupo de combatientes fuera de la ciudad. Les sigo pensando cómo saldré de este laberinto de recuerdos y la esperanza de saber que Robert lo consiguió.
-No del todo –me dedica este al sentirse aludido.
Repentinamente todos alzan la mirada ante un destello luminoso que rompe el cielo. Algo ha atravesado el nodo de salto. Las naves son tan grandes que incluso desde donde estamos son visibles. Vítores se alzan ante la esperada llegada de refuerzos. Pero entonces algo sucede. Hay una explosión y una de las naves cae al planeta sin control. Los Omhu aparecen ante los atónitos luchadores. Todos se defienden por sus vidas. Todos menos el Coloso que se lanza en una alocada carrera hacia la estela en llamas que cae a tierra. Le sigo aunque Robert me grita que no lo haga. Ya no puedo detenerme. Necesito verlo. Necesito saber qué pasó. Todo se ondula a mi alrededor y en un segundo estoy entre los restos de la nave. El Coloso grita mientras rebusca allí donde no puede haber supervivientes. Entonces se detiene ante un lecho criogénico. Golpea el cristal del lecho con su arma hasta que consigue romperlo. Y veo como es él el que se rompe. Cae de rodillas llorando gritando un nombre de mujer mientras golpea con rabia la cápsula. Con el aliento contenido me acerco lentamente a su lado no sintiéndome tan invisible como en realidad soy. Pero quiero saber qué le hizo lo que ahora es. Necesito saberlo. Pero cuando me asomo a la verdad no veo nada. El nicho criogénico está vacío. Ahí no hay nadie. Y él, sin embargo, llora.
-Sí que había alguien –me dice Robert-. Alguien lo suficientemente importante para acabar como acabó...
-¿Y por qué no puedo verla?
En ese momento, una sombra se forma en el fondo del lecho y unos ojos rojos inyectados en sangre me lanzan la más amenazadora de las miradas. De pronto no soy tan invisible. De pronto soy muy, muy pequeña.
-Por eso no peleas, ¿no, viejo amigo? –Escucho los pensamientos de Robert-. ¿No recuerdas por quién lo hacías? No te culpo por ello. Pero no puedes aferrarte a ella para siempre. No puedes abandonarnos ahora. Tienes que luchar. ¡Tenemos que ganar!
Algo por lo que luchar. Sea por lo que sea que luchaba el Coloso ya no existe. En su lugar hay un engendro de oscuridad. Algo que le nubla el alma. Algo que no debería estar ahí. Saco el arma sin saber si funcionará o no. Pero estoy demasiado lejos de tener nada que perder. Disparo y el haz de luz atraviesa la sombra. A mi lado descubro al Coloso mirándome por primera vez. Roto de dolor y negando con la cabeza. Sabe lo que voy a hacer.
-¡No lo hagas! –me grita Robert.
Él también lo sabe. Pienso demasiado en alto.
-Es la única manera. Alguien tiene que llenar el hueco. Alguien tiene que hacerle creer que tiene algo por lo que luchar.
-Escúchame, Helen. No funcionará. Los dos somos parecidos y te digo que no le engañarás.
-¿Te serviría a ti una mentira para pelear?
Silencio. Sí. Sé que le sirvió en el pasado. Por eso es lo que es. Por eso es una leyenda. Porque se sobrepuso a la mentira y encontró algo por lo que luchar. El Coloso hará lo mismo. Cuando salga de esta lo hará. Y yo me iré.
-Ya no tengo miedo. Ya no soy pequeña.
Entro en la cápsula y de pronto algo inmenso me invade y me hace crecer. Siento que me rompo. Que lo que soy se funde con algo que una vez fue. Me pierdo en el laberinto de su consciencia. Y la veo. Veo por quién ha estado luchando todos estos años. Ambas nos sonreímos, pues fuimos pequeñas una vez. Y ambas crecimos en su corazón. Mientras me desvanezco una voz penetra en mi interior. Es y no es la de Robert. Me piden perdón. Yo no digo nada. Sólo asiento y me pierdo en su interior.
-Lucha… -es mi último susurro. Mi último deseo. Mi fin.
***
El Omhu cae. Roto. Desgajado por unas manos gigantes. Yo sólo puedo verlo desde el suelo mientras los sistemas de emergencia de la Federación evacuan la ciudad. Hemos caído, pero no hemos perdido. De no ser por la niña no habría podido ganar tiempo. De no ser por las fuerzas que le insufló con su mentira esa bestia nos habría devorado en menos de un minuto. Helen nos dio fuerzas para luchar… Pero no para ganar. Eso ya lo había perdido el Coloso para siempre. Y ahora yo a él.
Mientras todos alaban al gigante Heracles, pienso que sólo espero poder vivir lo suficiente como para decirles a quién realmente le deben la vida. Quien debe ocupar un lugar enorme en sus corazones y plegarias. Sólo eso. El resto ya serán pequeñeces.