Relato 5 - Como aquel día

«Hacía calor, demasiado para un día de mayo, tanto que hasta los caballos, que estaban agrupados  frente a la casa, pobres bestias, no paraban de relinchar y de empinarse sobre sus patas traseras. Algunos soldados trataron de calmarlos acariciándoles el cuello; otros, en cambio, tiraban de las riendas hasta hacerlos sangrar.

»El escuadrón llevaba allí desde las nueve y media. Pues Don Braulio, el corregidor, consciente de lo popular que era Pedro entre sus vecinos, y sabiendo también como andaban los ánimos de estos por los muchos tributos que, últimamente, debían pagar,  había solicitado el auxilio de la tropa que estaba acuartelada en Burgos  en previsión de algún altercado durante el desalojo de aquella familia.

»Poco antes de la hora del Ángelus, llegó la comitiva, formada por el secretario y un par de alguaciles, con el mandato del lanzamiento. Tras los caballos, cientos de vecinos aguardaban en silencio. Muchos de ellos llevaban varas de haya tan altas que les llegaban a la cabeza; otros, en cambio, se llevaban continuamente la mano derecha a la altura de la faja donde, con toda probabilidad, ocultarían algún cuchillo o navaja.

»Cuando los tres hombres cruzaron el umbral de la casa y cerraron de un portazo la puerta tras de sí, una letanía de cuchicheos se extendió a lo largo de la plaza. “Cinco bocas, Señor. Cinco bocas para alimentar. Y tres de ellas son unas criaturas”, “Y esos pobres niños míos en la calle, como los perros”, “Y aún se consideran cristianos, hijos de Dios”. Los lamentos de las mujeres se sucedían en voz baja y con la misma celeridad que los avemarías y los padrenuestros de sus rosarios. En cuanto a las razones de por qué iban a echar a aquel hombre, un gaditano que buscaba el pan de sus hijos en la obra como ayudante de albañil, supe, por uno de aquellos murmullos, que tenía algo que ver con la subida del alquiler, pero sobre todo con el hecho de que el dueño quería arrendar la vivienda a un primo lejano suyo.

»Media hora más tarde, estando todavía la comitiva dentro, los caballos volvieron a inquietarse. Pero esta vez no fue el calor el responsable de su desasosiego: el número de vecinos se había duplicado y de entre el ronroneo de lamentos podía distinguirse algún que otro denuesto y amenaza. La inquietud de los animales se adueñó también de los jinetes, ya que un teniente, de rostro avinagrado y tez tan negra como el tizón, al percatarse de que a uno de los soldados le faltaba un botón de la casaca, le propinó un latigazo en la cara.

»Apenas habían dado las dos, cuando la puerta volvió a abrirse. El primero en salir fue el secretario en compañía de un alguacil, el otro salió minutos más tarde en compañía de Pedro, más sofocado por el peso de la rabia y de la impotencia que por el enorme bulto que llevaba envuelto en una manta. El hijo mayor, un zagal de quince años, le siguió a distancia con la boca prieta, los ojos enrojecidos y los puños apuntando al suelo. La chica, de unos once años, iba detrás, a unos pasos de su hermano, sollozando y descalza.

»Los vecinos, ya en un grupo más denso y nutrido, así como los jinetes, la comitiva y el padre, junto a los hijos mayores, formaron un semicírculo frente a la entrada. Cinco minutos después apareció la madre con el pequeño de tres años en brazos.  Cuando cerró la puerta, se persignó, sacó un pequeño crucifijo que llevaba colgado al cuello y lo besó. Pero apenas había dado un par de pasos hacia donde estaban esperándola los suyos, cuando el niño comenzó a llorar y a gritar. Y créeme, pero juraría por los evangelios que hasta los mismos caballos guardaron silencio, porque no se oía nada más que aquel pobre crío al que ni su madre consiguió apaciguar.

»Apenas había cesado el llanto de la criatura, volvieron los murmullos de quejas, juramentos y amenazas. Pero desde un balcón que había enfrente, justo al lado de la casa consistorial, una voz no muy grave ni fuerte pero sí llena de autoridad logró acallar a la muchedumbre. “Vecinos, hermanos —gritó don Pedro, el que antaño fuese sacristán de Santa Clara convertido ahora en uno de esos que han dado en llamar ilustrados—, ¿vais a consentir esta infamia, este crimen?, ¿acaso no tenéis sangre en las venas que no os conmueve la pena de estos inocentes? Y vosotros —continuó señalando a los soldados—, los que servís a ese rey que consiente y saca provecho de estas injusticias; vosotros, que entregáis vuestra sangre por un trozo de tela, sabed que no hay más rey ni bandera que merezcan vuestro sacrificio que el pan de vuestros hermanos —dijo levantando una hogaza por encima de su cabeza— y la dignidad que merece cualquier hijo de Dios”.

»Dos pistoletazos, uno del oficial que había golpeado a su subordinado y otro de un soldado por orden suya, fueron la respuesta a las palabras del ilustrado. El primer disparo le atravesó la mano derecha, la que sostenía el pan, y el segundo impactó de lleno en su ojo izquierdo. Su cuerpo, arqueado como un pelele, quedó tendido sobre la baranda del balcón.

»Si hasta entonces lo único que se había podido oír era un coro de voces bajas, de susurros cobardes, lo que siguió a aquel crimen fue una tempestad de rabia, de aullidos y maldiciones que alcanzó a todo aquel que ostentaba cualquier cargo, desde el corregidor hasta el mismo rey. El teniente ordenó a la tropa que desenvainase sus sables y al corneta toque de carga. Pero justo cuando se disponían a avanzar sobre el populacho, sonó el estallido de docenas de hondas y al menos cuatro jinetes cayeron de sus caballos con la cabeza reventada.

»Sin embargo, aquello fue una victoria pírrica. El escuadrón voló hacia la muchedumbre y no tuvimos más remedio que huir a través de las dos calles que se abrían frente a la plaza. Era el medio más seguro de salvar la vida, pues la tropa no tendría más remedio que dividirse al igual que nosotros, y eso nos daría cierta ventaja frente al ataque en pleno del centenar de caballos.

»Yo tomé la que había a la derecha porque también decidí unirme a un grupo menos numeroso en el que casi todos eran mozos de mi edad y algún crío. De aquel modo evité tropiezos que me hubiesen condenado a un sablazo o un disparo como el que recibió aquel pobre viejo. Mientras corría pude oír unas cuantas detonaciones diferentes a las de las pistolas de la tropa. Más tarde supe que algunos vecinos habían disparado con trabucos desde sus balcones sin más éxito que un par de bajas entre la tropa.

»Ya en la taberna donde me refugié, un paisano que llegó después nos dijo que dos de esos tiradores eran un padre y su hija. A la muchacha la mataron de un pistoletazo, y el padre, loco de rabia, bajó a la calle, descabalgó al asesino de su hija y lo cosió a navajazos hasta que lo reventaron a él a arcabuzazos. 

»Cuando cesaron los gritos y las detonaciones, y tras convencer al tabernero, un logroñés medio bizco tan testarudo como bruto, de que podíamos abrir sin temor a convertir el local en un cuartel de los sublevados, salimos cuantos habíamos huido de los soldados.

»Mientras me dirigía a la casa de Don Evaristo, el abogado del que era secretario en aquella época, donde además de trabajar también me hospedaba, sonó el toque de ánimas en una iglesia que había a las afueras del pueblo. Todo estaba a oscuras y también en calma, aunque por poco tiempo. Ya que a una veintena de pasos de mi destino, comenzó un alboroto de carreras, de golpes en las puertas, de voces de mando y de súplicas. Eran decenas de patrullas que iban a la caza y captura de los sublevados.

»Don Evaristo, que estaba al corriente de cuanto había sucedido pese a que no había salido en todo el día, no me riñó por haberme ausentado durante tanto tiempo. Tan sólo se limitó a ofrecerme por cena un tazón de sopas de ajo ya frías y a ordenarme que no encendiese ninguna vela en mi cuarto cuando me fuese a dormir. También añadió que al día siguiente no recibiríamos a nadie, ya que lo dedicaríamos a labores de archivo.

»Aquella noche, la más larga y oscura de mi vida, no pude dormir de peso. Decenas de descargas de fusilería precedidas por la orden de fuego retumbaron por todos los rincones de aquel villorrio hasta rayar el alba. Pero lo peor para mí no fue que a cada hora oyese aquel estrépito de arcabuces, sino que tras él seguían centenares de lamentos entre  los que podía reconocer voces que, horas antes, había oído a unos metros de mí en la plaza.

»Gracias a Dios, el día siguiente, viernes,  transcurrió sin sobresalto alguno. Y el sábado, como siempre, Don Evaristo recibió a sus clientes y yo me dediqué en cuerpo y alma a preparar los certificados y actas que estos debían firmar así como a soportar las reprimendas de mi jefe por mi pésima caligrafía.

»Y de este modo, sin más penas ni gloria, pasaron los días desde aquella jornada de mayo. Pero han sido los recientes sucesos que tuvieron lugar el mes pasado aquí donde me hallo, y de los que con toda probabilidad ya habrás tenido noticia, los que por su semejanza me han traído a la memoria estos otros que te he relatado y que ocurrieron hace tres años. En ambos fue un niño el responsable de que con su llanto se avivase la cólera y la conciencia de quienes, hasta entonces, no habían hecho otra cosa que seguir soportando garrotazos y ultrajes con la misma mansedumbre que los bueyes.

»Dos niños, sí; pero diferentes. Uno, hijo de un ganapán; el otro, criado entre sedas y comiendo caliente todos los días tan sólo por ser hijo de quien era. Y ambos pasto de gusanos cualquier día de estos, como lo seremos tú, yo y cualquier otro que lea estas letras. Pero no nos engañemos: de uno no quedará siquiera el recuerdo; del otro, en cambio, sabrán los hijos de nuestros hijos cuando a nosotros nos hayan olvidado.

»En cuanto a quienes tomaron la navaja, el garrote o el trabuco por luchar por un crío u otro correrán una suerte parecida. De unos no quedará siquiera el polvo de sus huesos, mientras que los otros compartirán letras de molde junto a reyes y príncipes. Pero será tan sólo eso lo que compartan, pues el hambre y la miseria seguirán siendo de ellos, y el pan y el oro de quienes visten de púrpura y armiño.

»Ya ves, querido amigo: la gloria hermanada con la miseria y la humillación. Esa será la recompensa de estos héroes. Los molerán a palos, los expulsarán de sus casas, como el tal Pedro, y llorarán desgarrados por el hambre y el frío como su hijo. Pero no dudarán en dejarse las uñas y el alma contra cualquiera que ofenda a sus reyes y sus banderas. Y esto no pasara solo ahora, sino mañana, pasado mañana y dentro de doscientos años.

 

Madrid, a cinco de junio de 1808.

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