Relato 45 - Recuerdos

Memories

 

Como cada noche, a Eduardo le cuesta respirar.

 

Nota la presión de unas manos sobre el cuello; manos callosas y firmes, de grandes dedos, que no dudan ni aflojan la presión. Eduardo se resiste y trata de liberarse de la presa, pero sabe que es inútil. Siempre intenta soltarse y respirar a pleno pulmón, pero en su sueño siempre pasa lo mismo. Su vista se nubla y se siente caer blandamente, como si la cama se pudiese atravesar y detrás de ella solo hubiese un montón de algodón, y luego otro, y luego otro. Eduardo se hunde, se hunde, se hunde…y finalmente despierta.

 

Eduardo se incorpora bruscamente, y trata de buscar la compañía de Julito. Esta muy nervioso y tiene ganas de llorar, pero sabe que eso no le va a quitar la angustia. Y Julito no está aquí- piensa Eduardo-Probablemente está abajo en el salón. Como un rito de cada noche, Eduardo salta al suelo y se dirige con paso vacilante hasta el cuarto grande. Empuja la puerta y permanece bajo su quicio, contemplando lo que tiene delante y tratando de controlar sus ganas de llorar. Finalmente, con un hilillo de voz angustiosa, Eduardo solo puede preguntar:

 

Mamá,¿Puedo dormir en vuestra cama?

 

 

Marina camina deprisa por la calle y mira apurada el reloj.

No debería haber dejado a Eduardo dormir esos diez minutos-piensa para sí, mientras intenta tirar de su bracito-El primer día de escuela es importante, se dice, recordando aquél momento de su vida.

 

-Jooo, mamáaaaa, no tires!!!-dice Eduardo con un tono de reproche.

-Perdona cariño, pero es que falta poco para que lleguemos a la escuela. ¿Estás nervioso?

-Bueno. Un poco.

 

Madre e hijo llegan hasta el colegio. El lugar bulle de actividad, lleno de madres y padres con niños que gritan, corren, lloran y se pelean. Marina mira a Eduardo, y ve como se esconde detrás de sus piernas, como si pusiese un escudo maternal entre él y los otros niños. Las maestras esperan pacientemente a que los adultos conduzcan poco a poco a esas criaturas lloronas hasta las clases.

 

-Venga hijo, tienes que ser valiente. Cuando acabe el cole yo estaré aquí esperándote, y nos iremos a casa a comer chocolate.

Eduardo duda un poquito, pero al final pregunta a su madre:

-¿Va a estar el hombre malo aquí?

-No, el hombre malo no va a estar. Te lo prometo.

 

Marina lleva a su hijo hasta la clase 1B, donde les recibe la señorita Guembe, una muchacha joven con el uniforme lavanda del CRVP-probablemente recién salida del ciclo formativo-se dice Marina. Carolina Guembe se agacha para situarse cara a cara frente a Eduardo, y le dice:

 

-Hola, ¿cómo te llamas?

-Eduardo. ¿Y tú?

-Yo soy Carolina. Lo vamos a pasar muy bien juntos en clase.

-¿Me vas a proteger del hombre malo?

-No te preocupes. Cuando termines el curso ya no te dará miedo el hombre malo.

 

 

El molesto sonido del timbre anuncia el final del curso escolar. Después de pocos minutos, una tromba de niños y niñas, vestidos todos con su uniforme lavanda, salen corriendo. Eduardo persigue a Carlota, su mejor amiga desde que empezó en la escuela del CRVP. Carlota le cayó bien desde el principio, y nunca supo por qué. Más tarde, cuando fue avanzando los cursos y mejoró su técnica de regresión, descubrió que eso se debía a que ambos habían sido artistas anteriormente. Carlota, además de ser muy guapa, al menos eso pensaba Eduardo, poseía una personalidad arrolladora; siempre había conseguido tener todo lo que quería, de una forma u otra, así que cuando hace un par de años descubrió que en su vida anterior había sido una afamada actriz teatral todo encajó como las piezas de un puzzle.

 

Por otro lado, Eduardo siempre había sido un niño tranquilo y poco relevante. Quizás por eso ningún otro de los chicos de la escuela había intentado nunca trabar amistad con él, prefiriendo considerarlo como parte del mobiliario de la clase. Eduardo no les culpaba. Era bastante flaco y débil, y normalmente tenía que quedarse en clase debido a sus alergias. Además, siempre que trataba de decir algo buscaba la mejor manera de hacerlo, acción que duraba varios minutos y que hacía pensar, tanto a sus compañeros como a las distintas maestras, que padecía un cierto retraso. Eduardo prefería quedarse en su sitio y pintar, cosa que se le daba bastante bien, y que le hizo sospechar durante mucho, y con razón, que en una vida anterior había sido pintor.

 

-¡¡¡Corre, niño brocha!!!-dijo Carlota mientras se adelantaba hacia el parque-¡¡El último es un moco verde!!!.

Eduardo corrió, aunque sabía que nunca podría llegar primero y que estaba condenado a ganar el dudoso honor de ser un moco verde. Para cuando llegó al parque, Carlota ya estaba subida a la estructura de hierros que ella llamaba “nuestro fortín” y, colgada boca abajo, esperaba a que llegase mientras le sacaba la lengua.

 

Al tiempo que Eduardo trataba de subir a lo alto del fortín, tuvo que agarrarse con fuerza para no caerse. Su vista se nubló, y pudo verlo nuevamente: las manos callosas, la cara embrutecida y llena de cicatrices, los ojos claros que lo miraban con odio. Eduardo se agarró más fuerte a los hierros y trató de aplicar las técnicas que las monitoras del Centro De Recuperación de Vidas Pasadas le habían enseñado. Respiró a un ritmo regular y trató de ignorar al hombre que le estaba asfixiando, centrándose en captar detalles de la habitación donde este tipo le quitaba la vida…poco a poco, se calmó, y todo volvió a la normalidad.

 

Durante estos años les habían explicado varias veces cómo un remanente de las vidas anteriores a la actual permanecía en un rincón del cerebro. En el CRVP enseñaban a todo el mundo a recuperar esa información, como si fuese una experiencia enriquecedora de utilidad para esta vida. Para Eduardo la experiencia no era enriquecedora, sino más bien traumática; estaba decidido a averiguar quién le había asesinado y, más importante, por qué.

 

 

El puntero se deslizaba sobre la superficie de cristal líquido, mientras dejaba tras de sí un sendero de pixels oscurecidos. Eduardo echaba de menos la rugosidad del papel, y ese ruidillo de fondo que dejaba el lápiz conforme iba dejando parte de su ser en el mismo. Era, como alguna vez había comentado a Freddy y algunos otros amigos con inquietudes artísticas, como si el lápiz se sacrificase a sí mismo para dar lugar a algo más bello.

 

-¿Recuerda algún otro rasgo más que pueda ayudarnos a encontrarlo?¿alguna cicatriz, un lunar?

-No sé, la verdad es que no tuve mucho tiempo para verle-dijo la joven. Era ya de noche y estaba bastante asustada. Temía que si le miraba mucho tiempo me hiciera daño.

-No es culpa suya. Simplemente trate de recordar-Eduardo apoyó su mano sobre la de la muchacha-Cualquier detalle podría ayudarnos a meter a este tipo entre rejas.

 

La chica, bastante menuda y frágil para la edad que había declarado tener, se mantuvo pensativa durante unos minutos. Una pequeña arruga surcó su frente mientras lo hacía.

 

-Me temo que no. Lo siento.

-No se preocupe. Tome mi tarjeta, y si recuerda algo no dude en llamarme, a cualquier hora.

 

Eduardo acompañó a la muchacha y se encaminó con aire distraído hasta su mesa. Sinceramente, había días en los que nada salía bien, y creía mejor quedarse en casa y dedicarse a su búsqueda. Se sentó en su mesa y continuó escribiendo el informe, mientras la tableta electrónica transfería el retrato robot, demasiado básico para llevarnos a un sospechoso claro, a la base de datos del Departamento. Sería otro crimen pequeño que quedaría en el aire, acumulando espacio en los ordenadores y en los archivos, y que solo serviría para incrementar la sensación de frustración de Eduardo.

 

Después de tres horas de burocracia, y de rechazar una invitación para beber en el bar cercano a la comisaría, Eduardo se dirigió hacia su piso. Salió de la oficina y, girando a la izquierda, comenzó a caminar. Observador como ha sido siempre, Eduardo continua captando los pequeños detalles que han cambiado desde ayer hasta hoy…una papelera que algún gamberro ha volcado…el mendigo de todos los días que no se encuentra en su sitio…Se pone a pensar en cómo en la academia se reían de él durante el primer año, y le llamaban Lechuza. El mote no le desentonaba, llegó más tarde a admitir, por esa forma que tenía de mirar todo con detenimiento, y esa memoria prodigiosa que le permitía captar cambios sutiles en patrones de comportamiento, detectar pistas y captar detalles que ninguno de sus compañeros (casi todos carne de gimnasio con más bíceps que neuronas) podía captar. Obviamente, el ser observador no lo era todo, y Eduardo tuvo que sacrificar muchas horas para llegar a superar todas las pruebas físicas que en la academia se les exigían. Eduardo esbozó media sonrisa, y recordó como ahora, quince años después, la mayor parte de sus compañeros de academia, al menos los que había visto y no estaban muertos, eran masas fofas y calvas que solo tenían como consuelo el partido de los domingos y una familia anodina.

 

Él, sin embargo, continuaba manteniendo esa figura fibrosa y esbelta, casi esquelética, que recordaba a un espantapájaros. Quizás su actitud metódica (maniática, decían sus compañeros) era lo que le mantenía en un estado continuo de consumo de energía. Al menos, se dijo, aún mantenía su pelo rojizo y no tenía que simular llegar a casa con buena cara para no disgustar a nadie…

 

Eduardo saltó sin éxito un enorme charco (ayer no estaba aquí…debe haber alguna fuga en las alcantarillas) y subió las escaleras de su portal. Era un edificio de pisos sobrio y no demasiado destartalado. Él lo había elegido por tres motivos: estaba cerca de la comisaría, y el alquiler era medianamente barato, pero lo más importante de todo era que su casero no hacía preguntas y sus vecinos parecía que no vivían allí. Subió las escaleras y entró en su hogar. Se duchó, comió un sándwich frío con lo poco que quedaba en el refrigerador, y se dirigió al salón.

 

El salón no tenía televisión. En su lugar, el lugar preferente lo ocupaba una gran pizarra (analógica, no electrónica como las de la comisaría) que se encontraba llena de notas. Junto a la pizarra había una mesa donde numerosos dosieres se apilaban de manera meticulosa. En el lomo de cada uno de ellos figuraba escrito un nombre y un intervalo de años, aunque a veces los números estaban tachados, seguidos de interrogantes o, simplemente, vacíos.

 

Eduardo llevaba veinte años, aproximadamente desde que decidiese ingresar en la academia y convertirse en policía, tratando de averiguar de qué vida pasada provenía la imagen de sus pesadillas; la imagen en la que era asesinado, estrangulado por ese individuo de aspecto brutal que lo miraba con cara de odio. Todo este tiempo había estado practicando en las técnicas de regresión que todo el mundo aprendía en el CRVP, y había llegado a perfeccionarlas hasta llegar a un profundo conocimiento de buena parte de sus reencarnaciones de los últimos trescientos años. Esto le había permitido averiguar el origen de algunos de sus defectos o de sus habilidades. En la parte superior de la pizarra podía verse una línea temporal donde se sucedían distintos nombres.

 

Probablemente una de las primeras vidas que lograra identificar fuera la de Emile Girardon, un pintor bohemio que vivió en Amsterdam en los años veinte. Sus habilidades detectivescas le permitieron saber que Emile, belga de nacimiento pero afincado en Holanda, mantuvo una vida austera asociada a su poco éxito como pintor, a pesar de su talento. Obviamente, llegó a deducir Eduardo, su talento artístico provenía, o podía provenir, de esta vida anterior. Eduardo había llegado a conseguir una foto de Emile, en la que aparecía vestido de traje en compañía de una señorita vestida según los gustos de la época. La foto le permitió a Eduardo realizar un retrato del fracasado pintor, con la que hizo un retrato al óleo a modo de homenaje.

 

Otra de las vidas que consiguió reconstruir sin demasiados problemas fue la de John Hard, un trabajador de los puertos de Liverpool cuya vida transcurrió en los años cincuenta. Tras identificar en algunos recuerdos el puerto de Liverpool, Eduardo pudo encontrar una foto de John en un antiguo periódico de la época, donde este tipo, de aspecto brutal, manos toscas y un rostro un poco simiesco, encabezaba unas revueltas de trabajadores ante sus malas condiciones laborales. Rastrear sus antecedentes penales por alboroto fue una tarea más o menos fácil dado su oficio, y a partir de allí Eduardo pudo averiguar muchas más cosas. Por ejemplo, que el aspecto que le hacía principal candidato a haber sido estrangulado no acompañaba a su carácter, puesto que se trataba de un esforzado padre de familia con cuatro hijos, asiduo de la iglesia anglicana de su barrio y totalmente abstemio (quizás de allí venía su poco gusto por el alcohol).

 

Algunos de sus más allegados, incluida Carlota, le mencionaban la posibilidad de que el estrangulamiento no hubiera acabado en su muerte, sino que podía haber acabado en un simple desmayo. Sin embargo, ninguna de las veces que le mencionaron esta posibilidad Eduardo llegó a planteársela ni por asomo. No podía explicarlo, pero mientras esas manos lo apresaban podía sentir cómo su vida iba escapándose poco a poco de su cuerpo, y como sus esfuerzos por respirar iban, poco a poco, consumiéndose hasta quedar en nada. Eduardo quería saber si había habido algún motivo para haber sido asesinado de este modo, o si, de lo contrario, simplemente había sido un peón inocente que había estado en un mal sitio y un mal momento.

 

Eduardo pasó dos horas volviendo a repasar sus documentos acerca de John, e incluso pasó algunos minutos revisando la información que tenía de alguna vida pasada sin importancia (por ejemplo, la de un niño criollo de finales del siglo XIX que había muerto a los doce años en Louisiana, víctima de la viruela). Cuando el reloj marcaba las tres de la madrugada, Eduardo se dirigió a su cama para descansar un poco.

 

 

La alarma no llegó a sonar en el piso de Eduardo. Cuando llegó a abrir los ojos, fue porque la luz del sol llenaba toda la casa. Corriendo, Eduardo decidió prescindir de la ducha y salir corriendo hacia la comisaría. Cogió la ropa que estaba sobre la silla, la misma que el día anterior, y se fue sin molestarse tampoco en desayunar.

 

-¡¡¡Llegas tarde!!!-comentó Alfredo en cuanto Eduardo aparece por la puerta.

-Está claro que eres un buen detective. ¿Cómo has llegado a esta conclusión, Holmes?-dijo Eduardo mientras se pasaba la mano por la cara.

-¡¡¡Eh, tranquilo!!! ¡¡¡Si has pasado mala noche no lo pagues con los demás!!!. Además, hoy deberías estar contento. Tenemos un nuevo caso, y parece interesante.

-¿Sí?¿De qué se trata?.

-Una chica ha venido diciendo que la querían matar. Está en el cuarto de interrogatorios.

-Yo me encargo. Cualquier cosa es mejor que estar delante del ordenador.

 

Eduardo cogió la carpeta que le ofreció Alfredo y comenzó a mirar los datos de la chica mientras se dirigía al cuarto de interrogatorios. Desde luego no parecía un ángel: tráfico y posesión de drogas, prostitución…María Ugarte parecía ser una más de las chicas que malvivían en la ciudad, atrapadas tanto por sus chulos como por sus adicciones. Desde luego, se preguntó Eduardo, no sé si podré fiarme de lo que me diga.

 

Cuando Eduardo entró en la sala de interrogatorios se quedó pasmado, como petrificado. Allí delante, sentada en la silla con aspecto incómodo, se sentaba ella. Carlota había adelgazado en estos años. Ahora tenía una figura bastante desgarbada y escuálida, más parecida a la del propio Eduardo. No tenía nada que ver con las formas que tenía cuando estaban juntos, y que hacían parecer a Eduardo aún más esquelético. Su cara estaba tensa en una especie de mueca nerviosa, y sus ojos mostraban un ensombrecimiento alrededor de los párpados que le hacía, a su modo, tan guapa como siempre. Las manos, de nudillos prominentes, permanecían apretadas y juntas delante de la mesa, en la postura rígida de la gente que ha estado más de una vez en un cuarto de interrogaciones como éste. Su pelo seguía pareciendo sedoso, pero ahora estaba recogido en una coleta que comenzaba en la coronilla. En cuanto a sus ropas, Carlota siempre había tenido buen gusto. Eduardo recuerda aquellas tardes interminables en las que la acompañaba de las rebajas en busca de aquellas gangas que simulasen no serlo, donde Carlota apostaba siempre por vestidos que se ciñesen a su cuerpo y a colores oscuros que resaltasen la palidez de su piel. Tal y como estaba vestida ahora se veía que Carlos había mantenido sus gustos, si bien se podía apreciar que la vida de la calle también había pasado factura; la falda era más corta que entonces, y el escote aún más provocador, aunque ahora-se permitió recordar Eduardo-el escote parecía cubrir menos curvas.

 

Carlota levantó los ojos de la mesa y los abrió al reconocer a Eduardo. Obviamente no se esperaba verle aquí. Mostrando restos de su habilidad teatral, cuando habló su voz ni su postura mostraba ninguna clase de sorpresa, ni de emoción:

 

-Hola Eduardo. No sabía que te habías trasladado a Madrid.

-Carlota-dijo Eduardo, dejando la palabra prolongada durante más tiempo de lo normal-Sí, cosas del trabajo. Solicité el traslado hace dos años más o menos. “Dos meses después de que decidieses irte con ese supuesto productor”, pronunció Eduardo para sí mismo.

-No has cambiado desde entonces. ¿Sigues viviendo por y para tu trabajo?.

 

Eduardo notó un leve tono de resquemor. Le recordaba cuando estaban juntos, cuando ella le pedía salir de fiesta e ir a restaurantes modernos, y él le negaba la oportunidad con gesto cansado y se centraba en sus estudios sobre sus vidas pasadas.

 

-Más o menos. ¿Por qué has venido a la comisaria?. Obviamente no ha sido para verme a mí.

 

Los ojos de Carlota centellearon durante una fracción de segundo, revelando un cierto malestar ante la situación.

 

-Es Arturo. El otro día me llamó, y me dijo que iba a ir a mi casa y matarme a golpes.

-¿Arturo? ¿Sigues con él?

-Le abandoné hace un par de meses. Me mudé aquí para que no pudiera encontrarme.

-Obviamente no ha sido una medida muy eficaz.

 

Arturo analizó la expresión de Carlota. Claramente estaba asustada, aunque también notaba una incomodidad que atribuyó a su propia presencia. “No debe ser fácil hablar de un ex delante de otro, y menos si uno fue la causa de abandonar al anterior”.

Eduardo suavizó su expresión, y trato de relajar su tono de voz. Al fin y al cabo, durante el tiempo que estuvieron juntos nunca fue de capaz de portarse con dureza con Carlota. Ni tan siquiera cuando decidió labrarse un nuevo camino en el mundo del espectáculo con Arturo.

 

-Sé que es duro, pero necesito saber todos los detalles acerca de Arturo y de tu situación con él. ¿Lo entiendes?

 

Carlota tragó saliva, pero finalmente asintió.

-Al principio todo fue muy bien. Arturo me consiguió un par de actuaciones en pequeños teatros, e hizo algunos contactos para que fuera la imagen de una marca modesta de cosméticos-Carlota miraba hacia ninguna parte mientras decía esto. Íbamos a muchas fiestas, donde conocimos a mucha gente del mundillo, obviamente no la más importante, pero sí gente que poseía algunos contactos. Ahí es donde comenzamos a darnos a la mala vida.

-¿Drogas?-Aunque ya sabía la respuesta, Eduardo preguntó.

-De todo tipo. Al principio solo tomábamos cuando estábamos con estos nuevos amigos, pero luego la cosa fue a más. Pronto estábamos gastando todo mi sueldo de actriz en drogas para los dos.

-Entiendo. ¿Y qué pasó luego?.

-Arturo empezó a trabajar de camello para un traficante que operaba en nuestros ambientes. Si te digo la verdad, fue un alivio no ser la única que llevaba dinero a casa.

 

Carlota sonrió como si su broma hubiese tenido algo de gracia, pero Eduardo no llegó a vérsela.

 

-Comenzó a estar siempre colocado, y a pegarme cuando volvía del “trabajo”.

-¿Cuándo empezó a pegarte?.

 

Carlota se encogió de hombros, en esa postura tan suya de chica inocente. En su estado actual, el resultado era nulo, puesto que más que compasión lo que inspiraba era lástima.

 

-Hace ocho meses. Ya sabes lo que me cuesta dejar una relación.

 

Eduardo asintió. En tiempos sospechaba que Carlota había estado acostándose con Arturo mientras ellos aún vivían juntos. Así que sabía bien que detrás de esa frase de escondía un temor casi irracional a estar sola.

 

-¿Sabes si Arturo tiene acceso a armas?.

-Sí. Cuando empezó a trabajar de camello se compró un revolver con el número de serie borrado.

Eduardo anotó esto en su cuaderno.

 

-De acuerdo, Carlota, esto es lo que vamos a hacer. Rastrearemos la llamada que te hizo Arturo, y emitiremos un llamamiento para que lo busquen y lo detengan por amenazas. ¿De acuerdo?.

-De acuerdo Eduardo. Y gracias.

-¿Gracias por qué?.

-Por no odiarme. Sé que lo que te hice no estuvo bien, pero aun así sé que me protegerás. Siempre estuve tranquila contigo cerca.

-Toma esta tarjeta. Si Arturo te llama otra vez, u ocurre algo raro, llámame. ¿Entendido?

-Sí.

 

Eduardo acompañó a Carlota hasta la salida. Mientras andaban, Eduardo aspiró el aroma de Carlota, y otros recuerdos vinieron con él. Carlota y él se conocían desde siempre, y tenían una complicidad casi mística. Ella completaba con su forma de ser abierta y alegre el carácter introspectivo y gris de Eduardo, haciéndole sentir más vivo que nunca. Siempre se planteó su relación con ella como un regalo, algo que, a la larga, no podía durar: Sabía que alguien con la belleza y energía de Carlota no podía permanecer al lado de alguien dedicado a observar y analizar la vida, no a vivirla. Cuando se fue, no pasó mucho tiempo antes de que Eduardo asumiera que era algo anunciado, y de que volviera a centrarse en investigar acerca de sus vidas pasadas.

 

Por lo que Eduardo había podido averiguar, las relaciones personales de sus anteriores personalidades tampoco habían sido fáciles. Aiko Fujiyoshi, una estudiante japonesa que vivió en los años setenta en la ciudad japonesa de Sendai, se había suicidado después de un desengaño amoroso. El propio Emile había tenido distintas amantes, y había disfrutado de una vida turbulenta con distintas infidelidades a lo largo de su vida. Sin poder haber entrado en detalles, Eduardo se figuraba que todas estas personas habían compartido su carácter solitario y taciturno, y que su combinación con un cierto egocentrismo había hecho de estos individuos gente de trato complicado. No obstante, no podía demostrarlo, y eso en cierto modo le hacía sentirse terriblemente frustrado. A base de estar años centrado en analizar sus vidas, Eduardo sentía la necesidad no solo de saber los hechos de su vida sino también sus personalidades y sus sentimientos, ya que de este modo, creía Eduardo, podía averiguar más sobre sí mismo.

 

Después de emitir la orden de búsqueda para Arturo Samanes y de solicitar un listado de llamadas al piso de Carlota, Eduardo se dedicó a otros casos sin importancia hasta el atardecer. Ya en su casa se dedicó, como siempre, a analizar los detalles de sus vidas pasadas. Repasó los datos una y otra vez, como hacía todas las noches, aunque esta vez le costó algo más concentrarse. De vez en cuando se encontraba pensando en Carlota, en su sonrisa, sus gestos exagerados cuando discutían, en los viajes que hicieron juntos, o la forma paciente en la que escuchaba a Eduardo cuando le explicaba detalles de sus vidas pasadas. Solo ella conocía su secreta afición, y la toleraba como una más de las excentricidades de Eduardo. Incluso, alguna vez, Carlota sentía curiosidad por Emile, o por John, y hacía preguntas acerca de su modo de vida. Eduardo trataba de responderlas siempre que podía, pero cuando era imposible ambos dejaban llevar su imaginación y creaban historias en torno a ellos. En otras ocasiones, Carlota se mostraba tremendamente activa, especialmente en lo relativo con personajes más afines con su forma de ser. Había sido Carlota la que descubrió el paradero de uno de los cuadros de Emile, y la que descubrió que éste había sido amante de una afamada viuda de la ciudad de Amberes.

 

El teléfono sonó cuando Eduardo estaba a punto de finalizar su trabajo diario.

 

-¿Dígame?

-¿Eduardo?.Soy yo, Carlota.

-¿Ocurre algo?

-Creo que Arturo está aquí. Alguien está aporreando la puerta de mi habitación.

-¿Dónde estás?

-En el hotel Forge, habitación 124. ¡¡¡Date prisa, por favor!!!¡¡¡No sé qué hacer!!!

 

Eduardo salió corriendo de su casa, y se dirigió corriendo hasta el hotel. Mientras iba hacia allá se preguntaba cómo podía haber sido tan incompetente para no haber llamado a la comisaria, ni tan siquiera a Alfredo. Además, tampoco había cogido el coche para llegar al hotel, ni había tenido la precaución de llevarse otra arma además de su revólver del 22. Eduardo trató de justificarse por la urgencia del momento, y, quizás, porque Carlota aún le importaba. Le horrorizaba la idea de llegar al hotel y encontrarla herida o, Dios no lo quisiera, muerta.

 

El hotel Forge se encontraba en una de las manzanas del centro de la ciudad. Anteriormente debió ser un local con bastante estilo, que probablemente fuera frecuentado por gente respetable, en viaje de negocios o de placer. Ahora, por el contrario, las dos banderas que ondeaban en su entrada eran la única sombra de su anterior esplendor.

 

Eduardo entró en el edificio y no se molestó ni en preguntar a la recepcionista. En su lugar, cogió las escaleras y subió a la primera planta, rebuscando en los números de las puertas hasta que encontró el número 124. Cuando entró, la puerta estaba abierta, se encontró a Carlota llorando, tumbada, en la cama. En el momento en el que Eduardo comenzó a dirigirse hacia ella, una masa se abalanzó sobre él detrás de la puerta y, antes de que Eduardo pudiera reaccionar, le arrancó el revólver de las manos lo lanzó al suelo de un tremendo puñetazo.

 

-¡¡¡Qué ganas tenía de hacer esto!!!¿Te acuerdas de mí, hijo de puta?

 

Eduardo, aturdido aún por el golpe, trató de centrar la atención en el rostro de aquél tipo que se abalanzaba sobre él. Quizás por el mareo que aún tenía, no conseguía identificarle, aunque persistía una sensación en la base de la nuca que le decía que no era un total desconocido.

 

-¿Te acuerdas de mí?¿No sabes quién soy?

 

El individuo soltó una patada en el estomago de Eduardo. Éste gimió con dolor, mientras se retorcía y se inclinaba hacia el suelo en un burdo intento de defenderse.

-¿No te acuerda de lo que hiciste hace cinco años?¿Cómo me metiste en chirona?¡¡¡Tu puto testimonio sirvió para que me pudriera en la cárcel!!!

 

Eduardo solo logró articular:

 

-¿Cómo te llamas?

-¿Ni siquiera te acuerdas de mi nombre? Soy Mateo Esparza, y has sido tú el que me jodió la vida.

 

Eduardo se apoyó en la pared, aún sentado en el suelo, y rápidamente recordó. Mateo Esparza había sido un delincuente callejero que actuaba por el barrio de Cuatrofuentes; hace años Eduardo lo detuvo por un asalto a una joyería que acabó con la muerte del dueño de la tienda. Mateo acababa de cumplir los dieciocho, por lo que no pudo librarse de la cárcel. Además, el testimonio de Eduardo fue definitivo para que la condena fuera aún más dura, en un intento de dar ejemplo al resto de sus compinches.

 

-Mateo…has crecido desde estos años.

-Tú me has hecho lo que soy. La cárcel te enseña a protegerte, a estar preparado, a pensar solo en la supervivencia.

 

Mateo había crecido desde entonces (mucho tiempo dedicado al gimnasio de la cárcel, supuso Eduardo) y su cara había cambiado ligeramente. Esa cara…

 

-Pero yo pensaba en una cosa más-dijo Mateo mientras levantaba a Eduardo del cuello de la camisa apenas sin esfuerzo-En el día que saliera de la trena y te pudiera matar con mis propias manos.

-¿Cómo me has encontrado?-dijo Eduardo mientras seguía pensando en aquél rostro.

-¡¡Je!!, yo diría que fue cosa del destino. Fue pura suerte que esta puta yonki-señaló con la cabeza a Carlota-me dijera que te conocía. ¡¡¡Fue ofrecerle algo de pasta y ella misma te vendió enterito, colega!!!

 

Carlota seguía sentada en la cama. Su mirada estaba perdida más allá de ellos dos. “Está colocada” se dijo Eduardo, al ver que ella parecía no darse cuenta de la situación.

 

-¿Y ahora?-Preguntó Eduardo.

-Ahora vas a morir a mis manos, y nadie, ni siquiera tu amiguita drogata, podrá evitarlo.

 

Eduardo trató de resistirse y forcejeó con Mateo, pero era inútil; esos brazos no habían tenido otro quehacer que levantar pesas durante cinco años. Cuando comenzó a moverse, Mateo lo apretó con más fuerza contra la pared, mientras con una de sus manos agarraba su cuello. Desesperado, Eduardo buscó con la vista algo que pudiera servirle de arma en aquella habitación.

 

La habitación. Ahora se dio cuenta. Esa era la habitación. Cada detalle, la posición de cada objeto, los colores, el grado de deterioro de los muebles era el mismo. Era la habitación que había ocupado sus pesadillas durante toda su vida.

 

Eduardo miró entonces la cara de Mateo que, con una furia atroz, apretaba fuertemente su garganta e iba reduciendo el flujo de aire a su organismo. ¿Cómo podía haber tardado tanto? Su rostro enrojecido, sus cejas tremendamente pobladas y esa frente prominente tenían que haberle llamado la atención, al menos. Era él. Eduardo había dedicado su vida a conocer cuál de sus vidas pasadas había sido estrangulada en un intento de explicar sus pesadillas y eliminarlas de su vida, y ahora estaba aquí, reviviendo, o más bien, viviendo, aquellas situación. No sabía cómo había pasado, pero su visión no había sido del pasado, sino una especie de alerta relativa a su futuro; “¿Cómo podía saberlo?” se dijo Eduardo mientras seguía intentando resistirse, cada vez con menos éxito.

 

Ahora nada importaba. Eduardo había dedicado su vida a buscar una explicación, y ahora mismo, mientras su vida se escapaba de su cuerpo, la tenía. Esbozó una sonrisa que desconcertó a Mateo por un momento, y cerró los ojos esperando que su destino se cumpliese. Se notó caer blandamente, como si atravesara capa tras capa de nubes, y su visión se fue oscureciendo hasta quedar totalmente en negro…

 

Luego, la Nada.

 

 

Laura se despierta, y mueve el brazo buscando a su marido. Como se imaginaba, está sola en la cama. Después de desperezarse, baja las escaleras de la casa y se dirige al garaje, donde José tiene su pequeño rincón.

 

La noche tenía que haber sido muy mala, se dijo Laura, o el cuadro de Carlos no estaría tan avanzado. Casi había llegado a completar el escenario que rodeaba al coche.

-Buenos días-dijo Laura.

-Hola mi amor-dijo Carlos-¿Te he despertado?

-No, ya me tocaba abrir los ojos. ¿La misma pesadilla?.

-La de toda la vida-dijo Carlos-el mismo coche rojo atropellándome en medio de una calle que no consigo reconocer. La misma sensación de amargura y de impotencia cuando el coche me embiste.

 

Laura se acerca al caballete y echó un vistazo al trabajo de Carlos.

 

-Cariño, yo creo que este es tu mejor trabajo hasta ahora. ¿Qué vamos a hacer con él?.

-Lo de siempre, mi amor. Guardarlo. Ya sabes que pintar esta pesadilla me relaja.

-Lo que tú digas; si sirve para que estés más tranquilo…

-Sabes que sí me sirve. Anda, ve a la cocina y en seguida iré a desayunar.

 

Carlos coge un pincel fino y vuelve a tomar la paleta que descansaba en la mesa de trabajo. Con trazos cortos, comienza a pintar en tonos blanquecinos los brillos de escaparates al ser iluminados por las farolas de la calle. En un par de horas, se dice Carlos, habré terminado y podré guardarlo junto con esta pesadilla. Junto con todas mis pesadillas.

 

En la pared detrás del caballete se amontonan los cuadros. Quizás son cientos, quizás solo decenas, pero todos ellos contienen la misma escena. Todos ellos se han pintado a lo largo de los años, y ponen de manifiesto un estilo pictórico que ha ido evolucionando a lo largo de los años. La imagen que hay en todos ellos se cree una mera pesadilla, aunque puede que sea un aviso del destino. Pero eso no se sabrá hasta el momento en el que Carlos sea atropellado por un coche durante sus vacaciones en Chicago. En ese momento, nada de esto importará.

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