Relato 48 - Alerta
Jaime llegó a su casa, se sentó en su sillón favorito y, a oscuras, adoptó una postura meramente contemplativa. "¿Cómo te fue el día?"; "Bien", respondió, "aunque... demasiado trabajo"; "Bueno, eso es lo normal: uno va a trabajar, ¿no?"; "Sí, pero... estoy cansado, no sé...", se detuvo a reflexionar, "son ya demasiados años trabajando en lo mismo, ¡veinte años!, en fin... a veces pienso que debería cambiar esta rutina"; "Pero es una gran ventaja haber estado trabajando veinte años en la misma empresa, ¿no crees?; nadie, ni tu propio jefe, te llama la atención, no tienes la obligación de ser puntual... además ¡todos te respetan!"; "No creas, no creas...", objetó, "los nuevos, los que entran ahora a trabajar no sienten ningún respeto por tu antigüedad en la empresa: ellos solo piensan en medrar a costa de quien sea, ¡así están las cosas!" Jaime se levantó de su sillón y se dirigió a la cocina a llenarse un vaso de zumo de melocotón; a los pocos minutos volvió y se arrellanó de nuevo en su sillón. "¿En qué piensas?"; "En nada", respondió, "bueno sí... pienso en algo, pero no quiero decírtelo"; "¿Por qué?"; "Bueno, verás, es una tontería", masculló; "A ver, a ver... me tienes intrigado, ¡cuenta, cuenta!"; "Tengo un relato, un relato fantástico, y no digo lo de fantástico porque sea magnífico, sino porque su temática es producto de una fantasía"; "¿Ah, sí...?, léemelo, ¡quiero oírlo!"; "Pero, pero es demasiado corto, no sé, quizá no pueda presentarlo a ningún concurso; se me ocurrió una idea y... la escribí; debo decirte que lo mío no son los relatos de Ciencia Ficción, a mi me gusta escribir en mi blog, en la sección de participación de algún periódico... pero ¿escribir un relato Fantástico?, ¡uff, eso me cuesta horrores!"; "Bueno todo es cuestión de ponerse, ¿verdad?; a ver, léemelo, por favor"; "Vale".
Jaime se incorporó, se dirigió a su habitación, encendió la luz y sacó una carpeta pequeña de color azul de su mesita de noche. Miró el reloj despertador, cuyas manecillas señalaban las dos y veinte de la madrugada, y volvió carpeta en ristre. Se sentó, soltó las gomillas que sujetaban las dos hojas de la carpeta y la abrió. "Aquí está el relato", dijo ufano; "¿Solo un folio?, ¡pues sí que es corto!"; "Ya te avisé".
Nuestro autor encendió una pequeña lamparilla que había en la estantería que estaba a la espalda del sillón e inició la lectura del relato, cuyo título Invasión se podía leer en negrita:
"La manada corrió en desbandada. Unos saltaron de roca en roca, cruzando el río. Otros se subieron a los espinosos troncos de los arbustos llenos de coloreadas bayas. Otros zigzaguearon entre los peñascos rociados por la orilla. Pero ninguno advirtió de dónde surgió el rumor del inminente peligro: el zumbido sordo, asfixiante, nacido de la nada. ¡Daba igual! Lo importante era escapar. El extranjero invasor, atónito, descendió de la nave por una escalinata transparente e inmaterial. Y, ante tal espectáculo de saltos, gritos y carreras, no pudo más que temblar de emoción, ese temblor placentero... La invasión era un hecho... y un éxito. Observó que uno de aquellos seres huidizos giró la cabeza hacia atrás y se detuvo, en seco - ñiiiic -, y tras la cabeza todo el cuerpo, moviendo su cuello a izquierda y derecha; pronto otros se percataron e hicieron lo mismo que el primer curioso. El invasor se intranquilizó: el temblor se convirtió en rigidez y cambió de color. ¿Habría algún error en sus datos?. Aquellos seres se iban agigantando por momentos. Y lo miraban, pero no se percataban de su presencia... ¡Eran ya enormes! Entonces recordó algo: la luz del astro que iluminaba aquel mundo afectaba su propia percepción de las dimensiones; distancia... tamaño... Grog se zampó la nave creyendo que era un apetitoso caracol."
"¡Muy bueno, oye!, ¡la idea es excelente!: el tema de las distancias, los tamaños, ¡las distintas dimensiones!, si en la misma Tierra las distintas especies animales tienen distintas percepciones de la dimensiones, ¡qué no podría decirse de un ser venido de otro planeta!... me ha gustado, Jaime, lástima que no hayas desarrollado más el relato..."; "¡Claro!, pero es que... me faltan datos", se lamentó Jaime," no soy físico ni nada de eso y... la verdad, siempre me han interesado más las Letras que las Ciencias"; "De verdad, me ha gustado, me ha gustado"; "Pero... ¿como para presentarlo a un concurso...?"; "Hombre, eso, Jaime, eso... ni lo sueñes: es demasiado corto"; "Claro, tienes razón".
"Y... ¿no crees que ya es hora de acostarse, Jaime?"; "No, todavía no: estoy leyendo Los hermanos Karamafov, el libro es de préstamo y no puedo demorarme en la lectura"; "Bueno, si tú no te acuestas yo no me acuesto"; "No, pero desaparecerás en cuanto comience mi lectura, pues abandonaré mi actitud contemplativa y no oiré más tu voz"; "Tienes razón, tienes razón, Jaime: pronto nos despediremos, pero te volveré a visitar en tus sueños, de eso que no te quepa ninguna duda, seré impulsado por un resorte a tu conciencia dormida cuando no estés alerta, cuando tu voluntad sea incapaz de rechazarme"; "Lo sé, lo sé, sé que tu poder es ancestral y te necesito... sé que te necesito".
"Jaime... Jaime..."; "Estoy dormido"; "Te has dejado el televisor encendido, debes apagarlo"; "¿Para qué...?, duermo bien cuando está encendido"; "Pero... pero, ¿y yo?, ¿qué pasa conmigo?, ¡necesito espacio, Jaime!"; "Pues apágalo tú, sé que puedes hacerlo"...
La habitación se encontraba iluminada solo por las luces LED de la pantalla rectangular; un ronquido suave se mezclaba con una estereotipada voz de mujer. En una cama, adosada a una de las paredes, un individuo dormía. El crujido de un somier irrumpió... Un brazo se extendió hacia una mesita de noche. Una mano se abrió y luego se cerró habiendo capturado un mando a distancia que fue manipulado con la precisión suficiente para que, en un instante, en la habitación solo gobernara un atávico inquilino.