Relato 48 - Diabolus et demens

 

DIABOLUS ET DEMENS1

 

Ella, al fin abre los ojos lentamente. No lo desea, pero tiene que hacerlo. Su cuerpo está tendido y acurrucado sobre el asfalto de una desconocida carretera. Cuanto apenas puede respirar. Le falta un zapato; el otro, la de su ensangrentada pierna derecha, le falta la suela. Lleva la falda subida hasta la cintura y se le ven las bragas teñidas de sangre.

Joder, ¡qué asco! ─ solloza la joven.

 

Y lo peor de todo es que siente, de nuevo, las mismas condenadas ondas de angustia. Es como si estuvieran aplastándole el pecho. Sus manos tiemblan sin control, mientras se consuela a sí misma. Pero no se lo cree. Nadie vendrá a rescatarla.

 

El frío es poderoso. Lame sus huesos y le encoge el corazón. Entonces, siente como las últimas fuerzas que le quedan la abandonan. Y comienza a llorar. Y gime, gime tan alto que casi llega a perder el sentido, al no ser por la llegada de un hombre. Se le acerca despacio. Le palpa la muñeca derecha e intenta aferrarse a ella. De repente, la joven jadea de costado, gira su cabeza y lo mira a los ojos. Su fugaz mirada está plagada de terror.

Deberías estar muerta.

¡No, por favor!

¡Cierra la boca! ─ responde al tiempo que se va alejando de ella, corriendo como un poseso.

 

Luego, desaparece de su visión. El ruido de un motor la desconcierta.

¡Ayúdenme! ¡Socorro!

¡Cállate, zorra! Debí enterrarte. Hubiera sido mejor que tener que hacer esto ─ contesta, mientras le muestra una especie de motosierra.

 

Su ruido es desgarrador, pues consigue taladrarle hasta la última pulsión vital que le queda. La máquina letal se le acerca cada vez más.

¡Por favor, no lo hagas!

¡Muere maldito engendro del demonio!

¡Noooooo!

 

Es noche cerrada. Aquellos ojos abiertos y aterrados se muestran con las pupilas dilatadas. Ahora, se han contraído. Sus brazos pesan, pero logra mover su tronco hasta quedar sentada en tierra. Se mira sus manos. Están empapadas de sudor y sangre. Sus vísceras, al descubierto, huelen a pestilencias. Se toca aquella zona y palpa la masa viscosa de sangre y bilis. Luego se la lleva a su nariz y después a su boca. No es desagradable. Intenta, torpemente, incorporarse del suelo. La luz de los faros de un coche la hipnotiza. Camina hasta allí extendiendo sus brazos como si una fuerza invisible la empujara a ello. El conductor la ve acercarse. Se desespera por no conseguir poner en marcha su coche. Ella recuerda quién es. Es el mismo hombre que la ha traído hasta aquí.

¡Maldito demonio! Yo tenía razón. Eres una horrenda criatura. Tu madre no quería creérselo, pero yo me dije: Eh, Joe, tu mujer te la está pegando con alguien ─ explica el hombre mientras recarga su escopeta desde el asiento ─. Siempre has sido una chiquilla rara y poco favorecida. Has dejado que todo el mundo te manoseara. Incluso ese zoquete de Billy, el hijo del pescadero. Pero esta noche juro por dios que me libraré de ti, ¡demonio!

 

Cuando Joe terminó de hablar y situó el cañón de su recortada sobre aquella criatura que alguna vez fue su hija; aquel engendro abrió sus fauces y se le abalanzó tan rápido que consiguió desgarrarle el cuello con una sola mordedura. Su lengua lamió su herida abierta. No pensó dejar escapar ni una gota de sangre. Todo era comestible. Arrancó la puerta del coche y le abrió las tripas mientras lanzaba al aire cualquier órgano infectado como sus pulmones y su corazón.

 

Donna Locke dejó de ser humana en el preciso momento en que la locura de su padre se hizo realidad. Cuando el odio vence al amor, la oscuridad ensombrece la luz y lo sobrenatural cruza el umbral de este mundo para convertir la realidad en locura. Porque el odio no se vence con el odio.

 

 

<<Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros>>

Hermann Hesse (1877 - 1962)

 

1 Su traducción del latín significa: demonio y demente

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