Relato 47 - Anabel
FALSA EXISTENCIA
Hoy cumplo dieciocho años y estoy solo en casa. Mi madre es policía y está trabajando porque no ha podido cambiar el turno. Tal vez tampoco quería. Cuando estamos a solas, ella termina poniéndose tensa y buscando algo que hacer. Yo creo que le recuerdo demasiado a mi padre y acaba superándola la melancolía. Alguna vez incluso se le han saltado las lágrimas, aunque nunca he entendido muy bien por qué, ya que mi padre murió hace diez años. Eso sí, murió de la peor manera posible. Fue asesinado. Un ladrón entró en la casa a robar, mi padre lo oyó y bajó a ver qué pasaba. Mi madre no estaba en casa, estaba de servicio, y yo estaba con mi padre, él trabajando en su despacho y yo jugando en mi cuarto. Lo único que recuerdo de aquel día es que, cuando mi madre llegó, había dos cadáveres en el suelo: mi padre y yo. Bueno, yo no estaba muerto, sólo desvanecido, pero mi madre me encontró cubierto de sangre, igual que mi padre. Me desperté en el hospital varios días después, y nunca he vuelto a recordar nada de lo que pasó. Oh, sí, mi madre me contó todos los detalles, por supuesto, las puñaladas que recibió mi padre, el arma que nunca apareció, el caso que nunca se resolvió (nada de huellas, ningún rastro, ninguna pista, ningún móvil), y la amnesia de la que nunca me recuperé. Ahora tengo vagas imágenes, creadas por mi imaginación con los fragmentos de la historia que me ha ido regalando mi madre durante estos años, en las que reconstruyo de forma ficticia lo que ocurrió aquel día. Podría testificar ante un tribunal, dando creando detalles que no aparecían en ninguno de los informes que se hicieron durante la investigación del caso. Por supuesto, mi madre fue apartada del caso, aunque no dejó de intervenir indirectamente, intentando aportar un destello de luz donde todo era oscuridad. De hecho, jamás existió el más leve indicio físico de lo que ocurrió aquella noche. Sólo la sangre de mi padre por todas partes y sobre mí
Ahora ya tengo dieciocho años. Soy mayor de edad y no voy a celebrarlo con mis amigos. No es que tenga muchos, pero algunos chicos de la clase se empeñaron en “ir a tomar unas cervezas” ahora que ya podía beber alcohol legalmente, pero no era el tipo de propuesta que me hacía ilusión. Yo soy más de los de una maratón de películas de persecuciones, con palomitas hasta en la lámpara del techo, o de una incursión en alguno de los almacenes abandonados del polígono, haciendo descubrimientos sorprendentes de objetos nimios e inútiles, pero absolutamente fantásticos para divertirse: una barra de acero con la que atrancar puertas, tuercas disparables con un tirachinas contra los pocos cristales aún intactos o a medio romper, unas cajas de cartón a las que meter fuego. En fin, ese tipo de cosas. Sin embargo, no les hice en su momento ninguna contrapropuesta, ni acepté la de celebrar mi cumpleaños según los estereotipos de la masculinidad. Les dije que prefería no celebrarlo, dado que coincidía casi con el aniversario del asesinato de mi padre. Buena excusa. Incontestable argumento.
Hoy es mi décimo octavo cumpleaños y no lo estoy celebrando. Guay. Me voy a la cocina a coger un bote de zumo y subo al desván a trastear entre cachivaches, por si aún me quedara algo interesante que descubrir entre los más que hurgados cajones de viejos muebles, cajas embaladas, carpetas y archivadores. Siempre ha sido uno de mis pasatiempos favoritos, pero tengo que espaciar las visitas para que todo parezca una y otra vez selva virgen dispuesta a ser explorada. Unas veces resultan ser unas fotos que creo no recordar haber visto y en las que me entretengo en buscar manchas con formas reconocibles o sombras fantasmales, otras veces son unos documentos “importantísimos”, unas radiografías de tórax de cuando tuve neumonía, o unos sellos aún por clasificar en el viejo álbum del abuelo Carlos, el padre de mi madre. Ahora que reparo en ello, mientras me bebo el zumo a gollete, mi abuelo Daniel parece haber desaparecido de la historia de la familia, a excepción de las contadas ocasiones en que mi abuela Concha me ha hablado de él, siempre de forma muy superficial, como evitando entrar en detalles o contar batallitas. Sin embargo, mis abuelos maternos, Carlos y Elvira, no sólo me medio criaron, quedándose conmigo cada vez que mi madre estaba de servicio, sino que fueron un referente fundamental a la hora de sustituir a las figuras paterna y materna, una segada de raíz por la desgracia, otra siempre ausente por el trabajo. Cuando murieron, sé que algo de ellos renació en mí y todavía me ayuda cuando estoy de bajón.
Ahora estoy concentrado en destripar una carpeta azul –bueno, ahora ya verde turquesa y con manchas ocre- de cartón, amarrada con una cinta del pelo que fue rosa en su día, ahora ajada por el moho y la polilla, por faltarle la gomilla original. El lazo que la cierra no es de mi madre, ya que consiste en media docena de nudos que me cuestan diez minutos y media uña para poder desatarlos. Dentro, un paquete de cartas de mi padre a mi madre de cuando eran novios. Otra de mi padre a mi madre cuando ella estuvo unos meses con mis abuelos tras una desavenencia que terminó en separación temporal, “para pensar las cosas con calma”. En la última cronológicamente, mi padre le suplicaba a mi madre que volviera con él porque no podía vivir sin ella y le prometía volcarse en hacerla feliz hasta el final de sus días. Aquella carta tuvo una respuesta breve pero llena de significado, en la forma de una postal en la que se veía una foto de una mano sosteniendo a un recién nacido diminuto durmiendo plácidamente. Al dorso, mi madre había escrito “tendrás que hacernos felices a dos”. Mi padre había entendido el mensaje al instante, y había conducido cinco horas hasta Madrid para postrarse de rodillas ante mi madre y colmarle el vientre de besos. Aquella historia siempre me había emocionado especialmente. A mi madre, no.
Debajo del segundo mazo de cartas me encuentro un sobre cerrado con lacre. No pone nada por fuera. ¿Cómo no lo había visto antes? Había leído aquellas cartas anteriormente, y no había nada más en aquella carpeta. Levanto el mazo de cartas en el aire y lo giro inquisitivo. Allí está. Una mancha roja detrás del último sobre: el lacre había pegado un sobre a otro haciéndolos parecer uno solo. Se ve que con el tiempo el lacre ha perdido poder adhesivo y ha liberado este otro sobre. Todavía está cerrado. ¡De puta madre! Acabo de descubrir un templo Azteca en ruinas en medio de una selva en la que me he abierto paso a machetazos entre la exuberante vegetación. Llevo ya varios años explorando y jamás pensé que hubiera algo tan extraordinario oculto tras la maleza. Sostengo el sobre en el aire frente a mis ojos durante unos segundos, girándolo y sometiéndolo a un examen minucioso, como si se tratara de un diamante recién tallado, apreciando el perfecto facetado de todo su perímetro. Finalmente me decido y abro las puertas del templo Azteca y extraigo de su interior un folio doblado en cuatro, aparentemente en blanco. Lo abro y hay una carta escrita con una tinta azul muy claro, tal vez de un bolígrafo apurando su última gota de tinta. Bajo los ojos por las líneas impecablemente paralelas sin leer. Me detengo en la firma. “Papá”. Sé que si me pudiera mirar ahora en un espejo estaría lívido. Con el alma tirando de mis testículos hacia abajo, clavándolos en el suelo con clavos invisibles -estoy sentado en cuclillas mientras se derrumba mi espíritu-, me pongo a leer un mensaje en el que mi padre me cuenta que tal vez le quede poco tiempo de vida, que por asuntos que no puede ni debe explicarme se encuentra amenazado de muerte, que necesitaría decirme tantas cosas que no habría ningún formato que las contuviera y que lo razonable es que me diga sólo cuanto me quiere y me pida que sea siempre una buena persona. No dice nada de mi madre. Me extraña, pero lo achaco al intento de condensar mucho en muy poco espacio. Joder, papá, ¿no había otra forma de decirme esto?
Cuando llega mi madre, me encuentra en mi cuarto tumbado vestido sobre la cama, mirando al techo, vacío.
–¿Qué haces todavía despierto?
–Felicidades.
–¿Qué? ¡Oh, cariño, perdona! ¡Dios mío! ¿Cómo he podido olvidarme de que hoy era tu cumpleaños? ¡Maldita sea! ¡Este trabajo de mierda!
Se cubre los ojos con una visera de manos y veo que una lágrima empieza a hacer slalom por las laderas de su mejilla. Sé que es culpa de su trabajo de mierda, pero a ella le gusta. Lo necesita. Habría caído en una depresión si no hiciera lo que hace.
–No pasa nada, mamá. He estado bien. No me apetecía celebrarlo y sé que tú habrás tenido un día de perros. Ya encontraré la forma de que me compenses.
–De verdad que lo siento, Lauro. No tengo perdón…
Ahora se sienta a los pies de mi cama. Si tiene ganas de abrazarme, se las está conteniendo. La embarga la culpabilidad. Tengo en mis manos -en mis brazos- la posibilidad de redimirla, de aliviar su dolor, de hacer más fácil nuestra relación, la convivencia, la vida. Sin embargo, yo también me contengo y, cuando finalmente mi madre abandona la habitación sin que haya sido pronunciada ni una palabra más, aprieto los ojos y me maldigo mientras una lágrima incontrolada corre hasta la punta de mi nariz y se queda allí suspendida, sin que haga el más mínimo movimiento para quitármela.
Hace una semana que cumplí dieciocho años. Tengo guardada la carta de mi padre dentro de un libro en la estantería sobre mi escritorio. He elegido “Dune” porque siempre me identifique con Paul y con la inevitablemente contenida -y truncada- relación con su padre, el Duque Leto. Leo la carta casi todos los días, analizando cada palabra, incluso cada trazo de su grafía, para leer entre líneas algún mensaje oculto, alguna pista que me lleve a comprender lo que pasó diez años atrás.
Hay algo en la muerte de mi padre que no me cuadra: no se encontró ni un solo indicio, ni una prueba. Nada que apoyara ninguna de las hipótesis que manejó la policía mientras duró la investigación. Ahora mi padre me habla desde el más allá a través de una carta y yo siento que debo hacer algo para saber qué paso en realidad, para que así descanse en paz al menos su recuerdo.
No soy un “hacker” precisamente, pero sé que puedo averiguar la clave de mi madre para acceder a los a archivos policiales de los casos que lleva. Tal vez incluso de los que haya llevado en el pasado. Estoy seguro que obtuvo toda la información que hubiera sobre el asesinato de mi padre, aunque la apartaran del caso. Se trataba de su marido, al fin y al cabo. Apuesto a que tiene un archivo en su ordenador con todo guardado. En tal caso, ni siquiera tendría que entrar en la intranet de la comisaría. La contraseña del portátil de mi madre será suficiente, y yo me la sé. ¡Ja! Hoy está en casa porque es su día libre, así que no tendré ninguna oportunidad. Creo que está en la cocina intentando cocinar un bizcocho para celebrar con retraso mi cumpleaños. Si hace como el año pasado, se le quemará y tendrá que salir pitando a la panadería a comprar una tarta “Sacher” de chocolate, que sabe que es la única que me gusta, aparte de los bizcochos de la abuela, que ella nunca aprendió a hacer.
Miércoles. Mi madre se ha ido a la comisaría a las siete de la mañana. No ha debido dormir bien, porque la he oído trastear durante la noche en la cocina y subir y bajar las escaleras dos o tres veces. Evidentemente, yo tampoco he dormido a pierna suelta. Hoy hay excursión en el instituto para ver “The Real Inspector Hound” en inglés, así que es la ocasión perfecta para faltar sin que se note y tener todo el día para “espiar” a mi madre y rebuscar en su portátil hasta que dé con lo que estoy buscando.
No tengo prisa, así que me levanto, me ducho, desayuno tranquilamente, preparándome un vaso largo de zumo, tostando una por una las tres rebanadas de pan que me como untadas con mantequilla y mermelada de naranja. Luego me lavo las manos concienzudamente, como un cirujano antes de una operación. No en vano, soy hijo de una agente del orden (oh, oh...) y sé que no debo dejar huellas. Para el teclado, me pondré unos guantes de cuero que tengo para el invierno, aunque será bastante incómodo.
Cuando por fin estoy sentado en el despacho de mi madre, me quedo unos minutos sin atreverme a poner las manos en el ordenador, sin querer abrirlo, tal vez temeroso de lo que me pueda encontrar, de lo que pueda descubrir, de lo que me pueda ser revelado. Recorro con el dedo índice todo el perímetro de la mesa y, finalmente, me pongo los guantes y abro la tapa del portátil. Lo enciendo, espero pacientemente a que se inicie el sistema operativo y aparezca la ventana con los espacios para usuario y contraseña. Relleno las casillas con “InspectoraM” -mi madre se llama María Morales- e “IN_morales”. No se si es ingenioso o inquietante, pero me da que pensar. Rezo para que mi madre sepa bastante inglés y que se trate de un juego de palabras con “LOG IN”. Vaya, funciona. No la ha cambiado desde que le vi aquel papelito en la cartera. Ahí está el escritorio. De fondo de pantalla, una foto de ella conmigo de pequeño en brazos. No está mi padre. Entro en “Equipo”, al que ha puesto como icono el escudo de la policía. Dentro, cuatro iconos: dos corresponden a los discos duros, uno con el sistema operativo y otro denominado “Personal”; los otros dos iconos corresponden al lector óptico y al scanner. Entro en Personal y examino las carpetas. No tengo que buscar mucho. Mi madre ha etiquetado una como “Sin resolver”. Ya lo tengo. La abro y… maldita sea, todos son casos no resueltos que no tienen que ver con la muerte de mi padre. ¿Qué demonios pasa aquí? Creo que mi madre debe tener el archivo oculto o protegido con contraseña. Cambio las opciones de carpeta. Nada. Hago unas cuantas búsquedas con palabras que puedan tener que ver con la muerte de mi padre. Nada. Indago hasta en el último rincón de la última carpeta en el más remoto directorio. Nada. Abro todos los documentos de texto. Nada. Y entonces me doy cuenta. No lo tiene en el ordenador. Lo tiene en el correo. La escuché una vez hablando por teléfono y decir algo de que iba a subir el archivo “a la nube”. Ahí está. Y tengo su correo y su contraseña., coincidentes con el usuario y contraseña del portátil. Entro y hago “click” en la nube. Y se hace la luz: entre otras cosas, hay una carpeta privada llamada “father”. Sin insinuaciones ni falsas pistas. Ahora sí. Lo tiene todo. Lo veo todo. Lo sé todo. Como mi madre. Joder. El caso de mi padre estaba resuelto para ella: había ocultado todas las pruebas para que no se descubriera la verdad. El que mató a mi padre fui yo, harto de ser testigo de los malos tratos que éste le infligía. Lo malo es que ni siquiera de eso me acuerdo. Lo único que recuerdo de mi padre son cosas buenas. Maldita sea. Ahora cierro la carpeta y veo otra al lado que se llama “mate”. Lo único que hay dentro de la misma es un documento de texto. Lo abro y es una carta a su compañero Cristóbal. Cris. “Mate”, “compañero” en inglés. En ella le dice que ya no aguanta más, que va a dejar a mi padre, que quiere estar con él el resto de su vida… Dejo de leer, asqueado. A mí ni me menciona. Pensaría dejarme con mi padre. No me extraña que la agrediera. Joder. La odio. La odio. La odio.
Borro todo rastro de mis búsquedas en su ordenador y lo apago. Lo limpio con un trapo por fuera y me voy a la cocina. Aquí empezó todo, seguramente abriendo el cajón de los cuchillos. Y aquí es donde todo debe terminar. Sé exactamente lo que tengo que hacer.
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Para cuando vuelve mi madre, yo no estoy en casa. Le he dejado una nota diciendo que estoy en casa de un amigo jugando con la “play” y que volveré después de cenar. En realidad, estoy escondido en la leñera y la veo llegar. Si todo sale como he planeado, se irá a la nevera a coger el cartón de zumo y le echará un trago antes de prepararse algo de cenar. Le he disuelto una pastilla para dormir en lo que queda de zumo. Aunque no se lo beba todo, terminará durmiéndose. Entonces será mi turno. Espero una hora y salgo de mi escondite para echar un vistazo por la ventana. Efectivamente, está en el sofá tapada con una manta azul. Vaya, se ha dormido en seguida. Ha llegado el momento de la venganza. Ahora pagará por sus mentiras, por su infidelidad y por haberme convertido en un monstruo.
Entro por la puerta trasera, que había dejado deliberadamente abierta, con la llave sin echar. Al entrar en el salón me quedo unos segundos apoyado en el quicio, mirándola con una mezcla de desprecio y desinterés. Ya no siento nada por ella. La herida me ha dejado insensible, como la piel de todas las cicatrices. Me acerco sigilosamente con el puñal en la mano, como imagino hice cuando maté a mi padre. Está echada de lado en el sofá, mirando hacia el respaldo, tapada hasta la cabeza. Cuando estoy a su lado me asaltan las dudas, no por el cariño que haya sentido por ella, sino por el miedo a no ser capaz de repetir lo que ya he hecho una vez, pero me sobrepongo.
Le clavo el cuchillo una y otra vez, y otra, y otra más, veinte veces, hasta que, jadeando y sudoroso, me yergo para contemplar mi obra, insatisfecho. ¿Dónde está la sangre?
–No te muevas, cariño…
–¿Mamá?
–Mi madre está en una esquina en penumbra del salón. Me apunta con su arma sosteniéndola con las dos manos. Quiero creer que le está temblando el pulso, que no quiere hacerme daño, que me ha tendido esta trampa sólo para cerciorarse de si fui capaz de cometer aquel crimen. Pero no. Tiene control absoluto sobre su temple y sus nervios de acero. Su voz ha sonado fría como el hielo y segura como la muerte.
–Has hecho un buen trabajo. Has seguido todas las pistas y has llegado a las conclusiones exactas. También has cumplido con mis expectativas. Ahora sólo tengo que dispararle al ladrón que acaba de entrar por la puerta de atrás -¿no te has fijado que he forzado la cerradura para reforzar la evidencia?- y terminar con lo que debí terminar hace años. Cris me viene a recoger dentro de un momento y va a ser testigo de todo. Me consolará por el terrible error que he cometido y se pasará el resto de la vida diciéndome que no fue culpa mía.
–¿Cómo puedes tener la sangre tan fría? ¡Soy tu hijo!
–Ya lo hice con tu padre. Tengo experiencia.
–¿Lo mataste tú?
–Claro. Era parte del plan hacerte creer ahora que habías sido tú. De otra forma nunca te habrías planteado matarme.
Ya es suficiente. Voy a acabar con esto. La confesión ha sido completa y no soportaría que intentara darme una explicación a lo que no la tiene. Avanzo hacia ella para intentar pillarla desprevenida. Está convencida de que me voy a dejar matar como un corderito. Es entonces cuando apunta y dispara. No remorse. Dos tiros en el pecho y salgo disparado hacia atrás, cayendo de espaldas junto al sofá. ¡Joder, cómo duele! Mi madre se acerca y se arrodilla a mi lado. Creo que quiere despedirse, la muy zorra.
Cuando agacha la cabeza para susurrarme alguna crueldad de psicópata, saco el cuchillo que he escondido bajo el sofá y se lo clavo en el cuello. Hasta el fondo. Se incorpora, se le cae la pistola, se lleva las manos al cuello, la sangre se le escapa a borbotones por entre los dedos, agarra la empuñadura del cuchillo pero se cae antes de acertar a sacárselo. Entonces me levanto y soy yo el que se acerca y se agacha para susurrarle al oído, antes de que muera –si no está muerta ya- “aurevoir”. Luego me incorporo y contemplo sus últimos estertores.
–Gracias por dejarme usar tu chaleco antibalas, mamá. Te alegrará morir con la satisfacción de tener un digno hijo de policía. Lo he hecho todo como lo hubieras hecho tú, siguiendo todos los pasos, considerando todas las posibilidades, desconfiando de lo demasiado evidente. Ahora, déjame tomar prestada tu pistola, mamá. Cris está a punto de llegar…