Relato 49 - Consecuencia lógica

CONSECUENCIA LÓGICA

 

 

Recuerdo la primera vez que los vi. Bueno, no exactamente a ellos, más bien a sus naves. Fue en la televisión, el día en que aparecieron en el cielo. El día en que acabó el mundo. Resulta difícil de describir: verlos ahí, en la pantalla, sin trampa ni cartón, no como en las típicas imágenes de supuestos avistamientos: confusas, desenfocadas, mal iluminadas -fueron relativamente populares antes de la invasión; luego perdieron todo interés-. No, lo que aquellos días emitieron todos los canales, en todos sus programas, eran otra cosa. Imágenes claras, nítidas, en movimiento y en directo. Imágenes que sabíamos reales, aunque nuestro organismo entero se negara a aceptarlo.

La sensación no podía ser más extraña. Para mí, tan joven entonces, era una desbocada mezcla de emoción y temor, de entusiasmo e incredulidad. Después de tantas novelas, películas y series, después de tantas especulaciones, de tantos interrogantes, después de tanto auscultar las estrellas en busca de respuestas, después de todo ello era como si hubiera llegado, al fin, un momento largamente ansiado. De hecho, para mi generación, en cierto modo, resultaba natural que aquello estuviera ocurriendo; una consecuencia lógica.

En cierto modo digo, porque una parte de nosotros, de todos nosotros, se rebelaba histérica, negándose a aceptar lo que nuestros sentidos le transmitían. Era imposible tratar de asimilar sin experimentar vértigo el hecho de que aquellos artefactos que sobrevolaban nuestras cabezas eran reales; que se trataba de naves construidas en otro mundo; que en su seno albergaban seres no originarios de nuestro planeta; seres inteligentes como nosotros; o quizás más, pues su tecnología superaba la nuestra con creces. Sí, mucho habíamos especulado sobre aquel momento; de hecho, creíamos estar preparados… hasta que ocurrió y descubrimos que no era así.

La frase más repetida entonces fue “parece una película”. Y es que para la mayoría de nosotros, aquella era la única referencia que teníamos para afrontarlo. Una ilusión, a fin de cuentas. Una ilusión que parecía frágil como una pompa de jabón. Sin duda los más jóvenes temíamos que no fuera real, que todo resultara un montaje, una inmensa broma que de repente acabara, llevándose consigo la magia.

No, desde luego no fue un sueño, pero la magia no duró. La ilusión fue apenas un destello; luego solo quedó el temor. Las primeras noticias sobre los ataques fueron confusas y… nos negábamos a creérnoslas. Resultó difícil aceptar que los seres del espacio no habían venido como amigos, a iluminarnos, a ayudarnos a alcanzar un estado de mayor civilización. Aceptar que, a fin de cuentas, eran como nosotros: depredadores. Estábamos en guerra, y esta vez no se trataba de uno de esos conflictos lejanos que observábamos con indiferencia en las noticias, a la hora de comer. Esta vez iba a devorarnos, a todos.

En casa la guerra comenzó con palabras: las discusiones se volvieron repetitivas, crispantes… Mi hermano mayor, con el fuego de la juventud, quería tomar las armas de inmediato, hacer frente a los invasores, partir al combate; mi padre, asumiendo su papel de protector cabeza de familia, intentó impedírselo, en un impotente esfuerzo por mantenernos a salvo, por quedarnos al margen –lo que mi hermano le recriminaba, furioso-; mi madre, crispada por aquel repentino huracán que arrasaba su hogar, intentaba mediar, desconsolada; y yo, yo comenzaba a ser consciente de que el mundo, mi mundo tal como lo conocía no era inmutable, de que estaba a punto de desaparecer para siempre. Algo que todas la generaciones, en mayor o menor medida, han experimentado a las puertas de la pubertad, aunque quizá no con tal dimensión… cósmica.

Mi hermano finalmente marchó a alistarse. Las últimas palabras que cruzó con mi padre fueron de ira y reproche. A mi madre le aseguró, sin convencerla, que regresaría pronto. A mí me pidió que cuidara de ellos hasta su vuelta –“tranquilo, todo saldrá bien”, me prometió-. Fue la última vez que le vi.

He de admitir que al comienzo la guerra me desilusionó. En mi fantasía infantil yo esperaba grandes batallas, hazañas heroicas, sacrificio y grandeza. Pero lo que llegó fue el racionamiento, las carencias, los cortes de luz, de agua, de gas; la progresiva degradación de las condiciones de vida que en el mundo desarrollado habíamos alcanzado después de siglos de dificultoso progreso –que tan frágil se mostró a la postre- y que en los países pobres siquiera llegaron a atisbar antes de la destrucción; y la lenta desesperación al constatar que la luz al final del túnel se alejaba cada vez más… si es que existía.

Luego, cuando nuestras esperanzas marchitaban, cuando nuestra voluntad se ajaba como quebradizo cristal, llegaron la sangre y el fuego. Un incandescente ciclón arrasó los carcomidos restos de mi mundo infantil.

Es curioso. Después de años combatiéndolos aún no he llegado a ver a ninguno de los invasores. Los he conocido a través de imágenes y he podido observar alguno de sus cadáveres –su aspecto es… horrible, con esa piel que trasluce sus venas, el vello que cubre parte de su anatomía y sus ojos, tan extraños-, pero en cierto modo para mí, como creo que para todos nosotros, son espectros, seres intangibles, fantasmas invencibles… Me temo que en realidad hace ya tiempo que ganaron la guerra, que aceptamos que habíamos sido derrotados.

Hoy, cuando escribo estas líneas –no sé para quién-, desconozco a ciencia cierta cuál ha sido el destino de mi familia, de mis amigos, de mis vecinos… Supongo que estarán muertos, como yo lo estaré pronto. ¡Qué paradójico! Después de siglos matándonos entre nosotros, nuestra especie va a extinguirse por el hecho de haber encontrado una raza más violenta que la nuestra.

Concluyo ya este inútil diario. No tiene sentido continuarlo. Quedamos muy pocos y somos conscientes de que el fin está cerca. En cierto modo será un alivio. Además, cada vez me resulta más difícil concentrarme en el papel. La visión de mis seis ojos se empaña, no sé si por la tristeza o por la toxicidad de la atmósfera, casi irrespirable, y apenas puedo ya escribir con mis cansadas patas. Aquí acaba todo: los terrícolas han conquistado el mundo.

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