Relato 52 - FIN

Desperté en la oscuridad de la noche, la recámara fría, sola, el olor a tristeza por doquier, mi mente inquieta, pensando, cuestionando, quizá era cierto, tal vez no. Desesperada me levanto de la cama, me acerco a la puerta de entrada, veo un papel tirado, parece una carta, el corazón late con fuerza, lo siento salir, me agacho, lo recojo, me doy cuenta que no tiene ni destinatario ni remitente, tal vez es de Said, quizá lo tiró por la mañana al salir de casa, siento la sangre bajar hasta mis pies, como dice mi madre cuando se asusta, por unos segundos dudo, no sé si sea correcto revisar papeles de mí novio, pero tal vez sea algo importante, de algún cliente, de su trabajo, que se yo, además, mi inquietud es mayor, llevo días que lo veo con la mirada perdida, como distante, no lo siento cerca, aunque esté junto a mí, parece lejano, pierdo el miedo, mis manos tiemblan, comienzo a sudar, lo abro lentamente, comienza con la palabra “amor y dos puntos” siento desfallecer, empiezo a leer, parece un texto largo, producido, y de momento sin ni siquiera poder controlarlo, mis ojos se llenan de lágrimas, recorren mis mejillas, no quiero seguir leyendo, pero lo hago hasta finalizar, se despide con la promesa de verse en el café Don Melito, el Viernes por la mañana, y pone las iniciales R.G., hasta ahora desconocidas. Estoy confundida, triste, no sé qué pensar, que sentir, son sentimientos encontrados, regreso a mi recamara llevando conmigo esa carta de alguien que ama a mi Said, que ya no será “mi” Said, solo Said, pienso en todo el tiempo juntos, en aquellos viajes, en las risas, cuando fuimos al cine por primera vez, en su mirada enamorada, en sus eternas llamadas y cuando al despertar me decía “te quiero amor” , sigo llorando, dejo la carta tirada en el suelo, y sin querer, me pierdo en el abismo de la noche y me quedo dormida. Despierto por la tarde del siguiente día, no sé por cuanto tiempo fue mí desvelo, siento un vacío en el estómago, una ansiedad incontrolable, y tristeza en el alma. Me levanto de cama, me dirijo a ducharme, sigo pensando en esa carta que tantas veces leía anoche, en Said, en las iniciales R.G y me siento extraña, termino de ducharme y cojo mi móvil, hay una decena de llamadas perdidas de Said, un par de mi hermano, y una mi padre, pero no hago caso a ninguna, es día laboral, sin ganas, me pongo el uniforme de la firma y me dirijo a la oficina, dentro del coche vibra mi teléfono, es Said, no quiero contestarle, pero debo hacerlo, no puede sospechar nada de lo que me entere, trato de calmarme, contesto:

 

—Buenos Días amor, ¿Por qué no contestabas? ¿estás bien? Dijo él

Al oír su voz, nuevamente tengo esa sensación en el estómago, comienzo a llorar, pero me controlo.

 

—Si mi amor, estoy muy bien, solo dormí más de lo que debería, no pasa nada, le dije yo

—Amor, recuerda que “Te amo” no lo olvides nunca, fue lo que dijo él

¿Te amo? Nunca me lo había dicho con tanta naturalidad, como si siempre dijera “te amo”, al acostarme “te amo” al despertar “te amo” al despedirse “te amo”, no, nunca era así, era la primera vez que escuchaba el sonido de esas dos palabras “te amo” y eran tan bellas, pero que palabras tan hermosas pueden tener tanta belleza en un momento como este, donde ya no queda más que angustia, tristeza, donde la decepción ronda mi cabeza, mi cuerpo, sigo manejando, bajo de mi coche, quito el manos libres de mi oreja y me introduzco en la oficina, ordeno a Linda, mi secretaria que no me pase llamadas, ni citas ni nada por el momento. Me siento frente a mi escritorio, saco de mi maletín la carta, nuevamente la leo, y de la misma forma que la noche anterior comienzo a llorar, y llorar y llorar, quisiera hablar con Caty mi mejor amiga, pero no creo que sea prudente, me tranquilizo, guardo la carta en el maletín y salgo de mi oficina, no puedo estar ahí encerrada, me despido de Linda, me subo al coche y voy a un parque, a las afueras de la ciudad, me recuesto junto a un inmenso Sauce Llorón, pienso, y pienso, no dejo de pensar, no sé cómo terminaré ésta relación, es tan triste, tan doloroso, frustrante, pero tengo que decidir antes del viernes, sólo tengo dos días, dos eternos días que parecerán dos años, lo sé, y no sé qué haré, terminar con esa persona que pensé era mi alma gemela, que pensé estaría mucho tiempo junto a él, yo sé que todo tiene un final, pero nunca imaginé que los finales terminaran de esta forma, en mis pensamiento futuros, alguna vez creí que nuestra relación duraría mucho, y que si terminaba era por causas personales, que nos dejaríamos de amar, que alguno cambiaría su residencia, imaginé mil cosas, pero nunca un engaño, eso no lo pensé, y sucedió y ahora estoy aquí, sentada junto a este árbol, sola, ahogándome en el mar de la tristeza, del delirio amoroso, dándome ánimo de seguir adelante, de finalizar esta dolorosa etapa en mi vida, pero sigo llorando, llorando con la ansiedad en el alma. Me quedé dormida de nuevo, quince minutos o más, ya no quería estar en ese parque, regresé a mi auto y me dirigí a casa. Entré y corrí a mi recamara, me tiré en la cama y otra vez lloré, pobre de mí almohada, tanto sufrimiento en un par de días, mi teléfono sonaba, era Cati, quedamos de vernos en el café del centro, no me sentía bien para verla, pero me hice un poco los ánimos, y me fui a relajar un rato. Llegué al café, ahí estaba Cati sentada en la mesa rosa al final del pasillo, había dos sillas color café que parecían muy cómodas, la saludé efusivamente, me agradaba verla en este momento que me sentía tan terrible, y ella al verme, noto un cambio:

 

—¿Qué te sucede Eunice? Te veo un poco distraída, dijo ella cuando nos sentamos,

Y entonces, yo comencé con la historia de todo lo acontecido con Said, con lágrimas en los ojos, cati, solo se limitaba a escuchar lo que yo le decía, quizá pensó que me hacía falta desahogarme con alguien, terminé de hablar y ella sólo me dijo,

 

—Estoy contigo Eunice, tienes mi apoyo para lo que necesites, pero tienes que ser fuerte, es un momento para que saques tu fuerza interior.

Abracé muy fuerte a Cati, nos salimos del café y fuimos a caminar por las calles de la ciudad sin hablar palabra alguna, solo con el silencio y el ruido de la ciudad, así anduvimos por un par de horas, hasta que Cati se despidió y me acompañó a mi auto, y regresé a casa. Otra vez era de noche, no había recibido llamadas ni mensajes de Said, quizá estaba con ella. Aun no entendía porque había dejado de amarme, siempre creí que nuestra relación era perfecta, pero ahí comprendí que la perfección no existe, aun así, yo era muy feliz, pero tenía que pensar que mi futuro ya no estaba ahí, caminé a la cocina, me senté en el pequeño comedor, tomé una hoja blanca y una pluma de mi bolso y empecé a escribirle una carta de despedida a Said, una carta donde expresaría todo mi sentir desde que iniciamos la relación hasta este momento, la despedida sería inevitable, cuando las cosas no marchan bien en cualquier relación, es mejor retirarse, terminar en buenos términos y seguir adelante con todos nuestros proyectos y metas en la vida, quizá solos, pero con fe en que conseguiremos todo lo que nos propongamos. Terminé la carta con algunas gotas que hicieron correrse la tinta sobre la hoja, pues mis ojos no dejaban de llorar, pero como última vez, había llegado el momento de rehacer mi vida. Subí al estudio de la casa, saqué un sobre del escritorio negro que mi papá me regaló en el último cumpleaños, él siempre pensó que pronto me casaría con Said, siempre estuvo muy ilusionado en que fuera una mamá joven, pero cuando lo vuelva a ver le tendré que decir que Said ya no será su yerno. Doblé la carta, y la metí al sobre, me preparé un té y me fui a la cama, con tanto llorar me sentía agotada, pero a la vez liberada, era como si un extraño peso hubiera desaparecido de mi espalda. Por la madrugada mi celular no dejaba de sonar, era Said, pero no le contesté me sentía cansada, no tenía ganas de escuchar la voz del hombre que alguna vez amé con todo mi vida, dando las 4:00 am le contesté, no tuve más remedio, no quería que el sospechara.

—Eunice, ¿Por qué no contestas tu celular? Toda la noche te he marcado, ¿Estás bien? Te extraño mi amor, te extraño mucho. Fue lo que él me dijo, un “te extraño” con sensación amarga, un te extraño que no quería oír en ese momento, que me dolí hasta el fono del alma.

—No Said, no pasa nada, solo salí muy cansada de la oficina, tuve mucho trabajo, creo que en todo el año ha sido el día más pesado por eso ya no te quise contactar, solo quería llegar a mi cama y dormir. – le dije yo, pero tenía tantas ganas de ya dar por terminado todo esto, pero me controlé.

—Mi amor mañana es viernes, no te podré ver, estaré muy ocupado en el trabajo, mi jefe me necesita, pero no olvides que te extraño, y que te amo mi amor, te amo.

Yo sólo me permití decirle, yo también, sin embargo, esos “te amo” jamás pronunciados hasta ese instante, eran la evidencia que el cuento de hadas estaba por terminar, que la historia de cuentos que yo misma me inventé me dejaría en las últimas tres letras del guion, FIN. Desperté, era el día indicado, salté de mi cama, me quité la pijama, una rosa que siempre usaba en momentos de melancolía, fui a la ducha, con agua caliente saqué el valor para enfrentar a quien tanto amaba, o amé, ya no lo sabía, me miré frente al espejo, me reconocí, me puse el vestido negro que usé en la boda de mi hermana Clarissa, uno que tenía encaje y me quedaba arriba de la rodilla, saqué los zapatos negros que compré en un viaje de trabajo el año pasado, me puse un listón blanco en la cabeza para sujetar mi cabello y como símbolo de un nuevo comienzo, caminé al estudio, tomé la carta, salí de casa y me dirigí al bar Don Melito a unas cuadras de casa donde estaría Said con RG, su nuevo amor, supongo. Llegué caminando, me paré en la puerta de entrada, era un café muy antiguo, mi abuelo cuenta que ahí se reunía con sus amigos cuando eran jóvenes a jugar cartas, con un estilo vintage pero real, miré al fondo y ahí estaba él, con una chica, guapa, parecía feliz de estar ahí, tenía una gran sonrisa en su cara, él le tocaba la mano, ella la le rosaba la mejilla, comencé a temblar un poco, quise llorar pero no lo hice, camine lentamente por el pasillo rodeado de mesas y sillas, y gente conversando, de fondo sonaba “razón para amar” una antigua pero muy bella canción, seguí mi recorrido, me paré frente a ellos, los dos me voltearon a ver asombrados, levanté mi mano y dejé la carta sobre la mesita que ambos compartían, y le dije:

- Gracias Said,

Di la media vuelta y me retiré.

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