Relato 46 - AB-ORIGINE

 

 

AB-ORIGINE

 

 

La Gaceta del Lunes

10 de octubre de 1977

 

Que la palabra de moda en estos tiempos es cambio no habrá quien lo dude. Cambio político, cambio económico, cambio social… Todo el mundo habla del cambio, a todas partes llega el cambio y las instituciones culturales no podían ser una excepción, aunque en ocasiones tales cambios puedan traer consecuencias inesperadas. Es el caso del viejo Museo Étnico-Cultural de la capital. Tal y como hemos ido informando desde este semanario, se vienen realizando en el vetusto edificio de la egregia institución importantes obras de reforma; obras que han derivado en el hallazgo de un singular descubrimiento: ¡una momia! En efecto, la pasada semana varios empleados del museo habían descendido a los un tanto tétricos sótanos del viejo inmueble, con objeto de trasladar los fondos almacenados allí para facilitar los trabajos de restauración. Imaginen la escena: salas oscuras y húmedas repletas de objetos de indeterminadas formas cubiertos de polvo y telarañas, sombras que parecen cobrar vida de manera misteriosa… Y de improvisto, en medio de tan poco acogedor escenario, al desplazar una serie de voluminosas cajas, aparece como por ensalmo la figura de un ser humano ¡embalsamado!

Han leído ustedes bien: entre los fondos almacenados en uno de los más respetables museos de nuestra ciudad se hallaba escondido el cadáver de una persona –un hombre para ser exactos- momificado, al parecer, mediante viejas técnicas de disecación. Hemos sabido que los primeros sorprendidos de tan inesperado hallazgo han sido los propios integrantes de la plantilla del museo, incluida su dirección, ya que no existe constancia alguna en el inventario de la institución de la adquisición de semejante pieza, aunque, nos han puntualizado, los fondos documentales no se conservan íntegros, en especial los concernientes a sus primeros años de existencia, debido a diversas causas tales como el incendio sufrido por el inmueble en 1947 o, anteriormente, los lamentables estragos de la Guerra Civil.

Tal circunstancia convierte lo que era ya de por sí un singular hallazgo en un inquietante misterio. ¿Quién era la persona embalsamada? ¿Cómo y cuándo llegó al museo? ¿Por qué acabó escondido en un sótano sin que nadie pareciera poseer constancia de ello?

Respecto a la primera cuestión, la identidad del desconocido individuo, un estudio preliminar llevado a cabo por los técnicos del museo ha adelantado que la estructura craneal, las facciones y la pigmentación cutánea le descartan con claridad como europeo, encajando más bien en patrones raciales australoides. Respecto a su edad han calculado que el proceso de momificación vendría a contar aproximadamente con un siglo de edad, por lo cual la defunción del individuo se habría producido en el último tercio del siglo XIX, aparentemente por causas naturales.

Tales prácticas, las de disecar seres humanos, aunque no muy habituales tampoco resultaban extrañas en aquellos tiempos, justificadas con supuestos argumentos científicos –el mejor conocimiento de razas no blancas en pleno auge del colonialismo europeo- que no dejarían de esconder ciertas connotaciones de morboso espectáculo. Los cambios en las mentalidades experimentados a lo largo del presente siglo, sin embargo, tornarían incómoda para la dirección del museo la presencia de tan injustificable ejemplar en su colección, lo que la persuadiría de apartarlo de la exposición pública y alojarlo discretamente en algún rincón de las salas inferiores, borrándose con el paso del tiempo todo recuerdo del hombre disecado.

Estas suposiciones no superan sin embargo la condición de meras hipótesis, y tampoco despejan las principales incógnitas del caso, como son la auténtica identidad del singular habitante del museo o de dónde y cómo llegó al mismo.

Un último detalle realmente inexplicable viene a complicar aún más el misterio, tornándolo inquietante. Entre la ornamentación tribal que adornaba el cuerpo del desconocido destaca un más que singular objeto: un pequeño aparato de forma discoidal sujeto con un cordón al cuello y construido en una aleación metálica por el momento no identificada. El análisis del mismo por parte de expertos ha adelantado que podría tratarse de algún tipo de dispositivo de comunicación, preparado para emitir señales de naturaleza y destinatario desconocidos. De hecho este corresponsal ha sabido que durante su inspección técnica el aparato se ha activado accidentalmente, demostrando conservarse en buenas condiciones, aunque es pronto para descifrar la naturaleza de la señal emitida. ¿De qué manera tan avanzado instrumento acabó colgando del cuello de una momia olvidada en un rincón del sótano del museo?

Imposible mayor misterio. Un guión a la altura de las fantásticas producciones que últimamente triunfan en Hollywood. Seguiremos indagando con la perseverancia que nos caracteriza hasta llegar al fondo de tan inusual noticia.

 

La Hoja Vespertina

Abril, 1881

 

En la mañana de hoy ha sido confirmado a este diario el óbito por causas naturales de un singular caballero que gozó de cierta relevancia hace algunos años. Como seguramente recordará alguno de nuestros respetables lectores, en los agitados años del Sexenio fue noticia un individuo conocido por aquel entonces como El Visitante o El Desconocido. Aparecido en plena capital de manera misteriosa, ataviado de exótica manera y hablando un lenguaje incomprensible –de hecho el sujeto en cuestión siempre fue incapaz de hacerse entender-, permanecieron desde entonces en el misterio su lugar de procedencia, el modo en que llegó a nuestro país y el objeto de su visita.

De raza y nacionalidad desconocidas, sus rasgos fisiológicos y su constitución anatómica fueron exhaustivamente estudiados por los mejores naturalistas nacionales y extranjeros, sin llegar a una conclusión clara sobre su origen. En todo caso, el enigma que rodeaba su figura propició su conversión en popular personaje de la vida social matritense de hace más de una década, paseando su peculiar estampa por todo tipo de eventos públicos. Con el tiempo, sin embargo, y una vez la novedad de su extravagancia hubo declinado la notoriedad de nuestro Visitante se diluyó, pasando rápidamente al olvido sustituido en el voluble interés del público por otras efímeras novedades de las que tanto abundan en la frenética vida moderna.

Así, el singular desconocido acabó sus días acogido en instituciones de caridad, en una de las cuales falleció en el día de hoy. Dios le acoja en su seno. Su óbito, empero, aportará un último servicio a la causa de la ciencia y el progreso humano. Efectivamente, hemos sabido de buena tinta que se está barajando la posibilidad de aplicar técnicas de embalsamamiento al reciente cadáver, con objeto de su íntegra conservación para la posteridad, posibilitando la pertinaz investigación científica, la edificante instrucción de nuestros menores y el solaz del público en general.

 

El Semanario Pintoresco

Febrero, 1868

 

¿Histeria colectiva? ¿Espejismo multitudinario? ¿Tomadura de pelo? No sabemos muy bien cuál es la causa, pero desde luego algo extraordinario –entendido como fuera de lo normal- ocurrió el pasado fin de semana en una céntrica avenida de nuestra ciudad. No pasaría de mera curiosidad, de simple anécdota, si los testimonios recogidos por nuestro corresponsal vinieran de una o, a lo sumo, un grupo de personas, pues podríamos achacarlo a una confusión, a una broma del mal gusto o, quién sabe, a los efectos del abuso de cualquier bebida espirituosa. Sin embargo, la razón por la que esta publicación se hace eco de tan singulares testimonios se debe al elevado número de individuos que alegan haber presenciado hechos de naturaleza tan inusitada. Trataremos de sintetizar una narración coherente a partir de los mismos.

El domingo, frisando el mediodía, en una jornada inusualmente soledad para estas fechas, los innumerables ciudadanos que a esa hora paseaban por la populosa vía elevaron al unísono la mirada al cielo alertados por un inesperado sonido, siendo testigos de un inexplicable hecho: allí, suspendido en el aire, un enorme objeto metálico en forma de disco y adornado con multitud de parpadeantes luces de colores descendía lentamente sobre sus cabezas. Una vez posado sobre la calzada y expeliendo un ardiente rugido se abrió en su pulida superficie una compuerta de la que surgió una escalera.

Tras unos instantes en que el miedo y la curiosidad mantuvieron expectantes e inmóviles a las docenas –quizás cientos- de testigos, una figura apareció en la oscura abertura y comenzó a bajar los escalones. Una vez sobre tierra firme la escala se recogió automáticamente, la compuerta se cerró y el objeto, tal como había venido, tomó altura y desapareció en el despejado cielo.

El estratosférico visitante, de extraña apariencia –inhumana según alguno de los testigos-, se dirigió hacia la sorprendida multitud, hablándoles en un desconocido lenguaje que más bien parecía, según los testimonios, un galimatías sin sentido. Y, mientras lo hacía enarbolaba en su mano un curioso disco metálico que llevaba colgado de su cuello. Nadie pudo descifrar lo que pretendía comunicar antes de que los agentes de policía se hicieran cargo del sujeto.

Nos ha sido comunicado que actualmente el singular caballero se halla retenido por la autoridad competente, aunque hasta el momento no se ha confirmado si su aparición en la ciudad fue tan inusitada como les hemos relatado -o si los rumores son productos de una histeria colectiva-, ni si ha podido ser comprobada su identidad. En todo caso, hasta que así sea mantendremos nuestras reservas ante hechos tan increíbles. Les seguiremos informando.

 

Mitos milenarios en las culturas de los pueblos indígenas de la Australia central

Tesis doctoral leída por Walter Rodríguez en la Universidad de Santiago de Chile (extracto), 1998. No publicada

 

(…) resulta habitual entre esos pueblos caracterizar de milenarias tradiciones orales que, habitualmente, no se remontan más que unas décadas o unas generaciones en el pasado. En ocasiones he llegado a localizar aún vivo a alguno de los protagonistas de esas historias que presuntamente acontecieron hace siglos o milenios. Ello es característico de culturas que no han desarrollado sistemas exactos de medición y datación cronológica, por lo general comunidades ágrafas.

Como ejemplo me centraré en unas de esas tradiciones, de la cual tuve conocimiento durante la investigación que precedió al presente estudio. Su singularidad reside fundamentalmente en dos características: una, que su corpus central, por así llamarlo, se haya vinculado a una tribu en concreto –en el seno de la cual transcurrirían en un indeterminado pasado los hechos que dieron lugar al mito-; la otra, que su difusión se extiende, más o menos distorsionada, entre las comunidades de todo el territorio comprendido por este estudio. Lo cual no deja de ser significativo porque, por un lado, la claridad y coherencia con que se ha transmitido indicaría la relativa proximidad en el tiempo del suceso originario, y por otro demostraría la fuerte repercusión que el mismo implicó, ya sea por sí mismo o por las consecuencias que cultural y socialmente conllevó.

De tal modo la narración, tal como me fue transmitida, hace referencia al contacto que entre humanos y dioses tuvo lugar –por supuesto- hace milenios. Tal encuentro ocurrió cuando las divinidades, a lomos de un gran carro estelar, descendieron a la tierra para aleccionar a los hombres sobre la correcta senda que debían transitar en la vida. Para ello entre los integrantes de la tribu escogieron a uno, en concreto al hombre sabio –chamán o hechicero-. Él habría de ser el encargado de transmitir el mensaje entre los habitantes del mundo; un mensaje no definido con claridad en el mito pero que trataría sobre la necesidad de acabar con los enfrentamientos humanos y alcanzar un futuro de paz. Para ayudarle en tal misión al hombre sabio –en realidad un intermediario entre dioses y hombres- le fue entregado un talismán de cualidades desconocidas -aunque de alguna forma ejercería de nexo entre él y la divinidad- y fue invitado a montar en el carro volador cuando éste ascendió de nuevo a los cielos, donde el elegido sería aleccionado por las deidades antes de devolverle a la Tierra para el cumplimiento de su misión. Desde entonces es aguardado el advenimiento del mensajero celestial –recurso éste compartido con otras mitologías-.

La relevancia de este relato mítico viene realzada por la existencia de representaciones gráficas -ver apéndice documental- que hacen referencia directa al mismo. Pinturas, las más antiguas, que hemos podido datar en la segunda mitad del siglo XIX, lo cual refuerza la idea de la proximidad real en el tiempo del “milenario” mito. Se trata de representaciones ceremoniales, realizadas sobre diferentes soportes –principalmente rupestres-, que escenifican la narración arriba explicada. En ellas puede observarse el carro celestial suspendido en el aire, representado en forma discoidal, del cual descienden varias entidades antropomórficas ataviadas con singulares vestimentas –señalar que hasta la fecha no he hallado figuras similares en las representaciones artísticas del mismo período o posteriores entre las comunidades indígenas de las regiones limítrofes-. Por regla general una de esas divinidades coloca alrededor del cuello de otra figura –el chamán- un objeto –el talismán- del que surge algo parecido a ondas o rayos que vendrían a simbolizar, si hacemos caso al legendario relato, la capacidad del objeto para entrar en contacto con los dioses (…).

 

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