Relato 51- Contrafacto
CONTRAFACTO
Anastasio Quintanilla miró hacia la bandera y sintió como si la viera por primera vez. Nunca hasta ahora había presentido algo siniestro en la esvástica. Le extrañó tal sentimiento hacia un símbolo tan familiar, tan presente a lo largo de su vida. Un símbolo, además, que no era un simple bandera. La insignia no representaba sólo a un partido, a un país… Simbolizaba la fuerza, la voluntad, el ideal que había redimido y unificado a Europa, que había purificado el mundo, salvándolo de sí mismo. Un símbolo de civilización. Y ahora, sin embargo, no era capaz de mirarlo sin experimentar un estremecimiento.
El diplomático permaneció de pie frente a la amplia cristalera de su despacho, observando el suave ondeo de la tela negra, blanca y roja que coronaba el imponente edificio de la Asamblea de Naciones de la Unión Paneuropea, reflexionando sobre la semejanza con una araña que ahora hallaba en la angulosa cruz que se retorcía en medio del círculo blanco.
Tan habituado estaba al blasón que, desde que fuera designado, tras su ejercicio como procurador en Cortes, representante español en la Asamblea, nunca se había parado a analizar de esta manera el emblema de la que era corazón, cabeza y alma del nuevo orden continental –mundial cabría decir- posterior a la II Guerra Mundial: la Alemania Nacional-Socialista.
Apartó la mirada de la enseña y la deslizó hasta el arco de banderas que circundaba la amplia plaza de acceso al edificio, buscando la entrañable rojigualda rematada por el águila de San Juan que custodiaba el escudo coronado. Allí estaba, formando entre sus hermanas del Nuevo Orden. Orgullosa como Anastasio el día que se trasladó a Estrasburgo –elegida sede de las instituciones comunes por su condición de objeto de disputa entre Francia y Alemania, superada para erigirse en ciudad-símbolo del fin de las fracturas europeas bajo la guía del Reich- para tomar posesión de su escaño en la Asamblea. Experimentó lástima al comparar aquel sentimiento entusiasta y puro de entonces con la creciente decepción que venía apoderándose de su ánimo en los últimos tiempos. Desencanto que hoy precisamente se había visto reforzado. Aún le indignaba la soberbia con que el plenipotenciario alemán había impartido órdenes -porque esa exactamente había sido su actitud- a todos los miembros de la unión, hipotéticamente iguales, como si no fueran más que simples satélites de Berlín. Lo de menos era el contenido de la consigna. Lo ofensivo eran las formas, que denotaban la posición de superioridad con que Alemania concebía las relaciones con sus aliados.
Se atusó el delgado bigotillo que se perfilaba sobre su labio superior, recortado a escuadra y cartabón, al igual que su engominada y negra cabellera –en la que ya despuntaban las primeras canas- y soltó el botón de la chaqueta al apartarse de la ventana para ir a sentarse ante el escritorio. Abrió la cerradura del cajón superior sin poder evitar una mirada de cautela hacia la puerta y sacó el libro. No podía entender la obsesión de los alemanes hacia él. Ahora la cancillería pretendía perseguirlo en toda Europa, imponiendo su prohibición a todos los Estados miembros.
La premisa de la obra era ingeniosa, de acuerdo, incluso inquietante, pero ¿cuál era el peligro? ¿Qué lo hacía objeto de tanto interés? ¿Por qué constituía una amenaza? Un escritor desconocido –Kendred Dick, leyó en el lomo- elabora una ficción en la que se especula sobre la posibilidad de que la guerra la ganaran los Aliados en vez del Eje y la Gestapo se pone de los nervios.
Abrió el libro y dejó que las hojas se deslizaran entre sus dedos, admitiendo que su lectura no dejaba indiferente. Aquella fantasía tenía algo… Algo magnético, algo misterioso, algo difícil de precisar que tensaba una tecla oculta en el interior del lector. Comprendía el éxito que había alcanzado aún a pesar de su carácter clandestino –aún más por ello mismo, como en otras ocasiones-. Planteaba un mundo regido por anglosajones y rusos –y no por alemanes y japoneses- en el que el nacional-socialismo y el fascismo habrían sido derrotados. Un mundo sometido a una guerra fría cuyos polos serían una esfera capitalista encabezada por Estados Unidos y un bloque comunista dirigido desde Moscú, un mundo en el cual Europa –y no Norteamérica, como en la realidad- desempeñaría el subalterno papel de campo de juego para el pulso entre ambas superpotencias. Absurdo. Anastasio, como sincero y convencido creyente, se negaba a aceptar que Dios hubiera permitido tal cosa. Sí, quizás la guerra podría considerarse un castigo enviado por la divinidad para purgar a una humanidad cada vez más alejada de la fe y la tradición, pero ¿un mundo sometido al becerro de oro del capital, a la tiranía bolchevique, a la corrupta plutocracia liberal? ¡No, nuestro Señor nunca habría consentido tal aberración!
Especuló sobre el lugar de España en semejante escenario, experimentando un escalofrío. La patria en manos de sus más rencorosos enemigos: la horda roja, los pusilánimes liberales y sus aliados separatistas providencialmente derrotados durante la Cruzada. Pero, más aún, ¿y si el Eje hubiera sido derrotado antes de la entrada de España en la guerra –habida cuenta del retraso con que ésta se produjo, cuando el resultado se hallaba ya decantado-? Imaginó Anastasio al Régimen aislado en un entorno hostil, como un apestado entre una comunidad internacional regida por los enemigos del Movimiento: demócratas, liberales, socialistas, comunistas… Negadas para el país las ayudas que durante la posguerra posibilitaron la reconstrucción europea –el providencial Plan Speer-, aislado de la bonanza económica lograda en el seno de la Unión –España ya no figuraría como uno de sus Estados fundadores-… ¡No, imposible!, rechazó el diplomático tal hipótesis; los poderosos enemigos del glorioso Alzamiento nunca habrían permitido la pervivencia de la España de Franco tras la derrota de sus aliados alemanes e italianos. El rencor de la conspiración judeo-masónica contra la hija predilecta de la Iglesia era de sobra conocido.
Decidió apartar tan estériles elucubraciones –la historia fue como fue y no se puede cambiar- y, a su pesar, retomó la razón verdadera de la pesadumbre que le acongojaba el ánimo desde hacía semanas. Porque la fachada de autoritarismo que había retornado al comportamiento del Reich ocultaba, en realidad, una situación de debilidad. De hecho, quizás, se aproximaba la más grave crisis sufrida por Alemania y Europa desde el fin de la guerra. Más aún que el obligado retiro del Führer, tras la guerra, a causa de su enfermedad y la urgente designación de un sustituto en la Cancillería, delicado asunto resuelto, a fin de cuentas, con orden, calma y discreción.
Ahora, por el contrario, resultaba cada vez más difícil maquillar la declinante situación económica. El sistema productivo continental, con su centro y motor en Alemania, parecía incapaz de superar el anquilosamiento que lo ralentizaba desde comienzos de los sesenta, declive que no había sido paliado con las últimas y cada vez más grandilocuentes iniciativas germanas: la neocolonización de África –tras la… erradicación de la población autóctona y su sustitución por colonos blancos- o la onerosa carrera espacial.
No era de extrañar el nerviosismo que mostraban las autoridades alemanas, aún más teniendo en cuenta la delicada situación política. La inminente muerte del canciller Bormann –evidente pese al férreo racionamiento informativo- había desatado ya una sorda pero implacable lucha por el poder en el seno del Partido –mucho más virulenta que en la anterior sucesión-. Pero tal pugna envolvía un pulso de mayor trascendencia que la designación de un nombre para el cargo –aunque fuera el de mayor poder en el mundo-: lo que estaba en juego, lo que se dirimía en tan altas esferas era un secreto a voces que a Anastasio le provocaba escalofríos.
La realidad era que la guerra fría mantenida por Occidente contra sus antiguos aliados japoneses había alcanzado un punto de ruptura. La evidente ventaja económica que el bloque asiático estaba logrando y la creciente tensión sufrida en las áreas fronterizas presagiaban un más que probable enfrentamiento abierto. Y muchos en Berlín –y otras capitales a este lado del Atlántico- defendían la necesidad de un ataque nuclear preventivo contra el archipiélago. La materialización de esta opción dependía de la resolución de la sucesión alemana, del triunfo de los “halcones” sobre las “palomas” dentro del régimen.
Anastasio no se engañaba sobre las consecuencias de una contienda nuclear y rezaba a diario por el triunfo de la cordura y el retorno a una situación de coexistencia pacífica, antes de que el deslizamiento hacia la catástrofe se tornara irreversible.
Le entristecía que tan negros augurios se materializaran ahora, cuando faltaban apenas unos meses para las celebraciones de los veinticinco años de la Victoria –Veinticinco Años de Paz, era la acertada denominación elegida-, como si el destino conspirara, una vez más, para amargar el más largo período de estabilidad y orden conocido por España en toda su historia. Porque los síntomas de malestar no se restringían a la política alemana, a las fluctuaciones económicas o a las relaciones internacionales. Negros nubarrones parecían dibujarse en el horizonte del solar ibérico.
La juventud universitaria mostraba cada vez más su desacuerdo con el régimen mediante declaraciones y actitudes que rayaban en lo subversivo. Jóvenes que no habían vivido la guerra y que no comprendían los horrores que el desorden y la falta de disciplina contraen. Hijos de la abundancia –entre ellos, lamentó Anastasio, sus propios hijos- confundidos por cantos de sirena de equivocadas utopías.
Los trabajadores, por su parte, parecían recuperar antiguos vicios, conjurándose en organizaciones clandestinas inspiradas en desaparecidas doctrinas, marxistas y anarquizantes, violentando la paz social tan arduamente alcanzada. Desagradecidos incapaces de reconocer la prosperidad lograda por el Caudillo, dispuestos a poner en peligro la estabilidad y grandeza de la patria en pos de sus materialistas demandas.
¡Democracia, exigen los insensatos! Enuncian esa palabra desconociendo por completo sus implicaciones. Nombran el más nefasto sistema de gobierno inventado por el hombre como si fuera la panacea de todos los males ¿Es que no conocen los desastres que la democracia ha provocado? ¿Que abrió la puerta al caos, la anarquía, la discordia y el enfrentamiento? ¿Que es la causante de dos guerras mundiales? ¿De millones de muertos? ¿Ignoran que la democracia se ha demostrado siempre incompatible con el alma española? Invocan un fantasma, un cadáver histórico derrotado hace tiempo por el único sistema de gobierno viable, estable y justo conocido por el hombre: el totalitarismo.
Todos ellos actúan ajenos al sacrificio que toda una generación hubo de llevar a cabo para salvar su país, su fe, su historia, sus tradiciones… La cruda, dolorosa, sangrienta intervención quirúrgica necesaria para atajar la traidora conspiración que pretendía romper España, destruir la familia y aniquilar a la Iglesia, para redimir y purificar a un pueblo que se alejaba del verdadero camino, de la esencia nacional y católica de la patria. Ahora, como un cáncer mal curado, esas ideas disolventes extienden de nuevo sus tumores por el organismo de la nación. A pesar del esfuerzo desplegado durante la guerra, de la purga realizada durante la construcción del Nuevo Estado, de la “solución final” aplicada –con la inapreciable ayuda, una vez más, de Alemania- a las ingentes hordas de parias que atestaba los campos de concentración… Duras pero necesarias medidas que ahora se mostraban insuficientes. ¿Están los españoles condenados a repetir una y otra vez los mismos errores?
Un destello despertó al diplomático de sus negras cavilaciones: un reflejo del sol, de sorprendente luminosidad, lanzado desde las cristaleras del edificio de la Asamblea. Depositó el libro sobre la mesa y se aproximó de nuevo a la ventana, empujado por un extraño presentimiento. Miró a través del cristal y una súbita sensación de ahogo embotó su garganta.
El imponente edificio neoclásico de hipertrofiadas dimensiones había desaparecido. En su lugar se elevaba una construcción diferente, desconocida, de futurista aspecto e innovadoras formas articuladas mediante círculos y elipses, que erigían una dinámica onda de cristal. Incapaz de reaccionar su atención descendió hacia la formación de banderas, entre las que detecto sutiles alteraciones –escudos distorsionados, divisas eliminadas, colores cambiados-. Con creciente angustia se fijó en la bandera que parecía presidir el conjunto ondeante. En lugar del emblema nacional-socialista destacaba una desconocida tela azul adornada por un círculo de estrellas doradas.
Buscó entre las telas pero no logró hallar la insignia nacional. Y de alguna manera supo que en esa alterada realidad que ahora atisbaba España no formaba parte de la Europa unida. Se llevó la mano a los ojos y se masajeó los párpados, apoyándose en la pared ante la sensación de mareo que le asaltó.
Cuando volvió a abrirlos la realidad había retornado a su estado normal. Más allá del cristal la familiar silueta de la Asamblea se dibujaba de nuevo contra el cielo, y Anastasio se frotó las sienes preguntándose de donde había surgido aquel espejismo. Más tranquilo, pero con un rastro de angustia que se negaba a desaparecer, se fijó de nuevo en la esvástica, y esta vez la negra aspa se mezcló en su mente con la fantasmagórica imagen de un hongo nuclear. Pensó en su mujer, en sus hijos, en su primera nieta recién nacida… Y en ese momento comprendió que algo en el mundo se hallaba fatalmente equivocado.