Relato 52 - Difuminado
Los faros de un solitario coche iluminaron la figura del hombre que permanecía inmóvil junto al bordillo. Con gesto mecánico metió su mano en el bolsillo del chaquetón y extrajo una cajetilla de tabaco, siguiendo con la mirada las luces del automóvil hasta verlas desaparecer tras el cruce. Se colocó un cigarrillo en los labios, prendiéndolo con un vulgar mechero de plástico, dio una profunda calada y observó durante unos instantes la iluminada ventana del tercer piso del edificio que tenía delante, exhalando lentamente el humo de sus pulmones. Entonces arrojó el pitillo al suelo y se dirigió hacia el portal.
*
Marga abrió una vez más la puerta de la habitación. La luz del pasillo traspasó el vano entreabierto, desvelando los relajados rasgos infantiles de Héctor y Sara. Cuando comprobó que los niños se hallaban al fin dormidos cerró con suavidad la puerta, perfilando una sonrisa. “No me extraña que hayan caído rendidos tan pronto. Lo que no entiendo es de dónde sacan tanta energía. Cualquier día acaban conmigo”.
Se dirigió al trastero y descolgó la tabla de planchar de la pared, llevándola hasta la cocina, donde aguardaba un cesto repleto de ropa, la mayoría de ella infantil. La abrió, situándola frente a un televisor que descansaba, bajo de volumen, sobre la encimera. Enarboló la plancha, la enchufó y le introdujo una porción de agua, depositándola sobre las barras metálicas que sobresalían del extremo más ancho de la tabla.
Al coger una de las prendas del cesto -una pequeña camiseta con un enorme Bob Esponja estampado- le sobresaltó el inesperado sonido del timbre de la puerta. “¿Quién podrá ser a estas horas?”. Salió de la cocina y avanzó hacia la entrada, negándose a sí misma la posibilidad de que fuera Daniel. “Además, habría abierto con su llave”.
Se aproximó a la puerta y ojeó a través de la mirilla. Su gestó de inquietud desapareció, tornado en rictus de contrariedad que no disimuló al abrir.
-Hola, hermana –saludó el hombre que aguardaba en el descansillo con una leve sonrisa en el rostro-. Espero no haberte despertado.
-No –respondió Marga con frialdad-. Aún no me había acostado. Anda, pasa.
Ignacio, al cruzar el vano, se aproximó a la mujer para depositarle un beso en la mejilla, que fue recibido con evidente frialdad por ella, antes de girarse y regresar a la cocina. Él la siguió en silencio.
Una vez allí, Marga extendió sobre la tabla la camiseta y retomó la plancha, la cual exhaló su cálido vapor sobre la prenda.
-¿Quieres que te caliente algo de comer? Supongo que aún no habrás cenado.
-No, no te molestes, gracias. Ya he picado algo por ahí.
Marga, poco convencida pero sin ganas de insistir, se aplicó en el planchado, fijando la vista en la pantalla del televisor. Ignacio se sentó en una banqueta, junto a la mesa.
-¿Qué tal están los chicos?
-En sus camas, dormidos. Así que no hagas ruido, por favor.
-Claro –respondió él evitando preguntarle por su cuñado; sabía que últimamente no era extraña su ausencia en la casa-. ¿Puedo verles un momento? Prometo no despertarles.
Ella asintió con un gesto. Se dirigió a la habitación, abriendo la puerta con cuidado. Entró en silencio y se aproximó a ambas camas, besando con suavidad las frentes de los dos niños y depositando sobre las almohadas, junto a sus cabezas, dos pequeños juguetes. Una costumbre que antes practicaba con asiduidad, cuando frecuentaba la casa.
-¡Hay que ver lo rápido que crecen! –Afirmó con una sonrisa al regresar a la cocina-. La niña se está poniendo preciosa. Me recuerdan a ti y a mi cuando teníamos su edad.
Ante el silencio de Marga, que por única respuesta le dirigió una inexpresiva mirada, Ignacio optó por volver a sentarse, simulando interés por la insulsa teleserie. Durante varios minutos permanecieron así, a metro y medio, separados por un manto de silencio roto, únicamente, por el monótono sonido del televisor, mezclado con el cálido rumor que el vapor producía al ser expulsado de la plancha.
El tenso impasse quebró con una frase que Ignacio pronunció sin apartar la mirada de la pantalla:
-Hoy he visto a padre.
Marga detuvo su mano, fijos los ojos en la manga sobre la que deslizaba la plancha. A continuación, sin decir nada, prosiguió, pero su rostro se tensó, crispado.
-Caminaba por la calle –siguió él-, en dirección a casa, cuando pasé por delante de esa tasca que tanto le gusta, ya sabes. Miré hacia dentro, a través de la cristalera, y le vi. Se encontraba solo, sentado en una mesa, con un vaso de ese vino barato que no hay quien beba, salvo él. Nos miramos fijamente, sin movernos. Su gesto era… inmutable, difícil de descifrar. Toda la inexpresividad que reflejaba su rostro contrastaba con una mirada que parecía avanzar sobre mí, atravesándome…
Marga continuó callada, planchando y plegando ropa, como si todo aquello nada tuviera que ver con ella.
-Perdona –forzó Ignacio una sonrisa-. Creo que estoy divagando. El caso es que pensé en entrar y hablar con él… decidí entrar... pero… No pude. Me quedé ahí, quieto, durante unos segundos que me parecieron eternos, incapaz de salvar la escasa distancia que me separaba de la puerta del bar. Entonces di media vuelta y seguí caminando…
Una somnolienta voz infantil le interrumpió. En la puerta de la cocina una niña de seis años, en camisón, con la larga melena de color castaño revuelta, una mano sobándose los ojos y la otra sosteniendo un oso panda de peluche, aguardaba con mohín enfurruñado.
-Mamá, no puedo dormir. Tengo arrugas.
Ante la mirada interrogativa de su hermano Marga le susurró: “se desvela cuando se le arrugan las sábanas”, aliviada de poder desviar el rumbo de la conversación.
-Ahora mismo vamos a quitarlas, ¿eh, cielo? –Le dijo ella a la niña con ternura mientras la cogía en brazos-.
Ignacio les acompañó, aguardando en la puerta de la habitación mientras su hermana estiraba la engurruñada sábana e introducía de nuevo a Sara en la cama, arropándola con cariño.
-Mira, mamá –dijo la niña entre sueños, señalando el muñequito que descansaba sobre la almohada-.
-Sí, cariño. Tío Nacho os ha traído un regalito a cada uno.
Ignacio se aproximó, dándole un beso a su sobrina en la mejilla.
-Venga. A dormir, ladrona.
Salieron de la habitación dirigiéndose de nuevo a la cocina, donde la chillona publicidad saturaba el sonido del televisor.
-¡Qué asco! –espetó Marga reduciendo el volumen del aparato- Encima de que te tienes que tragar cien mil anuncios si quieres ver cualquier cosa, les suben el sonido para que se te metan bien en la cabeza.
-Tienes razón –prosiguió Ignacio, animado porque su hermana parecía menos reacia a hablar-. No hay quien vea una película en la tele… encima de que siempre están repitiendo las mismas. Una mierda de programación. Seguro que lo hacen adrede para que nos abonemos a canales de pago.
Marga terminó con las últimas prendas y comenzó a recoger la plancha y la tabla. Su hermano volvió a ponerse serio.
-Como te decía, no reuní valor suficiente para hablar con papá. De verdad que quería hacerlo, pero…
-Por favor, Ignacio, no sigas –le interrumpió, dirigiéndole una mirada cuyo significado último él no lograba interpretar-.
-Lo siento, Marga. Ya sé que tú no eres culpable de nada, y que no tienes porque aguantar mis desavenencias con papá. Han pasado años desde la última vez que hablé con él y…
-Ignacio…
-No, por favor, déjame terminar. Necesito hablar de ello, y sólo tú puedes entenderlo. No pretendo que me facilites una solución, no es eso. Ya sé que es un asunto entre él y yo, y que deberé ser yo el que ponga remedio a la situación. Que tendré que dar el primer paso y…
-¡Por Dios, Ignacio! –Volvió a interrumpirle, rompiendo en llanto-. ¿Es que no vas a superarlo nunca?
¿A qué te refieres? –Preguntó él extrañado- No te entiendo, Marga.
¡Está muerto! ¡Nuestro padre lleva muerto un año!